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Siento que, frente a mí, el televisor contiene la respiración. Yo también contengo la mía.
Mis dedos recorren la tapicería del sofá en busca del mando a distancia.
Mis ojos permanecen abiertos, pero siguen viendo esas imágenes. Los presentadores trajeados y ese reportero narrando una tragedia cuya repercusión seguramente desconoce. ¿Qué sabrá él?
Finalmente doy con el mando. Apago el televisor y el apartamento queda en silencio.
La ventana abierta tampoco devuelve sonido alguno.
Alfred limpia con la lengua los restos de vino del suelo. Normalmente se lo impediría, pero mi cabeza ahora está en otra parte, rebobinando como una cinta de música antigua.
Cinco años atrás, verano en el campo, escribí una novela para la historia.
Cuatro años atrás, Madrid bajo la nieve, recibí los resultados de la resonancia. Luego vino un largo periodo de discusiones y peleas. También de negociaciones, llamadas, viajes y revisiones de contratos que mi mente pronto borrará.
Dos años atrás, este mismo mes, escribí el primer asesinato:
XXX cercena su dedo, el pecho de ella aún latente y lo guarda en una pequeña bolsa de plástico. La ausencia de la falange y un ramo de flores de novia es lo único que deja.
XXX no tenía nombre aún, pero ahora sí lo tiene. Es Derek Cross, el asesino de novias. Yo le había puesto otro nombre, pero la productora me hizo cambiarlo por ese en el último momento. Dijeron algo sobre marketing y mencionaron la palabra «gancho».
Alfred sigue lamiendo los restos de vino, pero yo sigo sin reaccionar.
De pronto, ronroneante, un avión comercial surca el cielo nocturno. Me imagino que voy en él. «Ahí vamos mi pasado y yo, origen Madrid, a punto de aterrizar en el aeropuerto de Los Ángeles para cumplir mis sueños. Dispuesto a empezar de cero».
Poco antes, había recibido un email en inglés con mi nombre presidiendo el texto:
Mr. Galán, nos ponemos en contacto con usted porque queremos que viaje a Los Ángeles para una posible oferta…
Volviendo a leer la dirección de envío, había esbozado una tímida sonrisa. Era una productora estadounidense.
Todo vulnerabilidad (uno no sabe lo que es el miedo hasta que se encuentra solo, a miles de kilómetros de su casa, y padeciendo una enfermedad neurodegenerativa), asistí a las oficinas de la productora.
Allí conocí a Evelyn Crowe. Hicieron falta incontables reuniones para que alcanzáramos un acuerdo.
Y no por mi parte, yo tenía claro que aceptaría la oferta desde el primer segundo en que pisé las mullidas moquetas de la sede central.
Pero ellos tenían muchos flecos que concretar.
Todavía no conocía la obsesión por los detalles de la que sería mi jefa.
—Hemos seguido de cerca tu trabajo en España y nos ha llamado la atención —recuerdo que dijo, justo después de estrecharme una mano pequeña pero firme como un yunque. Como yo no reaccioné, añadió, en un tono que casi sonaba a provocación—: Vaya, es mucho más locuaz en sus libros.
Mi trabajo en España… Mis libros… Se refería a mis novelas de suspense. Cuando la vida era más difícil y en parte más plácida.
Ahora mi nombre aparece en el cartel publicitario de la serie de moda.
No siempre fue así. Hubo una época en la que las teclas de mi teclado brillaban bajo la luz de un flexo de segunda mano; en la que escribía con sangre cada renglón; en la que mi sustento dependía del éxito de la siguiente novela.
En contrapartida, eran días en los que no me despertaba en plena noche empapado en sudor, preguntándome aterrado: «¿será hoy?
¿será esta noche cuando abra los ojos y descubra que me he quedado ciego? »
Pero, un día, mi suerte cambió. Un día gané un premio literario. Uno no sabe lo que es ganar hasta que no ha perdido antes quince o dieciséis veces. Recuerdo cada minuto de aquel día.
Tanto como cada minuto del día que me hicieron la punción lumbar.
La doctora sonreía afablemente.
—Antonio, ahora te voy a realizar la punción —dijo—.
Necesito que te tumbes de lado, en posición fetal.
—Me enseñó un dibujo a modo de ejemplo—.
Bien, voy a darte una buena noticia. Habremos terminado en menos de cinco minutos.
Vamos a pincharte ahora mismo. Pondremos anestésico local en la zona.
Va a ser molesto, pero pasará enseguida.
No obstante, avísame si no puedes con ello, porque podemos sedarte.
Asentí con la cabeza. Naturalmente, era mentira que sería molesto. Fue muy molesto. Pero como los médicos siempre tratan de suavizar el daño, podía considerar esa afirmación como una predicción exacta del futuro. Algunas veces las mentiras son más de fiar que las verdades.
La doctora colocó algo en mi espalda. Cerré los ojos con fuerza. De repente, una extraña sensación me atravesó desde la parte baja de la espalda hasta el alma.
Pisaría ese hospital, y también otros, muchas veces a partir de entonces.
Pero estaba hablando del premio. De la noche a la mañana pasé de escribir bajo seudónimo en Wattpad, a verme copando marquesinas en las paradas de autobús, y más tarde, a ver mi nombre en carteles de series multinacionales dignas de prestigiosos premios.
Por fin me servía para algo la carrera de filología y el curso de escritura creativa.
Ahora sé que la oferta de Evelyn fue al mismo tiempo mi bendición…
y mi maldición. Aquel libro fue mi billete dorado para visitar la fábrica de chocolate de Willy Wonka; un inexplicable éxito editorial sin precedentes que me convirtió en bestseller y me catapultó a la fama de la noche a la mañana.
Y ha supuesto una losa que ahora, que soy un prestigioso guionista de Hollywood, me siento incapaz de levantar.
Mis ojos vuelven a detenerse en el póster de la pared. «El episodio piloto te deja sin aliento», entonó la revista Variety en un artículo titulado ¿Es El asesino de novias la serie del año? «Un thriller tan crudo como meticulosamente rodado».
Reacciono a tiempo de recoger los restos de solomillo de la mesita antes de que Alfred termine de darse un festín.
Dejo el plato y los cubiertos en la pila (ya los recogeré mañana, me digo) y me meto en la cama sin cepillarme los dientes.
Alfred sube al colchón de un salto y se acurruca junto a mis pies.
Normalmente, sentir su calor corporal, su respiración sosegada, me ayuda a conciliar el sueño, pero no hoy.
Esta noche no puedo dejar de escuchar la voz de Evelyn.
Era la última reunión. El contrato estaba firmado y nos acompañaba el que sería el equipo técnico de la serie:
—Buscamos una trama impactante, Antonio. Es lo que la audiencia está demandando.
—Por favor, llámame Toni.
—Y tú no me tutees, Toni.
—Como quiera, Evelyn.
Sus mejillas se ruborizaron y un brillo de ira cruzó sus ojos. Enseguida supe que no era ira, sino excitación ante la ocasión de poder exhibir su poder ante su nuevo cachorrito. También supe que no era buena idea desafiar a la que iba a ser mi jefa.
—Como iba diciendo antes de que me interrumpieras, necesitamos algo que mantenga a los espectadores hundidos en sus asientos —dijo sin pestañear, haciendo lo propio conmigo a base de perforarme con la mirada—.
El viernes tendrás escrita una trama desarrollada para una temporada de diez episodios.
También me traerás una lista de los personajes protagonistas, con un villano que posea una motivación creíble y un personaje femenino empoderado.
—Luego carraspeó y añadió por lo bajo, dejando claro que no comulgaba con sus siguientes palabras—: Hay que contentar al mercado actual.
—Una cosa… —Levanté la mano para intervenir, pero Evelyn siguió hablando.
—La trama tendrá un final convincente pero abierto, por si queremos rodar una segunda temporada.
Nunca hay que descartar esa posibilidad.
Quiero que traigas desarrollados una serie de giros argumentales que dejen al espectador con ganas de más, y, muy, muy, muy importante, el primer episodio debe ser frenético.
Quiero que el espectador se quede sin aliento.
Después hizo un gesto con la mano indicando que había concluido la reunión.
Así pues, en esas me había metido. Tenía que sacarme de la manga todas esas cosas para que el espectador quedara sin aliento.
Lo había repetido hasta por tres veces.
Muy, muy, muy importante.
¿Cómo iba a lograrlo?
Esa tarde me fui a dar un paseo por la playa para ordenar mis ideas. Me habría gustado perderme en un bar, pero esa vez sí que obedecí las consignas médicas.
A lo que se refería Evelyn realmente, en relación con el primer episodio, era que había que levantar el polvo desde el principio, poner las cosas en movimiento.
Naturalmente, es un principio en el que se basan casi todas las novelas de éxito de los últimos años, y yo estaba familiarizado con el concepto.
Se me ocurrió al tercer kilómetro, cerca del muelle de Santa Mónica.
Me vinieron como chispazos. Tan fuertes que por un instante pensé que estaba sufriendo un nuevo brote.
«Un asesino en serie».
«Asesino de mujeres».
«Mujeres jóvenes».
«Y siguiendo un patrón tan sádico como original».
Sí, eso siempre funcionaba. Desde que, en los años noventa, David Fincher diera el pistoletazo de salida con Seven , la fórmula había sido un filón.
¿La jefa quería que la audiencia quedara sin aliento en el primer episodio? Pues escribiría un asesinato nunca visto para los minutos finales. Algo que les hiciera apartar la mirada de la pantalla y al mismo tiempo contar los días para la emisión del segundo episodio.
Ahora, tumbado sobre la cama, con el cuerpo de Alfred meciéndose al son de su respiración, pienso en la chica que han encontrado muerta esta tarde.
Aunque encienda la luz, me acosa una especie de penumbra que persiste adherida a los objetos como una capa de mugre tenaz.
Pienso en los presentadores trajeados. No me quito de la cabeza la voz del reportero mientras enumera las particularidades del asesinato.
A medida que lo hace, la escena se dibuja en mi mente con una precisión tal como si una versión onírica de Goya lo estuviese inmortalizando en tiempo real:
Un dedo anular cercenado.
Un ramo de novia.
No es la primera vez que ese cuadro se muestra en mi mente.
Fue pintado por primera vez hace dos años, después de la última reunión, durante el tercer kilómetro de mi paseo, cerca de la noria de Santa Mónica.
La noche que lo escribí.