Oído, chef Epílogo
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Epílogo

ARRIETA

Getaria

Anchoa, mantequilla, pan

Alazne Arrieta · el pan, de Maritxu Etxabe

Guisante lágrima

Alazne Arrieta

Ostra, mantequilla, caviar

Alazne Arrieta

Lubina madurada nueve días

Santiago Olano

Cigala, fresa, pimienta

Itziar Vega

Kokotxas al pil-pil

de la casa, desde siempre

Txipirón en su tinta

Itziar Vega

Puerro a la brasa

Alazne Arrieta (idea de I. Vega)

Rodaballo a la brasa

Alazne Arrieta

Pan, chocolate, aceite, sal

Garazi Lizarralde

Torrija, leche de oveja, azúcar quemado

Nerea Zubieta

Los vinos, de Edurne Mendizábal

El primer lunes de junio sacaron el batel.

Lo llevaba Itziar, que había aprendido en primavera con Alazne sentada en la proa dando instrucciones que no hacían falta. Rodeó el Ratón por fuera, siguió los acantilados de roca en láminas y metió la barca en la cala cuando el sol tocaba el agua.

Hizo el fuego entre las tres piedras, con sarmiento debajo para prender, y extendió la manta al abrigo de la roca.

Alazne esperaba sentada en la arena, descalza, con la camisa abierta; tenía cuarenta y cinco años, tres estrellas y, por primera vez desde niña, los hombros morenos.

Desde enero cocinaba solo la brasa, decía que no había sido tan feliz en su vida y dormía hasta las seis.

En el tercer piso había una mesa de roble, seis sillas y, desde hacía un mes, un segundo fuego.

Itziar sacó de la cesta una servilleta blanca de hilo, doblada en tres, con la A de la esquina ya un poco gastada.

Se arrodilló detrás de ella y se la ató sobre los ojos con un nudo firme.

—Ya sabes cómo va —le dijo al oído—. Si aciertas, mandas tú.

—¿Y si fallo?

—Entonces mando yo.

Alazne sonrió a oscuras, con la cara vuelta hacia el ruido del mar.

Itziar abrió la cesta. Había traído seis cosas, y ninguna estaba en la carta. Eligió la primera, la sostuvo un momento entre los dedos y se la acercó a los labios.