4
Dos días después de la emisión del segundo episodio. Cinco días para la emisión del tercer episodio. Apartamento de Toni. Día.
El sol naciente aún no ha despejado las sombras de las imponentes palmeras de la playa, pero los más madrugadores ya acuden a los modernos locales en el paseo que recorre la costa desde Venice hasta el límite septentrional de Santa Mónica.
Los colores brillantes y diseños únicos de las fachadas añaden un toque pintoresco al paisaje urbano.
Casi todos los menús anuncian lo mismo: huevos benedict regados con un zumo detox.
Hoy en día, todos quieren empezar el día con el desayuno de moda.
No todos. Yo le doy vueltas al café desde la barra encimera de la cocina tras abrir con desgana un paquete de galletas.
¿Qué le voy a hacer? Me gusta la comida infantil, mantengo el alma del niño glotón que fui.
También le vuelve loco a Alfred, que me acosa con ojos saltones, la lengua colgándole salivosa de la mandíbula y su cola barriendo el suelo, a los pies del taburete.
Estoy tan cansado que siento que voy a derrumbarme como una enorme figura de arena de las que se levantan en la playa.
Esperando a que el primer café haga efecto en mi organismo, escudriño somnoliento los detalles del mobiliario, del techo y las paredes en busca de recuerdos que me distraigan y que me alejen de la visión de la chica.
Un dedo anular cercenado.
Un ramo de novia.
La estancia principal es mi santuario, un espacio que me sirve como sala de estar, dormitorio y oficina, todo en uno.
A mi derecha, mi cama tamaño queen , testigo de sueños llenos de guiones aún por escribir, aunque no esta noche.
Sobre la cama, una serie de estantes flotantes albergan mis libros de cine, guiones clásicos, novelas de suspense y alguna que otra figura de Star Wars: Darth Vader, Chewbacca y mi preferido: el maestro Yoda.
Esta mañana, como es habitual aquí, la luz natural se cuela suavemente en el espacio a través de un amplio ventanal que ofrece vistas al mar, un telón de fondo constante que me inspira y tranquiliza.
A pesar de ser un piso alquilado, la decoración es de cosecha propia.
Frente a la ventana, mi escritorio minimalista de vidrio y metal, con notas adhesivas llenas de ideas sueltas, libros de consulta, y sobre el que reposa mi fiel ordenador portátil.
Hace tiempo que va necesitando una merecida jubilación, pero me resisto a deshacerme de él; a fin de cuentas, sus teclas escribieron mis primeras historias.
Plantas en macetas aportan al apartamento un toque de color y vida —la monstera, mi preferida—, mientras que fotografías en blanco y negro de escenas icónicas de películas adornan las paredes, creando un ambiente que, a mi modo de ver, es a la vez inspirador y acogedor.
La cocina, desde donde hoy ingiero el desayuno sin ganas, es una maravilla de diseño.
Armarios de alto brillo en tonos claros se combinan con electrodomésticos de acero inoxidable y una barra de desayuno que sirve a modo de comedor.
Aunque el espacio es compacto, está equipado con todo lo que necesito para preparar desde un café matutino hasta una cena sencilla.
Las parejas jóvenes de cierto poder adquisitivo viven en apartamentos como este hasta que pueden permitirse una mansión con jardín y piscina privada.
Los artistas que se conforman con tener poco y disfrutar mucho vuelven allí cuando sus hijos dejan el nido.
Y, por supuesto, los guionistas solteros al borde de la madurez que trabajan demasiado y salen poco también acabamos aquí.
A pesar de su reducido tamaño, el apartamento es mi refugio personal, un lugar donde puedo crear, soñar y, sobre todo, vivir a mi propio ritmo, con el eterno vaivén del mar como banda sonora de la vida cotidiana.
Me sobresalta el timbre del móvil. Lo cojo para que deje de sonar.
—Hola, mamá.
—¿Qué tal el tratamiento, cielo?
—Es esta tarde.
—¿Esta tarde?
Me la imagino mirando el reloj y se me escapa una sonrisa silenciosa.
—Aquí es primera hora de la mañana, ¿recuerdas?
Suelta un gemido y después se ríe.
—¡Siempre se me olvida!
—Mira que te lo tengo dicho —oigo que dice papá de fondo. Sonrío más. Aprieto el teléfono con fuerza, siento que hoy los necesito más que nunca—. Tienes que restar nueve horas.
—¿Te he despertado? —pregunta mi madre, sofocada por el error.
—No, no te preocupes.
—Bueno, pues que vaya todo bien, ¿vale? Cuando termines, no se te ocurra volver a casa solo. Pídele a Hada que vaya a buscarte.
No tengo intención alguna de pedirle eso a Hada.
—Claro.
—Me gusta esa chica —dice. Ya es como una tradición. Es mencionar ella el nombre de Hada, y…
—Y a mí, pero no como tú crees. Oye, mamá… —Me rasco la cabeza, no sé si debo sacar el tema—. ¿Estáis viendo papá y tú la serie?
Un suspiro de los suyos. Cuando era niño, podía sentir que la casa temblaba.
—No me gusta el cine violento, ya lo sabes —contesta—. Pero sí, ¿cómo voy a perderme tu serie?
Mi mirada se desliza hacia el póster, mi mayor logro. Hacerlo mientras escucho la voz de mamá cobra un sentido especial. Se lo debo a ellos. Siempre he pensado que, cuando un niño crece sabiendo que lo quieren, puede con todo.
Espero a que añada algo más, pero no lo hace, y respiro aliviado por ello.
—Necesitas una novia, hijo. Una mujer formal, no esa fresca de Heidi… ¿cómo se llama?
—Heidi Goldman. Y ya no estoy con ella desde hace semanas. Fue algo pasajero.
«De hecho —pienso para mí—, solo llegué a conocer su dormitorio. Tres gloriosas veces».
—Ese es tu problema desde que te divorciaste, que todas las mujeres son algo pasajero para ti. Pero el tiempo pasa rápido, hijo, y cuando menos te lo esperas, te ves con setenta años viendo La rueda de la fortuna más solo que la una.
Eso ha dolido.
—¿A qué ha venido eso, mamá?
—Olvídalo. Haz caso a tu madre y échate una novia. Hada, o quien quieras. Pero que no sea una actriz, esas no son de fiar.
—Lo intentaré —suspiro.
—Bueno, te dejo —añade—. Avísame cuando salgas del hospital.
—Te escribiré al móvil, a esas horas aún será temprano en España.
Nos despedimos con un beso y le mando otro para papá. Al colgar, me quedo mirando el calendario sobre la encimera, una sencilla agenda y lista de tareas pendientes a la antigua usanza.
La mayoría de las treinta casillas del mes están en blanco.
La del día de hoy es una de las pocas excepciones.
En bolígrafo rojo, escribí las palabras TRATAMIENTO A LAS 15.
30 . El día de la desparasitación de Alfred, una vez cada tres meses, también lo tengo marcado con un círculo.
Y el domingo pasado, así como el próximo y cada domingo del mes, hay garabateadas, con un rotulador verde en grandes letras mayúsculas, dos palabras:
¡NUEVO CAPÍTULO!
Por encima de todo lo demás y con signos de exclamación.
Aquello que me causaba excitación y ganas de ver nacer otro día hasta el estreno del siguiente capítulo de la serie, ahora me provoca escalofríos. Una pregunta me ronda, con tal insistencia que hasta he soñado con ella: ¿Volverá a matar?
Mojo una galleta en el café y me la llevo a la boca. Mi mente, al igual que los restos de galleta, empieza a dar vueltas.
La literatura radica esencialmente en veintisiete letras que van de la A a la Z.
Veintisiete letras y vuelta a empezar. Así de sencillo.
Es la misma historia una y otra vez, por siempre.
Todo lo que un escritor puede ofrecer al mundo es su utilización de las veintisiete letras.
Eso es todo. Y esto se aplica a los guiones de cine, por supuesto.
Por eso me resulta inaudito que una simple historia de entretenimiento, formada por esas veintisiete letras mil veces repetidas y ordenadas de una manera concreta sobre un papel, haya dado el salto a las calles, arrebatando una vida.
«No —me reprendo—. Tú no eres responsable de su muerte».
En el ángulo que forman las paredes y el techo, la mujer que viene a limpiar una vez a la semana no se ha percatado de una minúscula telaraña, apenas un resto de gasa gris sin aquella que la tejió.
Allí, no sé por qué, se me ha quedado atrapado el recuerdo del primer beso de Patricia.
Yo tenía dieciocho años, los mismos que ella.
El recuerdo está difuso, emborronado por un poco de todo: el paso de los años, mis heridas cerebrales y la desmedida cantidad de alcohol ingerida esa noche.
Son las típicas cosas que ocurren en las fiestas universitarias.
Se baila, se bebe, se suda, se canta y se salta.
Todos, hasta el más callado e inadaptado (no digo que yo lo fuera) conocen a todos, y una norma prevalece sobre lo demás: si se te ponen unos labios a tiro, los besas. Punto.
Tomo un sorbo de café sin apartar los ojos de la pequeña telaraña. ¿Por qué sonrío? Son inocentes y divertidos momentos que devora el olvido y que, de pronto, al mirar una telaraña, el recuerdo los rescata.
Era una noche de tantas. A las intempestivas horas cercanas al amanecer, me fijé en que me miraba.
Ella se me acercó. Se presentó como Patricia.
Se hospedaba en la residencia de estudiantes y cursaba segundo curso en historia del arte.
Yo, cómo no, filología inglesa. Un detalle que pareció hacerle gracia.
Me dijo algo que no capté. Apenas alcanzaba a entenderla en medio del jaleo.
Pero ella seguía hablando, y lo hacía, de eso sí me percaté, con la cara muy cerca de la mía.
La cara en la que, a pesar del lápiz de ojos y los labios pintados de rojo, yo no veía más que a una niña suplicando ser querida.
Por eso, cuando en la penumbra roja de la discoteca, de buenas a primeras ella me puso la mano en la entrepierna, yo reaccioné dando un respingo y retrocediendo un paso.
Pensé en una broma, alguna novatada que alguien estuviera conspirando contra mí, aunque ya habían pasado varios meses desde que empezara el curso.