Oído, chef 24. Sopa de ajo
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24. Sopa de ajo

Garnacha de la sierra de Gredos

El viernes a las doce y media Alazne dio los dos golpes en el acero con los nudillos.

La brigada se colocó alrededor del pase. Itziar se puso donde siempre, a su derecha. No había dormido. Había bajado la calle Mayor a las cinco y media con el pan de Maritxu en los brazos y había mirado, antes que nada, las cartas apiladas en el office. Eran las de siempre.

Alazne no tenía delante ningún plato. Tenía un sobre.

—Antes de la prueba hay tres cosas que debí decir hace mucho tiempo. Las voy a decir delante de todos porque así me lo han pedido y porque es como hay que decirlas.

Nadie se movió.

—La primera. La lubina madurada, la del riesling, no es mía. La idea de colgar el pescado, los días, la sal de la pared, todo, lo trajo Santiago Olano hace siete años. Yo le puse la brasa y el apellido. Y de los platos de esta carta hay otros cinco en los que Santi tiene tanta mano como yo.

Santi estaba a su izquierda, con los brazos cruzados. No movió un músculo. Se le pusieron rojas las orejas.

—La segunda. La torrija es de una repostera que se llama Nerea Zubieta. Trabajó en esta casa hace once años y se fue de mala manera, por culpa mía.

Los más viejos bajaron la cabeza. Edurne la miraba fijamente desde la puerta de la sala.

—La tercera. El plato de la cigala, el que ha salido en el periódico como obra de un genio, lo hizo Itziar Vega, sola, un lunes por la mañana, con unas fresas que tuvo seis días en un tarro. Yo no puse ni la sal. Y es el mejor plato de la carta.

Le tendió el sobre.

—Contrato indefinido. Jefa de partida, con efecto desde tu primer día aquí y los atrasos de estos tres meses.

Beñat empezó a aplaudir y los demás lo siguieron. Garazi lloraba. Txema aplaudía mirando al suelo.

Itziar cogió el sobre. Notaba el corazón en la garganta. Aquella mujer acababa de hacer delante de catorce personas lo que no había hecho en veinte años, y se le veía lo que le había costado: estaba gris, de no haber pegado ojo. La quiso tanto en ese momento que tuvo que apretar los dientes.

Y miró, por encima de su hombro, las cartas del office.

—Gracias. A ti y a todos. Es la mejor cocina en la que he trabajado.

No abrió el sobre.

Hubo servicio. Sala llena, lista de espera, media Gipuzkoa pidiendo la cigala. La terminó veintidós veces, y veintidós veces salió por la puerta batiente en un papel que no decía de quién era.

Santi se le acercó al final del primer turno, mientras ella repasaba un borde. Le habló casi sin mover los labios.

—Llevo diez años esperando oír eso y nunca pensé que lo oiría así, de rebote. Lo ha dicho por ti. Lo sé. Aun así te lo agradezco, a ti. No te lo voy a agradecer dos veces.

Luego, más bajo:

—Lo que se dice en una cocina se queda en la cocina. Te he visto mirar las cartas.

A medianoche se fueron todos. Ella se quedó.

No subió. Sacó de su taquilla una cabeza de ajos, un pan de Maritxu de hacía tres días, duro como una piedra, y una lata de pimentón que había traído de Madrid en la maleta.

Cuando Alazne bajó de cerrar la sala, la encontró delante de la placa pequeña, la única de gas que había en la casa, con una cazuela de barro.

—Siéntate. Llevas tres meses dándome de comer. Esta noche me toca a mí.

Alazne se sentó en el taburete, sin preguntar.

Era la sopa del bar de su tío, en Carabanchel. La primera cosa que aprendió a hacer, a los diecisiete, antes que una salsa. Se lo fue contando igual que Alazne le había contado todo, porque ya no sabía cocinar al lado de alguien de otra manera.

—Es un plato hecho con lo que no vale nada: pan viejo, ajo, agua. Por eso no perdona un error.

Laminó ocho dientes y los puso en aceite frío, a fuego muy bajo, para que se fueran dorando despacio.

—El ajo tiene un punto, rubio, en el que huele a avellana. Si te pasas, se tuesta de más y amarga, y ese amargor se queda en toda la cazuela.

Echó el pan, cortado en rebanadas finísimas, y lo removió para que bebiera el aceite.

Luego retiró la cazuela del fuego.

—El pimentón se quema enseguida. Si lo dejas freír, amarga y ese sabor se queda en toda la sopa. Fuera del fuego, una vuelta, y enseguida el agua.

Una cucharada de pimentón de la Vera, ahumado.

Olió a leña de encina, a la cocina de Alazne, y las dos lo notaron.

Agua caliente, sal, y veinte minutos de hervor suave, hasta que el pan se deshizo a medias y el caldo se puso espeso, de un rojo de teja.

Al final apagó, cascó dos huevos dentro y tapó.

La clara cuajaba con el calor que quedaba. La yema, no.

Sirvió en dos cuencos, en el pase. Había comprado una botella en la tienda del puerto, la única que tenían de Madrid.

Una garnacha de la sierra de Gredos, de viñas viejas plantadas a mil metros, en arena de granito.

Alazne la miró al trasluz: era pálida, casi rosada, y olía a fresa silvestre y a monte bajo.

—No parece una garnacha —dijo, sorprendida—. Parece un borgoña.

—Eso decís todos los de fuera.

Comieron. Alazne rompió la yema con la cuchara y la mezcló con el caldo. Cerró los ojos.

Tardó mucho en hablar.

—Es perfecta. No le falta ni le sobra nada. —Dejó la cuchara—. Hacía años que nadie cocinaba para mí.

—Mi tío decía que cualquiera cocina con rodaballo —dijo Itziar—. Que el que sabe es el que hace esto.

Dejaron los cuencos vacíos. Entonces se lo dijo.

—Me voy. Esta noche, al amanecer. Tengo una oferta en San Sebastián, de segunda, con una mujer que se llama Elena Garmendia. He llamado esta tarde para decir que sí.

Alazne no se movió.

—¿Por qué? —Tenía una voz que Itziar no le conocía—. He hecho lo que pediste. El contrato. Delante de todos.

Se lo explicó sin enfado.

—Lo de esta mañana ha sido lo más valiente que te he visto hacer y te lo voy a agradecer toda la vida.

Pero lo has dicho en la cocina, a catorce personas que ya lo sabían.

Fuera de estas paredes sigues siendo el genio de la fresa verde y yo la chica a la que no quitas ojo.

Las cartas de las mesas son las de ayer.

Mena no ha recibido ninguna llamada. Has elegido otra vez la mitad: lo que no te cuesta la casa.

—Itziar, el alquiler…

—Lo sé. Lo del alquiler y lo del nombre de la puerta; me lo ha contado Edurne.

Lo entiendo. No te pido que tires veinte años por mí.

Pero tampoco pienso quedarme a esperar a noviembre en una cocina donde mi plato sale sin firma, con un contrato en el bolsillo que media costa va a decir que me lo he ganado en tu cama.

Respiró hondo.

—Yo he tardado dos meses en saber lo que era esto y en dejar de tener miedo a que se viera. Tú lo sabes desde siempre y sigues soltándome la mano delante de la panadería. No te lo reprocho. Pero no me puedo quedar a vivir ahí.

Alazne no contestó.

—El plato me lo llevo. Mañana sale de la carta. Es mío.

—Sí. Es tuyo.

Se levantó del taburete. La cogió por los brazos.

—No te vayas. Llamo a la imprenta el lunes. A Mena. A quien haga falta.

Itziar le puso los dedos en la boca.

—No me lo digas ahora. Ahora es peor.

La besó. Y lo que les salió a las dos fue rabia.

Alazne la apretó contra el pase y le abrió la chaquetilla de un tirón, sin desabrochar, y los botones saltaron por el acero.

Itziar le rompió la suya. Le arañó el costado, por encima de la cicatriz.

Se arrancaron la ropa como dos que tuvieran prisa por hacerse daño, y cayeron al suelo, sobre las dos chaquetillas, delante de la parrilla, con la brasa roja dándoles en la piel.

Se le subió encima. Le sujetó una muñeca contra las baldosas y con la otra mano la buscó y entró en ella, de golpe, sin preguntar, y las dos gritaron.

Se lo hizo con furia, con todo el brazo, montada en su muslo, mordiéndole el hombro hasta dejarle la marca, y Alazne levantaba las caderas para darle más.

—Joder, Itziar. Joder. No te vayas.

—Cállate. Fóllame.

Alazne se soltó la mano, la volteó y la puso debajo.

Le abrió las piernas con las rodillas y se hundió en ella con tres dedos, fuerte, hondo, una vez y otra, mirándola con los ojos enrojecidos.

Le cogió un pecho con la mano libre. Bajó la boca al pezón y lo chupó con ansia, casi con los dientes, e Itziar le agarró el pelo corto de la nuca.

—Más fuerte. Más. Rómpeme.

Se oía la respiración de las dos en toda la cocina vacía.

Se corrió primero Itziar, gritando su nombre, con todo el cuerpo arqueado.

Alazne no paró. Le dio la vuelta, la puso de rodillas, y entró desde atrás, pegada a su espalda, con un brazo cruzándole el pecho.

Itziar apoyó la frente en el suelo caliente y se dejó hacer, y echó una mano atrás, entre las dos, hasta encontrarla, y se lo devolvió a ciegas, con rabia, y volvió a correrse, más hondo, casi con dolor, apretándole los dedos dentro.

La sintió irse entonces, contra su mano, con un gemido que parecía un sollozo, y se le cayó encima.

Se quedaron en el suelo, sudadas, llenas de marcas y respirando mientras la brasa crujía.

Al rato Alazne la levantó del suelo, la cogió de la mano, como aquella primera noche, y subieron los dos pisos desnudas.

Arriba fue lo contrario. Despacio, con la ventana abierta y el mar debajo.

Alazne la besó en cada sitio donde le había dejado una señal.

Le lamió los pezones, hinchados, doloridos, con una suavidad que la hizo llorar.

Se tumbó sobre ella, de frente, y casi no se movieron: una mano de cada una, lenta, y la otra agarrada a la de la otra sobre la almohada.

Se miraron todo el tiempo. Itziar le pasaba los dedos por la cara, por los pómulos, por la mandíbula, por el pelo corto de la sien, aprendiéndosela. Se corrieron juntas, casi en silencio.

Fue entonces cuando se lo dijo, con la boca en su cuello.

—Yo también te quiero. No te lo dije la otra noche porque sabía que iba a pasar esto. Te lo digo ahora para que no pienses nunca que me voy por no quererte. Ni porque seas una mujer. Eso ya no lo dudo.

Alazne no contestó. La apretó tanto que le costó respirar.

No durmieron. A las cinco menos diez, Itziar se puso una camiseta de Alazne y bajó a la cocina.

Se vistió allí, con lo que quedaba de su ropa.

Recogió los botones del suelo, los de las dos chaquetillas, y los dejó en un montón sobre el pase.

Sacó sus cuchillos de la taquilla y los envolvió en la toalla.

Encima de la mesa del despacho, por la puerta abierta, vio dos hojas de imprenta, una junto a otra. Se acercó. Las leyó las dos.

En la de la derecha estaba su nombre, en letra pequeña, debajo de tres palabras, y también los de Santi y Nerea.

Las tuvo en la mano un momento. Alazne lo había mandado imprimir. Había llegado hasta ahí, hasta tenerlo escrito, y lo había dejado ahí, encima de una mesa. Le dolió más que si no lo hubiera pensado nunca.

Las dejó como estaban.

Alazne bajaba descalza por la escalera cuando ella abría la puerta de atrás. Se miraron de un extremo a otro de la cocina. Ninguna dijo nada. Alazne tenía en la mano la caja de cerillas.

Subió a por la maleta. Maritxu estaba en el obrador, de espaldas, metiendo hogazas. No se volvió.

—La habitación la tienes pagada hasta fin de mes. No se la voy a alquilar a nadie hasta entonces. Por si acaso.

El primer autobús salía a las siete, en dirección a San Sebastián. Itziar se sentó junto a la ventanilla con los cuchillos en las rodillas.

Pasado el puerto, la carretera se pegó al mar. Volvió la cabeza. El Ratón seguía tumbado sobre el agua, verde, con la luz moviéndosele por el lomo. En el borde del acantilado, la casa de piedra echaba ya el primer humo.

Apoyó la frente en el cristal. Olía a pimentón y a ella.