6 #2
No reacciono demasiado bien a la presión ni a las interacciones sociales, ni siquiera a estar cerca de otras personas.
De modo que una reunión con la jefaza y su perro de presa pone mis desgastados nervios en posición de alerta.
Me gusta la soledad. Una vez fui a una psicóloga para hablarle de la ansiedad, los sudores fríos, las náuseas y los mareos que sufría al pensar en el futuro que me espera con mi enfermedad, y ella me diagnosticó una leve fobia a la gente.
No mencionó la palabra sociopatía, pero estoy seguro de que estaba pensando en ella.
Me aconsejó relacionarme con otras personas con normalidad y que no me hacía bien pensar constantemente en mi enfermedad.
La mujer tenía un taco de revistas de cine encima de la mesa, y yo no podía apartar la vista de él mientras ella decía aquellas palabras que me enfurecían a cada instante.
En cuanto terminó de pronunciar todas esas patrañas sobre normalizar la tragedia, me alegré de tener una excusa para levantarme y despedirme para siempre.
Me llevé una revista que prometía en portada un ácido análisis de la carrera de Mel Gibson.
Aún recuerdo la cara de estupefacción de la psicóloga cuando salí por la puerta con su revista bajo el brazo.
Odio que normalicen lo anormal. Lo hacen para sentirse mejor con ellos mismos, porque creen que están haciéndome sentir mejor a mí. Pero logran el efecto contrario. ¿Es que no lo ven?
Evelyn no es mi antigua psicóloga. Está comprobando el pulido de sus uñas. No parece muy enfadada, aunque tampoco está bailando la Macarena.
—¿Y qué opinas? —inquiere.
—Una tragedia. Esa chica era tan joven.
Kip mira a la jefa con cara de deseo, como si le rogase, ávido de una nueva muestra de humillación pública, que me echara a los leones.
—Muy joven. Exactamente, veintinueve años. —Ella vuelve a mirarse las uñas—. El funcionario encargado de la limpieza que halló el cadáver asegura que le faltaba un dedo y que había un ramo de flores junto al cuerpo, rozándole la mano.
—Lirios y rosas blancas. Dieciocho en total. Mitad de un tipo y mitad del otro.
Evelyn asiente en silencio y frunce los labios. Yo me miro el regazo y me quito un pelo de perro del muslo. Tengo que hablar menos.
—En cuanto al dedo, se trataba del anular —digo, hablando de más—. La alianza era de dieciocho quilates, aunque ese dato no llegó a mencionarse en el guion final.
Evelyn parpadea educadamente, o eso cree ella.
—Alguien ha matado replicando al detalle lo ocurrido al final del primer episodio —dice.
—Bueno, esta es una ciudad gigantesca y El asesino de novias es una gran serie, Evelyn.
—No me gustan los pelotas.
—Quién lo diría —digo, mirando fríamente a Kip, que se revuelve en su asiento. Cuando uno ha pasado por diecisiete sesiones de tratamiento intravenoso, le pierde el miedo a casi todo.
—Tampoco me gustan los listillos —añade Evelyn.
Kip Dolan capta el mensaje y me dedica su sonrisa más deleznable, que acompaña con una asimétrica caída de párpados.
—Ándese con cuidado, Galán —me amenaza, representando muy bien su papel de poli malo—. Este asunto podría salpicarle, yo en su lugar no me lo tomaría a broma. —Parece decidido a dejarme claro que soy un minúsculo insecto debajo de su zapato—. Y míreme cuando me dirijo a usted.
Lo hago, porque de la valentía a la imprudencia hay un paso muy corto.
Sonrío por dentro. Ese pelota sirve a la jefa de la misma manera en que serviría a una impresora de billetes.
Desde que he entrado por la puerta y lo he visto ahí sentado, me he esperado el numerito del poli bueno y el poli malo.
Incluso algo peor, ya que Kip todavía no me ha amenazado con la posibilidad real de un despido procedente.
Así, con todo, prefiero el poli malo mil veces.
Kip Dolan es un animal salvaje que te ataca de frente, es previsible y hasta cierto punto manejable, como los toros que tanto detesta.
Evelyn Crowe, por contra, es como una serpiente silenciosa de cuyo ataque no te percatas hasta que te ha inoculado su veneno.
—¿Tienes idea de quién ha podido ser? —me pregunta ella.
Agito la cabeza.
—Algún chalado, supongo. ¿Eso no deberías preguntárselo a la policía?
—Te lo estoy preguntando a ti.
—Ha podido ser prácticamente cualquiera.
Desde un fanático de la serie hasta uno de esos haters , pasando por todo el espectro existente entre uno y otro —respondo, devolviéndole una vez más esa pelota sin sentido—.
Basta con que alguien viera el primer episodio, se le cruzara un cable y se lanzara a la calle creyéndose Derek Cross.
Hay que reconocer que soy la leche creando villanos verosímiles.
—La interpretación de Ethan Pierce también es muy buena. Y cuenta con miles de fans. Alguno más que tú —sonríe.
Touché.
—¿Cuántas personas vieron el primer episodio? —pregunto.
—Más de medio millón en Estados Unidos.
—Pues ese es el número de sospechosos, me temo.
—Quién mató a esa chica no me importa —dice, fría como la cadena de su pulsera—. Lo importante es que esto no vaya a más.
—¿Ir a más?
—Usa la cabeza, Galán. Alguien está imitando a tu personaje, y resulta que tu personaje es un asesino en serie que mata esposas por placer y se lleva sus dedos con la alianza puesta.
—¿Crees que puede haber más muertes?
Se levanta. A pesar de su corta estatura, la sombra que dibuja en la mesa y se alarga hasta mí es la de un gigante.
—Lo único que sé es que ahí abajo hay una reportera muy mona hablándole al país.
Relacionando el violento asesinato de una joven con mi serie.
Como esto se haga viral y traspase fronteras, estamos jodidos.
—Se lleva una uña a la boca y mordisquea la punta, recordando a una ardilla—.
Mierda, con lo bien que habíamos empezado.
Evelyn Crowe tiene una secreta ambición, aunque tal vez no sea tan secreta. Casi todos los días asegura que no quiere ser la siguiente Kathleen Kennedy, lo cual nos hace pensar que sí quiere serlo.
—Por favor, mantengamos la calma —digo—. ¿Puedo irme ya?
Me levanto.
—No hemos acabado —dice Evelyn.
—Siéntese —se apresura a añadir Kip.
Tenía que intentarlo.
—¿Tienes algo que ver en todo esto, Toni? —se atreve a preguntar ella, siempre tan directa, escudriñándome con un desdén que endurece sus ojos grises hasta teñirlos de un azul pálido acerado.