Capítulo 13 #2
Danielle suelta un grito potente que le sale de las entrañas porque la embestida es profunda y directa y su cuerpo está tan preparado para recibirla que la ola de placer que la ha golpeado ha sido tan potente que la ha asustado.
Elizabeth comienza a follarla con fuerza, sin pausa, con la rodilla apoyada en el cojín para darse impulso y la otra mano en la garganta de Danielle, no con la intención de privarla de aire —de momento— sino de que sepa que si quisiera, podría ahogarla ahora mismo.
—No cierres los ojos —ordena, y aprieta un poco más cuando Danielle intenta girar la cara—. Mírame, ni se te ocurra cerrarlos.
Danielle la mira. Tiene los ojos húmedos por esa mezcla de miedo, dolor y placer desbordante que la acompaña cuando está con esta mujer, y el cuerpo entero le tiembla con cada embestida porque hay algo en la mirada feroz de Elizabeth que la aterroriza y excita a partes iguales.
De repente, la empresaria saca los dedos y Danielle suelta un gemido lastimero de protesta que se corta cuando ve que se mueve y que su boca cae sobre su vientre y baja hacia abajo.
Le muerde la cadera y el interior del muslo dejándole la marca en la piel, y cuando por fin llega a su sexo, la devora con una agresividad que hace que Danielle le agarre el pelo corto con las manos y su cuerpo se tense por completo.
No es nada delicada; Elizabeth mueve su lengua de una manera tan precisa como brutal que en la mayoría de los cuerpos no es bien recibida y para Danielle parece ser algo que había estado esperando sin saberlo.
Se detiene para mirarla un momento y la penetra con dos dedos mientras vuelve a pegar su lengua.
Danielle siente cómo se le forma el orgasmo, un burbujeo imparable que le viene de lo más profundo y se arremolina en su vientre amenazando con arrasar con todo.
—¡Joder! —jadea, tirándole del pelo cuando ya no puede más.
Se corre soltando un grito ronco que se le entrecorta, con los dedos de los pies curvados y los mofletes llenos de aire que no tiene tiempo de expulsar.
Su cuerpo se sacude con unos espasmos brutales que la hacen encogerse mientras Elizabeth la sujeta con el brazo contra el colchón y no le saca los dedos hasta que ya no nota más temblores contra ellos.
Danielle todavía está temblando cuando Elizabeth la coge del brazo y tira de ella hacia el borde del sofá.
—Arrodíllate —ordena con la voz profunda y rasposa.
La periodista podría protestar, pedirle que le dé un minuto para recuperarse porque siente flojera en todo el cuerpo y tantas emociones juntas que podría desmayarse ahora mismo, pero por encima de todo eso siente una necesidad desconocida por obedecer y complacer a esta mujer que tiene su sexo palpitando de nuevo.
Se deja caer de rodillas sin miramientos y arquea la espalda con el pecho hacia delante y la cabeza levantada, ofrecida por completo a cualquier cosa que salga de la boca de Elizabeth.
La empresaria la mira fijamente mientras se desabrocha el pantalón y se lo baja junto a la ropa interior hasta salir de él sin quitarse los zapatos de tacón, y Danielle, sin esperarlo, tiene los ojos clavados en el sexo de la dueña de Obscena, húmedo e hinchado, y la excitación que siente al verlo la hace encoger los dedos de los pies.
Elizabeth da un paso para acercarse más, se abre de piernas lo suficiente y la coge por el pelo con fuerza, atrayéndola para enterrarle la boca en su sexo necesitado.
Danielle no puede pensar, solo abrir la boca y lamer con cierta torpeza al principio porque nunca había hecho esto, pero el sabor de Elizabeth parece ser un elixir que se desliza por su lengua, caliente y salado, y le produce una descarga que le baja por el cuerpo y le provoca temblor entre los muslos, y cuando escucha el primer jadeo bajo de la empresaria, se le enciende algo por dentro que aumenta su hambre.
Mueve la lengua guiada por la fuerza que Elizabeth ejerce sobre su pelo según lo que hace.
Empieza a analizar a la vez que la devora, anotando mentalmente los puntos o movimientos que la hacen tensarse o jadear, y los ataca sin piedad mientras Elizabeth echa las caderas hacia delante, pegándose con tanta ansiedad que no le preocupa que a veces no pueda respirar.
—Buena chica —murmura Elizabeth.
Danielle le agarra los muslos con más fuerza y sigue lamiendo con una intensidad que ya no sabe si lo hace para complacer a esta mujer o saciar su propia hambre de ella.
Elizabeth no tarda mucho y se corre con un espasmo seco y violento que la hace doblarse hacia delante y retorcer el agarre en su pelo mientras las nalgas le tiemblan bajo las manos apretadas de Danielle. Exhala un último gemido ronco, contenido, y la suelta dando un paso atrás.
La empresaria se queda quieta, observando los ojos verdes de Danielle, que la mira con la boca medio abierta y toda la cara mojada de su placer.
Por un momento, la mira y cree ver a otra persona, la única en toda su vida que fue capaz de complacerla como ella.
¿Es Danielle capaz de aguantar lo que le gusta?
Tiene toda la pinta y la sola idea de pensar en todo lo que puede hacer con ella la hace morderse la lengua con fuerza.
—Levántate —ordena Elizabeth, que recoge su ropa y comienza a vestirse.
Danielle necesita unos segundos para recuperar el control de su cuerpo y entender que la sesión acaba de terminar.
Se levanta con torpeza y al enderezarse se marea, tambaleándose hacia un lado antes de sentir el agarre firme de Elizabeth, que la sujeta por el brazo, pegándola a su cuerpo para estabilizarla.
—¿Estás bien? ¿Quieres agua?
Turbada por todo lo que experimenta todavía, asiente y se sienta al borde del sofá cuando Elizabeth la empuja para que lo haga.
La empresaria se aleja hacia la cocina y vuelve con un vaso de agua que deja sobre la mesa baja. Danielle se lo bebe en un par de tragos que parecen devolverle parte de la energía que ha perdido, y recoge su ropa para vestirse.
—¿Una copa? —pregunta Elizabeth, que está delante del mueble con una botella de whisky en la mano y un par de vasos entre los dedos de la otra.
—Sí, gracias —logra decir la periodista.
La empresaria se acerca con los dos vasos, le tiende uno y se sienta en un sillón. Danielle bebe un trago y deja que el whisky le queme la garganta y le baje por el estómago, despejándola del todo.