Capítulo 26
Danielle entra en el club siguiendo a Elizabeth y se detiene en el rellano. Son las nueve de la noche de un lunes y el silencio es absoluto en el interior.
—¿No hay nadie? —pregunta mirando a un lado y a otro.
—Puede que alguna socia en la biblioteca, pero en general, los lunes a esta hora suele estar vacío. ¿Lista?
—¿Para qué? —pregunta Danielle desconcertada.
Elizabeth le ha escrito esta mañana y le ha pedido que se pasara a última hora porque quería enseñarle algo, y ella se ha pasado todo el día ansiosa esperando que llegara este momento.
—Te dije que si te portabas bien te explicaría todo lo que ansías saber sobre este sitio, a ver si así dejas tu obsesión a un lado.
Danielle abre la boca y la cierra, sonriendo y con el corazón desbocado.
—¿Me lo vas a contar todo?
La empresaria la mira de arriba abajo y Danielle entra en combustión.
—Vamos.
Elizabeth pasa por el lateral de la escalera y sigue hacia uno de los pasillos por los que arrastró a Danielle el día que la llevó a su despacho.
Marca un código en el panel y la puerta se abre hacia otro pasillo largo con luces empotradas en el suelo que iluminan el camino hacia el ala oeste.
Durante la siguiente hora, le enseña todo lo que ha construido en los últimos años y le explica lo que es Obscena de verdad.
La lleva a la sala de operaciones donde Sandra gestiona los casos, le muestra las bases de datos cifradas, los protocolos de comunicación con las mujeres que piden ayuda y las carpetas con los expedientes de docenas de casos que han resuelto sin que la justicia moviera un solo dedo.
Le habla de Lena, la primera mujer a la que ayudó, de cómo una conversación en la barra de un bar le hizo ver que tenía el poder y los recursos para hacer lo que los tribunales no podían, y de cómo aquella primera vez se convirtió en una estructura que ahora protege a decenas de mujeres cada año.
Danielle la escucha sin interrumpir. No saca el teléfono, no toma notas y no hace preguntas de periodista porque no hace falta, Elizabeth está desnudando el club para ella, así que se limita a caminar a su lado, mirando las pantallas y los archivos con esa expectación que hace sonreír a la dueña del club.
—Es increíble todo lo que has montado aquí, ¿por qué permites que la gente especule ahí fuera? ¿Eres consciente de lo que se cuenta del club?
—Me da igual lo que se diga, Obscena funciona bien con todo el secretismo que tiene, así que te pediría que no escribas nada sobre lo que te he contado, estoy confiando en ti, Danielle, así que sí...
—Ni un puto artículo, te lo prometo, esto es... Joder —los ojos se le abren mucho—, es impresionante, y medio ilegal —se ríe nerviosa—, y me encanta.
Elizabeth se ríe y le hace un gesto con la cabeza.
—Hay una última sala que quiero que veas —dice, y echa a caminar de nuevo.
La lleva por otro pasillo más estrecho que lleva hasta una puerta de madera oscura con una cerradura que no tiene panel digital, solo una llave que ella se saca del bolsillo del pantalón para abrir.
—A esta sala la llamamos la Cámara.
Danielle entra y observa la habitación, es pequeña, con una mesa en el centro rodeada por cinco sillas y una que está más apartada, junto a la pared y el mueble con una cafetera y un hervidor de agua, y entonces Elizabeth le habla de las Cinco, no le da los nombres, pero sí le explica los cargos que ocupan, el tipo de poder que tienen y lo que son capaces de hacer por Obscena.
—Aquí nos reunimos —sigue explicando la empresaria, apoyando las manos en el respaldo de una silla—. En esta sala es donde se discuten todas las estrategias y se toman las decisiones importantes.
Danielle rodea la mesa despacio, pasando los dedos por la madera como si esta le pudiera contar todo lo que se ha dicho en este sitio. Se detiene junto a Elizabeth y la mira.
—Y supongo que la última palabra siempre es la tuya.
—Supones bien.
—Entonces, ¿no me vas a decir el nombre de esas cuatro mujeres nunca? Ahora tengo mucha curiosidad.
—Las conocerás cuando llegue el momento, pero todavía no —Elizabeth tiene la voz un poco más ronca, quizá porque el modo de mirarla de Danielle la está encendiendo—.
Lo único que tienes que saber ahora es que desde aquí hemos sacado a mujeres de situaciones que las habrían destruido, y que todo lo que hemos hecho ha sido porque la ley no quiso hacerlo o simplemente no pudo.
La última mujer a la que hemos salvado, en parte fue gracias a ti y la presión que ejerció el artículo.
Danielle deja de tocar la madera y se acerca a ella. Le pone las manos en las caderas y la empuja suavemente hasta que el trasero de Elizabeth toca el borde de la mesa.
—Cuando te sientas aquí —dice la periodista, señalando la silla con la barbilla a la vez que le desabrocha el primer botón de la camisa—, eres la que manda.
La empresaria contiene la respiración cuando el calor aumenta en su cuerpo y la humedad se acumula entre sus piernas.
—Pero cuando yo estoy a tu lado —Danielle le abre el segundo botón, y el tercero, y le pasa la yema de los dedos por la clavícula, despacio—, la que manda sobre ti soy yo.
Y Elizabeth no tiene tiempo de contestar porque Danielle la gira con un movimiento seco y brusco y le aplasta el pecho contra la mesa de la Cámara, esa misma donde ella da órdenes que cambian la vida de la gente, y la desnuda de cintura para abajo con la autoridad de alguien que tiene muy claro que tiene derecho a cualquier cosa sobre su cuerpo.
Le separa las piernas con la rodilla y la penetra desde atrás con dos dedos mientras le agarra el pelo corto con la otra mano y tira de su cabeza hacia arriba.
—¿Has follado antes aquí? —pregunta Danielle contra su oído.
—Sí.
Le saca los dedos, le da un azote en el cachete derecho y después se agacha, lame su abertura y acaba mordiendo donde a Elizabeth todavía le duele.
Suelta un gemido entrecortado y su sexo se contrae con varias palpitaciones de necesidad.
Danielle observa la forma de sus dientes marcada en esa piel blanca y se incorpora de nuevo.
Esta vez mete tres dedos y vuelve a cogerla por el pelo.
—Eres solo mía, ¿recuerdas? Cada uno de tus orgasmos me pertenece. Dilo.
—Soy tuya —gime la empresaria con los muslos temblando de excitación.
Danielle la folla con fuerza, de forma profunda y rápida, clavándole los dedos en la cadera con la mano libre mientras ella aprieta los dientes y presiona las palmas abiertas contra la mesa.
El orgasmo se le arremolina en el vientre y empieza a enviar oleadas calientes entre sus piernas.
Se corre y de su boca salen gemidos roncos y prolongados que la dejan con el cuerpo temblando sobre la mesa en la que durante años ha sido la mujer más poderosa de la sala.
La periodista se queda pegada a su espalda, lamiéndole el hombro y el cuello hasta que deja de temblar, entonces le besa la nuca con la ternura que siempre viene después de la fuerza y que es una de las cosas que está haciendo que Elizabeth sienta mucho más que deseo por ella.
—Arriba —dice Danielle en un susurro, cogiéndola por las axilas para que se incorpore. La dueña de Obscena se adecenta la ropa con tranquilidad y se apoya en la mesa después de abrocharse el botón.
—¿Quieres quedarte a cenar? —pregunta la empresaria, que no desea que Danielle se marche esta noche.
La periodista sonríe sin rastro de esa oscuridad que le atraviesa la mirada cuando necesita poseer a Elizabeth, ahora solo queda esa admiración que siente por ella y esa otra cosa que se parece mucho al cariño y que ninguna de las dos se atreve a reconocer todavía.
—¿Vas a cocinar para mí? —la ceja se le levanta con cierto aire burlón.
—A lo mejor, depende de lo que haya en la nevera, si no, tocará pedir comida.
—O puedo cenarte a ti.
Elizabeth se ríe y le coge la mano para acercarla a su cuerpo.
—A mí considérame el postre.
—Está siendo un día jodidamente perfecto, que lo sepas —sonríe Danielle.
—Venga, vamos a mi casa.
La empresaria cierra la Cámara, recorren los pasillos hacia la salida y caminan por el sendero hacia la finca mientras Danielle le va contando todos los avances que ha hecho en su nueva investigación.
—También estoy valorando seguir un caso. Una de mis antiguas fuentes se ha puesto en contacto conmigo para darme un soplo.
—Así que además de la posibilidad de escribir cosas decentes, estás recuperando a tus fuentes.
—Bueno, no es que las hubiera perdido, salvo a ese desgraciado que me jodió, es simplemente que no tenía sentido que me informasen de nada si no tenía opciones para publicarlo.
—Entiendo, ¿y de qué va ese soplo? —indaga Elizabeth.
Danielle la mira sonriendo.
—Un agente de la DEA que podría ser corrupto. Uno de los que mandan, parece que podría estar quedándose con parte del dinero que confiscan, declarando solo una parte como encontrada y no la totalidad.
—Mmm, bueno, si no hace daño a ninguna mujer, no me interesa. En cualquier caso, ten cuidado si decides investigarlo, este tipo de gente sabe cómo eliminar inconvenientes.
—Lo tendré, no te preocupes. ¿Si algún día descubro algo que sí implica a una mujer, intervendrías?
—Solo si me lo pide ella —hace una pausa y la mira de reojo—, o puede que también lo haga si me lo pides tú.
Danielle asiente encantada.
Cuando llegan a la entrada de la casa, lo único que está encendido son las luces del porche y las farolas que iluminan el sendero, que se encienden de forma automática cuando baja la luz.
No hay nada que indique ningún cambio, todo está en silencio y el aire huele al bosque que rodea el recinto y, aun así, a Elizabeth se le erizan los pelos de la nuca.
—¿Qué pasa? —pregunta Danielle cuando la empresaria se queda con la llave a medio camino hacia la cerradura.
—Nada —dice, sacudiendo la cabeza.
Mete la llave en la cerradura, abre la puerta y acceden al interior.
La piel erizada se convierte en un escalofrío recorriendo su columna cuando ve que la luz del salón está encendida de forma tenue.
Ella no se deja luces encendidas nunca, es una obsesión que tiene y que la hace asegurarse siempre antes de salir de su casa.
—¿Pasa algo? —pregunta Danielle cuando se coloca a su lado, y el corazón se le desboca igual que a la empresaria.
Hay una mujer sentada en su sofá. Tiene las piernas cruzadas y la pose relajada, el pelo largo y oscuro le cae por los hombros y tiene una belleza de esas que quitan el aliento.
Sus ojos, que se ven oscuros desde su posición, están clavados en Elizabeth, que sigue quieta en el sitio porque durante unos segundos su cerebro no consigue conectar lo que ve con lo que sabe, porque lo que sabe es que esa mujer desapareció hace años sin dejar rastro, que ella la buscó hasta el infinito y que al final tuvo que aceptar —con el corazón hecho pedazos— que nunca la volvería a ver.
Pero cuando la mujer sonríe, su corazón se convierte en una locomotora y la boca se le abre.
—¿Claire? —la voz le sale rota y baja.
La mujer descruza las piernas y la mira con una expresión satisfecha que Elizabeth reconocería en cualquier parte.
—Hola, cariño.