Pack Toni Galán (libros 1-3) 4 #2
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El resto diminuto de la telaraña me regala el recuerdo de esos labios rojos, húmedos y con sabor a nicotina buscando mi lengua con deseo.

—¿Quieres ver mi habitación?

Cuatro meses después me presentó a sus padres.

Los recuerdos, como suele pasar, se amontonan dolorosamente. Un día alguien me dijo que los recuerdos duelen, sobre todo los buenos. A medida que me hago mayor, soy cada vez más consciente de que así es.

Ahora, a miles de kilómetros y decenas de años de aquello, inclinado sobre la encimera de la cocina, me entra la risa. Me río sin saber por qué, pues en realidad me siento sucio, cómplice desde anoche del mal que asola este mundo.

«¡No fue culpa tuya!»

Se ha hecho tarde. Lavo rápidamente los cubiertos y me preparo para afrontar el día. Alfred me busca la mano. Eso me da ánimos. Acaricio su coronilla y él restriega su hocico buscando mimos y ganándose una chuche. Prometiéndole volver a la tarde, me incorporo y salgo de casa.

Conduzco un Volkswagen Beetle con capota abatible que adquirí de segunda mano a un compositor de bandas sonoras; todo un imán para las chicas.

Llevo la radio sintonizada en la KROQ-FM, en un espacio dedicado a la música alternativa y soft rock.

En este momento se oye a The White Stripes haciendo una nueva versión del clásico de Dolly Parton: Jolene .

Daña a los oídos. Como ver a Tom Cruise en esa versión de la película de Alejandro Amenábar.

Tal vez música alternativa signifique en realidad música de la peor clase.

Cambio al bluetooth y reproduzco una lista de grandes éxitos de Supertramp desde mi móvil. Subo el volumen, me pongo las Ray-Ban y piso el acelerador mientras dejo que la brisa, cargada con olor a mar, juegue con mi cabello. El día se antoja lleno de posibilidades.

La música tiene un efecto mágico y reparador. Siempre que no sea música alternativa.

Imagina conducir por las avenidas de Santa Mónica a bordo de un coche descapotable. El cielo está despejado, pintado de un azul intenso que, reflejado en el espejo retrovisor, se funde con el horizonte del océano Pacífico.

A mi alrededor, las calles de Los Ángeles vibran con una energía contagiosa y optimista.

«Como si nadie hubiera matado a nadie recientemente», me digo haciendo una mueca.

Las palmeras se contonean en las amplias avenidas, dando vida a los pósteres, postales y carteles de películas con los que la mayoría nos conformábamos de jóvenes.

El olor a café recién hecho y a panadería se mezcla con la salinidad del mar. Las terrazas de los cafés cobran vida mientras el mundo despierta alrededor en lo que cualquiera denominaría el sueño californiano, y, si el universo tuviera sentido del humor, ahora sonaría The Mamas en el que los ingleses dijeron Bye, bye a los europeos; cuando las vidas negras importaron más que nunca; el año en que la Mamba Negra, El Pelusa y James Bond (el genuino) murieron.

Fue el año en el que me arrebataron el futuro y me pidieron el divorcio.

También en el que me dieron una segunda oportunidad.

Ahora, cuatro años después, soy un joven de treinta y cinco, soltero, apasionado y con grandes ambiciones literarias.

Tengo un apartamento con vistas al Pacífico, un perro fiel y el mejor trabajo del mundo.

También tengo deficiencias cognitivas, problemas de vista, una leve aunque persistente cojera y un corazón roto.

Bonito sueño, ¿eh?

Lo del sistema nervioso lo causó una enfermedad degenerativa. Está por ver que sea cuestión genética.

Lo del corazón roto fue cosa de Patricia Llanos.

Nuestro idilio comenzó durante el primer año de carrera, tras ese beso ebrio y húmedo.

Era ya tarde para perder la virginidad, si se hacía caso de las fanfarronadas de los amigos.

Yo no era el típico empollón, con gafas y ortodoncia, repelente de mujeres, y tampoco fui víctima de ningún caso de acoso escolar.

A decir verdad, siempre me llevé bien con las chicas de mi edad, pero mientras mis amigos se pavoneaban describiendo y comparando sus experiencias orgásmicas, yo siempre parecía atraer a las chicas equivocadas, a las buenas chicas, las que aún decían que no…

, o que habrían dicho que sí, si yo hubiera tenido el valor de dar un paso al frente.

Todo cambió en la universidad, cuando conocí a Patricia, y con ella, la lujuria.

Fue una atracción mutua a primera vista.

Patricia era la clase de chica con la que los hombres anhelaban pasar una noche loca, y al mismo tiempo temblaban ante la posibilidad de tener algo más serio con ella.

En aquella época había una palabra para definirlo: calientabraguetas , término que solía considerarse lo opuesto a decente.

Cuando uno ve a una mujer decente y hermosa, quiere escribirle un poema.

Cuando yo veía a Patricia, quería retozar con ella sobre una cama de hojas secas bajo el anaranjado atardecer.

En esa época, antes de conocerla, usaba una frase con todas las chicas. Siempre decía: «algún día seré un escritor reconocido». Y todas se reían, se pensaban que iba de broma. Menos Patricia. Ella creía en mí.

Le pedí matrimonio el mismo día de la graduación.

Nos casamos, dos años más tarde, en Ibiza. Un fiestón en la playa hasta el amanecer. Éramos como una canción de Simon y Garfunkel: tiernos, melancólicos y empalagosos.

Fuimos inseparables durante tantos años, que me cuesta creer que acabara. Aún sigo preguntándome qué fue lo que pasó. ¿Cuál fue la mecha que lo prendió todo?

—Afrontaremos esto juntos —dijo ella un día, en cuanto llegamos a casa, de vuelta del hospital.

Para entonces, la lujuria de los primeros meses había dado paso a la más absoluta entrega, complicidad y cariño, y yo solía pensar, con una sonrisa esculpida en la cara, en aquellos que habían huido despavoridos de la c alientabraguetas .

¡Qué joya se habían perdido!, pensaba entonces.

Me creí su promesa. Y pienso con sinceridad que ella también se la creía, porque me lo dijo mirándome a la cara y sin pestañear, con los ojos húmedos, los labios fruncidos y las manos fuertemente aferradas a las mías, como si temiera que fuese a caer por un precipicio.

«Afrontaremos esto juntos».

No me miró a la cara cuando, al cabo de unos meses:

—Tengo cena con unas amigas. No me esperes despierto.

Aquello se volvió repetitivo. Demasiados problemas, decía. Demasiado estrés. Como si fuera ella la que tenía que convivir con la enfermedad.

Por supuesto, ese tipo de obstáculos pueden superarse, pero no lo hicimos, lo cual, en retrospectiva, dice mucho.

Yo nunca presioné. Sentía que no era justo que, además de obligarla a vivir el resto de su vida con un enfermo, le impidiera hacer su vida con otra gente. En cierto modo, sigo sintiéndolo.

¿Se estaba viendo con otro hombre? No lo sé, y nunca se lo pregunté; ni siquiera cuando se quitó la alianza con rabia y la tiró al mar.

Hay cosas que uno no quiere saber, como por qué la mujer que le juró amor eterno pasa tanto tiempo fuera de casa o sale de la habitación para contestar al teléfono.

Dicen que mi enfermedad se ha llevado miles de vidas por delante, pero se ha llevado mucho más que eso.

Desde entonces, me he preguntado a menudo si nuestro final hubiera sido otro si no me hubieran diagnosticado la enfermedad. Tal vez Patricia se habría comportado diferente. O quizás yo habría sido menos arisco en los días malos.

O puede que nuestro destino estuviera escrito.

No tiene sentido darle más vueltas, pues así es como ocurrió.

Y está bien así.

Al fin y al cabo, Paul Simon tuvo su gran carrera en solitario, ¿no?