Capítulo 18
Elizabeth abre los ojos de golpe, con el corazón tan acelerado que tiene que llevarse una mano al pecho para calmar el picor que le produce tanto movimiento.
Gira el cuello hacia la ventana de su habitación y por las rendijas tras las cortinas opacas puede ver cómo la luz —amarilla y potente— se cuela en la estancia con pereza.
Estira el brazo hacia la mesilla de noche que está a su lado y coge su móvil, se sienta del tirón cuando comprueba la hora: las ocho y veinte de la mañana.
—Joder —se pasa la mano libre por la cara intentando despejarse porque sigue medio adormilada.
Pone los pies en el suelo y aunque hay una alfombra mullida, siente cómo el frescor le sube por las pantorrillas. Toma una respiración profunda y se levanta, dirigiéndose al baño de su habitación.
Enciende la luz y se sienta en el váter, se ha despertado porque tenía tantas ganas de orinar, que había empezado a soñar que estaba en uno de esos servicios malolientes de carretera y ha sentido tanto asco que ha abierto los ojos asustada.
Entra en la ducha y la gradúa para que el agua salga a su gusto, tiene uno de esos mecanismos muy similares a los que suelen tener los spa y mientras el chorro de arriba cae en lluvia, por los laterales sale con más presión.
Mientras se lava el cabello a conciencia piensa en la última vez que durmió tan bien y por mucho que lo intenta, no lo recuerda.
Hace muchos años que se acostumbró a que el insomnio nunca haría las paces con ella y decidió irse a la cama solo cuando su cuerpo estuviera roto de agotamiento y, de igual forma, se despertaba varias veces en mitad de la madrugada.
Anoche, sin embargo, apenas recuerda cuándo cerró los ojos, completamente rendida y durmiendo del tirón.
Cuando sale de la ducha con energía renovada, camina hacia su vestidor y elige un traje de color gris merengo para ese día. Cuando se gira y queda frente al espejo de cuerpo entero, la boca se le seca y un tirón en su sexo la marea por completo.
—Dios —susurra dando dos pasos hacia adelante para mirarse mejor.
Su cuerpo es un crucigrama, la evidencia de que anoche volvió a sentirse viva después de tanto tiempo.
Se pasa las yemas de los dedos por el hombro, delineando la forma que han dejado los dientes de Danielle.
Ve que ya está apareciendo ese color verde negruzco al que suele cambiar su pálida piel cuando se ejerce un poco de presión sobre ella.
Se mira los costados, llenos de arañazos y el labio inferior ligeramente hinchado a consecuencia del bofetón que recibió frente a su casa.
Los ojos de Elizabeth Kensington brillan de placer absoluto y su cuerpo reacciona ante la sensación con un ligero espasmo. Su mente vuela, se va atrás en el tiempo, a la época en que no era más que una joven con ganas de comerse el mundo, pero sin tener ni puta idea de lo que significaba querer.
—No siempre puedes tener el control de todo, Eli —Claire lo decía mientras cabalgaba sobre su chica. Estaban en la cama, Elizabeth llevaba puesto un arnés y ayudaba a la otra mujer a balancearse con las manos en sus caderas—. Para mí no hay momentos, hay roles.
Elizabeth cerró los ojos, estaba excitada, sin embargo, necesitaba algo más para llegar al clímax.
—¿A qué te refieres con roles? —quiso saber y Claire ralentizó sus movimientos, pero no se detuvo.
—Somos quienes somos y dudo que podamos comportarnos de formas diferentes en la misma situación —Claire soltó un gemido mientras echaba la cabeza hacia atrás.
Clavó las uñas en el pecho de su chica y recobró el habla—.
Piensa en ti en una reunión en tu empresa, ¿te sentirías cómoda si un día dejaras de controlarlo todo, fueras dulce y sonriente, pero al otro volvieras a tu estado habitual?
Elizabeth lo pensó por un instante mientras sentía el escozor de las uñas de la mujer sobre ella.
—No podría dejar de ser quien controla, no sería yo.
Claire sonrió, se inclinó sobre el pecho de Elizabeth y la besó, mordiendo su labio con fuerza. La rubia gimió y Claire aceleró las embestidas.
—Mierda —lloriqueó la empresaria mientras el orgasmo la golpeaba con sorpresa y contundencia.
—Exacto, cariño —continuó la periodista cuando Elizabeth se recuperó—. Tienes un rol, uno que se encarga de dirigir, de asegurarse de que todo sale como tiene que ser y eso está bien, es tu identidad, pero ¿en cualquier situación de tu vida tienes que seguir siendo así? A mí me parece agotador.
Claire empezó a balancear las caderas con más fuerza, clavándose hasta el fondo el falo de goma grueso y largo.
De repente levantó una mano y la bajó con tanta rapidez que Elizabeth no tuvo tiempo de esquivarla.
Sintió el impacto en su mejilla, cómo el cosquilleo se convertía en ardor y con una velocidad pasmosa, se instalaba en su sexo, haciendo que un calambrazo le aterrizara y volviera a correrse.
La empresaria tenía los dedos de los pies curvados mientras la electricidad se apoderaba de todo su cuerpo. Claire se movía con la cadencia perfecta y unos segundos más tarde ella también lo había logrado.
—Deja que sea yo quien te lleve en estos momentos —susurró la periodista en su oído, tumbada sobre el torso de Elizabeth mientras ambas se recuperaban—. Tú controlas fuera, yo lo hago dentro y te prometo que te sentirás incluso mejor que ahora.
Entendió en ese momento que ella seguiría siendo quien es, pero necesitaba soltar el timón alguna vez y decidió —acertadamente— que sería en el sexo. Nadie, ni en un millón de años imaginaría que la dueña de Kensington Capital necesitaba ser dominada en privado para mandar en público.
Después de esa noche, Elizabeth Kensington confirmó una vez más que Claire Whitaker era una experta en el amor.
Que quererse no se trataba solo de palabras dulces, citas y cercanía, también era entrega, confianza, ser capaz de entregarse a la otra sin ningún miedo.
Por eso cuando lo de ellas se destruyó, Elizabeth se sintió tan perdida, quería quemar el mundo, zarandear al destino para que le dijera cómo cojones vivía sin ella.
Y entonces, años después, aparece una periodista —la ironía se cuenta sola— y con una habilidad pasmosa, ha abierto las puertas de ese dique interior que había cerrado con doble llave cuando Claire desapareció. Está absolutamente jodida.
El timbre de su teléfono móvil la sobresalta y ella se da cuenta de que lleva varios minutos desnuda sin moverse. Hace el camino de vuelta hasta la cama y se muerde los labios antes de poner el aparato en altavoz.
—Danielle —saluda con su habitual voz de mando y se sienta sobre el colchón.
—Hola, perdona si te he interrumpido —la voz suena nerviosa y Elizabeth no puede evitar que sus labios se estiren en una sonrisa corta—. ¿Puedes hablar?
La empresaria deja caer un silencio breve y luego responde.
—Sí, tengo unos minutos. ¿Qué necesitas?
—Solo quería contarte que a mi editor le ha encantado el artículo —suelta una risa demasiado alta—. Me ha costado convencerlo de que lo revisara y cuando lo he logrado, ha quedado verdaderamente impresionado, sobre todo por todas las pruebas que he logrado recabar.
—Vaya, pues me alegro por ti —Elizabeth se pasa la mano plana por el pelo todavía húmedo—. ¿Cuándo va a publicarlo?
De fondo se escuchan varios coches que pitan, una puerta cerrándose y silencio.
—La próxima semana, me dijo que entre lunes y martes —la periodista detiene la conversación un instante—, perdona, estaba sedienta.
Hablaba con él hace un rato y me ha dicho que hoy podía trabajar en casa todo el día y acabo de volver.
En fin, me explicó que tiene que mirar con maquetación dónde meter el artículo, pero que será en una buena página.
La dueña de Obscena siente una ligera decepción que aparta de inmediato cuando se da cuenta de que Danielle no vendrá a las instalaciones del club.
—Me ha prometido que si llevo más artículos como ese, va a sacarme de la columna horrible a la que he estado relegada —suelta un suspiro ansioso—. Me dará un espacio para que pueda recuperar de verdad mi nombre y si lo logro, voy a volver a ser la periodista respetable que una vez fui.
—Eso suena bien, pero ¿cómo se supone que vas a encontrar temas tan buenos como esos tan rápido? —Elizabeth sonríe, pero se esfuerza para que en su tono no se note—. No son informaciones que se consiguen en cualquier parte.
Puede sentir la decepción de Danielle vibrándole en la piel.
—Esperaba que tú pudieras ayudarme con eso —carraspea, inquieta—. Al menos al principio, poco a poco podré encontrar buenas fuentes y buscar noticias interesantes por mí misma.
—Bueno, la próxima vez que nos veamos quizá tenga algo que darte —contesta con hosquedad—. Ya lo veremos.
—Vale —Danielle sonríe aunque Elizabeth no pueda verla—. ¿Estás trabajando?
—No, estaba a punto de vestirme cuando has llamado, tengo una hora antes de que el caos empiece —se lleva la mano a la frente pensando en todo lo que tiene que hacer hoy.
Elizabeth siente una exhalación al otro lado de la línea que nada tiene que ver con el suspiro tembloroso de antes.
—Mañana iré a verte —la voz le sale tan firme que la espalda de la empresaria se endereza—. No quiero que pienses en nada más que no sea tu trabajo y las obligaciones que tienes. Quiero encontrarte seca, calmada, porque si noto una gota de humedad en ti, vas a pagarlo, Elizabeth, ¿lo has entendido?
—Sí —contesta de inmediato y aprieta la mandíbula con fuerza cuando nota que Danielle Sutton incluso es capaz de controlar su tono—. Lo entiendo.
—Bien. Que tengas buen día. —La periodista deja caer la última frase con un registro más resuelto y cercano. Elizabeth parpadea sorprendida ante la facilidad que ha tenido para cambiar.
Se pone de pie y deja el móvil donde estaba. Vuelve al vestidor para colocarse el traje con calma, eligiendo una camisa blanca que combina perfectamente con el gris. Se peina, se coloca su reloj favorito y sale de su casa en dirección a su despacho dentro de Obscena.
—Buenos días —la saluda Sandra en cuanto atraviesa el umbral—. ¿Todo bien?
Su asistente lo pregunta porque la hora en que Elizabeth aparece por ahí es motivo de alarma.
—Buenos días, sorprendentemente, me he quedado dormida —levanta una mano frenando la avalancha de preguntas—. No ha pasado nada, tranquila.
Sandra asiente y se mueve hasta la cafetera para preparar dos tazas.
—Manda un mensaje a las Cinco —pide Elizabeth antes de ocupar su silla. Sandra se gira y la observa—. Diles que Danielle Sutton vuelve a estar en primera línea. Justo como queríamos.