18. A ciegas
Hondarrabi beltza · Fino · Pedro Ximénez, de la botella
El lunes le dijo que estuviera en el muelle a las nueve, con un jersey.
La esperaba en una barca. Un batel de madera pintado de verde, con un motor pequeño en la popa y un nombre de mujer en la amura, medio borrado: Kontxi. Era de su padre. Había cargado una cesta de mimbre, una manta, una nevera y un haz de sarmientos atado con cuerda.
Salieron por la bocana con la última luz.
Alazne llevaba la caña del motor con una mano, de pie, igual que llevaba la cocina.
Rodearon el Ratón por fuera, donde el mar respiraba más hondo, y siguieron la costa hacia poniente, pegadas a unos acantilados de roca en láminas, como las hojas de un libro puesto de canto.
A los veinte minutos metió la proa en una cala que no se veía hasta estar dentro.
Una media luna de arena gruesa, cerrada por dos paredes de piedra.
Con la marea así no se llegaba por tierra.
No había nadie en kilómetros. Solo el agua entrando y saliendo.
Alazne hizo un fuego entre tres piedras, puso encima una rejilla pequeña y extendió la manta al abrigo de la roca. Luego sacó de la cesta una servilleta blanca, de hilo, doblada en tres, con una A bordada en la esquina.
Itziar se rio al reconocerla.
—¿Es de la lencería?
—Del estante contra el que me tuviste contando hasta cuatro.
Le explicó el juego mientras se la ataba.
—Te voy a dar de comer. No puedes usar las manos ni ver nada, y tienes que decirme qué hay en cada bocado. Si aciertas, mandas tú: pides lo que quieras y yo lo hago.
—¿Y si fallo?
—Entonces mando yo.
El nudo quedó firme en la nuca. Se hizo de noche del todo.
Lo primero que notó fue cuánto ruido había.
El mar, que con los ojos abiertos era un fondo, se partió en veinte sonidos: la ola rompiendo, el agua retirándose entre los cantos, una gota cayendo de la roca.
El fuego chascaba a su izquierda y le calentaba ese lado de la cara.
El otro lo tenía frío. Olía a salitre, a sarmiento quemado, a lana, y a ella, que se movía cerca.
Su voz le llegó desde muy cerca y más baja de lo normal.
—En mi oficio se repite que se come con los ojos. Es verdad y es una lástima. El ojo decide antes que la lengua: ve un color y ya le ha dicho al cerebro a qué va a saber. Si lo quitas, todo lo demás se despierta.
Sintió el borde de una copa en el labio. Bebió.
Estaba fresco, casi frío. Ligero, ácido, con algo de fruta roja muy corta. Iba a decir blanco. Pero al tragar notó otra cosa: las encías se le quedaron un punto secas, ásperas, y al fondo de la garganta apareció una pimienta.
—Es tinto —dijo—. El de aquí. Hondarrabi beltza.
La oyó reírse por la nariz.
—Esa prueba se hace en las escuelas de sumilleres, con copas negras y los vinos a la misma temperatura. El color condiciona mucho lo que esperas encontrar; cuando lo quitas, tienes que leer otras señales.
—Lo he sabido por las encías.
—Por el tanino. Esa ha sido la pista: no es un sabor, es un tacto. —Hizo una pausa—. Has acertado. Mandas tú.
—Bésame.
La besó despacio, con el vino todavía en la boca de las dos. Sin verla venir, el beso fue otro. No sabía dónde iban a estar sus labios hasta que estaban, ni sus dedos hasta que le rozaban la mandíbula.
Segundo bocado. Antes de dárselo, le pinzó la nariz con dos dedos.
Le puso algo en la lengua. Era una lámina finísima, tibia, que empezó a fundirse sola; notó sal, mucha grasa suave y nada más. Buscó y no encontró nada más.
—No sé. ¿Tocino? ¿Lardo?
Le soltó la nariz.
Fue como si alguien encendiera una luz por dentro. Le subió de golpe, desde el fondo del paladar, un perfume a bellota, a bodega, a frutos secos, dulce y hondo, que estaba ahí desde el principio y que no había podido oler.
—Jamón —dijo, casi con rabia—. Ibérico. De bellota.
—Tarde. Has fallado.
Le acarició el labio con el pulgar.
—La lengua distingue cinco gustos básicos: dulce, salado, ácido, amargo y umami. Gran parte de lo que llamamos sabor es olor, y llega por detrás de la boca hasta la nariz cuando masticas y tragas. Con la nariz tapada, una fresa y una cebolla pierden buena parte de lo que las hace reconocibles.
—Me has hecho trampa.
—Un poco. —Le acercó al labio una copa pequeña—. Bebe.
Seco, salino, con aquella almendra amarga, y el jamón le volvió entero a la boca, más largo.
—Fino. El que no lava.
—Ese. Y mando yo. Quítate el jersey. Y la camiseta.
Se los sacó por la cabeza con cuidado de no mover la venda. No llevaba nada debajo. El viento del mar le dio en los pechos, frío por un lado, y por el otro el calor del fuego, y los pezones se le endurecieron en un segundo.
Alazne no la tocó. No dijo nada. Itziar sabía que la estaba mirando y no sabía desde dónde, ni cuánto, ni qué cara tenía. Oyó cómo tragaba saliva. Sintió su mirada en la piel igual que una mano, y se mojó solo de eso, de estar quieta, medio desnuda, a ciegas, dejándose mirar.
—Di algo —pidió.
—No puedo. Te estoy mirando.
—¿Y qué ves?
—Que se te pone la piel de gallina por el lado del mar. Y que por el lado del fuego estás dorada.
Oyó la rejilla. Algo cayó sobre el hierro y empezó a chisporrotear, y a los pocos segundos le llegó un olor a cáscara tostada, dulce, a marisco y a humo de viña.
—No me lo des todavía —dijo—. Cigala.
—Se come primero con el oído y con la nariz —contestó, e Itziar le oyó la sonrisa en la voz.
La peló. Oyó el crujido de la cáscara. Le puso la cola en los labios, templada, y la mordió: prieta, dulcísima, casi cruda en el centro, con el punto justo de brasa. Luego le acercó otra cosa, dura, caliente.
—Chupa.
Era la cabeza. Itziar cerró los labios alrededor y sorbió, y le llenó la boca un jugo espeso, intenso, que sabía a todo el mar reducido a una cucharada. Le corrió una gota por la barbilla. Alazne se la quitó con la lengua.
Mandaba ella y no tuvo que pensarlo.
—Los pezones. Tu boca. Ya.
La sintió arrodillarse en la manta. No supo cuál iba a ser hasta que la boca se cerró sobre el izquierdo, caliente, salada de cigala, y se le escapó un grito que se llevó el viento.
A ciegas, cada cosa era el doble: la lengua dando vueltas, los dientes apenas, y el aire frío en el pezón mojado cuando lo soltaba para ir al otro.
Le sujetó la cabeza con las dos manos, el pelo corto entre los dedos, y la dejó hacer mucho rato, con la cara levantada hacia un cielo que no veía.
—Otro —pidió, sin aire.
Tardó. Oyó un cuchillo, un papel, el pan.
Lo que le puso en la boca crujió, y enseguida cedió algo frío y dulce que se deshacía, y encima estalló la sal. No le hizo falta ni masticar.
—Anchoa. De la costera de abril, un año en sal. La mantequilla, sin sal, recién sacada de la nevera. Y el pan es de Maritxu, tostado por una cara nada más. —Tragó—. Fue lo primero que me diste de comer.
Hubo un silencio.
—Has acertado tres veces en una —dijo Alazne, ronca—. Pide.
—Baja.
Le quitó las zapatillas, el pantalón, la braga.
La tumbó en la manta. Sintió la lana áspera en la espalda, la arena fría en un talón, el fuego en el costado.
Le abrió las piernas y se quedó quieta, e Itziar no sabía qué iba a llegar ni cuándo, y esa espera, a oscuras, abierta al aire del mar, casi la hace correrse sola.
Llegó su aliento, caliente, y nada más. La tuvo así, respirándole encima, hasta que levantó las caderas buscándola.
—Quieta. Has dicho «baja». No has dicho «ya».
—Ya. Alazne, ya.
Llegó la lengua, ancha, en un solo trazo largo, y a Itziar se le escapó un gemido que no se conocía.
No veía nada y lo sentía todo. No sabía si la siguiente iba a ser larga o corta, plana o de punta, y cada una la cogía por sorpresa.
La abrió con los pulgares y la lamió por dentro.
Subió. Le rodeó el sitio sin tocarlo, una vuelta, dos, tres, hasta que se lo suplicó, y entonces cerró la boca encima, suave, con aquel ritmo terco.
Los dedos entrando sin avisar, girando. La otra mano subiendo a ciegas por su vientre hasta cogerle un pecho y apretarle el pezón.
—Me vuelves loca —dijo Alazne contra ella, y la voz le vibró en el sitio justo—. No sabes cómo me pones.
Las olas rompían y se retiraban y ella se movía con ellas, agarrada a la manta.
—Así. Más hondo. Joder, qué boca tienes.
Se corrió gritando su nombre hacia las rocas, largo, a sacudidas, con las piernas temblando sobre sus hombros. Alazne no se apartó: siguió, suave, hasta sacarle otro, más corto, que la dejó sin voz. Nadie en el mundo la oyó más que ella.
Se quedó deshecha, boca arriba, oyéndola respirar y después el roce de la ropa.
—El siguiente —dijo Alazne.
Algo le rozó los labios. Tibio, suave, con una punta dura. Supo lo que era antes de abrir la boca.
—Esto no hace falta adivinarlo —dijo.
—Dilo igual.
—Tú.
Lo tomó. Pequeño, entero, con la lengua plana primero y los dientes después, fuerte, como le gustaba. La oyó gemir encima.
Se incorporó de rodillas, a tientas, y la buscó con las manos.
Estaba arrodillada delante de ella, desnuda.
La recorrió sin ver: los hombros, los brazos, las quemaduras viejas, que al tacto eran más lisas que el resto.
La cicatriz del costado, de arriba abajo, con un dedo.
El vientre. No tenía su cara para leerla, solo su respiración, los gemidos que se le escapaban, sus dedos crispándose en su pelo.
La tumbó. Bajó. La conoció con la lengua, entera, sin los ojos, y fue distinto a todas las otras veces: solo sabor, solo calor, solo cómo se movía.
—Me corro. Itziar, no puedo más.
Entonces la soltó.
—Todavía no. Falta el postre.
La oyó maldecir en euskera y reírse a la vez.
—Esto me lo enseñaste tú.
—Me arrepiento de todo lo que te he enseñado.
El postre fue una cosa fría y perfumada que reconoció antes de morderla, por el olor. Al romperla le dio en la lengua un ácido oscuro, dulce, viejo. Y después, cuando ya tragaba, un calor que no estaba en la boca sino más atrás, subiendo por la garganta.
—Fresa. Con un vinagre muy viejo, de jerez, dulce. Y pica. Pimienta negra, recién molida.
—Todo. —La oyó dejar algo en la arena—. Y el picante es la última lección de la noche: no es un sabor.
Lo recoge el mismo nervio que avisa del calor y del dolor, igual que el frío de la menta o el cosquilleo de una burbuja.
La pimienta no añade otro sabor a la fresa: añade una sensación distinta, y esa activación puede hacer que el conjunto se perciba con más intensidad.
Lo sentía todo más. Llevaba una hora así.
Mandaba ella. La buscó con las manos, le encontró la cara y le habló pegada a la boca.
—Ven encima. Y no me quites la venda.
Se tumbó sobre ella, despacio, con todo el peso, y a ciegas fue como la primera vez. No había nada más que eso: su piel contra la suya, su olor, un muslo abriéndose paso entre los suyos, el vaivén lento, el mar.
—No he visto nada tan hermoso como tú con los ojos tapados y la boca abierta —le dijo Alazne al oído.
—Más despacio. Quiero notarte entera.
Se movieron apenas. Pecho contra pecho, vientre contra vientre, resbalando la una contra la otra. Sin ver, no había nada más en el mundo que aquello. Le cruzó las piernas en la cintura y le clavó las uñas en la espalda.
—Déjame encima —pidió.
Rodaron. Se sentó sobre ella, a horcajadas en su muslo, con la cabeza echada atrás, el viento en los pechos y las manos de Alazne subiendo a cogérselos, a pellizcarle los pezones.
Bajó una mano a tientas y la encontró. Empezó despacio, girando las caderas, con los dedos dentro de ella, hasta que el ritmo se le fue acelerando solo.
—No aguanto —dijo Alazne—. Itziar, joder, no aguanto.
—No aguantes.
La sintió irse debajo, levantando las caderas de la manta con un gemido largo, latiéndole en la mano, y siguió moviéndose encima, a oscuras. Le cogió una mano y se la puso donde la quería.
—Ahí. No la quites.
Tardó todavía un poco, y fue mejor por eso. Se corrió la última, con la venda puesta y la boca abierta hacia un cielo que no veía, y se le cayó encima con la cara en su cuello.
Estuvo así mucho tiempo. Después se llevó las manos a la nuca y deshizo el nudo.
Nunca había visto tantas estrellas. El fuego se había quedado en brasa. Las dos paredes de roca subían negras a los lados, el agua brillaba en la orilla, y Alazne la miraba desde abajo, despeinada, con arena en la sien y una cara que no le conocía nadie en Getaria.
Se taparon con la manta. Abrió una botella pequeña, negra, de Pedro Ximénez, y bebieron a morro, por turnos. Sabía a higo y a café.
Fue entonces cuando se lo contó.
—La noche del txangurro oí a Santi en el despacho. La conversación entera.
Alazne tardó en hablar.
—Santi tiene razón en una cosa, y me ha quitado el sueño: en diez años no lo he defendido nunca así, ni le he dado nada que no fuera trabajo. Eso es culpa mía y pienso arreglarlo. Pero a ti no te muevo del pase.
Itziar no discutió. Tenía la cabeza en otra parte.
Seguía en la boca con lo que había probado a oscuras, cuando no podía ver qué era cada cosa y por eso las había juntado sin querer: el jugo de la cabeza de la cigala, espeso, salado, dulce, y encima aquel ácido de la fresa y el calor de la pimienta.
Nadie los pondría en el mismo plato. A ciegas, iban juntos.
Se le ocurrió que con lo otro le había pasado igual. Con los ojos abiertos nunca se habría puesto al lado de una mujer.
—El lunes que viene, ¿me dejarías la cocina una mañana? A mí sola.
Alazne la miró. No le preguntó para qué.
—Sí.
Cargaron el batel a las dos, con la marea subiendo. Itziar llevaba la servilleta en el bolsillo.