Capítulo 17
Danielle lleva dos horas en la biblioteca de Obscena sin escribir una sola palabra, básicamente porque tiene el artículo acabado frente a ella en el portátil, tres mil palabras que se apoyan en documentos públicos, dos testimonios directos y párrafos concretos del papel que Jessica le entregó hace tres días.
Lo ha leído tantas veces que se lo sabe de memoria, y si está aquí, es porque ahora que lo tiene terminado, quiere que Elizabeth lo vea, y de paso le sirve como excusa un poco floja para ver a esta mujer.
Por eso, cada vez que escucha un coche en la grava, se levanta como un resorte —con un retortijón por el vientre— y corre hasta el cristal para ver si se trata de la mujer a la que espera.
Tiene el artículo imprimido en tres hojas sujetas por un clip y, quizá, una parte de ella, además de buen sexo y orgasmos que le dejen los ojos en blanco, lo que quiere es la aprobación de esa mujer.
Ella le ha dado el soplo, ella le ha servido en bandeja la oportunidad de empezar a brillar de nuevo, y no quiere defraudarla.
Escucha el crujido de la grava de nuevo y se echa para atrás en la silla, arrastrándose hasta la ventana ante la mirada curiosa de dos mujeres que hay en los sillones de la esquina.
Ahí está, es ella, el coche de Elizabeth es el que avanza por el camino, el que llega a la entrada del edificio y el que aparca cerca de la pared.
Pega las manos al cristal, inmóvil, porque cuando la empresaria pone un pie fuera del coche, su elegancia y la fuerza que proyecta la dejan petrificada ahí, y entonces pasa algo que Danielle no ve venir.
Elizabeth se aleja unos pasos de su coche, dirigiéndose al estrecho sendero lateral, y cuando pone un pie sobre él, Elizabeth se gira y mira hacia arriba, directamente hacia su ventana como si de algún modo supiera que ella está ahí.
Sus ojos se encuentran y el aire abandona los pulmones de Danielle, los muslos comienzan a temblarle y el corazón le palpita furioso durante los tres segundos que esa mujer descarga su mirada eléctrica sobre ella.
Después, Elizabeth se gira y avanza por el sendero, y Danielle necesita varios segundos para recomponerse y apartarse del cristal.
Mete su móvil y el artículo en el bolso, guarda el portátil en la funda —donde debería haber empezado el siguiente para el periódico y no ha escrito una sola línea porque toda su mente está centrada en el otro, en el que de verdad quiere publicar— y corre hacia la salida.
Sale del edificio, está anocheciendo y corre un viento que no estaba cuando ella ha llegado.
Elizabeth le lleva más ventaja que el otro día, apenas logra ver su figura a lo lejos, pero la periodista ya no tiene prisa por no perderla, sabe a dónde va y también sabe lo que pasará cuando llegue.
Continúa por el sendero que bordea los jardines, pasa el invernadero y avanza hasta la casa donde la empresaria tiene la puerta abierta y espera bajo el quicio con los brazos cruzados.
Cuando Danielle al fin sube los escalones del porche y se detiene delante de ella, nota algo en la mirada de Elizabeth que es diferente a la última vez, una mezcla de hambre y deseo con algo más que todavía no identifica.
Debería sentir miedo, esta mujer es oscura, guarda secretos ocultos en este sitio y amenaza a periodistas para doblegarlas a su voluntad y, sin embargo, Danielle se siente más poderosa que nunca frente a ella.
—No recuerdo haberte invitado a venir —dice Elizabeth sin moverse.
—Tampoco lo hiciste la última vez. —Danielle da un paso hacia ella y la mira a los ojos.
Ahora puede ver el tercer rasgo que no identificaba, es cansancio, pero no parece agotamiento físico, sino el tipo de cansancio de una persona que está acostumbrada a mandar y agotada de ello al mismo tiempo, una mujer que necesita soltar el control por una vez para que la controlen a ella, para que la liberen de su carga.
—Si no me arrastras al interior, te arrastraré yo a ti —susurra Danielle, probando su teoría.
—Inténtalo, pero más vale que lo hagas bien porque de lo contrario...
El bofetón llega tan fuerte que la cara de Elizabeth se gira de golpe y se queda mirando al exterior. Le ha dado mal —sin querer— y ahora tiene un hilo de sangre en el labio inferior que la empresaria se lame con la lengua antes de volver a mirarla.
—No vuelvas a amenazarme. —Danielle es la que la coge por el cuello de la camisa, lo retuerce en un puño y la empuja al interior.
Cierra la puerta con el codo y después pega el cuerpo de Elizabeth a la pared.
Le tiembla todo el cuerpo y a la vez siente que la sangre burbujea por sus venas y la hace sentirse capaz de todo.
Su intuición no ha fallado, Elizabeth Kensington, la mujer que lo controla todo y a todos, quiere que la controlen a ella, y Danielle descubre otra faceta suya que no sabía que poseía, porque su deseo por complacer a esta mujer es tan elevado que poder darle lo que quiere la tiene tan húmeda que podría correrse solo con un roce.
Elizabeth la mira, tiene el cuello de su camisa retorcido contra su pecho, clavándole los nudillos mientras el escozor del bofetón le vibra por la cara y por el coño.
—Gírate —dice tras soltarla.
La empresaria obedece, se da la vuelta y deja que Danielle le quite la chaqueta antes de pegarse a su espalda, rozarle el cuello por la nariz y abrirle la camisa de un tirón seco que destroza una prenda de seiscientos dólares.
Se la baja hasta la mitad de los brazos y lo siguiente que Elizabeth siente es el mordisco en el hombro.
La empresaria suelta un gemido profundo que parece un sollozo y baja directo a la entrepierna de ambas.
La periodista empuja más y la dueña de Obscena jadea y aprieta la mandíbula, tensando el abdomen mientras los calambres de dolor le bajan por el cuerpo y el aire se le escapa a trompicones.
Danielle la suelta y mira su obra con los ojos desorbitados de deseo, le pasa el dedo por la piel magullada, que ya está de un rojo oscuro y tiene sus dientes perfectamente marcados. Le parece una jodida obra de arte, un detalle de color en una piel demasiado pálida que anhela castigar.
—Apoya las manos —exige dando un paso atrás, llevándose con ella la camisa hecha un jirón.
Elizabeth hace lo mismo, retrocede un paso, apoya las manos en la pared con las palmas abiertas y le deja su cuerpo expuesto para que haga lo que quiera.
La periodista le pasa las uñas por los costados, despacio, desde la cintura hacia las axilas, las lleva hacia delante, le baja las copas del sujetador rozando su nuca de nuevo con la nariz —aspirando su aroma— y le pellizca ambos pezones con ese punto exacto de fuerza que hace que el dolor y el placer se mezclen.
Aparta las manos, las lleva por debajo de sus axilas para retroceder por el mismo camino de antes y, cuando baja, le clava las uñas con la fuerza suficiente para llevarse parte de la piel a su paso.
De arriba hasta abajo. El gruñido de Elizabeth es tenso y erótico al mismo tiempo.
A Danielle jamás se le hubiera pasado por la cabeza que causar este tipo de dolor controlado en otra persona le iba a dar tanto placer que ni siquiera necesita ser tocada.
Todo lo que quiere es esto, a ella, expuesta, sometida, sumisa.
La abraza desde atrás y lleva las manos al cierre de su pantalón, desabrochándolo mientras recorre la línea de sus hombros con la lengua.
Elizabeth cierra los ojos; intenta prevenir cuándo vendrá el siguiente golpe o mordisco; es una de las cosas que más la excita, y de espaldas es imposible, así que la tensión es máxima, exquisita, y el cuerpo entero le tiembla de necesidad cuando debería temblar de miedo.
—Eres odiosamente perfecta —murmura Danielle desde atrás, cuando le ha bajado el pantalón y la ropa interior hasta los tobillos y lo único que cubre el cuerpo de Elizabeth es un sujetador mal puesto—. Saca los pies, quiero que te abras para que pueda follarte.
La empresaria ya no recordaba cómo era esto, lo que se sentía al no tener que ocuparse de nada, al recibir órdenes y dejar que durante unos minutos alguien le dijera todo lo que tiene que hacer.
Levanta la pierna izquierda y el pantalón se desliza por su pie y su zapato, y cuando lo coloca de nuevo en el suelo, lo hace con las piernas separadas.
El azote va directo a la nalga izquierda, fuerte, seco, y la pilla tan desprevenida que el torrente de placer la hace cerrar las piernas un momento porque no lo soporta.
—No te he dicho que podías moverte. —La regañina llega con otro azote que recibe en la misma nalga, que ahora le arde y, en cuanto vuelve a separar las piernas, Danielle se pega a ella y la penetra con dos dedos al mismo tiempo que le muerde la nuca.
La empieza a follar con los dientes cerrados sobre su carne, y el placer caliente de Elizabeth le empapa la mano de inmediato mientras ella presiona la lengua contra el trozo de su piel que tiene en la boca.
Elizabeth gime, un gemido tras otro que apenas la deja respirar, y cuando la periodista le suelta la nuca y añade un tercer dedo sin avisar, la empresaria se cierra contra ella y empieza a palpitar.
—No puedes correrte todavía —sisea Danielle, tapándole la boca con la mano mientras la sigue follando con fuerza. Elizabeth abre mucho los ojos, después los cierra, resopla contra su mano y los vuelve a abrir.
No va a correrse, no tiene permiso para hacerlo y aguantará lo que haga falta, pero su cuerpo no piensa lo mismo, tiene los muslos temblando y el orgasmo arremolinado en el vientre palpitando por salir.
—Por favor —gimotea contra su mano.
Danielle se la quita de la boca y pega los labios a su oreja.
—¿Qué has dicho?
—Por favor... —La respiración se le entrecorta y por un momento parece que va a desmayarse si no se corre, y cuando Danielle lleva la otra mano a su pezón izquierdo, se lo pellizca con fuerza y desliza la mano hacia abajo arañándole el abdomen, la empresaria se corre con todo el cuerpo sacudiéndose contra la pared, los nudillos blancos, la espalda arqueada y un gemido largo y ronco que le destroza la garganta.
La periodista le pasa el brazo alrededor de los hombros para sujetarla, con los dedos todavía dentro de ella mientras los últimos espasmos de placer le rebotan por el cuerpo y se lo dejan completamente relajado.
Elizabeth cierra los ojos un momento, mareada, y deja caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Danielle en el que probablemente es su mayor momento de debilidad.
—¿Bien? —pregunta Danielle cuando Elizabeth parece controlar el peso de su cabeza.
—Sí.
Le saca los dedos con cuidado, le empuja la cabeza hasta pegársela a la pared y le recorre toda la columna para dejarle un rastro frío con su propia humedad. Después se inclina y la lame despacio, desde la base de la espalda hasta la nuca.
—Exquisita —susurra, y suena el último gemido ronco de puro placer de la dueña de Obscena cuando Danielle la sujeta por la cintura y dibuja una línea extensa a ambos lados con sus pulgares cuando le clava las uñas.
Cuando se aparta, Elizabeth se agacha a recoger su pantalón y se lo pone con calma, abrochando el cinturón y subiendo las copas del sujetador sin molestarse en coger la camisa, y así, como está, camina hasta el sillón con la espalda magullada y una serenidad que hacía años que no experimentaba.
Danielle se acerca, se pone delante un momento y le pasa el dedo por el labio inferior, algo inflamado tras el golpe.
—¿Whisky? —pregunta la periodista.
—Sí.
Danielle se mueve por el salón como si los pies no le tocaran el suelo.
No se ha corrido porque lo que ha sentido ha sido mucho mejor, una especie de orgasmo permanente mientras tenía el control completo de Elizabeth Kensington.
No pregunta si puede tomar, simplemente saca dos vasos, vierte un chorro bastante generoso y vuelve hasta el sillón.
Le entrega su vaso a la empresaria y alza el suyo para un brindis antes de dar un sorbo que siente como el colofón final para un momento perfecto.
Elizabeth hace una mueca cuando el alcohol le penetra en la herida, y Danielle la mira un momento, deja el vaso sobre la mesa y se sienta a horcajadas sobre ella.
—Déjame ver. —No es una sugerencia, ya tiene el mentón de Elizabeth levantado con los dedos, y cuando ve la pequeña herida, se inclina para besarla, pasándole la lengua por los dientes antes de atraparle el labio inferior y sorberlo hasta que nota el sabor de su sangre.
—Exquisita —susurra, y se levanta.
—¿Vas a decirme ya a qué has venido? —pregunta, volviendo a su papel de mujer poderosa.
Danielle sonríe, da un sorbo de su whisky y saca el artículo del bolso.
—Ya lo tengo acabado, me gustaría que lo leyeras, quiero...
—Dame. —La empresaria estira la mano, lo coge y empieza a leer.
La periodista la observa, sorprendida por lo fácil que les resulta cambiar de un contexto a otro.
Hace un momento, tenía a Elizabeth contra la pared, abierta de piernas mientras chorreaba placer para ella, y ahora es Elizabeth la que manda, la que tiene el poder de decidir si su artículo se publica o si le parece una basura, algo que solo le dio para mantenerla entretenida.
—Es muy tú, desde luego —dice la empresaria cuando termina.
—Entonces, ¿puedo publicarlo? —La inseguridad vuelve a ella, porque hablar de trabajo es terreno de Elizabeth.
—Claro, no te hablé de esto para que buscaras en su mierda y no hicieras nada.
Danielle sonríe y se recuesta en el sofá.
—¿Qué?
—Nada, es solo que ojalá tuviera el poder de decidir lo que publico. Tendré que hablar con mi editor y rezar para que lo apruebe.
—Es bueno, es la típica corrupción que a la gente le gusta leer, si no es estúpido, lo aprobará, y si no lo hace, deberías buscar otro trabajo.