2
Ocho días después de la emisión del episodio piloto y un día tras la emisión del segundo episodio. Apartamento de Toni. Atardecer.
Peter Montgomery, «las manos milagrosas», está recogiendo sus bártulos mientras me sirvo una generosa copa de rioja.
—No deberías beber —me advierte, casi pidiéndome perdón por ello—. Y menos un lunes por la tarde. Ya lo sabes.
Es el clásico comentario que normalmente me sentaría como una patada en el estómago, pero a Peter no se lo tengo en cuenta.
—No, no debería —respondo, haciendo girar la copa como un sumiller.
En alguna parte he leído que la huella del vino en el vidrio determina su calidad, aunque en este momento me siento ridículo.
Culmino el ritual llevándome la copa a la boca y dando un buen trago, que disfruto hasta la última gota.
Está templado, suave y afrutado. Delicioso—. Pero hoy es un día especial.
Peter hace un gesto negativo con la cabeza pero sin dejar de sonreír, como si yo no tuviese remedio.
Tiene razón. Estoy siendo deliberadamente irresponsable.
Lo primero que me prohibieron los médicos fue el tabaco; por suerte, nunca he probado un cigarrillo.
Lo segundo fue el alcohol:
—Puedes beber una copa muy ocasionalmente, pero estando bajo tratamiento, el alcohol puede saturar tu organismo —dijo la doctora ese día aciago—. Y necesitamos cuidarlo. Por lo demás, vida normal.
«Vida normal». Supongo que una vida normal para ella incluía visitas recurrentes al hospital, extracciones sanguíneas y el miedo constante a perder la vista, a hormigueos inesperados o a olvidar un precioso recuerdo. No me tires de la lengua.
Y aquí estoy, a punto de envenenarme con una generosa copa de vino un lunes por la tarde, en mi casa, a pesar de las recomendaciones médicas.
Sí, sé que suena horrible, pero, como le he dicho a Peter, hoy es un día especial.
Hace un rato, en una tarde como la de hoy (el sol brillaba, el cielo era de un azul inmaculado y la brisa veraniega olía como el cabello de una amante), sintiendo en mis pies desnudos el tacto de la arena que el mismísimo Dios desearía pisar, me he sentido más próximo que nunca al God Bless America .
Nunca me detengo en la playa de regreso de la oficina, principalmente porque odio la playa.
En realidad, lo que detesto es que se me mojen los pies y se me llenen de arena.
Pero también opino que cualquier tacto singular merece la pena ser disfrutado.
Estar presente, en definitiva. Lo pienso desde que perdí la sensibilidad en las piernas de manera temporal.
El caso es que hoy en especial me sentía reconciliado con la vida.
La productora nos ha concedido una generosa prima a gran parte del equipo de la serie.
La primera de muchas, según ha prometido Evelyn, si la tendencia sigue así de ascendente.
Y es que el capítulo emitido ayer, el segundo de la primera temporada, fue mejor de lo esperado.
El piloto ya cumplió las expectativas de audiencia (hace tiempo aprendí que empezar una historia con un terrible asesinato, sin demasiados preámbulos, es un valor seguro), pero lo de ayer confirma que la serie tiene tirón entre los espectadores.
Al fin y al cabo, se trata de una serie de suspense violento. No apta para públicos sensibles. Dedicada a un nicho reducido.
«Así pues —alzo la copa en el aire como si brindase conmigo mismo y me recreo en el líquido púrpura—, por el éxito».
Doy un segundo trago. Más corto, más sabroso.
—Un día es un día, Peter —le digo, pasándome la lengua por el labio superior. Una frase que junto a «lo que no mata, engorda», «la vida son dos días» y «no hay cojones», se ha llevado más vidas que mil desastres naturales juntos.
Él alza las manos. «¡Inocente, señoría!». Odio cuando hace eso.
—No tienes por qué darme explicaciones —dice—. No soy tu médico. Ni tu madre.
Lo cierto es que sí debería dárselas. De hecho, casi espero que me suelte una retahíla de advertencias del tipo «no querrás terminar en una silla de ruedas, ¿verdad?», como hacen todos y que tanto odio. Él sí está en potestad de decirme esas cosas. Pero no lo hace.
—Por suerte, no lo eres —respondo mientras saco de la nevera el segundo premio del día: un filete de solomillo de ternera, previamente empapado en aceite con especias, pimienta y sal—. Eres mi ángel de la guarda.
Peter viene a casa tres tardes a la semana. Dos horas al día. A razón de cincuenta dólares la hora.
Una cuota elevada para un fisioterapeuta.
Solo que Peter no es un simple fisio.
Peter tiene la importante misión de asegurarse de que mis piernas estén listas y en guardia. Preparadas para cuando vuelva a ocurrir lo inevitable.
Mi ángel de la guarda.
La mayoría de la gente alza las cejas y se queda con la boca abierta cuando se entera de que Peter, a pesar de su gran tamaño, se gana la vida dando masajes.
Uno tiende a pensar en una delicada mujer de dedos largos y hábiles, o en un afeminado muchacho sin vello en el cuerpo y debilidad por los aromas dulces, cuando se habla de un fisioterapeuta.
Peter, por contra, tiene la planta de un jugador de baloncesto y la voz áspera de un cantante de rock. Uno con manos milagrosas.
—¿Es bueno? —Peter ya ha plegado la mesa camilla, que ha dejado en su sitio, tras la puerta del salón, y ahora está guardando los geles en su bolsa de deporte. Me fijo en que está mirando el libro que hay sobre la mesita del salón.
— El juego de Ender , de Orson Scott Card. —Me cuesta seguir la conversación porque tengo la carne chisporroteando en la sartén, la salsa a la pimienta en la cazuela y las patatas en el horno. Cielos, y luego digo que la carrera de guionista es estresante—. Un clásico.
—¿Ciencia ficción?
Lo miro confundido.
—¿Qué pasa?
Él levanta el libro. Va directo a ojear la sinopsis en la contraportada.
—Chavales pilotando naves y seres alienígenas con forma de insectos gigantes. —Un resumen peculiar, el de Peter—. ¿Es para evitar encasillarte? —añade con guasa.
—¿Eso también se lo dices a Ryan?
Sí, Peter también le masajea los muslos a Ryan Gosling.
Enciendo el extractor para que el salón no empiece a llenarse de humo. No quiero que Peter llegue a su casa oliendo a barbacoa. El ruido de succión del aire es una invitación a Peter para que se largue, aunque no era esa mi intención.
Alfred, acomodado en su rincón, levanta el hocico un segundo cuando Peter me saca de mi frenética actividad en la cocina para darme un rápido abrazo de despedida.
—Hasta el miércoles —dice, y sale de casa con la bolsa colgada del hombro.
Antes de irse, ha encendido el televisor, donde está a punto de comenzar el partido de los Lakers. Me conoce mejor que yo mismo. Ojalá fuera una mujer. Entonces, le pediría una cita.
Vuelvo a estar solo con Alfred.
Y la cena está lista.
Al sentarme en el sofá (en efecto, voy a cenarme un solomillo a la pimienta en el sofá y no me avergüenzo), dedico un segundo a observar, casi como si lo venerase, el póster enmarcado que cuelga de la pared junto al televisor. Fue un regalo de la productora el primer día de rodaje:
EL ASESINO DE NOVIAS
En la parte inferior, junto con otros muchos participantes:
GUION DE ANTONIO GALÁN
Hago un gesto negativo con la cabeza. Todavía no puedo creer que pusieran mi nombre real en el cartel oficial.
Cuando me trasladé a la costa oeste desde España, me presenté a todo el mundo como Toni.
Antonio nunca me ha gustado, y lo que es peor, uno corre el riesgo de que acaben llamándole Toño o Toñín.
Siendo todavía un chaval, probé a ponerme absurdos sobrenombres como Antoine o Anthony.
Una vieja novia de la facultad hasta me llamaba Sweet T.
por mi famosa sonrisa torcida que la volvía loca.
Sí, tal vez fue una suerte que no se me quedara el nombre de Sweet T.
Finalmente, en América, me decanté por Toni.
Toni Galán es fresco, es pegadizo. Y tiene el toque justo a yanki.
¡Toni Galán, guionista de éxito! ¡Toni Galán, afamado escritor latino!
Pero en el cartel, ¡pam! , Antonio Galán.
Apuesto a que fue cosa de Evelyn. Sí, son puñaladas típicas de la jefa.
Para demostrar quién manda. O tal vez sea su manera de mantener la emoción en su vida personal. Solo Dios lo sabe.
Ninguna prima económica podrá compensarlo.
El póster, además del cartel de la serie, podría definirse como propaganda.
En concreto para Ethan, que es quien acapara casi toda la imagen.
Ethan Pierce es el actor protagonista, y por ende, el mejor pagado.
Interpreta a un asesino en serie atormentado con un pasado oscuro y que atraviesa problemas de personalidad doble.
Un colosal cliché, ya lo sé. ¿Qué puedo decir?
Escribo para la audiencia; jamás dije que fuera un William Goldman.
Cada vez que me siento en mi sofá, Ethan me observa con esa mirada fruncida tan ensayada. El pobre cree que algún día le darán un Oscar. Aunque, quién sabe, si Cher tiene una estatuilla a la mejor actriz, cualquier cosa es posible.
La ventana está abierta. Abajo, un perro ladra enrabietado. Alfred alza las orejas ante el coro nocturno. Rumia un gruñido entre los colmillos.
—No es nada —le digo, llevándome un pedazo de carne a la boca. El sabor del éxito, me digo. Alfred sigue mi movimiento con la mirada y se relame. Soy débil y le lanzo un pedazo pequeño de pan y lo devora casi antes de que toque el suelo.
Termina la primera parte. Los Bucks se han adelantado y ya ganan por once puntos a los Lakers. No me importa demasiado, no me van mucho los deportes, a decir verdad. Pero sigo a los Lakers por tres motivos:
Uno, para sentirme más de aquí.
Dos, para tener de qué hablar con los chicos en la oficina.
Y tres, para poder meterme con Peter. Nacido en la bahía de Oakland, es un fanático de los Warriors.
En algún punto del gran laberinto de hormigón que es la ciudad de Los Ángeles, una sirena aúlla.
El sonido ondea en mi apartamento como un lamento prolongado.
Aunque la temperatura en el salón es agradable y el sofá cómodo, me estremezco.
El sonido de las sirenas es el horror. Siempre me ha causado malestar.
No, no siempre. Creo que mi fobia nació cuando experimenté el primer gran brote.
Es un lamento en bucle que me eriza la piel.
Te agarra de las solapas de la camisa y te arrastra fuera de tu zona de confort, abandonándote en un callejón oscuro de la mente, vulnerable ante las amenazas de la vida.
Agito la cabeza y me refugio en mi celebración privada.
El vino tinto deja huella en el vidrio según le doy vueltas.
Me llevo la copa a los labios y le doy un pequeño sorbo.
Esbozo una mueca. Es el sabor de aquellas vacaciones con Patricia.
Antes, casi en otra vida, íbamos todos los veranos a una isla de Canarias y nos tirábamos diez días encerrados en un complejo turístico.
De esas escapadas a las que vas quemado y vuelves moreno.
Luciendo pulserita, nos tostábamos al sol, leíamos novelas antiguas y hacíamos el amor.
Por la tarde, nos sentábamos en el bar y bebíamos vino mientras un pianista convertía el momento en una postal viva.
Eso era antes de los síntomas. De las pruebas médicas. Del primer brote. Y de las broncas.
Doy otro sorbo al vino. Caramba, qué bien entra. Noto que me está subiendo a la cabeza.
«Es el amargo sabor de la traición», me digo.
«No deberías beber a solas y en lunes», me digo también.
Pero hoy quiero obligarme. Bebo otro sorbo, este más prolongado. Quiero recordar. Porque hoy es día de celebración.
Hoy es día de gritar: «La cagaste, cariño. Y de qué forma».
El partido está terminando cuando una segunda sirena aúlla de nuevo.
¿Cómo saber cuándo tu vida pende de un hilo? Es imposible, aunque, en ocasiones, sí es predecible.
En este caso, me llega como un rayo en mitad de un día despejado y soleado de verano.
El partido, durante un tiempo muerto del último cuarto, se ha visto interrumpido abruptamente, dando paso a un avance informativo de urgencia.
Dos presentadores encorsetados, con los cuellos de las camisas impidiendo el paso del oxígeno a sus cerebros, miran a la cámara con expresión seria, aunque tampoco de funeral. Basta con decir profesional.
Suena una música dramática de fondo, la única señal de que mi vida está a punto de cambiar. Porque eso nunca se sabe. La vida cambia en un instante.
Una mujer ha sido encontrada muerta en la ciudad. Muestra síntomas de asesinato con violencia. Mencionan el nombre del barrio. Está muy cerca de donde yo vivo.
Intrigado por la noticia, doy un nuevo sorbo al vino.
Soy adicto al morbo, supongo que todos lo somos.
¿Quién no ha aminorado la velocidad ante un accidente grave en la autopista?
En mi caso, es por un tema laboral; las tragedias ajenas son alimento para mi imaginación.
La realidad siempre supera a la ficción, dicen. Y yo estoy de acuerdo.
De manera inconsciente, enjuago el zumo de uva en el interior de mi boca como si fuera colutorio.
Me concentro en la voz crepitante del reportero.
Estoy atento a los detalles. La edad de la chica, sus rasgos físicos…
Siento que se me empiezan a humedecer las axilas a medida que dan más información.
Parece que ha sido un asesinato a sangre fría, no producto de un atraco que se ha complicado, o un asalto por motivos sexuales.
Las evidencias recogidas apuntan a que el asesino quería dejar algún tipo de mensaje.
El reportero da paso al presentador del informativo, que repite estas evidencias en el plató y proporciona algunos detalles más.
La copa se me resbala de las manos, ahora con vida propia, y estalla en varios pedazos al caer al suelo.
El vino dejará mancha, pero eso no importa ahora.
Se produce un silencio sobrecogedor en el salón; no es solo el televisor, es como si el tráfico de los alrededores, los aviones en el cielo, el perro que ladraba y hasta la hierba, los árboles y la ciudad entera se hubieran aliado contra mí.
Sin saber cómo, estoy de pie frente al televisor, que vuelve a emitir los minutos finales del partido. Mi cabeza, sin embargo, sigue atrapada en la chica muerta.
—Es imposible —balbuceo. Tengo que sentarme o me desmayaré—. Esto no puede estar pasando.