Capítulo 15
Elizabeth tiene a Juliet Ashford bocabajo sobre el sofá de su despacho, con la falda subida hasta la cintura y las bragas alrededor del tobillo derecho.
La tiene en cuatro, con el culo completamente ofrecido, la cara y el pecho aplastados contra el cojín, las muñecas sujetas a la espalda con una mano, follándola con la otra con una cadencia lenta y profunda que hace que la secretaria judicial apriete los dientes y suelte un jadeo tras otro cada vez que se hunde en ella hasta el fondo.
La dueña de Obscena observa la escena como si estuviera fuera de su cuerpo.
De repente no se reconoce, ni siquiera había reparado en su forma dominante de follar a sus amantes desde lo de Claire hasta que Danielle Sutton acabó en su sofá y empezó a sentir una necesidad que creía perdida para siempre.
—Dios, Eli, me estás matando —balbucea Juliet, que chorrea placer por las piernas hasta el punto de que está manchando su sofá.
No le importa, curva un poco los dedos y sigue con los movimientos, hasta que Juliet suelta un gemido ahogado y las piernas empiezan a temblarle.
—Voy a correrme… —dice, y Elizabeth nota cómo empieza a palpitar contra sus dedos.
—Por supuesto que vas a correrte —garantiza ella, presionando el pulgar en su entrada trasera.
Le suelta las muñecas y la agarra por la cintura para tener más impulso, y cuando añade un tercer dedo, Juliet se agarra a los cojines y su cuerpo se sacude en un orgasmo largo y tembloroso que la deja jadeando, cayendo como un saco sobre el sofá cuando la empresaria le saca los dedos.
—Joder —dice sofocada, sonriendo contra el cojín mientras Elizabeth se limpia los dedos en su muslo antes de levantarse.
Se acerca hasta su mesa donde están los dos vasos de whisky que han tomado antes de que Juliet se acercara a ella, se arrodillara delante de su silla y empezara a desabrocharle el pantalón.
Por primera vez en años, Elizabeth ha dudado y ha estado a punto de quedarse quieta y pedirle que se apartara, decir que no le apetecía y rellenar el vaso con más whisky porque los ojos verdes de Danielle parecían estar presentes en el despacho, como si la periodista estuviera mirando desde algún rincón oculto, y se ha excitado tanto pensando que seguía una orden para complacerla, que ha levantado las caderas, ha dejado que Juliet le bajara la ropa hasta los tobillos y se ha abierto de piernas.
Casi se ha corrido con el primer roce de su lengua y ha dado un respingo con el vientre tembloroso porque el pensamiento no salía de su cabeza.
Juliet le ha agarrado los muslos con fuerza, con la suficiente presión como para que Elizabeth haya querido que le clavara las uñas, y entonces se ha imaginado arrodillada frente a Danielle, mirándola desde abajo.
Se ha corrido fuerte, rápido, un latigazo entre las piernas que la ha cogido por sorpresa, y después ha sentido tanto desconcierto al ser consciente de sus pensamientos, que ha cogido a Juliet de un brazo, la ha arrastrado hasta el sofá y la ha empujado para descargar su frustración entre sus piernas.
—¿Otro? —pregunta con la botella en la mano, señalando el vaso de su amante.
—Por favor —suplica Juliet, incorporándose por fin.
Se pone en pie, se sube las bragas con tranquilidad y se baja la falda, alisando las arrugas con las manos antes de caminar hasta la mesa y sentarse en la silla justo en frente de Elizabeth.
—Estás rara —suelta Juliet, tomando un trago largo que le quema el esófago y se siente como el colofón final de un polvo increíble.
—¿Rara? —Los ojos de Elizabeth destellan confusión.
—Dispersa. —Juliet ladea la cabeza y la observa de un modo que hace que Elizabeth sienta que está leyendo dentro de su mente, un talento oculto de la secretaria que a veces la hace sentir incómoda—.
Cuando me follas, sueles estar presente, concentrada en lo que haces, hoy parecías estar pensando en otra cosa.
—¿Te estás quejando?
Juliet sonríe y levanta las cejas.
—Dios, no, puedes follarme así siempre que quieras, pero hablo en serio. ¿Estás bien?
Elizabeth convierte sus labios en una línea fina y da un trago lento de su vaso.
Le molesta que Juliet la conozca tan bien, que tenga esta habilidad especial para detectar sus cambios de humor, pero supone que es una de las cosas que da el sexo continuado, al final, de alguna manera, no solo aprendes lo que provoca placer a la otra persona, sino a leer otras señales en su cuerpo y en su forma de actuar.
—Me he acostado con Danielle —suelta, observando el líquido en su vaso.
—¿Con quién?
—La periodista, la que dejé entrar en el club.
—¿En serio?
—Sí.
—Joder. —Juliet se ríe, una risa satisfecha que se expande por toda su cara como si fuera ella la que se la ha follado, pero cuando Elizabeth la mira con severidad, se le corta de golpe—. Perdona, es que no me lo esperaba. ¿Y cuál es el problema? Tú te follas a quien te da la gana.
—No sé por qué lo he hecho. —Elizabeth no levanta la mirada y se pasa la mano por el pelo corto, dejando el vaso sobre la mesa—. No la dejé entrar aquí para eso. Está aquí por un motivo, tiene que hacer un trabajo, publicar lo que yo le diga cuando se lo diga y punto.
Juliet la mira durante unos segundos. Nunca ha visto una versión como esta de Elizabeth, donde parece desconcertada por sus propios actos.
La ha visto hundida, ha presenciado momentos en los que esta mujer realmente pensaba que no había nada en la vida que valiera la pena salvo Obscena, la ha visto determinada, con esa mirada feroz en sus ojos cuando tiene un objetivo y no descansa hasta cumplirlo, pero esto no. Esto es otra cosa.
—¿Quién lo empezó?
Elizabeth frunce el ceño.
—¿Qué más da?
—Creo que sí que importa. Venga, me has visto abierta de piernas más veces de las que puedo recordar, creo que hemos pasado el nivel inicial de la confianza y podemos saltar al siguiente.
Elizabeth dibuja una sonrisa corta y expulsa el aire por la nariz.
—Empecé yo en una de las fiestas. La vi en el baño y…
—Y te la follaste, así que era ella.
—¿Perdona?
Juliet se ríe y niega con la cabeza.
—Te recuerdo que tuvisteis una espectadora. ¿En serio crees que no lo comentó?
A Elizabeth le da igual que lo comentara. No es la primera vez que la ven follar en un baño, el problema es que no se acordaba, estaba tan centrada en Danielle aquella noche que había borrado de su mente a la mujer que entró cuando estaban en pleno espectáculo.
—Entonces, fuiste tú —repite Juliet—, ella no se te insinuó, tú la buscaste.
La empresaria se pone nerviosa, sin saber qué intenta descubrir su amiga.
—Sí.
—¿Ha vuelto a pasar?
—Sí.
Juliet sonríe.
—¿Quieres que vuelva a pasar?
—Estuvo en mi casa —suelta Elizabeth en lugar de responder.
Los ojos de Juliet se desorbitan por la sorpresa. Todas saben ahí lo celosa de su intimidad que es Elizabeth Kensington. Obscena es accesible para todas, pero su casa es como un templo, ni siquiera ella ha estado allí.
—¿La has llevado a tu casa? —pregunta sin salir de su asombro, porque necesita asegurarse de que no lo ha entendido mal.
—Técnicamente, no. Me vio y me siguió por el sendero hasta la entrada. Me giré para decirle que se marchara, pero en lugar de eso lo que hice fue meterla dentro y follarla.
Juliet se queda callada, esperando sin interrumpir porque sabe que Elizabeth tiene sus propios ritmos cuando habla de cosas personales, y sin duda, esto lo es.
—No sé por qué lo hice. Cuando estoy aquí, me gusta controlar cada variable, cada persona y cada cosa que sucede entre estos muros, pero apareció esta mujer con sus preguntas y sus putos ojos verdes y… —Se calla cuando se da cuenta de que ni siquiera sabe lo que quiere decir.
Danielle le provoca confusión, se está metiendo en sus pensamientos con más frecuencia de la que ella puede controlar, y eso la está desestabilizando.
—Te gusta —dispara Juliet sin anestesia.
La empresaria se levanta, coge la botella de whisky y rellena los dos vasos.
—A mí no me gusta nadie —responde cuando vuelve a la silla.
—Eso es lo que dices, pero no parece que sea lo que sientes.
—Juliet da un trago y estira las piernas por delante de la silla porque las tiene algo entumecidas por la posición en el sofá—.
No pasa nada si te gusta, Elizabeth, déjame recordarte que sigues siendo humana.
Lo de Claire pasó hace mucho tiempo, creo que ya es hora de que te permitas vivir otra vez.
El nombre de Claire la marea y le provoca un pinchazo repentino en el centro del pecho. El mismo que aparece cuando alguien pronuncia su nombre en su presencia.
—Que me permita vivir —murmura en voz baja.
—Sí —insiste Juliet, y Elizabeth esboza una sonrisa irónica.
—Me lo dice la mujer que está enamorada de Evelyn y no se atreve a decírselo.
Juliet suelta un bufido y detiene el vaso a medio camino de su boca. Se queda completamente quieta, con la mandíbula apretada, los ojos muy abiertos y el pulso acelerado.
—No estamos hablando de mí y de Evelyn.
—Pues quizá deberíamos. Quizá para que yo te acepte un consejo de ese calibre, deberías predicar con el ejemplo.
Juliet la mira, enfurecida.
—La situación no es la misma y lo sabes. Tú estás soltera, Evelyn sale con un tío y yo sigo casada con Patrick.
Elizabeth mira el líquido de su vaso, debería parar de beber o mañana le dolerá la cabeza, pero está cómoda hablando con Juliet, necesitaba algo así.
—Siempre he tenido curiosidad por saber cómo pasó —dice, levantando la mirada.
—¿El qué?
—Lo de Evelyn. Hasta donde sé, no tenéis mucho contacto fuera de aquí, ¿cómo llegaste a enamorarte de ella?
—No fue de golpe —empieza Juliet, y ella sí que deja su vaso, porque entre el alcohol y la follada que le ha dado Elizabeth, siente demasiada debilidad y todavía tiene que conducir hasta su casa—.
Al principio solo sentía respeto por ella, admiración, la escuchaba hablar, veía lo bien que se le daba lo que hacía y me encandilaba.
Hace una pausa antes de seguir.
—Después empecé a fijarme en otras cosas —se recoloca en la silla, recogiendo las piernas para cruzar una sobre otra—.
Me gustaba la atención con la que me miraba cuando hablaba, en cómo se ríe cuando algo la pilla por sorpresa, los hombros le tiemblan y se le arruga la nariz, y suena tan feliz que solo quiero que se vuelva a reír.
Elizabeth la observa sin interrumpir, pero no sale de su asombro. ¿Se ha fijado ella alguna vez en detalles de ese tipo? Con Claire seguro, con ella se fijaba en todo, con Danielle… La empresaria siente una leve irritación en el cuello.
—Pero el día que realmente me di cuenta fue aquí.
Estábamos en una reunión de la Cámara y ella estaba discutiendo con Margaret sobre uno de los casos, y Margaret estaba siendo insoportable como siempre que cree que lleva la razón.
—A Elizabeth se le escapa una risa, porque insoportable a veces se queda corto para describir a esa mujer—.
Evelyn le contestó cada vez con paciencia y una inteligencia que hizo que Margaret se callara.
Yo la miraba y pensaba que era la mujer más impresionante que había visto en mi vida, y después pensé que quería besarla, y ahí supe que estaba jodida.
Desde entonces, cada día se me hace más cuesta arriba mantenerme al lado de Patrick.
Las alarmas se disparan en la cabeza de Elizabeth, que se yergue en la silla.
—¿Qué quieres decir? ¿Estás incómoda con él?
—Claro que lo estoy. Al principio, cuando me pedisteis que siguiera con Patrick y le sacara información, no me costaba acostarme con él.
Era mi marido, todavía lo quería a pesar de lo que hacía, pero después eso se fue apagando.
Me enamoré de ella, empecé a acostarme contigo y a inventar excusas para no hacerlo con él, pero no puedo apartarlo siempre.
A Elizabeth la atraviesa un escalofrío que la deja petrificada en la silla.
—Escúchame, de aquello hace años. Entonces no teníamos el nivel de ahora y cualquier fuente de información era buena, y joder, tu puto marido nos ha dado mucho en lo que trabajar, pero si no estás cómoda con él, déjalo. Joder, Juliet, ¿por qué no lo has dicho antes?
La secretaria judicial la mira como si Elizabeth le estuviera preguntando algo imposible de responder.
—Te recuerdo que yo no tengo el poder que tenéis las demás. Entré en Obscena con esa condición, con la de seguir a su lado, escuchar sus hazañas de corrupto y sonsacarle las de sus amigos, pero sin eso…
Elizabeth se levanta, camina hasta la ventana y se cruza de brazos mientras deja que su vista se pierda por el bosque, porque necesita unos segundos para serenarse.
—¿Crees que en la Cámara entraste por él? —pregunta, girándose despacio.
Juliet frunce el ceño.
—Entraste por tus méritos. Puede que no tengas un cargo estratégico ni las influencias que podemos tener las demás, pero te las apañas mejor que nadie para conseguir cosas en los juzgados a las que ni siquiera Margaret tiene acceso.
No entraste en la Cámara por la información que él te podía dar, entraste porque eres jodidamente competente, porque eres útil e inteligente como cualquiera de las que estamos ahí.
Así que si no estás bien, deshazte de esa basura de hombre de una puta vez.
Juliet traga saliva y coge aire, soltándolo de forma entrecortada.
Siempre ha pensado que de las cinco, ella era la más imprescindible y que si dejaba a su fuente de información, las demás ya no tendrían ningún motivo para mantenerla ahí, y Dios sabe que formar parte de ese grupo de mujeres que mejoran la situación de otras utilizando cualquier recurso, es lo que ella considera el mayor logro de su vida.
—De acuerdo. —Juliet se levanta.
De repente ya no siente temblor, se siente empoderada gracias a las palabras de esta mujer.