Pack Toni Galán (libros 1-3) 6
3%

6

Mientras camino los pocos pasos que me separan del despacho de Evelyn Crowe, cruza mi mente un repentino deseo de ser transportado a un lugar lejano, donde no tenga que afrontar la ardua tarea que me aguarda.

Cuando abro la puerta, el despacho exhala una nube invisible de perfume y ambientador, casi como si me tosiera. Yo también me pongo a toser.

—Buenos días, Galán —me saluda Evelyn sin levantarse de la mesa.

Esta, más que un escritorio o una mesa de reuniones, es un tablero blanco lacado de forma ovalada y fino acabado que se asemeja a un panel futurista, pero sin botones.

Evelyn viste su icónico traje de chaqueta pantalón de color blanco crudo; blanco como la sala y crudo como su carácter.

Como cada vez que coincido con ella en persona, pienso que se la ve más pálida y envejecida que en las fotos.

No en vano, se aproxima a los sesenta, un hecho que ni toda la fortuna ni los premios que llenan su ego en cada ceremonia de los Emmy podrán cambiar.

La acompaña Kip Dolan, su perro de presa.

—¿Qué hace él aquí? —pregunto a Evelyn sin dignarme a mirarlo a él siquiera.

—Kip es nuestro abogado y la situación es alarmante. He creído conveniente que nos acompañe esta mañana y esté al tanto de todo lo que se habla en esta sala. Kip ha tenido la amabilidad de modificar su agenda para poder estar hoy aquí.

Hago una mueca. Desde el minuto uno he odiado a ese hombre. Kip me observa desde la mesa como si yo fuera un vagabundo orinando en su felpudo.

La voz de Evelyn («siéntate»), rugosa como si hubiera acumulado óxido con el uso, se desliza sin dificultad por toda la sala. Me estremece como la primera vez.

Algún día, la productora estrenará una serie en la que la antagonista sea como Evelyn Crowe, incluyendo su mancha en la piel , escribió alguien.

Y ahí está, un grotesco lunar con la forma de América del Sur ocupando gran parte de su cuello, que casi atrae la mirada como un escote generoso y bronceado, solo que provocando el sentimiento inverso.

Ella, lejos de disimularlo con un pañuelo o un jersey de cuello vuelto, lo luce desafiante.

Es como si le dijera al mundo: «Esta soy yo y este es mi lunar. ¿Algún problema?».

Reprimo el impulso de jugar con mis manos y hago lo que me pide, fingiendo controlar la situación, recordándome a mí mismo que solo es una mujer.

Una mujer que domina una importante porción del pastel del negocio de entretenimiento en la actualidad.

Una mujer con cuya paga financio todos mis caprichos y necesidades.

A pesar de su menudez, tiene un porte militar, con el mentón afilado como un puñal y siempre ligeramente levantado.

Los pómulos tiran de su piel sin maquillar y el pelo corto y rubio, que es una palmera, luce desbocado como el de un niño travieso.

Sus ojos, negros, pequeños e inquisitivos como los de un felino, parecen examinarme.

No recuerdo un instante en la vida de Evelyn Crowe en el que no pareciera estar examinando algo.

No obstante, es él quien me da más miedo.

—No me gustan los españoles, torturan a sus animales —fueron las primeras palabras que Kip me dirigió—. No es usted torero, ¿verdad?

—No, señor. Y tampoco bailador de flamenco.

No pilló la broma.

—¿Y simpatiza con la matanza de toros? —insistió.

Negué con la cabeza.

—Yo una vez corrí delante de ellos en San Fermín. Verano de 1994 —dijo entonces, tal vez tratando de empezar una conversación. Hasta se pasó la mano por la chaqueta del traje y me dirigió lo que parecía una falsa sonrisa. Fue ridículo, como si no recordara cómo se hacía para sonreír.

—Yo soy más de correr tras las mujeres —fue mi ingeniosa respuesta.

Pretendía hacerme el gracioso. No le hizo gracia y el amago de sonrisa se esfumó tan rápido que más tarde me preguntaría si la habría imaginado.

Tan solo emitió un gemido flojo, se dio la vuelta y se alejó de mi vista con sus andares desgarbados.

Es el mayor intercambio de palabras que he mantenido con Kip hasta la fecha.

Tras ellos, toda la pared es un ventanal con vistas al centro de Los Ángeles que parece invitarme a mirar.

Esta mañana los rascacielos resplandecen bajo el sol ante el incesante escrutinio de las montañas, al fondo, como envueltos por un halo angelical.

Tengo la impresión de que, si me asomo, Evelyn me empujará a través del cristal en una caída de cinco pisos.

O chasqueará los dedos para que Kip Dolan lo haga.

Es precisamente el chasquido de sus dedos (solo una vez, pulgar y corazón enfrentados) lo que sirve de orden.

Inmediatamente, Kip toma un diminuto mando a distancia que hay sobre la mesa y pulsa un botón.

No dice «A sus órdenes», pero tampoco habría desentonado en él.

La pantalla de sesenta y cinco pulgadas que hay en un rincón se enciende.

Me apresuro a limpiar los cristales de las gafas con la tela de mi camisa y me inclino sobre la mesa para percibir los detalles. Hay quien dice que tengo algunos dones, la mayoría de ellos intelectuales, pero la vista de lince desde luego que no está en la lista.

La imagen comienza en mitad de una secuencia que me resulta más que familiar.

Es de noche y parece verano. De hecho, lo es, concretamente el 24 de junio.

Lo sé porque tuve que documentarme. A lo lejos, la playa bulle por la celebración del Santa Monica Pier 360 demasiados nombres y apellidos que son cambiados una y otra vez) está discutiendo con su marido, una riña sin importancia.

Se gritan y se prometen no querer saber nada el uno del otro, sabiendo ambos que mañana durante el desayuno estarán besándose.

¡Ah, los besos de reconciliación, qué bien saben!

Kip y yo observamos la pantalla con atención. Por el rabillo del ojo, veo que Evelyn no me quita ojo, como estudiando mis reacciones. Tomo conciencia de mi respiración, mi postura, mi expresión facial. Me esfuerzo por parecer natural y después me pregunto por qué lo hago.

No me atrevo a mirarla. Caramba, casi no me atrevo ni a respirar.

Trisha emprende el camino de vuelta a casa en solitario.

Sus lágrimas son más de rabia que de tristeza, y el alcohol ingerido en el festival tampoco ayuda.

Es precisamente el alcohol lo que le nubla la mente, lo justo para que no se percate de que se ha metido por una serie de calles secundarias que ninguna joven osaría transitar a esas horas de la noche.

De pronto, deja de mirar el móvil para alzar la vista.

Se ha perdido. Un hombre sin dientes le suplica unas monedas para sus hijos.

Trisha se asusta y echa a correr. Una corriente de aire frío se le cuela por la minifalda.

Yo no quería vestirla de colegiala sexi, me resultaba demasiado evidente y juvenil, más aún teniendo en cuenta que el personaje estaba cerca de los treinta, pero ellos insistieron.

La mujer que no deja de mirarme insistió.

«La audiencia manda», me dijo. Es su frase favorita.

Debería aparecer en su lápida. Cualquier día, sacará a la venta camisetas con esa frase.

Vemos los últimos minutos del capítulo en silencio.

El llanto de Trisha es ahora un lamento sentido porque tiene miedo.

Está tratando de ubicarse en la aplicación de mapas del móvil, pero siempre ha sido torpe para orientarse.

Se oye un susurro. Será el viento, piensa.

Acelera el paso. En alguna calle cercana suena una sirena.

¿Te he dicho ya que odio las sirenas? Trisha echa a correr sin rumbo.

En un callejón con olor a orín, tropieza con algo y cae sobre el asfalto.

El bolso aterriza unos metros más allá. La caída le lastima una rodilla, que mañana presentará una fea marca. Eso le pasa por no ponerse pantalones.

No llega a incorporarse.

La cámara vira para que el espectador pueda verlo antes que ella.

Una sombra se cierne tras Trisha. Silenciosa. Negra. Y una punta de cuchillo emerge de su mano cerrada.

Es Derek Cross, el asesino de novias, apareciendo su silueta en escena, por primera vez, en el minuto cuarenta y siete del metraje.

—Suficiente —habla Evelyn.

Kip vuelve a pulsar el botón y la imagen queda congelada con el rostro de Trisha experimentando la sorpresa de estar siendo atravesada por un filo.

¿Sabes eso que se dice de que los artistas odian sus propias obras? Imagina lo que siento en este momento respecto a la mía.

No había visto esas escenas desde el estreno. Pero en esta ocasión todo es distinto. Una mujer ha muerto en el mundo real. Ya no es una criatura de papel y tinta negra. Tampoco lo es Derek Cross. Ahora son seres humanos. Con corazón, tripas y un pasado.

—Supongo que estás al corriente de lo que ocurrió anoche en la ciudad —dice la jefa, juntando las yemas de los dedos hasta formar un triángulo.

Si relajo los ojos, casi puedo ver el Ojo de la Providencia en su interior: la visión de Dios sobre la humanidad; el Nuevo Orden Mundial; el billete de un dólar.

—Lo vi en las noticias —respondo asintiendo, seco.