Capítulo 21
—¿Estás bien? —pregunta Sandra cuando entra al despacho de su jefa para entregarle unos documentos y nota que no ha reparado en su presencia, pero que además tiene el gesto más contraído de lo normal.
Elizabeth frunce los labios y asiente mientras se levanta de la silla con una ligera cojera. Desde que ha salido de la Cámara, no ha parado ni un minuto durante horas, enredada en reuniones para Kensington Capital.
—Sí, solo que hoy me duele un poco la pierna —la rubia se masajea el muslo con cuidado y vuelve a su silla.
—¿Quieres que te traiga un analgésico?
—No te preocupes, Sandra, si en un rato no se me quita, te aviso —Elizabeth da un vistazo rápido a su móvil—. Habla con Angélica, pregúntale si tiene algo de Holder que nos pueda servir.
Sandra ya está sacando el teléfono de su bolsillo y caminando hacia la puerta de salida.
—Ahora mismo me pongo a ello —contesta, diligente.
A Elizabeth no le da tiempo de darle las gracias porque su asistente abandona su despacho tan rápido que ya la puerta está cerrada.
Toma una respiración, tiene una reunión dentro de unos minutos que no le apetece nada con un inversor árabe billonario tan tacaño como machista.
Ya han tenido algún desacuerdo, hasta que Elizabeth le dejó claro que en su empresa mandaba ella, que si no le gustaba que su cuenta la llevaran dos de las mujeres más inteligentes que existen en este país, que se fuera a la competencia.
El tipo estuvo de acuerdo; al parecer, que la rubia le plantara cara lo motivó bastante, pero eso no ha implicado que deje de ser un grano en el trasero.
Cuando estira el brazo para coger una de sus libretas, siente la punzada caliente que le atraviesa el muslo derecho y le corta la respiración al instante, llevándola a unos recuerdos que no deberían visitarla en este momento.
Hace unos años...
—¿Va a querer algo más? —le preguntó el camarero de forma educada, inclinando su torso ligeramente.
Elizabeth revisó su reloj por quinta vez y después su móvil para comprobar que no tenía ninguna llamada.
Llevaba sentada en ese restaurante más de una hora porque había quedado con Claire para cenar.
Al principio pensó que la periodista solo se había retrasado, luego, que estaba cumpliendo una de sus falsas amenazas de no aparecer en uno de esos sitios tan elitistas a los que su novia insistía en llevarla, pero después de que no contestara sus mensajes ni sus llamadas, empezó a preocuparse de verdad.
—No, tráeme la cuenta, por favor —pidió Elizabeth con el corazón acelerado.
Decidió ir a casa, quizá Claire había ido a cambiarse y fuera posible que se quedara dormida.
No era lo habitual en ella, pero llevaba meses trabajando en una investigación que la hacía estar despierta durante tantas horas que Elizabeth no entendía cómo se mantenía en pie.
Lo peor comenzó hace unas semanas cuando Claire estuvo dos días fuera de casa y al regresar, tuvieron una discusión, algo muy poco habitual en ellas.
—¿Crees que te engaño? —preguntó la periodista apoyada en la encimera de la cocina. Tenía un vaso de agua en la mano y gesto cansado.
—Ya sabes que no es eso —respondió Elizabeth con los brazos cruzados, pero algo en su mirada le dijo a Claire que no decía la verdad del todo.
Dejó el vaso sobre el mármol y se acercó a la empresaria. Quedó frente a ella, eran de la misma altura por lo que no había ninguna desventaja entre ellas cuando se observaban directamente.
—Tú y yo, Elizabeth, no somos esa clase de pareja —le acarició la cara mientras hablaba—.
Yo soy tuya, completamente tuya, porque lo que siento por ti va más allá del amor.
No sería capaz de tocar a nadie más, ¿para qué?
, si teniéndote a ti es más que suficiente para sentirme viva.
Yo te poseo de una forma que muy poca gente entendería y tú eres dueña de mi alma para siempre.
Claire la besó con calma, como lo hacía cuando necesitaba que el animal salvaje que habitaba en el interior de su novia se tranquilizara. Luego se separó de ella, pero no sonrió, su gesto se volvió serio y Elizabeth intuyó de inmediato que algo pasaba.
—He descubierto algo —comenzó de forma ambigua la periodista—. Una trama. Hacen de todo y tienen el control absoluto de la Costa Oeste.
—¿De qué...?
—No puedo darte detalles —la interrumpió—. Primero porque mientras menos sepas, menos implicación tendrás en todo esto y segundo porque todavía tengo que hacer unas comprobaciones, después lo sacaré a la luz.
Elizabeth se llevó los dedos a los labios, pensando en lo que se estaba metiendo su novia y lo jodido que debía ser para mantenerla al margen de la investigación.
—¿Estás segura de lo que estás haciendo, Claire? —Elizabeth ignoró las cejas levantadas de su chica—. Sé que es tu trabajo y que amas lo que haces, pero si eso te pone en peligro, deberías valorarlo.
La periodista caminó hacia la butaca del salón y se sentó con una exhalación, estaba verdaderamente agotada.
—El problema en este país es que los que tienen dinero creen que pueden hacer lo que les dé la gana sin que nadie les pare los pies —se pasó la mano por la cara—.
Y justamente eso que acabas de decirme es uno de los motivos por los que siguen actuando.
El miedo no me va a frenar, quiero que esa escoria pague por sus crímenes y para eso, alguien tiene que sacrificarse.
A partir de esa noche, Claire avisaba a Elizabeth de sus movimientos para que la empresaria estuviera medianamente más tranquila y esa mañana cuando despertaron en la misma cama después de un día sin verse, la periodista sonrió al verla.
—¿Sabes que eres preciosa cuando despiertas? —preguntó Claire, pero no la dejó contestar, de inmediato se hundió en la boca de Elizabeth y la poseyó durante horas.
Quedaron en cenar esa noche y Claire no puso objeción cuando la empresaria propuso el sitio.
En Nueva York se acababa de aprobar el matrimonio igualitario y ella quería que la periodista se convirtiera en su mujer.
Pero ese momento no llegó, porque Elizabeth volvió a su casa y no la encontró.
Siguió llamándola hasta que su móvil sonaba desconectado, fue a la sede del periódico donde trabajaba y le dijeron que no había ido ese día a la redacción.
La mañana siguiente, fue a una estación de policía.
—Vengo a poner una denuncia, se trata de una persona desaparecida —le dijo al agente detrás de la ventanilla.
El tipo suspiró resignado y tecleó algunos datos que le pidió a Elizabeth.
—Siéntese, enseguida la llamarán.
Diez minutos después, una mujer morena uniformada la llamó por su apellido y le pidió que la acompañara al interior. Entraron a un cubículo asfixiante desprovisto de calidez.
—Soy la oficial Penélope Rodríguez, ¿le parece que empecemos?
Elizabeth asintió y empezó a explicarle por qué era tan urgente encontrar a Claire.
—¿Dice que estaba investigando algo que podría ser peligroso, pero usted no sabe de qué se trata?
A pesar de los nervios, Elizabeth se sentía un poco más tranquila gracias a las formas de la agente. No levantaba la voz, hacía preguntas concretas y no ponía en tela de juicio lo que le decía.
—Sí, llevaba meses en eso, pero siempre me mantuvo apartada. Claire es muy cuidadosa con su trabajo.
La oficial Rodríguez tecleó mientras asentía.
—Me ha dicho que la última vez que la vio fue ayer por la mañana, ¿notó algo diferente en ella?
Entonces a Elizabeth se le cayó el alma a los pies. Si Claire no hubiera desaparecido, no lo habría notado, pero esa mañana hubo más intensidad en todo, en sus besos, en sus caricias... algo muy parecido a una despedida, pero lo apartó de inmediato. Claire no sería capaz de dejarla de esa manera.
—No, fue un día como cualquier otro —contestó en cambio la empresaria.
El infierno en la vida de Elizabeth creció con el paso de las semanas, la desesperación la asfixiaba y no sabía qué otra cosa hacer.
Contrató investigadores privados, cazafortunas e incluso a seis mercenarios después de que le llegara una información sobre que Claire podía estar en la selva colombiana.
Todo era en vano, la periodista no aparecería.
Cuando pasaron cuatro meses, la misma oficial con la que seguía en contacto le informó que se cerraba el caso.
—Lo siento, Elizabeth —le dijo Penélope—. Consideran que se ha marchado porque no han encontrado nada que les haga pensar lo contrario. El periódico no tenía información de esa investigación en la que estaba y no han podido corroborar que existiera.
El mundo dejó de girar para Elizabeth Kensington.
Unos días, había tanto dolor que ni siquiera se levantaba de la cama.
Otros, la furia se la llevaba por delante, ¿cómo había sido capaz, Claire?
Se había llevado una parte de su alma sin ser consciente de que eso la estaba matando.
No quería vivir, no había nada que la motivara, ni su empresa, ni la mirada de otras mujeres ni perderse en cuerpos que no deseaba.
Una noche, completamente desesperada por sentir, acudió a un club privado donde una Mistress la esperaba para una sesión. El dolor la conectaba con Claire de alguna manera y durante un tiempo funcionó... hasta que dejó de hacerlo.
—Quiero que subas la intensidad —le dijo Elizabeth antes de entrar a la habitación—. Que no te contengas.
Mistress Raven la miró con sus ojos oscuros y luego sonrió encantada.
—Pasa —abrió la puerta—. Vamos a comprobar de qué estás hecha.
De huesos y piel estaba hecha Elizabeth y pudo comprobarlo cuando el dolor la derribó. Cuando la dejó inconsciente en una cama que ya conocía.
De alguna manera, esa sesión que le dejó una cicatriz en su muslo derecho y un dolor que aparecía de vez en cuando para recordarle esa época oscura de su vida, también la hizo soltar.
Elizabeth empezó a respirar casi dos años después de que Claire desapareciera.
Volvió a tener el control de Kensington Capital, se puso en contacto con la cuñada de la periodista para visitar a Angélica porque aunque a la niña no la uniera la misma sangre, Elizabeth le había cogido mucho cariño y en ausencia de su tía, ella podía estar presente.
Y así, con la mente despejada, sentada en la barra de un bar tomando una copa de vino blanco, conoció a Lena.
Una mujer preciosa y completamente devastada porque el cabrón de su jefe la estaba acosando sexualmente y ella, madre soltera de dos niños, ni podía renunciar ni ir en contra de un tipo que tenía tanto poder.
Lena no podía, pero Elizabeth sí. Entonces, así de sencillo, nació la primera idea de Obscena.
No era un grupo, ni un espacio poderoso, era solo una mujer con los recursos suficientes para ayudar a quien no podía.
Si no lo logró con Claire, podría hacerlo con los demás.
El club llegó un año después; la idea se había fraguado en su cabeza cuando ya había ayudado a unas cuantas mujeres y no quería que su vida y sus empresas estuvieran vinculadas a una extraña justiciera que no salía disfrazada por las noches a las calles de Nueva York, pero sí contaba con suficiente poder para joder a muchos.
Obscena nació del dolor de la pérdida y vive de la esperanza de la justicia. Angélica —su sobrina y experta informática— nunca se separó de Elizabeth y tampoco se olvidó de Claire. La sigue buscando aunque hace años ambas aceptaron que la habían perdido para siempre.