Obscena Capítulo 13
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Capítulo 13

Danielle lleva tres horas sentada en una de las mesas de la biblioteca de Obscena con el portátil abierto y dos vasos de café vacíos.

Ayer estaba en su casa después de volver del trabajo y el teléfono que Elizabeth le dio vibró sobre su mesa.

El corazón se le puso del revés y los dedos le temblaban antes de abrir el mensaje, imaginando que era su primer encargo, pero se desinfló cuando Elizabeth —muy escueta— le dijo que podía utilizar las instalaciones de Obscena, incluyendo la biblioteca, si es que lo deseaba.

Y Danielle lo desea con todas sus fuerzas. Vio esa impresionante habitación en su primera visita y la simple idea de sentarse allí para escribir sus ridículos artículos la hizo sentirse tan poderosa como todas las mujeres que son socias del club.

Y ahora está ahí, ha estado por la mañana en la redacción y después de comer no ha podido evitar venir aquí y sentarse en una de esas sillas acolchadas de la biblioteca, sentada de cara a los amplios ventanales que dejan a la vista todo el jardín frontal del edificio y el camino de acceso.

Termina el último párrafo de un artículo sobre infusiones que ayudan con la retención de líquidos que le ha costado la vida escribir, y lo envía al editor para que lo revise antes de aprobarlo.

Una vez hecho, se levanta de la silla y se estira.

El silencio aquí es absoluto, tan solo está ella y otra mujer que trabaja con su portátil en otra de las mesas, y le ha sorprendido lo cómoda que se ha sentido sin todo el ruido de la redacción de fondo.

Baja la escalera hasta la planta principal con la intención de servirse otro café de la jarra que la tal Sandra se ocupa de mantener llena mientras haya mujeres usando las instalaciones.

La curiosidad puede con ella y al ver que no hay nadie, camina hasta el pasillo del fondo donde prueba con el primer picaporte que encuentra: cerrado.

Por supuesto. Danielle sonríe, consciente de que, incluso las socias, tienen el acceso prohibido a ciertas partes del edificio por las que solo pasa Elizabeth o su asistente.

Lo prueba con una segunda puerta y le pasa lo mismo, y cuando se gira para volver y ve que hay una cámara, siente un tirón en el estómago ante la idea de que Elizabeth la vea y piense que está quebrantando la poca confianza que la dueña del club ha puesto en ella.

Vuelve a la biblioteca, abre una ventana nueva en su portátil y escribe todo lo que ha observado: las puertas restringidas, las cámaras, que apenas hay personal y el horario en concreto para dejar constancia de que un día cualquiera por la tarde no hay mucha gente.

Tampoco le sorprende, todas las mujeres que vienen aquí son importantes, con empresas que dirigir y agendas apretadas, no periodistas caídas en el olvido que escriben columnas aburridas para el único periódico que le dio una oportunidad después del desastre.

Cierra su portátil y lo guarda, dispuesta a marcharse cuando al girarse ve un coche que se acerca por la grava. Se queda pegada al cristal, intrigada, y la boca se le seca cuando se detiene en la puerta y del vehículo baja Elizabeth Kensington.

A Danielle se le seca la garganta, ha estado toda la tarde pensando que esta mujer estaba en el edificio, olvidando por completo que es una empresaria que también tiene que ocuparse de su empresa.

El corazón se le acelera ante la idea de verla otra vez y su entrepierna se humedece como si esa fuera una reacción automática en su presencia, pero la periodista se desinfla cuando ve que la líder de Obscena en lugar de dirigirse a la entrada, se desvía hacia el lateral del edificio.

Danielle ni siquiera se lo piensa, coge sus cosas y corre por las escaleras sin saber siquiera qué va a decirle si se la encuentra.

Cuando sale del edificio, casi jadea de alivio cuando la ve caminando unos treinta metros por delante de ella por un sendero de grava en el que no se había fijado hasta ahora.

El camino bordea los jardines y sube con una ligera pendiente entre los árboles de ambos lados.

Danielle camina con el pulso martillándole las sienes y las manos cerradas en dos puños.

Pasa por delante de un invernadero hasta que, de repente, aparece una casa de piedra que ella no había visto.

Es más pequeña que el edificio principal, pero con la misma estética y el tejado de pizarra.

—Joder… —susurra para sí cuando concluye que tiene que ser su casa, que Elizabeth vive aquí.

Sabe que debería detenerse, darse la vuelta y volver al edificio principal, pero Danielle no lo hace, y no es solo su curiosidad innata lo que la empuja a seguir caminando, sino una especie de hilo fino y transparente que siente que la conecta a esta mujer de algún modo que todavía no puede definir.

Elizabeth sube los escalones de su porche y abre la puerta, y cuando Danielle cree que desaparecerá al otro lado, la empresaria se gira de golpe.

El movimiento es tan brusco que Danielle tarda unos segundos en frenar su avance y darse cuenta de que los ojos azules grisáceos de Elizabeth están sobre ella.

Este sería un buen momento para que Danielle se hiciera la despistada y se diera la vuelta, pero sus pies se mueven otra vez y la llevan al único sitio que le parece posible ahora mismo: Elizabeth Kensington.

La misma mujer que la folló sin compasión y dos minutos después la abofeteó.

Llega al porche y sube los escalones despacio mientras la empresaria la observa con expresión pétrea.

—Hola —dice Danielle, y cuando apenas la separa un metro de Elizabeth, esta estira un brazo, la coge por el cuello de la camisa y da un tirón brusco hacia el interior de su casa.

Elizabeth cierra la puerta con el pie y empuja a Danielle hasta pegarle la espalda a la pared.

La periodista suelta el aire de golpe cuando siente el impacto fuerte de la superficie y su sexo se sacude con un espasmo violento cuando Elizabeth da un tirón de la camisa y le hace saltar la mitad de los botones.

Abre la boca para decir algo porque no sabe si debe dar una explicación sobre su osadía al venir aquí, pero antes de que pueda pensar una sola palabra, Elizabeth le coge la mandíbula con fuerza y le gira la cara para dejarle el cuello expuesto.

—No vuelvas a venir aquí sin permiso —dice, y le clava los dientes justo debajo de la oreja. Danielle gime con tanta fuerza que siente vergüenza de sí misma, porque debería haberse quejado del dolor y, sin embargo, el placer entre sus piernas le ha pasado por encima y casi la ha hecho correrse.

Elizabeth le termina de sacar la camisa de los pantalones y se la arranca tirando de las mangas hacia atrás, inmovilizándole los brazos un momento mientras mira su torso con el hambre de una depredadora.

Le coge el pelo cerrando el puño con fuerza y le echa la cabeza hacia atrás con un tirón seco.

—¿Me estabas buscando? —pregunta con la boca pegada a su cuello, rozándola con los dientes.

Danielle está temblando.

—Sí.

—¿Por qué?

—Yo, n-no, no sé…

Elizabeth se separa y le cruza la cara con otro bofetón. Este no es tan fuerte como el de la otra vez, pero le manda la misma pulsión enfermiza entre las piernas y la obliga a cerrarlas para calmar la necesidad mientras mueve la cabeza para mirar a la mujer.

—Te dije que no podías mentirme —escupe Elizabeth, cogiéndola del pelo de nuevo—. Te lo repito una última vez, ¿por qué me buscas?

—Porque quiero que me folles otra vez —confiesa Danielle.

Elizabeth siente una sacudida por todo el cuerpo, le suelta el pelo y la coge de una mano para llevarla hacia el sofá.

Danielle tropieza porque las piernas le flaquean por el temblor que tiene en ellas, pero Elizabeth sigue tirando hasta que la tiene justo delante y la empuja.

Danielle se deja caer y su cuerpo rebota ligeramente sobre el sofá, y antes de que pueda moverse, Elizabeth le desabrocha los pantalones y se los baja de un tirón.

Le separa las piernas colocándose entre ellas y le recorre el interior del muslo con las uñas, sin suavidad, arañándola a su paso y dejando unas marcas rojas por toda la zona desde la rodilla hasta la ingle.

A Danielle se le contrae el sexo y jadea con fuerza cuando la dueña de Obscena repite el gesto en la otra pierna, ejerciendo más presión que en la anterior, que arranca un sonido gutural de la garganta de Danielle que la deja temblando.

—Así me gusta —murmura Elizabeth, y le arranca las bragas con un tirón seco que le hace una rozadura en la cadera.

Danielle debería quejarse, decirle que le hace daño y que ella no ha follado nunca de forma tan brusca ni con alguien tan sumamente dominante, pero no piensa abrir la boca porque resulta que, para su sorpresa, ese dolor le gusta, le produce un placer extraño que siempre acaba en el mismo sitio de su cuerpo, como si cada descarga de dolor alimentara su deseo y derritiera su coño para esta mujer, deseando que le haga más daño para seguir sintiendo ese placer exquisito que se está convirtiendo en una especie de círculo vicioso.

La empresaria se inclina sobre ella, le coge los dos pechos por encima del sujetador y aprieta con fuerza mientras le deja la marca de los dientes en la clavícula.

Danielle se arquea contra su boca y le agarra los hombros clavándole las uñas sin control, a lo que Elizabeth responde con un gruñido placentero y otro mordisco que le tensa todo el cuerpo.

Le sube el sujetador sin quitárselo y le pellizca un pezón entre los dedos mientras baja la otra mano hacia sus piernas. Cuando la toca, se muerde el labio y suelta una risa corta y grave que a Danielle le eriza la piel de los brazos.

—Estás empapada —dice, y la penetra con dos dedos sin avisar.