Capítulo 23
—¿Lo has leído? —Danielle se mordisquea el labio ya casi destrozado mientras hace la pregunta.
—Sí, a primera hora.
La periodista se aclara la garganta, espera que Elizabeth le diga —sin que ella tenga que preguntárselo— qué le ha parecido.
Han pasado cuatro días desde que la empresaria le entregó todo lo necesario para escribir sobre Holder y en cuanto dejó su apartamento esa noche, pasó horas revisando los documentos.
Su radar se encendió de inmediato y de una manera casi obsesiva buscó a Richard Holder en todas las páginas que lo nombraban.
El escalofrío que la recorrió cuando empezó a comparar unas fotos que iba recopilando le dio el empujón que necesitaba para empezar a escribir.
A la mañana siguiente, Danielle había avanzado hasta la mitad del artículo cuando el cansancio la venció, pero no por eso se fue a la cama sino más bien, se dio una ducha y salió hacia la sede del The Empire Chronicle para hablar con su editor jefe.
—Esto es jodidamente bueno —le dijo sin poder apartar los ojos de parte de las pruebas—. ¿Cómo lo has conseguido?
Danielle encogió los hombros con un gesto misterioso.
—Una fuente. —Se sentó en una de las sillas del despacho de su jefe—. Una muy buena que tiene información que nos puede llevar a publicar cosas como esto.
El editor le dijo que esa misma noche necesitaría el artículo porque tendría que revisarlo, pasarlo por corrección y maquetación para que pudieran publicarlo esa misma semana, así que Danielle volvió a su departamento, intentó descansar un poco sin éxito y se sentó frente a su portátil a escribir.
Elizabeth no quiso leerlo antes porque quería hacerlo en el momento que estuviera disponible.
—Es muy bueno, no te has dejado nada fuera y me ha parecido lo suficientemente contundente.
A Danielle Sutton le recorre un cosquilleo por todo el cuerpo acompañado de un aleteo en el pecho.
Nunca se había sentido así por un simple elogio, pero empieza a entender lo que la dinámica —nueva para ella— que tiene con Elizabeth le proporciona.
Es una satisfacción superior a cualquier cosa, incluso a ganar un premio como periodista.
Esto va más allá del sexo, las órdenes o el control, esto la llena de verdad, la hace sentir más viva de lo que puede recordar.
—Gracias —sonríe Danielle y agradece no estar frente a la rubia, sino hablando por teléfono—. Y como consecuencia, mi editor me ha quitado definitivamente de la columna y a partir de ahora cubriré algunas noticias de sucesos, pero sobre todo, tendré mi propio espacio para este tipo de artículos.
—Es una buena noticia —contesta Elizabeth con esa voz cerrada que a veces tiene—. Oye, tengo que dejarte. He de encargarme de unos asuntos.
Danielle se muerde la lengua para no preguntar, aunque le encantaría saber qué son esos asuntos porque está segura de que tienen que ver con Richard Holder.
—Claro, hablamos en otro momento.
Se despiden con seriedad, no hay en esa charla palabras que evidencien lo que hay entre ellas y, sin embargo, para la periodista es increíblemente gratificante.
Ella siempre ha buscado en sus novios una persona en quien confiar y en quien apoyarse.
Con ninguno lo ha sentido y con Elizabeth, con la que lleva muy poco tiempo involucrada, experimenta una confianza ciega incluso mayor que la que tiene con Layla.
● ● ●
—Voy de camino, ¿has hablado con él? —Elizabeth va conduciendo hasta el edificio en el que Samantha Hill tiene la empresa.
—Sí, lo he llamado a primera hora como hemos acordado —su voz no suena tan contenta como debería.
—¿Te ha puesto algún impedimento? —quiere saber la rubia cuando gira en una de las atestadas calles de la ciudad de Nueva York.
—No, todo lo contrario, se ha mostrado más efusivo que cualquier otro día. Ha comenzado por decirme que todo lo que ha salido en la prensa es completamente falso y que nada de eso va a salpicarme.
Elizabeth ahora lo entiende y es que el cerdo de Holder debe estar excitado de solo pensar en quedar con Samantha a solas, sobre todo después de ese último avance que hizo, acariciando el muslo de la chica sin ningún reparo. En su corta mente, pensará que incluso ella lo ha disfrutado.
—No estarás sola, recuérdalo —Elizabeth se lo dice con dulzura—. Nos vemos en veinte minutos.
La empresaria aparca el coche y se apresura para entrar al edificio, quiere llegar antes de que lo haga Richard y con el tráfico horrible que acaba de comerse no está segura de que lo haya logrado.
—Tranquila, llegas a tiempo —le informa Samantha en cuanto la observa saliendo del ascensor a zancadas—. Me ha escrito un mensaje de que estará aquí en cinco minutos.
La rubia asiente y se abre la chaqueta que lleva puesta.
—¿Tú cómo estás? —pregunta mientras le coloca la mano en la espalda a la chica.
—He estado mejor y quiero que esto acabe de una vez.
El tono angustiado le recuerda a Elizabeth la época oscura que vivió tras la desaparición de Claire. Cuando no paraba de buscar alternativas a una salida que no encontraba.
—Y acabará hoy, eso te lo aseguro.
Ambas mujeres entran a una pequeña sala de reuniones que Samantha usa cuando se reúne con un par de personas, una habitación sencilla con una gran ventana, una mesa cuadrada para cuatro y una cafetera en la esquina.
De repente, la puerta se abre y se asoma una chica morena de gesto nada suave.
—Está cogiendo el ascensor —anuncia y solo mira a Samantha, a quien le guiña un ojo después—. Estaré aquí fuera por si me necesitáis.
Cuando la mujer sale nuevamente Elizabeth ladea la cabeza, intrigada.
—¿Es la chica que mandó Penélope?
Samantha sonríe y asiente.
—No te dejes engañar, debajo de esa fachada de becaria que no sabe lo que tiene que hacer, hay una mujer inteligente con músculos de acero.
La rubia levanta ambas cejas y no tiene nada más que preguntar cuando nota las mejillas sonrojadas de la chica.
La puerta vuelve a abrirse y Tessa —la escolta que finge ser una ayudante— deja pasar a Richard Holder, al que se le borra la sonrisa cuando es consciente de la presencia de Elizabeth.
—No sabía que tendríamos compañía —dice el hombre, ahorrándose el saludo.
Elizabeth no pierde tiempo y toma la palabra.
—Siéntate. —La voz le sale áspera y Richard frunce el ceño.
—¿Y tú eres? —pregunta casi con asco.
La rubia pone ambas manos entrelazadas sobre la mesa y compone una sonrisa evidentemente falsa.
—Soy Elizabeth Kensington y gracias a mí, ese artículo del Empire Chronicle ha salido esta mañana dando a conocer tu faceta más oculta.
El tipo se yergue y Elizabeth contempla cómo la rabia se va apoderando de él. Pone las manos en puño y la mira con odio.
—¿Eres consciente de con quién estás hablando? —Richard paladea la frase con los dientes apretados.
La dueña de Obscena chasquea la lengua y exhala con cansancio.
—¿Con un abusador? —pregunta, y a Richard la vena del cuello le estallará en cualquier momento—. ¿Con un hombre que usa su dinero para hacer lo que le da la gana como tocar, intimidar y acosar a mujeres?
La mirada rápida que le da Richard a Samantha no hace más que ponerlo en evidencia.
—Esto es un circo que no pienso permitir —levanta la mano y señala a las dos mujeres sentadas frente a él—. Os voy a joder por eso y tú, Samantha, ¿cómo te atreves? No me dejas más opción que actuar.
La chica da un respingo visible y Elizabeth siente aún más impotencia. Richard Holder no es más que basura.
—¿Sabes lo que pasa con gente como tú, Richard?
Que creen que por tener dinero, son intocables —Elizabeth niega con la cabeza—, pero eso solo lo logras cuando tienes poder.
Y eso es lo que tengo yo porque si he sido capaz de armar todo esto en solo una llamada para que tu cara saliera en uno de los periódicos más importantes de la ciudad, imagínate qué puedo lograr si me esfuerzo de verdad.
Ah, y por si lo dudabas, las pruebas de las que hablan en el artículo son ciertas.
Hay un imperceptible movimiento de hombros tensos en el hombre y Elizabeth sabe que ha dado donde quería por lo que continúa hablando.
—Te doy la oportunidad de sentarte y escuchar lo que tengo que decirte. Si no lo haces, entonces lo haré a mi manera y te aseguro que no te gustará.
Richard titubea por un momento, pero luego compone un gesto arrogante de aburrimiento, como si, cediendo a lo que esa mujer de pelo corto le está diciendo, solo estuviera alimentando su curiosidad. Nada tiene que ver lo que le han hecho sentir sus palabras.
Se deja caer en la silla y mira su reloj.
—Tienes cinco minutos —escupe con hastío. Elizabeth sonríe.
—Qué generoso, pero seguramente tardaremos más —ella levanta ambas manos—.
Verás, Richard, hay unos inversores muy interesados en comprar la parte que tienes en la empresa de Samantha.
Gente que sabe de tecnología y que ya tiene el dinero preparado.
Solo tienes que firmar unos cuantos documentos, recibes el dinero y todos contentos.
Una carcajada ronca emerge de la garganta del empresario mientras mira a las dos mujeres.
—¿Crees que voy a vender? Estás loca si es lo que piensas.
—No solo vas a vender —continúa Elizabeth ignorando su tono burlón—, sino que también vas a desaparecer del mundo de Samantha.
Porque no sé si te has dado cuenta, tiene veinticuatro años y está notablemente desinteresada en ti por lo que sería una estupidez de tu parte seguir intentando meterle esa polla flácida que tienes entre las piernas.
Los ojos de Richard son dos pozos oscuros, eso combinado con lo rojo de su cuello hace pensar que el hombre sufrirá un infarto.
—No voy a…
—Vas a hacerlo —Elizabeth lo corta y le da un manotazo a la mesa—, porque si no me encargaré personalmente de hacer de tu miserable existencia un infierno.
Te joderé la vida por completo, cada inversión que hagas, cada sociedad que quieras crear, te convertiré en la persona que nadie quiere tener cerca.
No me retes porque si crees que no soy capaz de más, déjame decirte que voy a inyectarte el miedo en el cuerpo porque cada vez que pongas un pie en la calle, tendrás que hacerlo escoltado y mirando sobre tu hombro.
Y antes de que te lo preguntes, mi interés es que Sam es mi amiga, alguien a quien protejo y a quien desde luego no voy a permitir que le hagan daño.
Me lo voy a tomar en serio, Holder, y te haré trizas.
Richard no sabe qué hacer con las manos.
No es que le tiemblen, pero siente tal ansiedad que no puede dejarlas en un mismo sitio.
No tiene ni idea de si lo que está diciendo esa mujer es verdad, pero de inmediato se pregunta si merece la pena averiguarlo solo por las ganas de comerse un coñito dulce como el de Samantha Hill.
Le molesta, porque lleva mucho tiempo trabajándola con calma y tener que echar por la borda todo lo que ha avanzado es una putada.
—No tengo tiempo para estos juegos —contesta con arrogancia, pero Elizabeth nota cómo le ha temblado la barbilla. El tipo clava su mirada en Samantha—. Desde luego invertir en ese sitio fue un error, no está al nivel de mi exigencia y prefiero saltar de este barco antes de que se hunda.
Samantha está por desmayarse. Elizabeth muestra una sonrisa amplia de dientes afilados.
—Me complace saber que estás interesado en nuestro acuerdo —abre una carpeta que ya estaba preparada y la empuja hacia él—.
Los abogados de la empresa se pondrán en contacto contigo para cerrar la venta, pero firmando este documento, nos aseguramos de tener un acuerdo privado.
Por si te da por arrepentirte, aunque lo dudo, porque sé que eres un hombre inteligente, Richard.
El tipo coge el documento, es una sola hoja en la que aparecen varios datos y las acciones que tiene. Lo lee todo con rapidez y estampa su firma para después levantarse con desgana.
—Espero no volver a verte nunca más —se atreve a decir Richard con un gesto de decepción y sale de la sala.
—Joder —suspira Samantha y se lleva la mano al pecho—. Joder.
Elizabeth sonríe y le pasa la mano por la espalda con lentitud. Casi al segundo la puerta vuelve a abrirse y Tessa se asoma.
—¿Todo bien? —quiere saber la mujer con sus ojos clavados en Samantha—. ¿Necesitas algo?
Sam niega con la cabeza.
—Solo quiero salir de aquí —suspira pasándose la mano por la melena suelta—. Dame unos minutos y nos vamos.
Elizabeth no es una mujer que se mete en la vida de los demás, pero le intriga mucho esta relación entre la que debía ser su escolta y Samantha. No llevan muchos días trabajando juntas y sin embargo parece que son una pareja conformada hace años.
—Te espero fuera —contesta Tessa antes de salir.
—Bueno, segundo paso completado —habla la rubia—. Esta misma tarde llamarán a Holder y estoy segura de que en un par de días la venta de las acciones se hará efectiva.
Samantha asiente varias veces, sobrepasada por la situación que al parecer está llegando a su fin.
—Gracias por todo, Elizabeth.
—No me las des hasta que todo haya acabado.