Obscena Capítulo 20
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Capítulo 20

Elizabeth se despierta de golpe al escucharla y desvía la mirada hacia la mesita, donde está su otro móvil, el personal, el que usa para todo el mundo incluyendo a Danielle.

Por el que habla es el otro, el que solo tiene para las cinco, y eso hace que se le erice la piel de todo el cuerpo porque este solo suena cuando hay urgencias reales en los casos en los que están involucradas.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

La dueña de Obscena se sienta en la cama y pone los pies sobre la alfombra, arrugando los dedos con nerviosismo.

—Ha habido un incidente con el tema de Samantha, anoche, después de una reunión con los inversores. ¿Lo puedes organizar?

—¿Samantha está bien? —pregunta con el corazón en la garganta mientras escucha a Danielle desperezarse detrás de ella.

—Físicamente sí, tranquila, pero necesitamos resolver esto cuanto antes.

Elizabeth coge su móvil personal y desbloquea la pantalla.

El corazón se le baja a los pies cuando ve dos llamadas perdidas de Samantha de anoche, porque esto es lo lógico, que la hubiera llamado a ella primero, pero Elizabeth estaba ocupada y lo silenció en cuanto entró en la habitación con Danielle.

—Dame un par de horas, hablo con Sandra y lo organizo.

—De acuerdo.

Cuelga y se queda quieta un momento, con las manos apoyadas en las rodillas mientras deja que se le vacíe la cabeza.

—¿Estás bien? —pregunta Danielle.

Elizabeth asiente y no se gira, pero sí que echa el brazo hacia atrás con la mano abierta, buscando la de Danielle, que aparece de inmediato y le da un apretón antes de que vuelva a retirarla.

La empresaria ha hecho el gesto de manera inconsciente, y eso la perturba porque se ha sentido reconfortada al sentir su tacto.

¿Qué le pasa? ¿Está perdiendo la cabeza por la periodista?

Sacude ese pensamiento porque ahora no tiene tiempo para eso y aparece la Elizabeth Kensington que tiene un problema que resolver.

Marca el número de Sandra y espera a que conteste.

—Necesito que convoques una reunión con las Cinco lo antes posible.

—Me pongo a ello, te aviso con la hora. ¿Necesitas que prepare algo?

—No, solo eso. Gracias, Sandra.

Elizabeth se levanta y va directamente al baño para ducharse y prepararse, mientras que Danielle se queda en la cama, tumbada bocarriba con los ojos fijos en el techo.

Quiere preguntarle quiénes son las Cinco, quién la ha llamado, quién es Samantha y por qué es todo tan urgente, pero Danielle sabe cuáles son los límites y su papel en este sitio por ahora.

Elizabeth prometió explicarle lo que es Obscena y debe esperar a que ella decida el momento, sin apretar, así que se queda con sus dudas.

Elizabeth se desnuda, abre el grifo y mientras espera a que el agua salga caliente, se mira en el espejo.

Todavía tiene las marcas de la primera vez tatuadas en el cuerpo, y otras cuantas nuevas de anoche, entre ellas las uñas de Danielle marcadas en cuatro líneas que cruzan su pecho izquierdo en diagonal.

Se pasa los dedos sobre las marcas y nota el escozor contra la piel levantada, pero esa misma ráfaga de dolor la calienta de otro modo que no puede permitirse ahora.

Se mete bajo el agua y cierra los ojos mientras piensa en todo lo que tiene que hacer esta mañana.

La reunión le va a complicar el día al absorber un tiempo que tenía previsto para otras cosas, pero así funciona Obscena, con prioridad por encima de todo lo demás.

Sale del baño desnuda y pasa por delante de la cama hacia el vestidor como si Danielle no estuviera ahí.

Elige unos pantalones oscuros, un jersey de cuello alto que cubre todo lo que podría generar preguntas y unos zapatos planos.

Se pone el reloj y sale del vestidor convertida en la empresaria poderosa que es.

Coge sus teléfonos de la mesilla y pasa por el lado de Danielle sin mirarla.

—Cierra la puerta cuando te vayas. —Y ya está, eso es todo lo que dice porque ahora no tiene tiempo para nada, pero Danielle no se conforma.

Sus ojos se han abierto desorbitados, no por las palabras sino por el tono seco, de despacho, que acaba de utilizar con ella cuando la tiene desnuda en su cama.

Aparta las sábanas y sale de la cama, cruza el pasillo descalza y Elizabeth se gira cuando escucha sus pasos.

Se detiene, desconcertada, y Danielle llega hasta ella, la agarra por el pelo y tira de ella hacia abajo con la fuerza suficiente como para que la empresaria no se resista y se arrodille tras ahogar un jadeo de excitación y sentir que la ropa interior se le humedece.

—Si tienes que irte, te vas —dice la periodista, mirándola desde arriba—, pero no vuelvas a hablarme así. ¿Entendido?

Elizabeth traga saliva y maldice tener que marcharse, porque ahora solo quiere rendirse y dejar que esta mujer haga con ella lo que quiera.

—Sí.

—Bien. —Danielle afloja la presión y le pasa las yemas de los dedos por la mejilla con una lentitud que contrasta con su fiereza de hace unos segundos.

Se inclina para besarla en los labios, despacio, sin soltarle el pelo para recordarle quién tiene el control.

La suelta y la empresaria se queda unos segundos arrodillada, mirándola, recorriendo ese cuerpo desnudo con los ojos hasta que decide levantarse, consulta la hora y se da la vuelta.

—Si necesitas algo, me puedes llamar —dice Danielle, que a estas alturas está dispuesta a cualquier cosa por esta mujer, incluso si es peligroso o puede acabar con ella entre rejas.

—Lo haré.

Elizabeth no se gira y Danielle se queda de pie, mirándola caminar hasta que al fin la puerta se cierra tras ella.

Al cabo de dos horas, Elizabeth entra en la cámara y encuentra a todas las mujeres sentadas en sus sitios mientras Sandra rellena tazas de café hasta arriba.

La empresaria las observa tras saludar, Penélope al fondo con una carpeta delante; Margaret a su lado, con las piernas cruzadas y expresión aburrida; Evelyn con el móvil contestando algo y Juliet cogiendo la taza de café que le entrega Sandra.

—Bueno, ¿qué pasa? —pregunta dirigiéndose a la capitana de policía en cuanto se sienta.

—Ayer por la tarde, Samantha tuvo una reunión con varios inversores que se alargó y acabó pasadas las nueve.

Los demás se fueron marchando, pero Holder se quedó.

—Levanta un dedo antes de que Margaret la interrumpa y Elizabeth siente que todos los músculos se le ponen rígidos—.

No es la primera vez que lo hace, pero anoche fue diferente.

—¿Diferente en qué sentido? —pregunta Margaret.

—Cuando se quedaron solos, Holder se giró hacia ella y le puso una mano en el muslo mientras le decía lo especialmente guapa que estaba esa noche.

A Elizabeth se le revuelve el estómago y cierra los dedos tan fuerte alrededor de su taza que Sandra teme que la reviente.

—Sam entró en pánico —continúa Penélope—. Se apartó con una excusa, le dijo que la estaban esperando en otro sitio y logró que se marchara.

—Y me llamó... —murmura Elizabeth, rabiosa por no haberla atendido.

—Sí, y al no contestar, me llamó a mí.

La empresaria siente un frío incómodo que le baja por el pecho y la congela por dentro. Mientras Samantha estaba viviendo una situación incómoda, humillante y peligrosa, ella probablemente se estaba corriendo por tercera o cuarta vez.

—Hablé con ella un rato hasta que se quedó más tranquila y uno de mis agentes la llevó hasta su casa y está haciendo guardia, pero esto no puedo sostenerlo mucho tiempo sin motivo, tenemos que hacer algo porque si Holder se ha atrevido a eso, todas sabemos qué será lo siguiente.

Margaret deja la taza sobre la mesa con un golpe seco y después se mira las uñas, recorriendo las cutículas con el pulgar.

—Si me hubierais hecho caso, Holder ya estaría enterrado en la mierda y esto no habría pasado.

—Tenemos nuestros propios protocolos y funcionan, Margaret —le recuerda Evelyn.

—Hasta que dejan de hacerlo. Solo digo que hay formas más eficientes de resolver ciertos problemas y que a veces la diplomacia lo único que consigue es darle tiempo al enemigo para hacer lo que le da la gana.

—Tiene razón —interviene Elizabeth—, aquí la vía normal no sirve, vamos a apretar. Penélope, quiero toda la mierda que tengamos sobre Holder en un informe: testimonios, documentos, lo que Juliet encontró en los registros sellados y los movimientos de sus empresas anteriores.

—Vale, pero sabes que con eso no hay suficiente para asustarlo, cualquier abogado que...

—No he terminado. Evelyn, usa a tu contacto para que prepare pruebas que lo incriminen en fraude, acoso infantil o lo que quieras, y ha de ser perfecto, si alguien lo investiga, las pruebas han de estar limpias y ser tan buenas que sean imposibles de rebatir.

—Sin problema. —Evelyn sonríe con satisfacción.

—Ha de ser rápido, aumenta la tarifa o lo chantajeas, me da igual.

—No te preocupes por eso, puedo lograr que lo tenga todo en un par de días.

—¿Y qué haremos con esa información? —pregunta Juliet.

—Se la voy a dar a Danielle para que la publique en el periódico, será más contundente que mostrársela directamente a Holder. Primero lo exponemos y hundimos su reputación, y después le hacemos una visita de cortesía.

—¿Y si eso no funciona? —cuestiona Margaret.

—Entonces lo haremos a tu manera.

—De acuerdo —dice Penélope—. ¿Y qué pasa con Sam?

—Hay que poner a alguien que pueda estar con ella en el trabajo sin levantar sospechas, pero hemos de tener cuidado porque cualquier contratación nueva pasa primero por los socios.

—¿Qué tal una becaria? —propone Juliet—. Horas de prácticas gratuitas, Sam la puede proponer como ayudante, a nadie le parecerá raro que la necesite.

—¿Entiendes ahora por qué tu sitio es este? —La señala Elizabeth, que se levanta porque estar sentada la está poniendo nerviosa—. Bien, haremos lo que dice Juliet, ahora falta encontrar a esa persona, y tiene que ser rápido.

—Déjamelo a mí —dice Penélope—, conozco a una exmilitar, estuvo tres años en protección de personas, discreta y con pinta de universitaria inofensiva. Es perfecta para esto, la puedo tener con Sam esta tarde, hasta entonces, mis agentes la seguirán vigilando.

—Me gusta —paladea la jueza—. Así la niña tiene a alguien al lado y Holder ni siquiera se lo huele.

—Habla con ella —decide Elizabeth—. Yo llamaré a Sam para explicárselo todo. Si no hay nada más, todo el mundo a trabajar.

—Yo no tengo nada que hacer —protesta Margaret, arrancando los pétalos de una de las flores de la mesa mientras piensa que son cabezas masculinas.

—Tú ve preparando el plan B. —Elizabeth hace una pausa para respirar—. Una forma limpia de deshacernos de él si llega el caso, seguro que te encantará prepararlo.

—Por supuesto, llamaré a Luciérnaga. Tengo algunas ideas muy interesantes para este hijo de puta.

Evelyn sonríe y niega con la cabeza.

—¿Algo más? —pregunta la empresaria.

—Sí. —Penélope levanta la mano y abre la carpeta que había traído—. Lo de Handrick ya está resuelto.

Elizabeth se sienta y la mira, atenta.

—¿Ya? —pregunta Evelyn.

—Sí. —Penélope se cruza de brazos—. Le metimos un paquete en el maletero hace un par de noches, no dije nada por si la operación salía mal.

Un kilo de cocaína. Hicimos fotos del vehículo antes y después para que no hubiera dudas, y antes de denunciarlo, fui a verlo con un par de compañeros de mi confianza. En plan colegas, con café y galletitas.

Margaret suelta una risita, frotándose las manos.

—¿Y? —se impacienta Elizabeth.

—Al principio se puso chulito, ya sabéis cómo son estos tipos que se creen que lo tienen todo controlado —Penélope sonríe con maldad—. Me dijo que era imposible que eso fuera suyo, que no tenía ni idea de con quién estaba hablando y que iba a hacer que me quitaran la placa.

—Ajá. —Margaret vuelve a mirarse las uñas.

—Lo dejé terminar y cuando se calló —sigue la policía—, le expliqué que tenía dos opciones.

La primera: ir a declarar delante del juez y confesar que fue él quien plantó pruebas falsas con la chica.

Me daba igual el motivo que se inventara, celos, un arrebato o porque simplemente es gilipollas, pero tenía que admitir que las pruebas no eran reales y que la acusación se basaba en una mentira suya.

—¿Y la segunda? —pregunta Juliet.

—No retractarse, aunque en ese caso, ese kilo de su maletero iba a ser el menor de sus problemas —explica Penélope—. Que me iba a encargar personalmente de que en la cárcel estuviera entretenido siendo la putita de todos los que quisieran pasar un buen rato con él.

Evelyn suelta el aire de la risa por la nariz y Margaret aplaude, encantada.

—Tendríais que haberle visto la cara —continúa Penélope—. Se le fue el color en dos segundos, empezó a sudar como un cerdo y la chulería desapareció. Ahora mismo —la policía comprueba la hora—, está en el juzgado declarando ante el juez.

—Lástima que ese juez no sea yo —lamenta Margaret con una mueca de decepción.

—Buen trabajo, Penélope. —Elizabeth siente alivio por haber resuelto uno de los frentes que Obscena tiene abiertos—. Todas sabemos lo que hay que hacer. A trabajar.