Capítulo 19
Danielle lleva todo el día con las manos temblando y una necesidad que se ha instaurado en su cuerpo como un animal hambriento royéndole la piel, por eso es que cuando se despide de su editor jefe y sale del periódico, lo hace con el móvil en la mano para pedir un taxi que la recoja de inmediato, pero el dedo le queda suspendido en el aire porque una llamada entrante impide que pueda entrar a la aplicación.
Su hermana la está llamando y por un instante piensa en no cogerlo, casi al mismo tiempo el sentimiento de culpa aparece y decide que tiene unos minutos para hablar con ella.
—Hola —saluda Danielle y se hace a un lado para dejar libre el acceso al edificio—. Sí, estoy bien, entrando ahora al periódico.
No le gusta mentirle a Layla, pero sabe lo histérica que puede llegar a ponerse cuando detecta que Danielle se está metiendo en la boca del lobo.
Prefiere decirle las palabras adecuadas que no le hagan saltar las alarmas, ya tiene suficiente en sobrevivir siendo madre primeriza como para preocuparse por su hermana.
—Hace días que no sé nada de ti —suelta Layla sin disimular la regañina implícita.
—He estado bastante ocupada —a Danielle se le ilumina la mirada cuando encuentra cómo salir ilesa de esta trampa—.
He estado investigando a una fundación y me ha llevado algo de tiempo hacer las entrevistas y escribir el reportaje.
La buena noticia es que a mi jefe le ha gustado mucho y piensa publicarlo.
Su hermana se queda callada unos segundos pensando lo bien que le va a venir a Danielle empezar a salir de las sombras en las que aquel trabajo periodístico la sumió.
—Enhorabuena, Dani. Sabes lo buena que eres haciendo lo tuyo y ya es hora de que vuelvan a reconocerlo —la voz de Layla suena alegre hasta que un grito afilado se cuela por el auricular—.
Tu sobrino ha decidido que la siesta ha acabado, pero mándame un mensaje cuando lo publiquen y pásate por casa uno de estos días a desayunar.
—Claro —sonríe agradeciendo no tener hijos—. Nos vemos pronto y dale un buen beso a George de mi parte.
Cuando la llamada termina, la periodista nota que está más tranquila y se alegra de haber contestado a su hermana. Pide un taxi y en diez minutos un coche de color negro la recoge.
El trayecto es lento, a esa hora el tráfico de Nueva York es un infierno —más del habitual— y tardan casi una hora en llegar a su destino.
Danielle suspira porque tiene que caminar desde la puerta un buen tramo, solo hay carritos en la verja cuando hay una fiesta y los coches no autorizados no pueden acceder a la propiedad.
Se cruza el bolso en el pecho y sujeta la funda en la que lleva su ordenador portátil mientras anda a paso lento por la cuesta.
No se detiene en la entrada del club, directamente se desvía a la casa de Elizabeth cuando se da cuenta de que su coche está ahí.
Por la hora, es más probable que ya haya salido de su despacho, así que prueba suerte porque Elizabeth no le ha confirmado el sitio exacto en el que verse para esa reunión que ambas esperan con ansias por razones que distan de lo profesional.
Unos segundos después de pulsar el botón del timbre, la rubia abre la puerta sin apenas dedicarle una mirada a Danielle.
Tiene el móvil pegado a la oreja y una voz masculina emerge desde el otro lado de la línea.
La periodista no puede entender lo que dice, porque habla de forma rápida y con conceptos que ella desconoce, pero también es que está demasiado ocupada en pasear sus ojos por todo el cuerpo de la mujer que está frente a ella.
Elizabeth mueve la cabeza con un gesto seco para invitarla a entrar y luego agita la mano libre hacia el sofá. Danielle da varios pasos, pero no entra al salón, deja sobre una pequeña mesa del pasillo sus pertenencias y se recuesta en una pared con los brazos cruzados sobre su pecho.
Le cuesta reconocer la nueva energía que nace desde dentro de su alma, es una fuerza que tira de ella y que la convierte en una mujer diferente.
Danielle siente sed, hambre de controlar todo aquello por lo que nunca tuvo necesidad.
No es simplemente meterse en una cama, dar un par de órdenes y sentirse poderosa, es saber que con tan solo su presencia puede lograr detener el mundo de la otra persona.
No para mal, sino todo lo contrario, para que juntas el universo se rinda a sus pies y lograr que ese alguien se sienta bien, libre, sostenido por una mano que sabe lo que hace.
—Lo hablamos mañana —escucha decir a Elizabeth, que se ha empezado a mover de forma errática de repente—. Sí, pásale la información a Sandra.
Cuelga la llamada y cuando conecta su mirada con Danielle, el vientre de la dueña de Obscena se rebela en su contra. La periodista la observa y no tiene prisa por dejar de hacerlo porque esa leve sacudida en el cuerpo de la rubia la está llenando de algo maravilloso.
—Ven aquí. —La voz le sale dura, sin que ninguna de las dos pueda reconocerla, pero Elizabeth se acerca a ella y se detiene justo a su lado—. Cuando venga a tu casa, asegúrate de estar desocupada.
Elizabeth levanta una ceja. Danielle una mano y le da un bofetón.
—Si te organizas en tu despacho, no tienes que traer el trabajo a casa. —Le regala una caricia lenta por la mejilla enrojecida—. Así podrás descansar y además podrás enfocarte en otras cosas.
Danielle se aleja de la pared en la que estaba recostada y camina hasta el sofá.
Siente el fuego quemarle el pecho y cómo el cosquilleo que se ha apoderado de ella amenaza con bajar hasta su sexo y explotar.
Este descubrimiento, esta nueva faceta, no solo la hace sentir poderosa, sino tremendamente segura, capaz de hacer cosas que jamás le pasarían por la cabeza.
Lo peor de todo esto es que, si lo piensa, es que no se ve practicándolo con alguien más que no sea Elizabeth Kensington.
Se abre el pantalón, lo desliza hasta los tobillos y libera una de sus piernas. Se quita la chaqueta, la tira a un lado y se deja caer en el sofá con el resto de ropa puesto. No tiene que decir nada, tan solo gira el cuello y clava sus ojos oscuros en la mujer que la espera en el mismo sitio.
—Arrodíllate —sisea Danielle, abriendo las piernas cuando la rubia se detiene frente al sofá.
La periodista siente un subidón que la marea cuando la impresionante y muy temida señora Kensington obedece a la vez que suelta un jadeo involuntario. Sus ojos azules han pasado a un gris oscuro, su respiración ha empezado a ir más de prisa y Danielle puede ver cómo le tiemblan los labios.
Con uno de sus dedos, Danielle empuja la tela clara que cubre su sexo y con la otra mano pasa las yemas con suavidad por sus pliegues.
Se sorprende de la cantidad de humedad que ha salido de ella y al parecer, Elizabeth está encantada de que sea así porque toma una respiración tan profunda como temblorosa.
La mujer arrodillada está lista para cumplir con una tarea, pero Danielle, tal parece, tiene unos planes muy diferentes cuando empieza a trazar círculos por su pequeña montaña, gimiendo en el proceso.
—No quiero escucharte —dice Danielle con voz fría cuando de la boca de Elizabeth sale otro jadeo, este más fuerte—. Acerca más la cara sin tocarme.
Los dedos en movimiento —ahora un poco más frenéticos— rozan la nariz de Elizabeth, que está babeando sin lograr controlar su cuerpo. Danielle Sutton está masturbándose, obligándola a presenciarlo sin dejarla hacer absolutamente nada.
—Sostén la tela —le exige la periodista con la voz ahogada—. Y mantenla apartada para que yo pueda usar las dos manos.
Elizabeth necesita castigar sus propios labios para evitar que un gemido la deje sin voz, la braga está empapada, llena del elixir que ella desea beber y del que se le está privando.
Danielle se penetra con dos dedos, los mueve al mismo ritmo con el que se frota, haciendo sonidos con la boca que están desquiciando a la otra mujer.
De repente, arquea la espalda, inclina hacia atrás la cabeza y empieza a jadear con fuerza.
El orgasmo es agónico, tan fuerte que las costillas le duelen y necesita unos cuantos minutos para recuperarse.
—Separa los labios —pide Danielle, e introduce en la boca de Elizabeth los dedos que hace un momento tenía dentro de ella.
Los empuja lentamente, pero no detiene su avance hasta que una arcada hace que el cuerpo de Elizabeth se zarandee. Los retira un poco y repite el movimiento, logrando que la rubia cierre los ojos y chupe con más fuerza.
Cuando ya está satisfecha, se arregla la ropa y se pone de pie. Entonces se pega al cuerpo de Elizabeth, que la ha imitado, y la besa.
—Hola. —Ahora la voz de Danielle es entre cauta y nerviosa.
Elizabeth sonríe pegada a su boca.
—Hola. —Se separa de ella—. Vamos a mi despacho.
Ambas caminan por el pasillo recuperando sus posiciones fuera de ese momento que acaban de tener.
—Tengo algunos temas que te pueden interesar. —Elizabeth le entrega una hoja que saca del cajón de su escritorio—. Estúdialos, dime cuál te llama la atención y puedo darte algo más de información.
A la periodista se le eriza el vello de la nuca mientras pasea los ojos por la lista. Simplemente son nombres, pero sabe que detrás de cada uno se puede esconder algo tan jugoso como lo que descubrió de la fundación Prescott.
—Gracias —sonríe Danielle—. Mañana te diré algo. —Mira a su alrededor sin la confianza que tenía hace un momento—. Se ha hecho un poco tarde, seguro que estarás cansada.
Elizabeth ni siquiera tiene tiempo de procesar el comentario cuando su boca se mueve sin pedirle permiso.
—Estaba a punto de calentar en el horno la cena. Quédate y come conmigo.
Danielle asiente de inmediato, supone que es esa electricidad que corre alrededor de ambas la que hace que, según la situación, cada una ceda sin pensarlo.
—Ve a lavarte las manos. —Elizabeth señala el baño al final del pasillo—. Yo voy poniendo la mesa.
Diez minutos después, ambas mujeres están dando buena cuenta de pollo con puré de patatas. Apenas han hablado, pero disfrutan de la comodidad que el silencio les otorga. Elizabeth es la primera que lo rompe cuando termina su comida.
—¿Qué te llevó a hacerte periodista?
Danielle termina de masticar el trozo de pollo y se limpia la boca con una servilleta.
—Primero quise ser médico y luego policía para acabar trabajando en el FBI.
—Elizabeth levanta ambas cejas y la otra mujer sonríe—.
Ya lo sé, estaba un poco perdida. Un día simplemente sucedió, vi un reportaje en la tele porque habían desmantelado una gran red de narcotráfico y algo se encendió.
Supe que yo quería ser la mujer que escribiera la historia cuando pasara algo así.
—Eso es muy diferente a hacer el tipo de periodismo que te gusta —opina la rubia, y toma un sorbo de su copa de vino.
Danielle está de acuerdo.
—Eso vino después, cuando estaba estudiando la carrera y me pareció aburridísimo asistir a una rueda de prensa para escuchar solo lo que ellos querían que se supiera.
Investigar por cuenta propia es lo que realmente me apasiona, encontrar buenas fuentes, aunque haya fallado con alguna.
—Hace una mueca con la boca recordando al hombre que le jodió la carrera—.
Y sobre todo, la sensación que te da publicar algo que pueda lograr un cambio.
—Eso suena más interesante.
—No tanto como lo tuyo. —Señala a Elizabeth con la mano—. Kensington Capital es un monstruo.
Elizabeth niega con la cabeza, pero la comisura izquierda de su boca se levanta.
—Si te parece divertido comprar compañías, fusionarlas y sacarlas a bolsa, es que eres demasiado aburrida.
La periodista abre la boca, sorprendida.
—¿Entonces por qué te dedicas a eso? —quiere saber Danielle.
—Porque se me da bien y el beneficio es increíblemente bueno. —Encoge los hombros—. No digo que no me guste, en realidad me encanta, pero no es nada interesante.
Danielle toma un trago largo de vino y se lanza a la siguiente pregunta.
—¿Y qué lleva a una empresaria como tú a crear algo como Obscena?
De inmediato nota el cambio en la mirada de Elizabeth, una sombra que cruza sus ojos y una leve arruga entre sus cejas.
—Eso lo sabrás a su debido tiempo. —La hosquedad en su tono golpea a Danielle—. ¿Has acabado?
La periodista se levanta a la vez que lo hace Elizabeth y ambas caminan en silencio hasta la cocina.
Está a punto de decir que se marcha, pero cuando ponen los platos sobre el mármol, la mujer de pelo corto la coge por la cintura y la besa con rudeza.
Danielle suelta un gemido y siente cómo Elizabeth le desliza las palmas de las manos por los muslos, haciendo que sus piernas se enrosquen alrededor de su cintura.
Suben las escaleras sin romper el beso, con Danielle pegada al cuerpo de Elizabeth y las ganas quemándole la piel.
Un sonido repetitivo hace que Elizabeth abra los ojos de golpe, al mismo tiempo que, con una facilidad que le da la costumbre, estira el brazo, coge el móvil y acepta la llamada.
—Penélope —dice, y después se aclara la voz.
—Que conste que he esperado hasta las seis para llamarte. —La capitana de policía está demasiado despierta para ser tan temprano.
Elizabeth gira el cuello cuando se da cuenta del calor que siente en su lateral y de repente recuerda todo lo que pasó anoche en su habitación y que Danielle se quedó a dormir con ella.
—¿Qué pasa? —pregunta, bajando la voz.
—Tenemos que reunir a las Cinco con urgencia.