Capítulo 14
Hace muchos años.
—Siento diferir en esto, pero hablas desde tu posición privilegiada.
—Claire Whitaker tomó un sorbo de una copa de champán, sabiendo que fuera de ese lugar jamás podría permitirse una bebida así—.
Una persona cualquiera que no tenga tu dinero ni siquiera tendría conocimientos para hacer algún tipo de inversión.
Tú estudiaste en una de las universidades más prestigiosas del mundo, por lo que tu ventaja es evidente.
La mujer frente a ella la miró un largo rato, sus ojos azules —un poco menos grises de lo habitual por la poca luz que había— recorrieron su rostro buscando el error, se preguntó cómo era posible que una mujer tan impresionantemente atractiva tuviera por boca una máquina destructora de ideas conservadoras.
—No sientes hacerlo, Claire —negó una Elizabeth joven de pelo largo y gesto cercano—. Nunca dices nada que no hayas pensado antes.
—Vaya, ¿así que ahora eres una experta en conocerme? —quiso saber la periodista, intrigada.
Elizabeth se llevó la copa a los labios para ocultar una sonrisa traicionera que se había pintado en su cara.
—Puede ser.
La gala benéfica de la fundación Hung reunía a empresarios, magnates, personas importantes y periodistas.
Elizabeth se estaba dando a conocer, una chica que hacía unos años había acabado la universidad y que había creado una pequeña empresa —que ya había crecido con una velocidad pasmosa—, Kensington Capital, que se dedica entre otras cosas a comprar compañías, fusionarlas y sacarlas a bolsa.
Desde que se hizo un nombre, no había faltado a ninguno de estos eventos, siempre dejándose ver, estrechando manos y sonriendo a quien debía.
Otra de las razones por las que se había convertido en una habitual era para ver de cerca a Claire Whitaker, una periodista de investigación bastante rebelde y activista que dejaba caer comentarios en sus artículos como bombas incendiarias.
Elizabeth la conoció una noche en una fiesta aburridísima en la que vagaba de grupo en grupo para entretenerse.
La periodista estaba ahí debatiendo con un tipo canoso de aspecto cínico sobre los derechos de los hombres sobre las mujeres y cómo a ellas les costaba el triple llegar a donde a ellos les resultaba más fácil por el simple hecho de pertenecer al sexo masculino.
La dueña de Kensington Capital asistió a la intensa discusión sin apartar la mirada de la mujer que gesticulaba con calma, pero que tenía una fiereza en sus ojos que no podía ocultar.
En medio de todo aquello, descubrió quién era y, claro, Claire había hablado de su empresa en un par de ocasiones antes, pero nada tan terrible como para odiarla.
—Eso ha sido interesante —dijo la rubia mientras Claire giraba el cuello para mirarla—. Soy Elizabeth Kensington, un placer conocerte.
Extendió su brazo y la periodista de inmediato le estrechó la mano con firmeza.
—La nueva chica de la realeza —contestó con aire desenfadado—. Yo soy Claire Whitaker, el gusto es mío.
La noche pasó rápido entre intercambios de puntos de vista, defensas por un lado, acusaciones por otro.
Elizabeth se sintió eufórica por primera vez en años, donde podía hablar con una mujer que no temía sostenerle la mirada —ya había rumores de lo exigente que era para todo— y que tampoco intentaba llevársela a la cama solo para ganar estatus y posiblemente vivir a su costa el máximo tiempo posible.
Esa noche se despidieron con profesionalidad, como si ese rato juntas no hubiera cambiado algo en cada una. A partir de ahí, siempre que se encontraban, entraban en los mismos debates cada vez más interesantes que las hacía crear un pequeño mundo solo para ellas, ajenas al resto de personas.
Elizabeth se enamoró de su voz, de su pasión por el periodismo, de la forma en que defendía sus ideales sin importar nada ni nadie, y cuando Claire la besó una noche lluviosa dentro del coche de la rubia, supo que su vida entera se había partido en dos.
Una parte que ni siquiera merecía la pena mencionar y otra, después de conocerla a ella.
—Ven aquí, estoy segura de que te va a encantar.
Esas fueron las primeras palabras de Claire dentro de la habitación de Elizabeth. Habían ido a cenar a un restaurante indio y después a acabar la noche en su casa. Los besos envueltos en fuego y las caricias exigentes le dieron un pequeño abreboca para imaginarse lo que vendría a continuación.
—Mírame —le pidió Claire desde su posición—. Lo único que me importa es que de verdad te sientas bien. Si necesitas que pare, dímelo. Si algo no te gusta, también. ¿Está claro?
Elizabeth temblaba de anticipación, llevaban un rato allí dentro y no supo cómo acabó arrodillada ante la periodista, necesitada, deseando que le hiciera lo que le diera la gana.
—Sí, lo entiendo —respondió con los ojos azules oscurecidos.
Entonces comprendió que su vida no se había partido en dos sino en tres porque tenía que agregar el momento exacto en el que Claire Whitaker la hizo suya, no de forma metafórica sino dolorosamente real.
No fue una noche de sexo cualquiera, fueron dos cuerpos reconociéndose, dos almas encajando y una nueva existencia en un mundo que era solo de ellas dos.
—Te ves preciosa así. —Claire le pasaba las yemas de los dedos por la espalda, intentando calmar las respiraciones aceleradas de Elizabeth—. Increíblemente preciosa.
La rubia estaba boca abajo sobre su cama, las piernas temblándole y el pulso disparado.
Tenía la espalda llena de marcas, las muñecas doloridas por la presión y la mente revuelta.
Claire le había abierto un universo, un sitio en el que nada era como antes ni el sexo era algo casual que se practicaba entre dos amantes por el mero hecho de quererlo.
Era una ceremonia, un «cada vez más somos solo tú y yo», una bombona de oxígeno tan necesaria como satisfactoria.
Para Elizabeth era perfecto, su relación con Claire se hizo pública y ya no eran dos mujeres que se encontraban por casualidad en una gala, sino una pareja que iba de la mano a cualquier evento.
Hubo quienes lo aceptaron sin más, otros que las miraban de reojo, juzgando en silencio, y también quienes no se quedaron callados.
—Liarte con una periodista que ve a la gente como nosotros como seres demoníacos no le dará buena publicidad a tu empresa —le dijo uno de sus asesores de confianza en Kensington Capital—. Podrías habértela tirado en privado sin tener que nombrarla como tu novia en todos sitios.
Ken era algo parecido a un amigo, un tipo inteligente y tremendamente directo que estuvo desde el principio trabajando para ella.
Elizabeth le tenía aprecio, él era capaz de decirle cosas que el resto ni se atrevía, aconsejarla en lo personal y en lo profesional.
Ella lo había apoyado cuando su mujer lo dejó, cuando pasó por un proceso de diversión penoso y quedó en la ruina.
Eso los unió más, Ken siempre estuvo muy agradecido con ella y Elizabeth satisfecha de ayudarlo, pero a menudo Ken parecía atribuirse derechos que no tenía y soltar perlas que mejor estaban bajo el mar.
—Cuidado con lo que dices, Ken. —Elizabeth lo miró desde detrás de su mesa—. Claire no es una mujer ocasional, es la que quiero para toda la vida.
El asesor soltó un resoplido cargado de frustración y se sentó en la silla frente a ella.
—Acabas de conocerla, por Dios. —Abrió las manos con énfasis—.
Aún la estás conociendo, pero ya te digo yo que no tenéis nada en común.
Joder, Elizabeth, has creado un imperio desde cero, eres una de las empresarias jóvenes del momento, ¿estás segura de que quieres tirar eso por la borda por una periodista que es capaz de jugarse la libertad porque a los desodorantes les meten demasiados químicos y, según su criterio, eso nos está matando?
Ken movió la cabeza en un gesto de negación rotundo. No entendía a la rubia, querer jugarse todo por una mujer que no tenía ni la cuarta parte de lo que ella había conseguido.
Elizabeth recuerda especialmente ese día —como recordaría muchos más adelante— porque Ken fue la primera persona a la que sacó de su vida por siquiera decir el nombre de Claire acompañado de algún comentario desagradable.
Lo echó de su empresa y ni siquiera se preocupó por lo que iba a ser de él.
Aunque no se habían casado, Claire era su mujer, su vida, y Elizabeth Kensington era capaz de dar todo lo que tenía por ella. De eso no tenía dudas.
En algún momento, después de que pasó el primer año desde que empezaron y que la relación era muy estable, ambas decidieron vivir juntas.
A Claire siempre le había gustado la naturaleza y vivir alejada del bullicio, así que Elizabeth compró un terreno a las afueras de Nueva York al que se accedía por una carretera a lo largo del río Hudson.
Hubo discusiones entre ellas, la periodista no necesitaba que su novia se gastara una millonada, le parecía tirar el dinero, pero Elizabeth no retrocedió.
Claire Whitaker tenía un poder desmesurado sobre ella y en la intimidad, la rubia era capaz de entregarle su alma y todo lo que pidiera. Fuera, la cosa estaba muy reñida.
La casa estuvo lista unos meses después y ese oasis de privacidad fue el inicio de una vida increíble. La convivencia era buena; Elizabeth empezó a trabajar unos días desde casa y Claire hacía lo mismo para pasar más tiempo juntas.
—Me encanta llegar a casa y que estés esperando por mí —dijo Claire un día especialmente agotador—. Te quiero, Beth, y siempre te voy a querer.
Elizabeth simplemente supo que era imposible existir sin Claire a su lado.
Habían amoldado sus mundos tan diferentes para que encajaran tan bien que muchos no comprendían cómo esa relación seguía en pie, pero para ellas era sencillo.
Se pertenecían, se respetaban y nunca se mentían, ese era el pacto que habían sellado una noche cuando se prometieron quererse para siempre.
En la actualidad.
—Elizabeth, la sala está lista y te están esperando.
Sandra la saca de los recuerdos que muchas veces la atormentan y que llegan sin previo aviso.
No le gusta enterrarse en ellos, mucho menos en semanas como esta que lleva días con el nombre de Claire arañándole la piel.
Sabe que uno de los motivos es la llegada de Danielle a su vida, con esa mirada inocente que esconde la ruina de cualquier mujer y esa forma de aceptar en la cama lo que Elizabeth le da.
No se parecen en nada y a la vez tienen tantas cosas en común que no puede evitar sentir la tensión de ese collar invisible que alguna vez Claire le ató con fuerza.
Se pone de pie con un bufido involuntario que hace que su asistente personal agudice la mirada.
—¿Todo bien?
—Podría estar mejor. —Coge el móvil de la mesa y se lo guarda en el bolsillo—. ¿Sabes algo de Angelica?
Sandra abre la puerta y camina junto a ella por el pasillo.
—Ayer mandó el reporte semanal, nada fuera de lo habitual. —Sandra se lleva una mano a la costilla izquierda. Una fractura mal curada que le recuerda de vez en cuando que sigue viva—. Tiene mucho trabajo y espera estar aquí para tu cumpleaños.
Elizabeth hace una mueca, otro recordatorio de su vida pasada, cuando Claire celebraba cada cumpleaños como si fuera el mismísimo cuatro de julio. Recuerda cada uno con claridad, desde el primero hasta el último.
Antes de abrir la puerta de la Cámara, toma una respiración profunda intentando por un momento apartar la sensación de ardor que dejó la que fue el amor de su vida como huella imborrable para toda su existencia.