14. Tres copas
Txakoli del año · Amontillado viejo · Rioja reserva
El primer día después fue el más raro de todos.
Itziar bajó la calle Mayor a las cinco y media con el pan en los brazos, como siempre, y entró en una cocina donde todos la habían visto salvar un pil-pil y nadie, salvo Alazne, sabía que unas horas antes había estado desnuda encima de aquel pase.
Lo miró al pasar: el acero brillaba, limpio, como cualquier otra mañana.
Alazne cantó las comandas con la voz de todos los días.
Ella terminó los platos. No se rozaron ni una vez, y cada vez que le pasaba una cuchara notaba en la cara un calor que no venía de la brasa.
Tenía agujetas en sitios donde no había tenido nunca.
Le dolían los pezones contra el algodón, de tanto.
Lo llevaba todo debajo de la chaquetilla abrochada hasta arriba, como un secreto guardado en un bolsillo.
Y llevaba otra cosa, que se fue probando a lo largo del servicio como se prueba un caldo, a cucharadas pequeñas. Se había acostado con una mujer. Se lo dijo así, con todas las palabras, mientras repasaba un borde. No se le cayó el plato.
A medianoche, cuando salió el último, Alazne se acercó a ella.
—Baja a la bodega.
—¿Ahora?
—Tienes un defecto y hay que corregirlo.
Echó el cerrojo. Trece grados, la piedra húmeda, las seis mil botellas dormidas. Había puesto tres copas sobre la mesa de cata, servidas ya, y un paño blanco extendido.
El defecto era que comía como una cocinera y bebía como alguien con sed. Tenía un paladar que Alazne no había visto en veinte años y se tragaba el vino sin mirarlo. Edurne le enseñaría de verdad, cuando quisiera; ella iba a darle lo mínimo para que no le diera vergüenza.
Le enseñó a mirar. Inclinó la primera copa sobre el paño blanco y le señaló el borde del líquido, donde es más fino.
El color daba pistas sobre la evolución: los blancos jóvenes podían tener reflejos verdosos y con el tiempo tender al dorado; los tintos jóvenes, más púrpura o rubí, iban perdiendo azul y acercándose al granate y al teja.
Luego giró la copa y dejó que el vino resbalara por el cristal.
Unas gotas lentas bajaron por la pared. Lágrimas.
Podían orientar algo sobre alcohol o azúcar, pero no decían si el vino era mejor ni cuánto cuerpo tenía.
Le enseñó a oler. Primero con la copa quieta, sin moverla, la nariz en la boca de la copa: lo que el vino da solo.
Después agitándola en redondo, con la base apoyada en la mesa.
El aire lo abría, y salía lo que estaba escondido.
En vez de buscar palabras raras, había que preguntarse de qué familia era: fruta, flor, madera, tierra.
Y le enseñó a beber, que era lo que hacía mal. Un sorbo pequeño, sin tragarlo: pasearlo por toda la boca y, entonces, con los labios casi cerrados, sorber un hilo de aire por encima, haciendo ruido, como quien toma sopa caliente.
—El aire libera los aromas en la boca y los lleva hacia la nariz por dentro.
Ahí está buena parte del sabor. Olvídate de zonas fijas.
Fíjate en lo que te hace el vino: el ácido te hace salivar; el tanino te seca las encías; el alcohol da calor.
Luego tragas y miras cuánto tiempo permanecen los sabores.
Un final largo y limpio es una buena señal, pero no decide por sí solo si un vino es bueno.
Lo hizo con los tres. El txakoli del año: filo verde, lágrima rápida, manzana y sal, una acidez que le llenó la boca de saliva, cuatro segundos.
El amontillado: ámbar, avellana, mueble viejo, seco como un hueso, y se le quedó en la boca tanto rato que perdió la cuenta.
El rioja: ribete de teja, cuero, vainilla de la barrica, las encías ásperas, nueve segundos.
Alazne la miraba sorber aire con los labios fruncidos.
—Lo haces bien.
Itziar dejó la copa.
—Qué entusiasmo.
—El problema es que no sé si voy a poder seguir con la lección mirándote hacer eso. —Carraspeó—. Una cosa más. La temperatura. Un vino demasiado frío huele menos. Conforme se templa, se abre; si se calienta demasiado, empieza a mandar el alcohol.
Bebió de una de las copas sin que Itziar viera de cuál. No tragó. Le cogió la cara y la besó, y le pasó el vino de su boca a la suya, tibio, poco a poco.
Itziar cerró los ojos. Le llegó distinto: más redondo, más abierto, mezclado con el sabor de ella. Lo paseó antes de tragar.
—El amontillado.
Otro sorbo, otro beso. Este le hizo la boca agua antes de separarse.
—Txakoli.
El tercero no hizo falta decirlo. Se lo bebió de su lengua y ya no se soltaron.
La desnudó contra las botas de roble. Le abrió la chaquetilla, le sacó la camiseta, y esta vez no había tela de por medio ni condiciones puestas bajando la escalera.
Tenía la boca fría del vino. Se la puso en un pezón e Itziar gimió hacia el techo de piedra.
Bebió otro trago de txakoli y volvió, y el ácido y el frío y luego el calor de la lengua le erizaron la piel entera.
—Ahora tú —dijo Itziar—. Quítatelo todo. Hoy quiero aprender con luz.
Alazne se desnudó. Extendió las dos chaquetillas en el suelo, contra una bota, y se sentó encima. La sentó a ella delante, de frente, con las piernas por encima de las suyas, tan cerca que se rozaban los pechos.
—Lo mismo que con el vino —dijo—. Primero se mira.
—¿El qué?
—A mí. Y yo a ti. Sin tocar.
Se miraron. Itziar nunca había tenido a una mujer así, desnuda, a un palmo, con una bombilla encima. Le miró los hombros, las clavículas, los pechos pequeños con los pezones oscuros, apretados por el frío. La cicatriz del costado. El vientre. Más abajo. No apartó los ojos.
—¿Qué ves? —preguntó Alazne.
—Que se te pone la piel de gallina cuando te miro aquí. —Le señaló un pecho, sin tocarlo—. Y que no eres como yo. Creía que iba a ser como mirarme en un espejo. No lo es.
—Ahora se huele.
Itziar se inclinó. Le acercó la cara al cuello, sin posar la boca, y respiró. Humo. Jabón. Y debajo, caliente, lo otro, lo que ya conocía de una cama con luna.
—¿De qué familia soy?
—Leña. —Bajó hasta el hueco de la clavícula, hasta el esternón—. Y sal. Y aquí… —Se quedó entre sus pechos—. No sé decirlo. Pan caliente.
Alazne soltó el aire. Le temblaba el vientre.
—Y ahora se bebe. Pero esto te lo voy a enseñar de otra manera. Dame la mano.
Se la cogió. Y a la vez le puso la suya a ella, abierta, entre las piernas.
—Lo que yo te haga, me lo haces. Igual. Al mismo tiempo. Así no tengo que explicarte nada.
Itziar bajó la mano.
Era darlo y recibirlo a la vez, y no se podía pensar en las dos cosas.
Alazne la abrió con dos dedos, despacio, y ella hizo lo mismo, y las dos soltaron el aire.
La recorrió de abajo arriba, una vez, lenta; Itziar la siguió medio segundo después, como una voz que repite.
Cuando Alazne encontró el sitio y se quedó, en redondo, apenas, Itziar buscó el suyo y tardó, y la chef movió un poco las caderas para ponérselo debajo del dedo.
—Ahí. ¿Lo notas?
—Sí.
—Pues eso que me haces, me lo estoy haciendo yo a ti. ¿Más suave?
—Más suave. —A Itziar se le cortaba la voz—. Así. Tú también lo quieres así.
—No. Yo más fuerte.
—Entonces no es igual.
—No. —Alazne sonrió, sin aire—. Eso es lo que tienes que aprender. Que no soy tú.
Itziar apretó. La vio cerrar los ojos.
Se lo hicieron la una a la otra como un eco.
Cuando Itziar se concentraba en ella, en encontrarle el ritmo, los dedos de Alazne la sacaban de sitio.
Cuando se perdía en lo que le hacían, se le olvidaba la mano y se quedaba quieta, gimiendo, y entonces Alazne empujaba las caderas contra su palma, pidiéndosela.
Descubrió que podía mandarle así: si iba más despacio, la chef iba más despacio; si entraba, entraba.
—Dentro —dijo Alazne.
Dos dedos cada una. A la vez. Tenían las frentes juntas y los ojos abiertos, y respiraban el mismo aire, frío, con olor a corcho.
—Joder, cómo me pones —dijo Alazne contra su boca.
—Dime qué notas.
—Que me aprietas. Que estás caliente. Que te va a venir antes que a mí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque se te sube el color aquí. —Le besó el cuello—. Y porque me estás dejando la mano quieta.
Itziar se rio, y la risa se le rompió en un gemido.
—No pares. Ni se te ocurra parar.
—No paro. Tú tampoco. Mírame.
Se corrió así, sentada sobre sus piernas, con los dedos de Alazne dentro y los suyos dentro de Alazne, mirándola. La sintió tensarse medio minuto después, apretarle la mano, decir su nombre entre los dientes. No se soltaron hasta que dejaron de temblar las dos.
Se quedaron abrazadas, frente con frente, riéndose sin fuerzas.
Hacía frío. Alazne se apoyó contra la bota y la envolvió en las dos chaquetillas, entre sus piernas, con la espalda de Itziar contra su pecho. Quedaba amontillado. Bebieron de la misma copa.
Estuvieron calladas un rato. Después Alazne habló contra su pelo.
—Llevo todo el día dándole vueltas a lo de esta mañana. Al contrato. Entiendo que hayas dicho que no y no lo entiendo del todo.
Itziar tardó. Tenía la copa en las manos y miraba el vino.
Se lo contó porque estaba de espaldas y no tenía que verle la cara.
—Antes de escribirte estuve tres años en una casa de Madrid, con una estrella, de jefa de partida. El chef era un hombre simpático, de los que salen en la tele. Empezó con bromas sobre mi culo delante de la brigada. Todos se reían, y yo también, porque era lo que había.
Giró la copa entre los dedos.
—Una noche, en la cámara, me metió la mano por debajo de la chaquetilla. Le crucé la cara.
—¿Y qué pasó?
—Me despidieron a la semana, por bajo rendimiento.
Sin carta. Y cuando busqué trabajo, en dos sitios me dijeron lo mismo con otras palabras: que era muy buena, pero que tenía fama de problemática.
Que sabían cómo había conseguido el puesto y cómo lo había perdido.
—Bebió un sorbo—. Por eso te escribí tres veces.
Y por eso acepté seis meses sin cobrar, con veintiocho años y once de oficio.
Porque no tenía a nadie que firmara que sé cocinar.
Venía a por eso. A por una firma tuya en un papel que dijera lo que soy.
Notó que Alazne había dejado de respirar. Los brazos se le habían puesto duros alrededor de ella.
—¿Cómo se llamaba?
Lo dijo con una voz tan baja y tranquila que a Itziar le dio miedo.
—No te lo voy a decir. No quiero que hagas nada. No te lo cuento para eso.
—¿Para qué me lo cuentas?
—Para que entiendas lo de esta mañana. Si bajo con un contrato el día después de acostarme contigo, soy exactamente lo que dijeron que era.
Alazne no contestó enseguida. Le apoyó la frente en la nuca.
—Aquel día, en la cámara, cuando levanté la mano hacia ti, yo no sabía nada de esto. Si lo hubiera sabido, no la habría levantado.
—Por eso no te lo conté. Quería ser yo la que respirara hacia tus nudillos. No quería que me tocaras pensando que tenías que tratarme con cuidado.
Se quedó un momento callada.
—¿Sabes lo más raro? Que vine aquí creyendo que contigo estaba a salvo de eso. Eras una mujer. No se me pasó por la cabeza que una mujer pudiera mirarme así. —Giró la copa—. Y me miraste. Igual que ellos. Y es la primera vez en mi vida que no me ha importado.
—No te miré igual que ellos.
—No. Tú probaste antes.
Se quedaron así. A Alazne le costó mucho rato aflojar los brazos.
Luego habló ella, sin que Itziar se lo pidiera.
—Mi madre murió hace seis años, en el piso de la calle Mayor, encima de la parrilla cerrada. Nunca subía al tercer piso de esta casa. Decía que esto no era una casa, que era un cuarto para dormir entre dos servicios.
Itziar se acomodó contra su pecho y la dejó seguir.
—Tenía razón. Vivo con un fuego, una sartén y una cama porque todo lo que me importaba estaba dos plantas más abajo. Nunca me pareció triste hasta que te vi a ti mirándolo.
—¿Y ahora te lo parece?
Alazne lo pensó.
—Por lo pronto, me parece que falta una mesa.
Itziar se rio contra su brazo. Se acabaron la copa.
Subieron por separado, con cinco minutos de diferencia. Ella por la escalera de atrás, Alazne por la de la cocina. Las tres copas se quedaron sobre la mesa de cata. Por la mañana estaban lavadas y en su sitio, y la venencia colgaba de su clavo. Edurne no hizo un solo comentario.