Oído, chef 29. Rodaballo a la brasa
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29. Rodaballo a la brasa

Champagne, en vaso de hotel · Txakoli de la casa

No supieron nunca cuándo había ido el inspector.

Si fue aquel del jersey azul, en abril, el del pil-pil rebañado con pan.

Si fue una pareja de septiembre que pidió ver la cámara.

Si fueron cuatro, en cuatro meses, y uno de ellos comió la cigala cuando aún estaba y otro ya no. La guía no lo decía. Mandaba un sobre.

Fueron a Bilbao en el coche de Lasa, los cuatro.

Lasa conducía con un esmoquin nuevo y hablaba sin parar.

Edurne iba delante, de negro, callada. Santi, detrás, con una corbata prestada que se aflojaba cada dos kilómetros.

Alazne llevaba la chaquetilla blanca de siempre, doblada en las rodillas. Garazi le había cosido los botones.

La sala era un teatro lleno de cocineros vestidos igual. Trescientas chaquetillas blancas, un murmullo de colmena y una pantalla enorme con un fondo rojo. Los sentaron en la fila nueve.

Itziar estaba allí. Seis filas más adelante, junto a Elena Garmendia, con el pelo recogido y la chaquetilla abrochada hasta arriba.

La reconoció por la nuca. Itziar se volvió como si lo hubiera notado, la encontró entre trescientas caras y no sonrió.

Le sostuvo la mirada, seria, un momento largo. Luego miró al frente.

Empezaron por abajo. Las estrellas nuevas, una a una, casas de Murcia, de Girona, de Tenerife, cocineros de treinta años que subían llorando. Elena conservaba la suya. Las segundas. Aplausos. A Alazne le sudaban las manos como a una aprendiz. Santi, a su lado, había dejado de tocarse la corbata.

Luego hubo un silencio, y la sala se quedó a oscuras salvo el atril. Un hombre de traje gris se inclinó hacia el micrófono.

—Este año la guía concede una única tercera estrella. La casa lleva veinte años abierta en un pueblo de dos mil ochocientos vecinos. Cocina el mar con leña.

Leyó siete letras.

No oyó los aplausos. Notó la mano de Santi en la espalda, empujándola, y la notó temblar. Notó a Lasa abrazarla.

—Veinte años, cabrona —le dijo al oído, con la voz tomada—. Veinte años.

Edurne le apretó el brazo hasta hacerle daño. Subió las escaleras con las piernas de otra. Le quitaron su chaquetilla y le pusieron una nueva, con tres flores rojas bordadas en el pecho, encima de su nombre.

Le dieron un micrófono. No había preparado nada.

—Esto se lo dan a una casa. Durante mucho tiempo creí que la casa era yo.

No. —Buscó la fila nueve—. En mi carta hay una lubina de Santiago Olano, que está ahí abajo, y que en primavera abre su propia parrilla en la calle Mayor de Getaria.

Hay una torrija de Nerea Zubieta, que tiene un obrador en Hendaya y a la que le debo once años.

Hay un pan de una mujer de setenta y un años que se llama Maritxu y que no ha querido venir porque a las cuatro enciende el horno.

Tragó saliva.

—Y el mejor plato que ha salido de mi cocina no lo hice yo.

Ya no está en mi carta, porque la cocinera que lo creó se lo llevó con ella, que era lo que tenía que hacer.

Se llama Itziar Vega. Me enseñó que un plato lleva el nombre de quien lo hace.

Tardé en aprenderlo. —Miró la fila tres—.

Un periódico escribió en mayo que estoy enamorada de ella. Es lo único que acertó aquella crítica.

Hubo una risa en la sala, y después un aplauso que empezó por un lado y se fue corriendo.

En la fila tres, Elena Garmendia le dio un codazo a su segunda. Itziar se había puesto de pie. Tenía las dos manos en la boca.

Bajó. La fotografiaron cien veces. Santi la abrazó sin decir nada, con una fuerza que no le conocía. En el vestíbulo le vibró el teléfono: un número francés, una fotografía de una torrija con una vela encima y una sola palabra, Zorionak.

Itziar llamó a la puerta de su habitación a las dos de la madrugada.

Era un hotel junto a la ría, con un ventanal de suelo a techo. Había una botella de champagne en una cubitera, regalo de la casa, y ninguna copa; bebieron en los vasos del baño.

—Enséñamela —pidió Itziar.

Alazne se quitó la chaquetilla nueva y se la dio.

Itziar pasó el dedo por las tres flores rojas.

Luego se desnudó entera, delante de ella, y se la puso sobre la piel, sin abrochar.

Le llegaba a medio muslo. Las mangas le tapaban las manos.

Las tres estrellas le caían justo encima del pezón izquierdo, donde una vez había llevado A. ARRIETA bordado en hilo gris.

—Así la quería ver —dijo Alazne.

—Pues mírala bien.

La besó contra el ventanal. Abajo pasaba el agua negra, con las luces de los puentes. Le abrió la chaquetilla con las dos manos y le cubrió los pechos con las palmas. Le lamió los pezones, uno y otro, con la tela blanca rozándole la cara. Itziar echó la cabeza atrás contra el cristal.

Se arrodilló en la moqueta. Le subió una pierna a su hombro y la comió así, de pie ella, sujeta por las caderas, con la chaquetilla abierta y la ciudad detrás.

—Cómo estás de mojada —dijo contra ella.

—Desde que te he oído decir mi nombre delante de trescientos cocineros. Y lo otro. Casi me corro en la butaca.

Se corrió en su boca, agarrada a su pelo, con un grito que empañó el vidrio.

Alazne se levantó. Itziar le rodeó la cadera con una pierna y la tuvo así, de pie contra el ventanal, con la mano de Alazne dentro otra vez, honda, despacio, mirándola. Le soltó el pantalón y le metió la suya. Las mangas blancas le colgaban por la espalda.

—Dímelo otra vez —pidió.

—Itziar Vega.

—Lo otro.

—Te quiero. Vuelve a casa.

—En enero. Fóllame.

Se lo hizo contra el cristal, cada vez más fuerte, con las tres flores rojas subiendo y bajando sobre su pecho. Bajó la boca al otro, al desnudo, y le chupó el pezón sin dejar de moverse.

—Más. Hasta el fondo. —Itziar le tiró del pelo y apretó la mano—. Así. Así, joder.

Alazne no aguantó. Era demasiado: el día, las tres flores, aquellos dedos. Se le doblaron las rodillas y se fue con un gemido roto, la frente en el cristal, antes de que Itziar llegara. Itziar la sostuvo con el brazo y la pierna mientras se le pasaba, besándole la sien, riéndose bajito.

—Tres estrellas y no aguantas ni un pase.

—Calla.

No pareció importarle. Ya se había corrido en su boca, y quedaba noche.

Luego la llevó a la cama, y allí fue Itziar la que tardó y Alazne quien no tuvo prisa.

No se quitó la chaquetilla para dormir.

Por la mañana bajaron juntas a desayunar, al comedor del hotel, que estaba lleno de cocineros con resaca. Se sentaron a la misma mesa. Nadie dijo nada, y a Alazne le pareció increíble haber tardado cuarenta y cuatro años en comprobar lo poco que pasaba.

Antes de irse cada una con los suyos, Itziar le contó lo que había hablado con Elena.

—Le he dicho que me voy en año nuevo. ¿Sabes qué me ha contestado? Que ya era hora, que llevo un otoño cocinando con la cabeza en otro pueblo.

—¿Y el chipirón?

—Se queda en la carta de Gros, tal cual, con mi nombre debajo. Y también vendrá conmigo. He cambiado de opinión: un plato puede quedarse en una casa y vivir en otra. Lo que no puede perder es el nombre de quien lo hizo.

Llegó el dos de enero, en el autobús de las cinco.

Alazne no fue a esperarla a la parada. Se lo había pedido ella.

Subió hasta el pie de la calle Mayor, junto a la iglesia, con las manos en los bolsillos, y la vio aparecer en lo alto con una maleta, un abrigo que ya no era el único que tenía y un rollo bajo el brazo. Una toalla. Los mangos asomando.

Llovía ese polvo de agua. Olía a brasa.

La vio pararse delante de la panadería. Maritxu salió a la puerta con el delantal blanco hasta los tobillos y un saco de tela en los brazos. No hubo abrazo. La vieja le puso el saco encima, caliente, y le dijo dos palabras que desde abajo no se oyeron y que Alazne supo de todas formas.

Ya que vas.

Siguió bajando, con la maleta en una mano y el pan contra el pecho.

A mitad de la calle se detuvo otra vez, delante de un local con la fachada recién pintada y una parrilla de hierro empotrada a la altura de la cadera, sin lona.

Sobre la puerta, dos obreros atornillaban unas letras.

Iban por la cuarta. Santi, en mangas de camisa bajo la lluvia, daba órdenes que nadie le había pedido.

La vio. Levantó la barbilla, una vez, y volvió a sus letras.

Cuando llegó abajo, Alazne le cogió la maleta con una mano y con la otra le cogió la suya, delante de la iglesia, a las cinco y media de la tarde, con medio pueblo saliendo de comprar. Cruzaron el túnel así. Esta vez no la soltó hasta la puerta de la cocina.

Dentro la esperaba la brigada. Beñat, Garazi, Txema y los demás, en dos filas, como para una prueba. Edurne en la puerta de la sala, con una botella por el cuello.

Alazne le cogió el pan y le dio lo que tenía preparado. Una chaquetilla blanca, doblada. Itziar la abrió. En el pecho izquierdo, bordado en hilo gris, del mismo tamaño que el suyo, ponía I. VEGA. Y debajo, más pequeño: Jefa de cocina.

Se la puso allí mismo, encima del jersey, y se la abrochó hasta arriba; las mangas le quedaban bien.

Sobre el pase había un montón de cartas nuevas. Cogió una y la leyó entera, despacio, de arriba abajo. Debajo de cada plato había una firma o una atribución. Encontró el suyo tres veces.

Hubo servicio esa noche; la sala estaba llena hasta marzo.

A las nueve menos cinco Alazne hizo lo que llevaba desde septiembre decidida a hacer.

Salió del hueco del pase. Aquel metro de suelo que nadie pisaba, el suyo desde hacía veinte años.

Cruzó la cocina, cogió el hierro de manos de Beñat y se puso delante de la parrilla, donde había empezado a los nueve años al lado de su padre.

Extendió la palma sobre la brasa. Contó cinco.

Itziar la miró desde el otro lado. Luego dio un paso y entró en el hueco.

Puso las dos manos sobre el acero. Edurne empujó la puerta batiente con la cadera y dejó la primera comanda.

Itziar la leyó. Tenía una voz clara, sin gritos, que llegó a todas partes.

—Marchando dos rodaballos, cuatro kokotxas, una cigala.

—¡Oído, chef! —contestaron las voces de la cocina.

La de Alazne Arrieta fue una de ellas. Subió la rejilla dos dedos y puso el rodaballo al fuego.