Capítulo 22
El teléfono le vibra en el bolsillo y Danielle da tal respingo en la silla que el becario que pasaba por detrás se aparta de un salto, asustado.
Mete la mano en el bolsillo sin apartar la mirada de la pantalla de su portátil, donde está trabajando en la segunda información que le dio la empresaria —con permiso de su editor—, y cuando mira la pantalla ve el nombre de la mujer que le quita el sueño escrito en ella.
«Necesito que nos veamos esta noche. Por la tarde estaré en la subasta, si quieres ir, Sandra te ha reservado un asiento, si no, dime dónde nos vemos. Ha llegado el momento de que hagas lo que tienes que hacer».
No es una petición y Danielle lo sabe. La que le ha escrito no es la Elizabeth que obedece sus órdenes y deja que la muerda, esta es esa roca que rueda desde una montaña arrasándolo todo a su paso y, aun así, no puede evitar notar el revoltijo en el estómago ante la idea de volver a verla y a la vez hacer lo que sea que ella necesita.
Al fin avanzan, y si lo hace bien, Elizabeth podría contarle todo lo que siempre le ha intrigado sobre Obscena, aunque descubrir lo que pasa allí le dé más miedo que quedarse sola en un callejón oscuro a las dos de la madrugada.
«Iré a la subasta, nos vemos allí», teclea con rapidez.
● ● ●
Por la tarde, Danielle sube las escaleras del hotel con las manos húmedas por los nervios y la boca seca como si hubiera masticado un trozo de cartón antes de venir.
Las subastas de Obscena son lo único que siempre ha podido hacer sin tener que inventar una identidad falsa que le duró muy poco.
Hacer esto le recuerda a la primera vez que vino a una y al momento en el que vio a Elizabeth al otro lado de la sala y comenzó a obsesionarse con ella.
Al dar su nombre, le asignan un asiento en la cuarta fila y se acomoda mientras observa a toda la gente del salón.
Elizabeth todavía no ha aparecido, pero esto es algo habitual porque siempre llega en el último momento.
A la que sí que ve es a Sandra, que la saluda con la mano desde la esquina del escenario.
Diez minutos después, se abre una puerta lateral y la empresaria aparece con un traje azul oscuro y ese pelo corto perfecto.
Danielle traga con brusquedad, siguiéndola con la mirada como si Elizabeth fuera una fuerza de la naturaleza que arrasa con todo a su paso.
Se detiene a saludar a una mujer de la primera fila, después a otra y finalmente gira hacia la izquierda, y ahí es cuando la ve a ella.
Es una mujer que a Danielle le suena vagamente de haberla visto por las fiestas de Obscena, es elegante y atractiva, pero ella nunca le ha prestado atención hasta hoy, cuando lo que ve hace que el estómago se le contraiga y se quede clavada en la silla.
La mujer se acerca a Elizabeth con una sonrisa y le pone la mano en la parte baja de la espalda, el gesto apenas dura unos segundos, pero Danielle capta a la primera lo que significa porque sabe muy bien cuál es la diferencia entre un saludo cortés y un roce que viene de una costumbre.
Elizabeth no se aparta, tampoco se tensa, y cuando gira el cuello hacia ella, le dedica una sonrisa corta que Danielle ha visto muy pocas veces en esa boca y que hasta ahora pensaba que solo era suya.
Un calor abrasador le trepa por el cuello y le cierra la garganta. No es rabia, o no solo eso, es algo más visceral y primitivo, la constatación de que alguien ha tocado algo que le pertenece y eso no puede consentirlo.
Se pasa la mano por la nuca y aprieta los dientes mientras observa cómo la mujer se aleja hacia el otro lado del salón, y Elizabeth se queda de pie junto al escenario, mirando algo que Sandra le muestra en la pantalla de su iPad.
La subasta comienza y en ese momento Elizabeth levanta la cabeza y clava los ojos en ella como si en todo momento hubiera sabido que estaba ahí. Le hace un gesto rápido de cabeza a modo de saludo y devuelve la atención a Sandra.
¿En serio? ¿A ella apenas la mira y a la otra le sonríe?
Cuando el subastador anuncia un descanso entre los lotes, Danielle se levanta, se alisa el pantalón y cruza el pasillo central con el corazón rebotando con rabia contra sus costillas. Llega hasta Elizabeth, que sigue en el mismo sitio con Sandra, y le da un toque suave en el hombro.
—Necesito hablar contigo, será un momento —dice con un tono tan sereno que incluso ella misma se sorprende.
Elizabeth la mira y frunce el ceño como si le hubiera molestado la interrupción, pero a Danielle le da igual y se disculpa con Sandra y le hace un gesto para que hable.
Danielle le hace otro para que la siga y camina por un pasillo lateral que lleva hasta los aseos del hotel, solo que no se detiene ahí, pasa de largo hasta que encuentra un hueco al final del pasillo que tuerce hacia las puertas de servicio y tiene una luz más tenue.
Ahora no hay nadie, pero tampoco está escondido del todo y la puerta se podría abrir en cualquier momento, pero a Danielle le da igual cuando se gira hacia Elizabeth.
—Arrodíllate.
La empresaria parpadea y el pecho empieza a subirle y a bajarle con la rapidez de un corazón que se ha acelerado de golpe. La mandíbula se le tensa y no se molesta en mirar si viene alguien, simplemente obedece y se arrodilla.
—¿Quién es? —Danielle se inclina sobre ella hasta que quedan a la misma altura.
—¿De qué hablas? —La periodista le coge la barbilla y le aprieta con los dedos hasta dejárselos marcados.
—La mujer que te ha tocado la espalda y a la que le has sonreído como si tuvierais algo. Dime quién es y no me hagas repetirlo.
Elizabeth traga saliva, deshecha de deseo por su reacción.
—Es socia de Obscena —contesta, sin decir el nombre de Juliet porque todavía no ha decidido cuánto le va a contar de Obscena cuando llegue el momento—. Nos acostamos a veces, es un acuerdo que tenemos desde hace tiempo, antes de ti.
A Danielle le arden las orejas y siente que en cualquier momento podría sacar humo por ellas.
Le suelta la barbilla y el bofetón suena tan fuerte que rebota en las paredes haciendo eco y la cara de Elizabeth se gira de golpe.
Cuando vuelve a mirarla, le escuece la mejilla y tiene el sexo palpitando, pero no aparta los ojos.
—Cuando esto termine, iremos a mi apartamento y continuaremos hablando de esto.
Danielle la deja ahí y vuelve a su sitio, se sienta, cruza las piernas y pone las manos sobre su rodilla.
Le tiemblan y la palma de la derecha le pica por el bofetón, y ya no mira más a la empresaria en lo que queda de subasta porque si lo hace, podría volverse loca y castigarla delante de todo el mundo.
Cuando acaba, se encuentran en la entrada y cogen un taxi hasta su apartamento, sin hablar durante los veinte minutos que dura el trayecto.
Elizabeth la sigue escaleras arriba y cuando Danielle abre la puerta y le cede el paso, se queda junto a la entrada observándolo todo.
El contraste con su casa es brutal, aquí el ruido del tráfico de la calle se cuela por las ventanas, la cocina, que se ve desde ahí, es diminuta, el salón apenas tiene sitio para el sofá y la mesa está invadida de papeles y, aun así, le parece acogedor a su manera.
Danielle se quita la chaqueta y se pone delante de ella, cogiéndole la cara con las dos manos.
—¿Cuántas veces? —pregunta, y Elizabeth levanta una ceja porque le resulta imposible saberlo.
—No las he contado.
Este bofetón sí que lo ve venir, pero la empresaria no se aparta, lo recibe con gusto y con una humedad abundante entre las piernas.
—Eres mía, ¿lo entiendes? Solo mía.
Elizabeth infla los pulmones y deja que el aire le salga por la nariz, despacio.
—Dilo.
—Soy solo tuya.
—Bien, quítate la chaqueta y apóyate ahí. —Danielle señala la mesa, donde empuja los papeles hacia un lado y deja libre el espacio frente a Elizabeth.
La empresaria obedece, se quita la chaqueta, la lanza sobre el sofá y se inclina sobre la mesa con los brazos estirados por delante sin necesidad de que la periodista le dé especificaciones.
—Ni se te ocurra moverte —ordena Danielle, que se coloca detrás, le desabrocha el pantalón y se lo baja junto a las bragas hasta los tobillos.
Se permite unos segundos para contemplar esas nalgas redondeadas, mete una mano entre sus piernas desde atrás y la humedad que encuentra le arranca un jadeo.
—¿Estás así por mí o por ella? —pregunta, levantándole la cabeza al agarrar un mechón de pelo con fuerza.
—Por ti, siempre por ti. —La voz de Elizabeth sale ronca de deseo y Danielle la penetra con dos dedos antes de soltarle la cabeza y empezar a follarla de forma profunda y tan rápida que hace que los sonidos de su mano contra su sexo suenen por el salón como la mejor melodía que Danielle ha escuchado jamás.
Le clava las uñas de la otra mano en la cadera, con fuerza, hasta que escucha el gruñido de la empresaria y sus músculos tensándose alrededor de sus dedos.
Las piernas le empiezan a temblar, la respiración se le descontrola por completo y se agarra con fuerza a los laterales de la mesa mientras su cuerpo se sacude hacia delante una y otra vez.
Y cuando siente que Elizabeth está a punto de correrse, Danielle se detiene, saca los dedos y se aparta.
La empresaria gira la cabeza de golpe, desesperada y temblorosa, sintiendo que el orgasmo se le ha quedado atascado en el vientre y le palpita entre las piernas sin llegar a salir.
—Danielle, por favor... —suplica con la voz entrecortada.
Danielle se inclina sobre ella, le pone una mano en la cara y se la aplasta contra la madera.
—Esto es para que entiendas lo que pasa cuando no me cuentas ciertas cosas —le da un azote fuerte con la otra que hace que Elizabeth dé un respingo y al mismo tiempo aprieta la mandíbula y los muslos porque el orgasmo amenaza con salir, y ella no tiene permiso para correrse—. ¿Serás buena la próxima vez?
—Sí, solo soy tuya.
La periodista casi se corre al escucharla, y vuelve a meter la mano, solo que esta vez, en lugar de penetrarla por delante, la hace chuparle los dedos y la penetra por detrás.
Elizabeth empieza a temblar y Danielle apoya todo su peso sobre ella para poder meter su otra mano y hacer presión en su propio sexo.
—Ahora sí puedes correrte —susurra, y Elizabeth se deja ir con un espasmo tan violento que su cuerpo tembloroso debajo de ella es todo lo que Danielle necesita para dejarse ir con ella.
Cuando se recupera, Danielle se incorpora y ayuda a Elizabeth a enderezarse.
—¿Quieres whisky? No es tan bueno como el tuyo, pero creo que te servirá.
—Sí.
Mientras la anfitriona llena dos vasos, Elizabeth se sube el pantalón, se lo abrocha y recoge su maletín del suelo para ir hasta el sofá.
—Gracias. —Le da un trago y hace una mueca cuando siente que el líquido le deshace el esófago—. Joder.
Danielle se ríe.
—Sí, es como beber fuego líquido, lo siento.
—Recuérdame que te envíe unas botellas decentes para que puedas tirar esta porquería por el desagüe.
Aun así, da otro trago largo antes de dejarlo sobre la mesa y abrir su maletín para sacar una carpeta gruesa que le entrega a la periodista.
—Esto es todo lo que necesitas saber de Richard Holder. Empápate bien y escribe un artículo igual de bueno que el otro.
Danielle abre la carpeta y lo primero que ve son extractos bancarios, transferencias, informes de empresas anteriores, declaraciones y capturas de pantalla de correos electrónicos.
—¿Qué voy a encontrar en todo esto?
—Toda la mierda que esconde ese tipo. —Elizabeth ya está en modo empresaria y ha cogido el vaso para acomodarse y cruzar una pierna sobre otra—. Tienes que escribir un artículo que lo exponga, y tienes tres días para hacerlo.
—Me estás entregando toda la investigación que ha hecho alguien que no soy yo, necesito tiempo para contrastar la información.
—No vas a contrastar nada, la información está ahí, solo la tienes que usar.
Danielle se tensa.
—Sabes que no me la puedo jugar, mi carrera podría volver a despegar gracias a los soplos que me has dado, si me equivoco con esto...
—Esto no es una negociación, Danielle.
—¿Me vas a decir al menos quién es tu fuente?
—La fuente soy yo, eso es todo lo que tienes que saber y vas a tener que fiarte de mí, pero si te sirve de consuelo, si alguien investiga, verá que las pruebas son reales y existen.
—O sea, que son falsas —Danielle suspira.
—Algunas sí y otras no, eso no importa.
Danielle se frota la cara con las manos.
Quiere levantarse y decirle que no, que fue muy duro ver cómo su carrera se iba a la mierda de la noche a la mañana y que no va a publicar nada sin verificarlo ella misma porque no quiere volver a pasar por eso, pero otra parte de ella, una oscura que todavía está descubriendo, no solo se fía de esta mujer, sino que quiere ayudarla en lo que sea que necesita.
—De acuerdo. Mañana me pongo a ello, ahora dime todo lo que necesito saber sobre este tipo que no está en estos papeles.
—Solo tienes que saber que Holder es mala persona, que merece cualquier cosa que le pase y que si nadie le para los pies, seguirá haciendo daño y actuando con la impunidad que cree que le da su posición.
Danielle asiente, abre la carpeta y empieza a repasar documentos mientras Elizabeth la observa en silencio desde el sofá, sin ninguna prisa por marcharse.