13. Revuelto de perretxikos
El fondo de una botella de champagne · Café
Nadie había subido a ese piso en cuatro años.
Alazne Arrieta lo vio con los ojos de Itziar al empujar la puerta con el hombro: una habitación grande y casi vacía, de paredes blancas, con el suelo de tabla, una cama baja y una ventana de lado a lado sin cortinas.
En un rincón, un hornillo de un solo fuego, una sartén y una cafetera.
Ni un libro de cocina, ni una foto, ni una placa.
Abajo tenía dos estrellas y arriba vivía como una monja.
La ventana daba al mar. Había luna, y el Ratón era una mancha negra sobre el agua plateada.
Itziar le soltó la mano y fue hasta la cama. Se sentó en el borde, desnuda, con el pelo deshecho y la boca hinchada, mirándolo todo. Luego la miró a ella, de pie, con la botella en la mano.
—Te dije una cosa en la lencería.
A Alazne se le secó la boca.
—No tienes que…
—Si me vuelves a decir que no tengo que, bajo y duermo en la panadería.
Le quitó la botella y bebió a morro. La dejó en el suelo. Y se quedó mirándola sin tocarla, de arriba abajo, como miraba un plato antes de probarlo.
—Túmbate —dijo Itziar.
Alazne se tumbó. En su cama, boca arriba, con la luna encima. No recordaba la última vez que alguien le había dicho esa palabra a ella.
Itziar se arrodilló en el colchón, entre sus piernas. Le puso las manos en las rodillas.
—No sé hacerlo.
—Ya lo sé.
—Dime cómo.
—No te lo voy a decir. —La vio fruncir el ceño y casi se rio—. Tienes el mejor paladar que he visto en veinte años. Pruébame. Como pruebas un plato que no conoces. Y escucha lo que te diga el cuerpo.
Itziar bajó la cabeza.
Alazne había imaginado aquello en una ducha, la noche del día dieciséis, con la frente contra los azulejos. No se le había ocurrido imaginar la luna, ni que aquella chica levantaría los ojos de miel hacia ella y sonreiría antes de empezar.
Se humedeció los labios. Lo hacía siempre antes de probar algo.
Empezó lejos. Le besó la parte de dentro de un muslo, y la del otro, despacio, oliéndola, sin vergüenza ninguna. Subió. Alazne notó su aliento y cerró los ojos.
La lengua. Una vez. Plana, lenta, de abajo arriba.
Se le escapó el aire entre los dientes.
—¿Así?
—Sí.
—¿A qué sabe? —Era Alazne la que preguntaba, con la voz rota, porque no sabía estar en una cama sin preguntarlo.
Itziar tardó. Lo estaba pensando de verdad.
—A sal. Y debajo, dulce. Limpio. —Otra pasada—. Me gusta. No sabía si me iba a gustar. Me gusta mucho.
Volvió. Tenía la boca ardiendo y ninguna prisa.
La recorrió entera, por los lados, por dentro, aprendiéndola, y cada cosa que hacía la hacía dos veces para ver qué pasaba.
Le había dicho una vez que un bocado bueno tiene que moverse dentro.
Se acordaba. Cambiaba: ahora la lengua plana, larga; ahora la punta sola, rápida, justo arriba; ahora los labios cerrados alrededor, chupando apenas.
Le leía las caderas igual que en la lencería le había leído la cara.
Cada vez que Alazne se acercaba al borde, aflojaba y la miraba.
—Más arriba —dijo Alazne al fin, sin poder callarse—. Un poco. Ahí. No tan fuerte. En redondo.
—¿Así?
—Así. Joder. Itziar. Así.
Le recogió el pelo con una mano, sin empujar, solo para verla. Tenía los ojos brillantes, los labios mojados, la trenza deshecha cayéndole por el hombro, y los pechos, grandes, rozándole los muslos con cada movimiento. Era la imagen más excitante y más hermosa que había tenido delante en su vida.
—Méteme los dedos.
—¿Dos?
—Dos. Como abajo. Y no sueltes con la boca.
Lo hizo. Las dos cosas a la vez, torpe un segundo, y enseguida no.
Alazne dejó de hablar. Ella, que no sabía callarse. Se quedó sin una sola palabra, con una mano en el pelo de Itziar y la otra agarrada a la sábana, oyéndose respirar.
—No voy a aguantar —consiguió decir—. Te lo juro. Si sigues así me corro.
Itziar levantó la boca lo justo para hablar. Tenía la voz ronca.
—Es lo que quiero. Córrete en mi boca. Te lo dije.
Y volvió.
Le subió desde las plantas de los pies. Dijo su nombre, dijo me corro, dijo algo en euskera que no decía desde niña, y se corrió con la espalda levantada de la cama, a sacudidas largas, mientras Itziar la sujetaba por las caderas y no se apartaba ni un centímetro.
La sostuvo hasta el final, hasta que ya no pudo soportar el roce.
Entonces Itziar apoyó la mejilla en su muslo y la miró desde abajo, sin aire, con los ojos brillantes de deseo.
—¿Ha estado en su punto?
Alazne se echó a reír. Se tapó la cara con el antebrazo.
—Ven aquí.
La subió, la tumbó encima y la besó en la boca, que sabía a champagne, mucho rato.
Durmieron poco. Hacia las tres la despertó su propio cuerpo: estaba de lado, pegada a la espalda de Itziar, con la boca en su nuca y una mano en su cintura, y la chica se movía apenas contra ella, medio dormida todavía.
—¿Estás despierta? —le preguntó al oído.
—Hace un rato. —Le cogió la mano y se la llevó al pecho—. No te muevas de ahí.
—¿Qué quieres?
—Así. Sin vernos. La otra mano.
Se la dio. La bajó por su vientre, despacio, y la encontró caliente y blanda de sueño, mojada otra vez.
Itziar echó las caderas hacia atrás para pegarse más y soltó el aire por la nariz.
No hubo prisa ninguna. Alazne tenía un pezón entre los dedos y la boca en su nuca, que le sabía a sal, y la tocaba apenas, en redondo, lenta, mientras la luna les pasaba por encima.
—Así —murmuró Itziar—. No corras.
—No corro.
—Háblame.
—¿De qué?
—De lo que sea. Me gusta oírte bajito.
Le habló. Del pastor de Aia que le traía setas cada abril. De la primera vez que encendió ella sola aquel fuego, con veinticuatro años, y se quemó las pestañas. De que nunca había tenido a nadie dormida en esa cama. Itziar se reía sin ruido, y se le cortaba la risa, y volvía.
Cuando la sintió apretarse y temblar, callada, con la cara hundida en la almohada, la sujetó por la cadera y no cambió nada hasta que se le acabó. Después Itziar se dio la vuelta, se le subió encima y se quedó dormida de golpe, con la cara en su cuello.
Alazne no durmió. Se quedó mirando el techo con una mano en su espalda.
Conocía el capricho. Lo había tenido otras veces: unas ganas que se comían y se pasaban.
Aquello no se le estaba pasando. Tenía cuarenta y cuatro años, la había tenido toda la noche y lo que sentía con ella dormida encima era miedo.
A Lasa, a noviembre, a un periodista de Madrid.
Y otro, que no había tenido con ninguna: que aquella chica se despertara por la mañana, con luz, y se acordara de que a ella le habían gustado siempre los hombres.
Y otro peor, que no tenía que ver con ninguna estrella: que le quedaban cuatro meses y medio en su casa, y que ya no se imaginaba la cocina sin ella a la derecha.
A las cuatro y media se levantó sin despertarla y encendió el hornillo.
Tenía en una cesta lo único que había subido aquella semana: un puñado de perretxikos que le traía un pastor de Aia cada abril, envueltos en papel. Y media docena de huevos.
Itziar abrió los ojos con el olor. Se sentó en la cama con su camisa puesta, sin abrochar, y Alazne, en pantalón y descalza, le fue contando lo que hacía, porque no sabía cocinar de otra manera.
El perretxiko era la seta de la primavera vasca: pequeño, blanco, prieto, salía durante unas pocas semanas en prados y pastizales, según el año y la altura, y se pagaba muy caro.
Le acercó uno para que lo oliera. Olía a harina recién molida y a pepino.
Ella prefería no mojarlos si venían limpios: los repasaba con un pincel para conservarlos secos y no añadir agua innecesaria a la sartén. Los rompía con los dedos, sin cuchillo.
Les dio medio minuto en la sartén con una gota de aceite, lo justo para que sudaran, y bajó el fuego al mínimo.
—Un revuelto es lo más difícil que hay con dos ingredientes.
El huevo cuaja entre sesenta y dos y setenta grados.
Si llegas despacio, se hace en hebras pequeñas y blandas, una crema.
Si llegas deprisa, se aprieta, suelta el agua y tienes goma en un charco.
Así que fuego bajo, y no se bate: se rompen las yemas dentro de la sartén y se mueve sin parar.
Cascó cuatro huevos sobre las setas y removió con una cuchara de palo, del borde al centro, entrando y saliendo del fuego.
—Yo salo al final —dijo Alazne—. Primero quiero ver cuánto sabor han concentrado las setas. Y lo retiro cuando todavía parece que le falta un poco.
—¿Porque sigue cuajando fuera?
—Eso es. El calor de la sartén no desaparece porque tú la apartes.
Lo sacó brillante, tembloroso, apenas cuajado. Sal, y nada más.
Se sentó a su lado en la cama y comieron de la sartén con un solo tenedor, por turnos. Itziar cerró los ojos al primer bocado.
—Sabe a campo mojado. Y es lo más suave que he comido nunca. Lo que no entiendo es cómo una mujer que hace esto con una cuchara de palo vive con un solo fuego.
Alazne le quitó el tenedor y probó de la sartén.
—¿Te has despertado y te has acordado de algo? —preguntó, sin mirarla.
—¿De qué?
—De que te gustan los hombres.
Itziar tardó. Masticó despacio.
—Me he despertado y me he acordado de tu boca. —Le cogió el tenedor—. No sé cómo se llama lo que soy. Sé en qué cama estoy. Hoy me vale con eso.
Alazne soltó un aire que no sabía que estaba guardando.
Clareaba cuando se lo dijo, con el café recién hecho en dos tazas. Lo había decidido mientras removía.
Dejó el tenedor dentro de la sartén.
—Quiero hacerte un contrato. No es justo que sigas sin cobrar en el puesto que ocupas. El martes salvaste el plato de la casa delante de quien fuera aquel hombre. Desde este mes, sueldo de jefa de partida. Y hay un piso de la empresa en el puerto si quieres usarlo. Debí hacerlo hace semanas.
Itziar dejó la taza. Se cerró la camisa con una mano.
Tardó en contestar y lo hizo sin enfadarse, que fue peor.
—No.
—¿No?
—Te creo. Sé que me lo dices por el pil-pil y por mi trabajo.
Pero míranos. Estoy en tu cama, con tu camisa, y todavía no ha amanecido.
Si bajo hoy con un contrato, la brigada, el pueblo y Lasa van a hacer una sola cuenta.
Es la cuenta que me han hecho toda la vida: primero me miran y luego me prueban.
Alazne abrió la boca, pero Itziar siguió.
—Vine aquí con mis cuchillos en una toalla para que alguien probara antes de mirar.
Tú lo hiciste el primer día. Por eso estoy en esta cama.
Si el contrato es de verdad por mi trabajo, ofrécemelo dentro de un mes.
Abajo. Delante de todos. Con Santi presente.
Hasta entonces déjame seguir como estoy, sin deberte nada.
—Es lo legal.
—Lo sé.
—Y lo decente. No soporto estar acostándome con alguien a quien no pago.
Itziar volvió a coger la taza.
—Eso último es problema tuyo. Llévalo como puedas.
Se quedó callada. No estaba acostumbrada a que le dijeran que no en su casa, y menos con tanta calma, y menos alguien con su camisa puesta. Notó que debajo del orgullo le subía otra cosa, que se parecía mucho al respeto.
—De acuerdo. Un mes. Abajo.
Itziar le cogió la mano de la quemadura, ya casi curada, y le besó la palma.
A las cinco menos diez bajó la escalera sin hacer ruido, con la camisa de Alazne puesta.
Recogió la ropa del día anterior, que seguía junto al pase, y fue al vestuario.
Se cambió allí, salió por la puerta de atrás y subió hacia la calle Mayor, para poder volver a bajar a las cinco y media, como cada mañana, por si alguien miraba.
Alazne se calzó y bajó a la cocina. Aún olía a ellas. Sobre el pase quedaban dos botones blancos de su chaquetilla, y se los guardó en el bolsillo. Recogió lo que quedaba junto al acero. Limpió y desinfectó el pase antes de empezar la mise en place.
Montó el nido de sarmientos, cruzó la encina y prendió una cerilla. En veinte años, el primer humo del día nunca había salido tan tarde.