Oído, chef 15. Anchoas frescas
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15. Anchoas frescas

Txakoli del año, sacado de la cuba

El lunes Alazne la despertó a las ocho, que para las dos era media mañana.

—Ponte las zapatillas de correr.

Itziar abrió un ojo.

—¿Vamos a correr?

—No.

—Entonces, ¿para qué las zapatillas?

—Vamos a subir.

Salieron por la puerta de atrás y tomaron un camino de cemento que trepaba entre las últimas casas.

A los diez minutos el pueblo quedaba debajo, apretado alrededor de su iglesia, y ellas andaban por una ladera verde, muy empinada, peinada en hileras.

Los viñedos. Itziar los había visto desde el faro el primer día, desnudos. Ahora estaban cubiertos de hoja.

No se parecían a ninguna viña que conociera.

En Castilla las cepas eran arbustos bajos, pegados al suelo.

Aquí crecían sobre postes de piedra y alambres, a la altura de la cabeza de un hombre, y tendían por arriba un techo continuo de hojas.

Se podía caminar por debajo, de pie, como por una galería.

—Esto es parra —le explicó Alazne sin dejar de subir—. Aquí no levantan la viña por capricho. Llueve muchísimo y la humedad sube del mar; al elevarla separas la uva del suelo y dejas que corra aire alrededor.

Itziar alzó la vista hacia el techo de hojas.

—¿Hondarrabi zuri?

—Blanca, pequeña, piel dura. La base del txakoli de Getaria. —Señaló hacia el agua—. Y esta ladera mira al norte, al mar. Coge una hoja. Lámela.

Itziar lo hizo. Estaba salada.

—El viento trae el mar hasta aquí arriba. Esto también forma parte de cómo crece la uva aquí.

El caserío estaba en lo alto, de piedra y madera, con un perro que salió a ladrar y se calló al reconocerla. El dueño se llamaba Joxe Mari. Tenía sesenta años, las manos como raíces y un apretón que le dejó a Itziar los dedos blancos. Su mujer, Mertxe, salió secándose con el delantal.

—Itziar —dijo Alazne—. Cocinera. Trabaja conmigo en el pase.

No dijo más. Fue suficiente para que a ella se le subiera algo al pecho. No había dicho la nueva ni la de Madrid.

Mertxe la miró de arriba abajo, sin hostilidad, con la curiosidad franca de quien lleva semanas oyendo hablar de alguien. Joxe Mari le soltó a Alazne una frase en euskera y se rio solo. Ella contestó también en euskera, con una frase corta, y esta vez también se rio.

Los llevaron a la bodega, que era la planta baja de la casa.

Seis depósitos de acero y un olor fresco a manzana verde y a levadura.

Joxe Mari le fue contando el vino a ella, despacio, en un castellano de frases cortas.

Se vendimiaba a finales de septiembre, a mano, trabajando debajo del parral.

La uva se prensaba entera, enseguida, y el mosto fermentaba en frío, a quince grados, casi un mes: despacio, para que no se le fuera el perfume.

Y luego venía lo propio de allí. No se trasegaba.

Se dejaba el vino todo el invierno encima de sus lías, las levaduras muertas que caen al fondo, y de ellas cogía cuerpo y aquel punto de pan.

Se embotellaba en primavera, sin filtrar apenas, con el poco gas que le quedaba de la fermentación.

—Por eso pica —dijo—. No se le echa nada. Es lo que le sobra de nacer.

Abrió el grifo de un depósito y llenó una jarra. El vino salió turbio, casi blanco, lleno de burbuja fina. Lo sirvió levantando la jarra por encima del hombro y dejándolo caer de golpe contra el fondo del vaso, para abrirlo y rebajarle un poco el gas.

Itziar hizo lo que le habían enseñado en la bodega. Miró el filo: verde. Olió con el vaso quieto y luego girándolo. Bebió un sorbo pequeño y sorbió aire por encima, con ruido.

Joxe Mari se quedó mirándola. Le dijo algo a Alazne.

—Dice que quién te ha enseñado a beber así —tradujo ella—. Que pareces de la casa.

Era lo mismo que servían abajo, y no lo era. Aquel estaba vivo. Tenía la manzana, la sal, la piedra mojada, y una acidez que le hizo la boca agua de golpe, y encima algo más ancho, lácteo, de las lías. Lo dijo así, como pudo. Mertxe asintió una sola vez y entró en la cocina.

Volvió con una sartén de hierro, humeando, y la dejó en mitad de la mesa de fuera, bajo un nogal.

Eran anchoas. Itziar tardó en reconocerlas, porque para ella una anchoa era aquella cosa oscura y violenta de la lata. Estas eran frescas, de esa misma madrugada, plateadas, pequeñas, enteras, nadando en un aceite con láminas de ajo dorado y una guindilla.

Alazne cogió una anchoa por la cola.

—Es el mismo pez que te di el segundo día sobre mantequilla.

Itziar miró la sartén.

—No parece ni de la misma familia.

—Aquella pasó casi un año en sal y bajo peso.

Perdió agua y concentró todo. Esta no tiene ni cinco horas.

En abril y mayo entra el banco en la costa y aquí se comen casi recién salidas del puerto.

Aceite, ajo y guindilla. Cuando el aceite está listo, entran las anchoas; vuelta en cuanto la carne empieza a ponerse blanca y fuera en cuanto están hechas. Poco tiempo, que se secan enseguida.

Le enseñó a comerla. Se cogía de la cola con dos dedos, se mordía por detrás de la cabeza y se tiraba, y la espina salía entera y limpia.

Itziar lo hizo. La carne era blanca, jugosa, dulce, con un sabor a mar tan limpio que no se parecía en nada a la otra.

Luego el ajo, la punta de picante. Luego un trago de aquel vino turbio, que lo barría todo.

Se comieron la sartén entera entre los cuatro, con los dedos, mojando pan en el aceite. Joxe Mari hablaba de la flor de la vid, que llegaría en unas semanas y de la que dependía buena parte del año.

Mertxe miró a Itziar.

—¿De dónde es tu familia?

—De Carabanchel. Mi abuela era de Ondarroa.

—Ya decía yo, con ese nombre. ¿Y tú piensas quedarte aquí?

Itziar miró un instante a Alazne antes de contestar.

—No lo sé.

—Pues piénsatelo —dijo Mertxe, recogiendo la sartén—. Que esta hace veinte años que sube aquí sola.

Bajaron por otro camino, entre las parras. El sol estaba alto y debajo de las hojas había una luz verde, movida, como dentro del agua. No se veía a nadie. Abajo, muy lejos, el mar, y el Ratón tumbado encima.

Alazne se paró. La cogió de la cintura y la metió entre dos hileras.

—Nunca me habías tocado así de día.

Le apartó un mechón de la cara.

—Por eso te he traído aquí.

La sostuvo un momento por la cintura.

—Te he tenido de noche, con una brasa o una bombilla. Hoy quiero verte al sol.

Extendió su camisa sobre la hierba. La desnudó de pie, debajo del techo de hojas, y se tomó tiempo para mirarla. Itziar notó que se le encendía la cara.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras aprendiendo algo.

—Lo estoy. —Le pasó el pulgar por un hombro—. Tienes pecas aquí y no lo sabías.

Itziar miró donde señalaba.

—No me había fijado.

—Y la marca del tirante.

Se inclinó a besarla antes de que contestara, una peca detrás de otra.

Itziar la desnudó a ella. Tenía los hombros anchos, el pecho pequeño, los antebrazos quemados de siempre y el resto de la piel muy blanca, de mujer que vive bajo un extractor. Y en el costado, de las costillas a la cadera, la cicatriz larga.

Le pasó los dedos por encima.

—¿De qué es?

—Una cazuela de aceite. Con diecinueve años, en la parrilla de mi padre. Me la eché encima yo sola.

—Nunca te había visto así. Sin chaquetilla, sin humo, sin nada delante.

—¿Y?

—Que al sol tampoco me pareces una mujer cualquiera. —Lo pensó—. Me pareces tú. Sigo sin saber si me gustan las mujeres. Sé que me gustas así.

Alazne soltó una risa baja, se le quebró un poco, y la tumbó.

La hierba estaba fresca y olía a tierra, a hoja y a sal. Se inclinó sobre un pecho y no lo tocó todavía. Lo miró.

—De día son más oscuros —dijo.

Sopló. El pezón se le encogió y se le puso duro delante de sus ojos, y Alazne soltó el aire como si le hubieran dado un golpe.

—Alazne…

—Dímelo.

—La boca. Ya.

Cerró la boca sobre él. Tenía la lengua caliente y el aire del mar venía fresco, y cada vez que lo soltaba para pasar al otro, el viento le daba en la piel mojada e Itziar se arqueaba sobre la camisa.

Le hundió los dedos en el pelo corto. Alazne se tomó su tiempo, uno y otro, lamiendo en redondo, chupando, tirando apenas con los labios, mirándola desde abajo para verle la cara a plena luz.

—No había visto cómo te cambia el color —murmuró—. Se te sube aquí, al cuello, cuando te gusta.

Bajó por el vientre besándola. Le abrió los muslos con las manos y se quedó quieta un momento, mirando.

A Itziar le ardió la cara. Nadie la había mirado así, tan de cerca, con el sol dándole entre las piernas.

—No mires tanto.

—Calla. —Le pasó el pulgar de abajo arriba, despacio, y a ella se le cortó el aire—. Mira cómo estás. Y casi no te he tocado.

—Es de oírte hablar de la uva.

—Mentirosa.

—Es de que me hayas presentado. «Trabaja conmigo en el pase.»

Alazne levantó los ojos. Se le había ido la risa.

—No sabes cómo me tienes —dijo—. No pienso en otra cosa.

Bajó la cabeza.

La lamió entera, lenta, con la lengua ancha, y a Itziar se le fue el cielo de los ojos.

No usó las manos más que para tenerla abierta.

Le buscó el sitio con la punta y se quedó ahí, rodeándolo, suave, como había aprendido que le gustaba, y luego lo cogió entre los labios igual que le cogía los pezones.

Itziar le agarró la cabeza con las dos manos y se movió contra su boca.

Oía las hojas encima, el viento, un tractor lejísimos, y a ella, sin ninguna prisa.

—Así. Ahí. Alazne, ahí…

No paró. Se corrió con los talones clavados en la hierba y la espalda en el aire, larga, a sacudidas, y Alazne la sostuvo por las caderas y siguió, más suave, hasta que le tiró del pelo.

Subió. Itziar la agarró por la nuca y la besó con hambre.

—Ahora túmbate tú. Que yo también quiero verte al sol.

La empujó de espaldas sobre la camisa. Se le subió encima, a horcajadas sobre un muslo, y se quedó así, mirándola desde arriba. Notaba el sol en la espalda, el aire en los pechos, y debajo, contra ella, el muslo de Alazne, duro, caliente.

—Quieta —dijo la chef, sujetándole las caderas—. Déjame verte así.

—No. Hoy miro yo.

La miró. La boca hinchada, los pezones oscuros y pequeños, la piel blanca con la sombra de las hojas moviéndosele por encima. La cicatriz. El vientre, que se le encogió cuando bajó la mano.

—¿Más fuerte que a mí?

—Más fuerte.

—¿Así?

—Así. —A Alazne se le tensó el cuello—. Joder, Itziar. Has aprendido en una semana.

—Tengo buena maestra. Y buen paladar. Lo dijiste tú.

Le metió dos dedos, despacio, mirándole la cara. La vio abrir la boca. Y mientras, sin decidirlo, empezó a moverse ella contra su muslo, en redondo, lenta, con las hojas girando sobre su cabeza.

—Eso —dijo Alazne, ronca—. Muévete. Úsame la pierna. Quiero ver cómo te mueves al sol.

—Tócame tú también.

Le subió las manos a los pechos. Le cogió los pezones entre los dedos, y a Itziar se le rompió el ritmo.

—Me vas a matar.

—Tú tienes la culpa. No pares la mano.

No la paró. Las dos cosas: su mano dentro de Alazne, curvada, y ella frotándose contra aquel muslo, cada vez menos despacio. Cerró los ojos.

—Mírame —pidió Alazne.

Los abrió. Le subió de golpe y se quedó un instante suspendida, con la boca abierta, sin voz.

—Eso es. Que te vea.

Se corrió mirándola a la cara, a plena luz, con un grito que se llevó el viento hacia el mar. No sacó la mano. Apenas había recuperado el aire cuando notó que Alazne perdía el suyo.

—Ahora tú —dijo, inclinándose sobre su boca—. Y no cierres los ojos.

Alazne la miró mientras se iba, con un gemido ronco y el cuerpo entero tensándose bajo el suyo. Itziar la sintió latir en los dedos, una vez y otra, y siguió moviéndolos apenas hasta que se le aflojó.

Se quedaron tumbadas sobre la camisa, sin hablar.

Itziar tenía la mejilla en su pecho y oía cómo la respiración volvía poco a poco a su sitio.

Alazne le pasaba la mano por la espalda, de la nuca a la cintura, como quien todavía no se lo cree.

Encima, entre las hojas, colgaban las inflorescencias todavía cerradas, verdes y compactas.

Volvieron a media tarde por el camino de cemento. Bajaban de la mano. No lo habían decidido; se habían cogido al salir de las viñas y ninguna había soltado.

Antes de entrar en el pueblo Alazne dio un rodeo. La llevó por la calle Mayor hasta un local cerrado, con la persiana echada y la pintura levantada. Empotrada en la fachada, a la altura de la cadera, había una parrilla de hierro negro, con sus poleas oxidadas, tapada por una lona.

Se detuvo frente a ella.

—Es este.

—¿La de tu padre?

—Cuatro mesas dentro y el fuego en la calle.

Di aquí la vuelta a mi primer besugo subida a una caja de pescado.

La parrilla no se ha abierto desde que murió él.

Arriba nací yo y murió mi madre. No he sido capaz de alquilarlo ni venderlo.

Es lo único que tengo que es mío del todo, sin socio y sin banco.

Itziar puso la mano en el hierro. Estaba frío.

—¿Y por qué no lo abres?

Alazne miró la lona que cubría la parrilla.

—Porque no sabía para quién.

Subieron la calle hacia la habitación de Itziar. Delante de la panadería había tres mujeres esperando el pan de la tarde. Una era Maritxu, en la puerta, con el delantal blanco.

Itziar lo notó en los dedos antes de verlo. Fue un gesto pequeño, sin brusquedad, casi natural: Alazne le soltó la mano para apartarse el pelo de la frente, y no volvió a cogérsela.

Pasaron delante de las mujeres a un palmo la una de la otra. Alazne dio las buenas tardes. Se las devolvieron.

Itziar no dijo nada. Se metió las manos en los bolsillos. Le olían todavía a ajo y a hierba.

Era la primera vez que iba de la mano de una mujer por la calle. Le había durado cuatrocientos metros, y la que la había soltado no era ella.