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Cinco días para la emisión del tercer episodio. Oficinas de la productora. Día.

Cuando enfilo la avenida que sube hacia las oficinas, mis sospechas más pesimistas se ven confirmadas.

Inmediatamente bajo el volumen de la radio y me encojo en el asiento.

Como si fuese un delincuente, me digo, absurdamente avergonzado.

Levanto el pie del acelerador y me subo las gafas de sol para cerciorarme.

Una joven reportera de chaqueta roja está hablándole a una cámara frente al edificio principal.

Gesticula y blande su micrófono con vehemencia.

El circo ha comenzado.

Acelero hasta que la pierdo de vista y aparco cerca de la puerta. «No tienes nada que esconder. Ni siquiera sabe quién eres». Aun así, camino hacia el vestíbulo lo más rápido que me permite mi cojera, sin llegar a correr.

Las oficinas de la productora se ubican en Silicon Beach, a escasos quince minutos en coche desde mi apartamento, justo en lo alto de la cuesta, cruzando la calle desde los estudios de grabación.

Es el corazón de un distrito creativo y tecnológico donde startups de tecnología y gigantes del entretenimiento conviven y florecen.

Las calles que rodean los estudios están bordeadas de modernos edificios de oficinas, estudios de diseño, galerías de arte, y una variedad de espacios creativos que reflejan la innovadora energía de la ciudad.

Cafés de moda, restaurantes que ofrecen desde cocina gourmet hasta opciones saludables y orgánicas, y boutiques independientes se encuentran al alcance de cualquiera que disponga de una cartera gruesa, proporcionando abundantes opciones para el ocio y la recreación.

Dicho de otra manera, si vives en Los Ángeles y no trabajas en Silicon Beach, no eres nadie.

Hada García arquea las cejas al verme entrar en la redacción completamente destemplado.

Me planta delante de los ojos mi taza de café, rebosante y humeante, y sonríe con ceño.

Siempre he pensado que su nombre la define.

También sus actos. Es una adorable abuela de cuento, solo que de veintinueve años.

Somos como madre e hijo, pero de la misma edad.

Si no fuera por el moño, tan apretado que duele con solo verlo, el pálido maquillaje y las faldas de ejecutiva, podría pasar por una mujer atractiva.

En la última cena de Navidad, a la que se presentó con la melena suelta y los labios pintados de rojo, faltó poco para que le pidiera una cita.

Habría sido el mayor error de mi vida, dado que es la única amiga que tengo aquí, Alfred aparte.

Ha sido así desde que nos conocimos, hace ocho meses.

Ella había sido contratada recientemente como secretaria de Evelyn Crowe y yo trataba de sobrevivir en la piscina de tiburones sin ser devorado.

Mi acercamiento a ella fue movido por el egoísmo más puro, he de admitir.

Yo era nuevo en la ciudad y necesitaba a alguien a quien acudir si necesitaba ayuda o sufría una crisis sanitaria repentina.

Hada era un encanto y hablaba mi lengua materna, resultaba perfecta.

Ofrecerle mi amistad es lo mejor que he hecho en la vida.

Está claro que me ha estado esperando.

—Vaya cara traes —dice, observando mis ojeras, que deben de parecer medallas.

—Es la única que tengo, Hada. —Me llevo la taza a los labios. Me quema, pero también me conforta. En este momento, me siento un yonqui de la cafeína. Ya llevo dos y no han dado ni las diez—. Apenas he dormido esta noche.

Se detiene en el acto.

—No habrás ido a la sala de baile sin mí.

El trimestre pasado, cuando empecé a bailar salsa, el Toni Galán introvertido, y nada dado a las muestras públicas de felicidad, descubrió un talento oculto y una manera de canalizar la frustración y el sentimiento de injusticia.

Lo conseguí de la mano de Hada «caderas explosivas» García.

La joven secretaria es californiana, pero por sus venas corre sangre cubana.

Y ya se sabe lo que dicen de que los cubanos nacen moviéndose al ritmo de Celia Cruz.

Los viernes por la tarde, al acabar la jornada en los estudios, Hada deja a un lado su disfraz de ejecutiva y acude al barrio latino, donde cada noche se celebran batallas de salsa.

Momentos previos a su actuación, Hada se despoja de su abrigo, dejando a la vista un atuendo colorido más ligero de ropa, y da rienda suelta a su talento oculto.

Yo esto lo sé porque, a las pocas semanas de que nuestros caminos se cruzaran, ella debió de captar el aura de negatividad que me envolvía, o tal vez pensó que todos los latinos debíamos de bailar salsa como ella, pero el caso es que me arrastró a su mundo y me hizo una promesa con sabor a desafío: «antes de que se estrene la serie, Toni Galán, vas a aprender a bailar».

Casi se me empañaron los cristales de las gafas cuando la vi en acción por primera vez.

—Sabes que jamás te haría eso —le digo.

—¿Es por lo de anoche?

—¿El qué de anoche? —bromeo mientras camino hacia mi escritorio. Ella me sigue.

—Muy gracioso —finge una carcajada—. Tú también podrías haber escrito una de amor. O mejor, una pornográfica.

No son muchas cosas las que Hada se toma en serio.

Yo lo sé y se lo perdono. Durante los difíciles primeros meses en la ciudad, la única que alguna vez me tendió una mano (con el idioma, la ciudad, etcétera) y me mostró cierto afecto fue Hada, y por ello me veo moralmente obligado a perdonarle cualquier cosa.

—Oye, ¿podrías pasarte esta tarde por casa para dar de comer a Alfred y sacarle un rato? —le pido.

Ella sabe que yo sé que no hace falta ni que conteste, pero igualmente lo hace.

—Claro. ¿Te toca hospital?

Finjo que no me afecta.

—Sí.

—Por supuesto, no te preocupes por Alfred.

Le doy las gracias.

—No te sientes —me detiene cuando voy a aposentar mi cansado trasero en mi silla. A pesar de que sus ojos negros no dan a entender nada tras los cristales de las gafas de secretaria, algo me dice que se trata de algo importante.

—¿Por qué no?

—La madre de dragones —dice.

—¿Evelyn?

Asiente con la pena del policía que está comunicándole a una madre el fallecimiento de su hijo.

—Quiere verte. —Así es Hada García, portadora de sabroso café y pésimas noticias en partes iguales—. En su despacho.

Me quito las gafas. Mi visión túnel se vuelve borrosa durante el segundo que tardo en llevarme los dedos al puente nasal, aprieto (estoy sudando) y vuelvo a ponérmelas. Trago saliva y suspiro.

Ella asiente con la cabeza, como si lo sintiera.

Alguien ha matado a una chica inocente siguiendo el mismo método que un día escribí, y ahora Evelyn Crowe quiere verme en su despacho. ¿Hay una forma peor de empezar el día?