Obscena Capítulo 16
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Capítulo 16

Danielle Sutton aprieta con fuerza un bolígrafo que tiene en los labios para intentar drenar de alguna manera la ansiedad que la está devorando.

Pasea sus ojos por la pantalla de su portátil mientras va desplazando el documento con calma y una sonrisa contenida se le dibuja en los labios cuando se da cuenta de todo lo que ha investigado en pocos días.

—¿Más café? —Una mujer con el ceño fruncido y una jarra en la mano la mira con impaciencia. De alguna manera el uniforme blanco y rojo la hace ver bastante diabólica.

—No, gracias —Danielle mueve una mano—. Estoy bien así.

La camarera se gira y avanza hacia la siguiente mesa y la periodista escucha cómo repite la misma pregunta.

Vuelve a centrarse en la pantalla y termina de leer el último párrafo que ha escrito, corrige un par de anotaciones y cierra el documento.

Se pone de pie dando el último trago a su taza, recoge sus cosas y sale de la cafetería con calma, va con tiempo y como está a solo unas cuantas manzanas del punto de encuentro, decide dar un paseo tranquilo para que su cuerpo entre en ese modo y no disminuya toda esa energía que la sacude con cada paso que da.

Desde que Elizabeth le habló de la fundación Prescott, Danielle ha invertido toda su energía —o parte de ella, porque la otra la ha dedicado a pensar en los dedos de la rubia dentro de su cuerpo— en buscar información sobre ella.

Al principio pensó que estaba dando vueltas en círculos, intentando hallar algo que de verdad no existía, pero hace unas noches con una copa de vino en la mano y los pies apoyados sobre su mesa baja, la periodista encontró el hilo del que tirar.

Era una corazonada, algo simple, pero que activó esa zona de su cerebro que suena como una alarma de emergencias cuando capta algo que puede ser importante.

A la vista de todo el que entrara en la web de la fundación, había un listado de mujeres que habían asistido y cumplido con éxito un costoso curso de rehabilitación y reinserción a la sociedad.

El texto sobre sus nombres explicaba que la mayoría de ellas habían estado en la cárcel por algún delito relacionado con el uso o distribución de drogas y que el programa estaba financiado por la generosidad de donantes que siempre han contribuido con las causas.

Danielle empezó a buscar esos nombres, uno a uno, en redes sociales porque una de las cosas que aprendió a lo largo de su carrera es que hay que desconfiar más de lo que está delante de todos que de lo que está oculto.

Lo que descubrió le dejó los dientes largos, porque muchos de esos nombres parecían no existir, otras estaban muertas y unas pocas con perfiles que parecían falsos.

Encontró a Yanine, una chica de veintipocos que posteaba casi a diario y le escribió para probar suerte.

Varias horas después le contestó y Danielle se puso el traje que mejor le queda, el de periodista intrépida y muy persuasiva.

—¿Curso de reinserción? —preguntó Yanine frunciendo el ceño. Danielle se dio cuenta de que seguía usando drogas con total tranquilidad—. No me suena, no.

—Tu nombre fue el que me dieron para preguntarte qué tal te habías sentido haciéndolo —Danielle se lo decía ofreciéndole un cigarrillo de una caja que había comprado expresamente para el encuentro.

Yanine cogió dos—. Fue cuando saliste de prisión hace un año y medio, en teoría estuviste seis semanas en el centro Prescott.

La chica encendió el cigarrillo, se pasó el dorso de la mano por la nariz y arrugó la frente, como si intentara hacer memoria.

—No, no, no he sido yo, creo que lo recordaría.

Danielle perdió el ánimo que había ganado cuando Yanine se mostró abierta a colaborar y al día siguiente de una larga conversación por Facebook, quedaron en la esquina donde la chica se prostituía.

—Habrá sido un error —claudicó Danielle y la tachó de una corta lista que había creado—. Gracias de igual forma.

—Oye —le dijo Yanine y la cogió por la muñeca antes de que la periodista pudiera cruzar la calle—. Por veinte te dejo que me folles.

Danielle dio un respingo y se liberó del agarre de la chica. Yanine se movía de forma errática mientras fumaba y sus ojos saltaban de un sitio a otro sin estarse quietos. La periodista sacó un billete de diez dólares, la caja de tabaco y se lo ofreció.

—Quédatelos y cuídate —dijo Danielle y Yanine frunció los labios cuando al parecer no recibió lo que quería.

Eso fue ayer y Danielle, que estuvo a punto de darse por vencida, hizo un último intento de contactar a todas las mujeres que estuvieran en esa lista y que de verdad existieran.

Su insistencia dio frutos, obtuvo datos e información valiosa que la hicieron sentir un subidón casi tan bueno como el sexo.

Ahora va de camino a encontrarse con Jessica Davies en un parque en Mott Haven y con suerte esta no le ofrecerá otra cosa que hablar.

—Hola, soy Danielle —la periodista llega a un banco de madera desvencijada que está frente a una pequeña escultura de piedra a la que solo le queda la base, el resto está destruido—. ¿Jessica?

La mujer se pone de pie, esta es la más mayor con la que ha hablado. Fue formal cuando Danielle se presentó y le explicó lo que estaba buscando. Jessica le dijo que podían verse antes de entrar a su turno y que iría vestida con un pantalón gris de uniforme y un abrigo del mismo color.

—Sí, soy yo —le estrecha la mano a Danielle—. ¿Te importa si caminamos? No me gusta quedarme quieta mucho rato.

—Claro —concede Danielle y Jessica se pone en marcha—. No nos llevará mucho tiempo, solo quiero saber un poco más de lo que hablamos, ya sabes el programa de rehabilitación y si crees que de verdad estas cosas funcionan.

Jessica asiente y se mete las manos en los bolsillos.

—Me has dicho que era para un reportaje, ¿no? —Danielle se lo dijo el día anterior, pero la gente siempre tiende a preguntar varias veces.

—Sí, uno sobre la tasa de éxito de este tipo de cursos en mujeres adictas que salen de la cárcel —de tanto repetirlo, se le ha quedado grabado—. Estuviste un par de años en la cárcel, ¿no?

—Tres —corrige la otra mujer—. Una mala decisión, o mejor dicho, una mala elección de hombre.

Jessica se ajusta el bolso que lleva en su hombro y levanta la cara para que el sol le dé de lleno.

—Tenía diecisiete cuando lo conocí y muchas ganas de salir de la pocilga en la que vivía.

Mi madre era una adicta y a mi padre no lo conocí así que ya sabes, una chica joven sin que nadie le diga las cosas que no debe hacer, pues acabé tan enganchada que incluso robaba para una dosis —Jessica ahora parece tensa como si una cuerda tirara de su espalda—.

Unos años más tarde, ese hombre que era mi novio me propuso joder a un camello de poca monta.

Parecía fácil, quitarle el alijo, ocultarnos, consumir un poco y venderlo.

El muy hijo de puta se quedó con la pasta y cuando vinieron a por él me culpó a mí.

Acabé apuñalada bajo un puente y sobreviví de milagro gracias a un corredor que pasaba por ahí.

Cuando salí del hospital, fui directamente a prisión, llevaban tiempo buscándome por diferentes delitos.

A Danielle no le asombra la historia, cuando hacía sus investigaciones en el pasado, se encontró con unas verdaderamente aterradoras. Padres que vendían a sus hijas por unas pocas papelinas, violencia vicaria por no compartir una dosis y cosas que es mejor no recordar.

—¿Fue allí donde te ofrecieron entrar al programa? —quiere saber la periodista.

Jessica niega y le hace una seña con la mano para que se meta por una calle a la izquierda.

—Fue cuando me quedaban unos meses para salir.

La desintoxicación fue muy dura, pero logré mantenerme limpia todo ese tiempo y la médica de la prisión me dijo que quizá necesitaba ayuda para enfrentar mi nueva realidad en la calle —tuerce el gesto—.

En realidad no lo había pensado así que me apunté a varios.

—¿Podías elegir el programa?

—Podías postularte y luego ellos te daban plaza donde consideraban —Jessica revisa la hora en su reloj y acelera el paso—. Se suponía que la fundación Prescott me había elegido, pero cuatro meses después de salir de la cárcel aún no se habían puesto en contacto conmigo.

Danielle asiente e intenta que su mente grabe cada fragmento de esa conversación. No puede apuntar nada, mucho menos sacar su grabadora porque fue una de las condiciones de Jessica para hablar con ella. La periodista no puede usar su nombre real ni que haya alguna prueba de su encuentro.

—¿No llamaste o fuiste a una de sus oficinas?

—Una vez y me dijeron que se pondrían en contacto en cuanto tuvieran las fechas de inicio —ambas mujeres se detienen ante un semáforo en rojo para ellas—.

Después simplemente estaba demasiado ocupada para pensar en eso.

Terminé los estudios básicos en una escuela nocturna, empecé a trabajar en dos sitios y tiempo después conocí al que ahora es mi marido.

Me olvidé de todo aquello, estaba bastante integrada y desde luego alejada de las drogas.

Cruzan la calle y caminan hasta llegar a una esquina en la que Jessica se detiene.

—Pasó un año más o menos antes de que me llamaran. Fui a la cita porque me dijeron que tenían que hacerme entrega de algo.

—¿Qué era? —La curiosidad de Danielle va en aumento.

—Un cheque de mil dólares y una carta conforme había superado el tratamiento con éxito —encoge los hombros—.

Me dijeron que había ocurrido un malentendido y que al final no me llamaron cuando comenzó el programa.

El dinero era una especie de compensación siempre y cuando firmara que no podía hablar de nada de esto.

La mujer con la que hablé insistió en que me vendría bien para el futuro, que si quería conseguir un gran empleo, tendría problemas con mi historial, pero si entregaba una carta de la prestigiosa fundación Prescott nadie tendría dudas sobre mí.

Ahí está, el punto clave que Danielle estaba buscando.

Resulta que tener una fundación con donantes millonarios es un negocio que mueve mucho dinero y tiene unos beneficios fiscales envidiables.

Si alguien decide apadrinar un cupo dentro del programa, está pagando por estadía durante seis semanas en un edificio con todas las comodidades, comida, medicación, terapia, atención las 24 horas.

Miles de dólares que seguramente van a cuentas ocultas, engordando los bolsillos de quienes están al mando.

Para cerrar el círculo, simplemente dan un pequeño incentivo a quienes debieron asistir al programa, una hoja de recomendación que le allana de cierta manera el futuro y un documento de confidencialidad que de no cumplirse hundiría por completo a quien lo firma.

Es fácil, pan comido, sobre todo porque personas como Jessica han seguido adelante, queriendo dejar todo eso atrás.

Y otras como Yanine, están lo suficientemente jodidas como para pensar en ello.

—Tengo que irme —Jessica hace un movimiento de cabeza—. Mi turno empieza en diez minutos.

—Una última pregunta —se apresura la periodista—. ¿Por qué me has contado todo esto si has firmado ese acuerdo?

La mujer suelta un suspiro y mira hacia los edificios frente a ella.

—Tengo una hija, es pequeña aún y la estamos criando de la mejor manera para que no cometa mis errores, pero si alguna vez le pasa algo parecido y yo no estoy, me gustaría que la ayudaran de verdad.

No sé qué esconde esa gente, pero parecen dejarlo todo muy bien atado como para que el no llamarme para el programa fuera un simple malentendido —mira a Danielle directamente a los ojos—.

Te he investigado, cuando me dijiste tu nombre te busqué en internet.

Danielle se queda muy quieta, esperando.

—Sé que fuiste una periodista reconocida y un error acabó con tu carrera —Jessica hace un gesto con los labios como si le pareciera una putada—. Soy de las que piensan que nuestras equivocaciones nos hacen más inteligentes y confío en que sepas qué hacer con esta información sin involucrarme.

La respuesta de la periodista es extender una mano y cuando Jessica se la estrecha, ambas asienten al mismo tiempo.

—Gracias por confiar en mí.

Jessica la mira durante un instante más y saca un papel doblado de su bolso.

—He tachado todo lo que podía señalarme, pero esto te servirá —Danielle lo abre y sus ojos empiezan a brillar.

Jessica se gira en la esquina en la que estaban para caminar calle abajo.

A Danielle el corazón le va muy deprisa y tiene la respiración entrecortada.

Se lame los labios y mira de un lado a otro porque no sabe qué hacer en ese momento.

Aún le quedan un par de horas para ir a la redacción, pero ella lo que quiere es llegar esta noche a su casa y ponerse a escribir sobre todo lo que ha descubierto.

Sin pensarlo, saca el móvil de su bolso y hace una llamada.

—¿Diga? —Algo en esa voz seca la hace destensarse.

—Lo tengo —sonríe Danielle—. Con lo que he conseguido, puedo escribir un artículo destapando la estafa de esa gente.

Elizabeth Kensington estira los labios al otro lado de la línea. Le encanta escuchar a la periodista tan exultante y se da cuenta de que ha empezado a tener una necesidad asfixiante de complacerla.

—Me alegra escuchar que mi información ha dado sus frutos —contesta mientras se relaja en su silla.

—Más que eso —exhala una risa que aprieta el vientre de la rubia que la escucha—. Esto puede ser el comienzo de algo grande.

A Danielle, que la sensación de felicidad que experimenta en ese momento sea más grande por contarle a Elizabeth lo que ha investigado que lo que ha descubierto en sí, la jode bastante. No lo dice, no cree que haga falta. Cambia el rumbo de la conversación para alejar el cosquilleo de su cuerpo.

—¿Cómo has sabido que algo pasaba ahí?

Elizabeth suelta un murmullo que se parece más a un insulto.

—Si quieres que siga siendo tu fuente, no preguntes cosas que no puedes saber —hace una pausa y se escucha cómo se levanta de la silla—. Ahora tengo que dejarte, estoy ocupada.

La rubia cuelga el móvil con la respiración contenida. Sabe que esto se le está yendo de las manos, pero Danielle Sutton es como una droga que no quiere dejar de consumir.