Capítulo 13 #3
—Nunca había estado con una mujer antes —suelta de pronto, sin saber exactamente qué la lleva a decir esto, quizá la hipersensibilidad que siente ahora mismo.
Elizabeth levanta la vista, sorprendida, y por un momento se siente mezquina por haber pegado su boca a su sexo sin haberle preguntado, pero en su defensa debe decir que ni siquiera se le pasó por la cabeza.
Cuando la folló en el baño, Danielle estaba tan entregada y complacida que dio por hecho que no era la primera vez que estaba con una mujer.
—No sé por qué te lo cuento. —Danielle se mira las manos—. Nunca he sentido nada así, es decir, follando, no que sienta algo por ti ni nada de eso, pero follar contigo es… No sé, no me esperaba que me gustara tanto hacerlo así.
Se le ponen las mejillas rojas y se siente expuesta de una forma que no le gusta, pero está tan abrumada que necesita ser sincera.
Elizabeth la mira sin saber qué decir.
—En fin. —Danielle cambia de tema—. ¿Cuándo me vas a pedir que haga lo que sea que quieras que haga en la redacción?
La empresaria da un trago largo, calmada, como si no acabaran de follar, como si no le hubiera cruzado la cara otra vez ni la hubiera hecho correrse tan fuerte que todavía siente palpitaciones entre las piernas, como si su cuerpo hubiera sufrido un terremoto y ahora estuvieran llegando réplicas más suaves.
—Cuando te necesite, te avisaré —responde, y se inclina hacia delante, apoyando los codos en las rodillas mientras hace bailar el líquido en su vaso.
—De acuerdo.
Elizabeth la mira y ve la decepción en sus ojos.
—Imagino que tuvo que ser duro pasar de estar en reportajes de alto nivel a esa columna de potingues.
—Es una puta mierda —suelta con una sinceridad brutal.
Elizabeth estira los labios y Danielle tiene que morder los suyos para que el dolor le corte la oleada de calor que ha sentido entre las piernas.
—¿Te suena la Fundación Prescott? —pregunta la empresaria, que siente algo parecido a un ataque de bondad.
—No, ¿qué es?
—Una organización sin ánimo de lucro dedicada a programas de reinserción para mujeres que salen de prisión —explica Elizabeth, cruzando una pierna sobre otra—. Recibe dinero público y exenciones fiscales.
—Vale, ¿qué pasa con ella?
—Averígualo tú.
A Danielle se le dilatan las fosas nasales y sus ojos comienzan a brillar mientras la invade esa sensación de emoción que tenía cuando perseguía noticias de verdad.
—Espera —dice, y hace una pausa porque necesita dar un trago—. ¿Me estás diciendo que hay algo que destapar ahí?
—Tú eres la periodista, cielo, no voy a hacerte todo el trabajo. —Elizabeth da el último sorbo y mira su vaso vacío.
Sin preguntar, Danielle se levanta, se dirige hacia el mueble de donde la ha visto sacar la botella y la coge, volviendo junto a Elizabeth para verter un chorro generoso en su vaso sin que se lo pida.
Elizabeth la mira desde abajo sin decir nada y Danielle experimenta un aleteo repentino por detrás de las costillas que no debería haber sentido.
—Gracias —dice la empresaria, y ella regresa para dejar la botella sintiendo una satisfacción extraña por haberla complacido.
Vuelve al sofá y apura su último trago antes de ponerse los zapatos, tan ansiosa por empezar a investigar esa fundación, que se le está dibujando una sonrisa.
—¿Te importa si me voy ya? Quiero decir, ¿puedo irme? —Danielle frunce el ceño al preguntar, desconcertada de sí misma.
—Mi casa no es una cárcel, la puerta siempre estará abierta si quieres salir —responde Elizabeth, disimulando la diversión que le produce.
—De acuerdo. —Danielle se pone de pie y se acerca a la entrada, donde ha dejado caer la mochila con el portátil en cuanto la mujer de pelo corto ha tirado de ella—. Gracias por la información —Danielle abre la puerta, pero antes de salir se gira hacia Elizabeth—, y por follarme.
La periodista cierra sin esperar respuesta y Elizabeth se queda donde está.
No sabe qué es lo que la ha llevado a querer follar con la periodista más allá de su atractivo.
Tiene una lista de razones: mantenerla controlada, asegurarse su lealtad o reforzar el vínculo para que haga lo que ella necesite, pero todas le parecen vacías porque lo que ha sentido hace un rato no tiene nada que ver con ese tipo de control.
El calor de Danielle deshaciéndose contra su boca, la forma en que le ha temblado el cuerpo entre las manos, su mirada retadora cuando la ha abofeteado y el deseo feroz que ella misma ha sentido al escucharla gemir.
Elizabeth sabe lo que es: conexión; no sabe de qué tipo porque hace tanto tiempo que no experimentaba esto que pensaba que ya no podía.
Se pasa una mano por el pelo y suelta un suspiro prolongado que le sale tembloroso.
Hubo un tiempo en que ella no era así, en que podía estar con una persona y decirle lo que sentía, reírse y quedarse tirada en la cama hablando durante horas con el cuerpo dolorido y magullado después de haber follado como salvajes, pero esa mujer lleva enterrada tantos años que a veces se pregunta si de verdad llegó a existir.
Estira las piernas sobre la mesa baja y se queda mirando su vaso mientras recuerda a Claire.