Capítulo 25
Son las seis de la tarde y el club Obscena está completamente silencioso. Los pasillos tienen encendidas sus luces tenues y si alguien observara el edificio desde fuera, pensaría que está vacío... salvo por los cinco coches aparcados frente a la puerta, lo que indica que la Cámara está ocupada.
—Joder, ¿es que no vamos a tener una semana tranquila? —pregunta Penélope con un gesto de cansancio mientras se pasa la mano por el pelo suelto.
Margaret suelta un bufido.
—La juventud —murmura y ladea la cabeza, observando el arreglo floral que hay sobre la mesa para entender por qué demonios alguien mezclaría girasoles y lirios blancos—.
Os cansáis de todo muy rápido. En mis tiempos pasaba semanas durmiendo pocas horas y alimentándome de patatas fritas.
Ahora como me coma un puñado de esas, me da ardores durante una semana.
Termina su frase dramática negando con la cabeza mientras Elizabeth intenta con todas sus fuerzas no poner los ojos en blanco.
—Estoy completamente segura de que el trabajo como jueza de tu nivel es bastante tranquilo y diría que hasta aburrido —rebate la capitana de policía—.
Seguro que anoche dormiste ocho horas y hoy has estado otras dos comiendo con tranquilidad en ese sitio absurdamente caro del centro que tanto te gusta.
Margaret ladea una sonrisa coqueta al mismo tiempo que mueve los hombros sin ritmo.
—En fin —interrumpe la dueña de Obscena—. Vamos a continuar con el siguiente punto para que podamos irnos a descansar.
Sandra desbloquea la tablet y desliza uno de sus dedos hasta llegar a donde le interesa.
—Holder —dice la asistente y Elizabeth asiente.
—Como ya sabéis, la reunión fue mejor de lo esperado aunque al principio se pusiera algo...
testarudo —Elizabeth entrelaza las manos sobre la mesa—.
Una vez se revisaron los estatutos, se procedió a la firma para la venta de las acciones que tenía Holder como parte de la inversión que hizo en la empresa de Samantha.
Esta mañana ha actualizado el registro y los nuevos socios ya aparecen en los documentos.
—Una maravillosa noticia —dice Juliette mientras Margaret aplaude como si su equipo favorito hubiera ganado un partido que los clasifica hacia la final.
—Hubiera preferido que le cortáramos los huevos, pero si deja a Sam en paz, estoy conforme —la jueza levanta la barbilla—. Aunque Luciérnaga está esperando órdenes por si Richard Holder vuelve a tener problemas con entender la palabra «no».
Todas asienten con solemnidad porque desde luego ese es exactamente el procedimiento que usa Obscena cuando han agotado todas las alternativas más amigables.
A ninguna le gusta llegar hasta ese punto —bueno, a Margaret le encanta— pero es la única manera que tienen de conseguir una tasa alta de éxito, sobre todo con hombres como Holder que, gracias al dinero que tienen, son capaces de lo que sea con tal de hacerse con lo que desean.
La rubia se da cuenta de que Evelyn es la única que no ha hablado en todo el rato que llevan reunidas y es ahora cuando nota el gesto apagado de su rostro.
—¿Estás bien? —le pregunta a la asesora y todas clavan sus ojos en ella.
Evelyn frunce los labios y se mira las manos que tiene apoyadas sobre la madera pulida.
—Nada de que preocuparse, pero lo he dejado con... ya sabéis —hace una pausa, no menciona su nombre, pero no es necesario. Ellas saben que se refiere a su novio—. Y digamos que estoy pasando unos días raros.
Juliet da un sobresalto tan visible que vuelca el vaso de agua que tenía frente a ella. Sandra reacciona con rapidez y coge unas servilletas del mueble donde está la cafetera para ayudarla a secar el estropicio.
Elizabeth se muerde los labios.
—Si necesitas lo que sea, dímelo —se ofrece Penélope de inmediato.
Antes de que Evelyn pueda agradecer, Margaret deja caer un consejo.
—Deberías hincharte a follar, disfrutar de la libertad. —Mueve la mano con soltura—. No se llora por un hombre. ¿Qué? —pregunta la jueza cuando Elizabeth la fulmina con la mirada.
—Quizá Evelyn quiere tomárselo de otra forma —le suelta la empresaria.
—Tonterías —contraataca la jueza.
—Estoy bien —las interrumpe Evelyn—. Llevábamos meses que no funcionábamos como una relación. Así que llegó el momento de hablar. Él se lo tomó muy bien y yo sentí un alivio inmediato, lo que me ha llevado a pensar que hace mucho que no lo quería.
Elizabeth mira de reojo a Juliet, que se muerde los labios con nerviosismo mientras mira a la asesora con ojos ilusionados.
—Lo importante es que te sientas bien —dice Penélope—. Lo demás es normal, con el paso del tiempo, todo quedará atrás.
Evelyn asiente, agradecida.
—Vamos a continuar —toma la palabra la empresaria—. ¿Qué nos queda por discutir, Sandra?
Las Cinco tardan una hora más revisando lo que tenían en agenda. Obscena tiene que encargarse de dos investigaciones urgentes que han entrado esa misma mañana y se han repartido el trabajo que debe hacer cada una. La capitana de policía toma la palabra al final.
—Creo que tengo a alguien más que puede colaborar con nosotras.
—¿Crees? —pregunta Elizabeth.
—No está confirmado del todo todavía y me gustaría dejar que pasen unas semanas más —saca su móvil, lo revisa durante unos segundos y luego gira la pantalla.
La foto de una mujer rubia y de gesto serio aparece entre ellas—.
Inspectora García, Cuerpo Nacional de Policía en España.
La trasladaron hace dos años por un intercambio de cooperación internacional y al parecer es tan buena que le ofrecieron quedarse.
—¿Y qué tiene esta mujer que pueda interesarnos? —quiere saber la jueza.
—Ha seguido cierto patrón que me ha confirmado que defiende la misma lucha que nosotras —guarda el móvil y piensa en lo que va a decir—.
La conocí por casualidad hace unas semanas...
—carraspea y Elizabeth entrecierra los ojos—, el caso es que estuvimos hablando mucho y dijo cosas que me llamaron la atención.
Empecé a revisar sus investigaciones y estoy bastante segura de que camina bordeando la ley con tal de hacer justicia.
Me he hecho con su expediente en Madrid y, por si no lo sabéis, en España los hombres matan a las mujeres por deporte.
Los datos sobre violencia de género son brutales y la inspectora García se ha asegurado de que el culpable siempre pague... de cualquier forma.
Margaret sonríe abiertamente.
—Aprobada —dice y da un golpe a la mesa con la mano abierta como si estuviera dictando una sentencia.
—Hazle seguimiento y cuando estés segura, podemos hablar con ella —pide Elizabeth y mira la hora en su reloj—. ¿Algo más?
Todas niegan con la cabeza.
—Entonces lo dejamos aquí por hoy, señoras —se ponen de pie, agotadas—. Juliet, ¿puedes quedarte un momento?
La secretaria judicial asiente, aunque no pierde la oportunidad de ponerle la mano con dulzura a Evelyn en el hombro cuando pasa a su lado. La asesora detiene sus pasos y le sonríe. Juliet se siente una adolescente enamorada.
Cuando se quedan solas, Elizabeth le señala a Juliet una silla a su lado.
—¿Ocurre algo? —La secretaria judicial arruga la frente porque el gesto de la rubia es serio y algo le dice que no le ha pedido unos minutos para echar un polvo sobre la mesa.
—Solo quiero comentarte algo, pero primero lo más importante —dice Elizabeth—. ¿Has escuchado a Evelyn? Es tu oportunidad.
La otra mujer suelta un bufido y se tapa la cara con las dos manos.
—No hay ninguna oportunidad aquí, Evelyn sale con hombres y además ahora mismo no estará pensando en enrollarse con una mujer.
Ahora es Elizabeth la que suelta un bufido bastante más alto.
—Primero, que haya salido con hombres no tiene absolutamente nada que ver.
—Levanta las dos cejas y la señala con un dedo—.
Tú estás casada con uno y te acuestas conmigo.
No eres el primer ni el último caso, además, Evelyn estará encantada de recibir tus atenciones después de aguantar lo que suelen dar los novios.
Juliet suelta una carcajada que libera parte de su tensión. Está de acuerdo sobre todo en la última parte porque es consciente de que estar con un hombre no es ni de lejos tan maravilloso como estar con una mujer.
—Sé que tu intención no es agobiarla, pero simplemente estate ahí para ella —le aconseja Elizabeth—. Invítala a un café fuera de aquí, luego una noche a cenar y después...
Juliet sonríe tan amplio que le duele la cara.
—Lo haré —contesta, convencida.
—Bien —asiente Elizabeth y su rostro se vuelve de repente el de la empresaria millonaria—. Hay otra cosa, esta es personal.
Juliet espera sin decir nada y con la mirada en el rostro de su amante.
—Estoy teniendo algo con Danielle —tiene que pinzarse el puente de la nariz, explicar estas cosas siempre le cuesta—. No sé exactamente qué es, pero es algo.
—Y no quieres que sigamos acostándonos.
«Eres mía, ¿lo entiendes? Solo mía».
El recuerdo de una Elizabeth arrodillada aceptando ser de Danielle le golpea la mente.
—No estaría bien —concuerda la rubia—. No sé si lo nuestro siquiera va a funcionar, pero quiero intentarlo.
Juliet de repente se incorpora y abraza a Elizabeth. La aprieta entre sus brazos unos segundos sin decir nada y luego vuelve a su silla.
—Me alegro muchísimo, de verdad. —La secretaria judicial sonríe—. Por fin dejas entrar a alguien más que no sea solo para follar. Ya era hora, Elizabeth.
La empresaria siente cómo en el pecho se arremolina un sentimiento de culpa indeseado.
No es la primera vez, ya le ha pasado varias veces desde que empezó a sentir que Danielle encajaba mejor de lo que pensaba en su vida.
Tiene la sensación de que no está cumpliendo la promesa que le hizo a Claire hace tantos años, que la quería a ella y solo a ella para el resto de su vida.
Sabe que es uno de esos juramentos complicados de cumplir, porque nunca se sabe si una relación puede funcionar o no, pero lo que tenían ellas era tan diferente que le ha costado mucho tiempo abrirse otra vez.
—Has pasado mucho tiempo sola —Juliet no puede leer la mente de la rubia, pero está bastante segura de que cuando compone ese gesto apesadumbrado es que piensa en Claire—. Ya era hora de que siguieras adelante.
Elizabeth asiente, no demasiado convencida, pero tiene claro que Claire no va a regresar y que ella quiere a Danielle en su vida de una forma tan intensa que a menudo le asusta la sensación.
—Hacemos un buen equipo, sabes, Danielle y yo —dice la empresaria—. Y me gusta lo que está pasando entre nosotras.
Juliet le pone una mano en la pierna y se la aprieta con cariño.
—Espero que seas muy feliz.
—Y yo espero que espabiles y des el paso de acercarte a Evelyn —Juliet pone los ojos en blanco—. Tienes que dejar a ese marido tuyo bueno para nada y empezar algo con ella sin estorbos.
La secretaria judicial levanta las manos en señal de rendición y se pone de pie.
—Te prometo que lo haré y para que estés más tranquila, mañana tengo cita con la abogada —explica moviendo las cejas.
—Eso es lo que quiero escuchar —Elizabeth también se levanta—. Ahora vayámonos a descansar que ha sido un día terriblemente largo.
Salen de la Cámara y caminan hacia la salida. Solo están los coches de ambas aparcados fuera.
—Llámame mañana cuando salgas del despacho de tu abogada —pide Elizabeth.
—Cuenta con eso, espero salir de allí a las seis.
Ambas se despiden y Elizabeth espera que la mujer se incorpore al camino de la salida.
Se queda unos segundos mirando a su alrededor sin poder evitar pensar que creó todo eso por Claire, para ayudar a mujeres como ellas que habían desaparecido, y la vida hizo que conociera a Danielle gracias a ese club.
Suspira y emprende el corto camino hasta su casa. Ha quedado al día siguiente con la periodista y por primera vez en mucho tiempo, está verdaderamente feliz.