Capítulo 12
Danielle está sentada en el medio de su apartamento, no en el sofá, ni en una silla, sino en el suelo.
Tiene la mirada fija en la pared del fondo sin apenas parpadear y está en el mismo estado desde que se despertó esa mañana porque sí, Danielle ha dormido larga y plácidamente después de que una mujer la follara sin piedad en el baño de un club y luego le quitara la careta de Grace Weston con un buen bofetón de por medio.
No lo comprende; cualquiera en su lugar no hubiera pegado ojo, estaría nerviosa, aterrada, y ella, simplemente está…
relajada. Por supuesto hay un leve e impertinente sonido molesto que le traquetea detrás del cerebro porque le recuerda que ahora trabaja para Obscena, no con, sino para esa secta poderosa liderada por Elizabeth Kensington de quien no se fía ni un pelo.
Exhala una sonrisa completa cuando recuerda que si hace las cosas bien, la rubia le contará qué hay de verdad detrás de ese sitio.
Las manos le cosquillean y una Danielle oscura emerge de su pecho, ¿qué estaría dispuesta a hacer por esa información?
¿Acaso mataría a alguien? Pensarlo le aterra porque en su mente no hay más que silencio, como si la respuesta se quedara colgando de un «depende».
El teléfono suena en la cocina y tuerce el gesto con fastidio. Hoy tiene la mañana libre y si la llamada es del periódico, no va a contestar.
La pantalla le devuelve el nombre de su hermana y ella siente una súbita tranquilidad que la hace suspirar.
—Dani, ¿estás bien? —La voz de Layla suena nerviosa y enseguida Danielle se pone en alerta.
—Sí, sí, estoy bien —lo dice con firmeza, aunque su voz, en el fondo, flaquea—. ¿Tú qué tal?
Layla suelta un bufido largo, su hermana sigue siendo la misma mujer de siempre que pasa por los peligros como si paseara por una playa del Caribe.
—Danielle, tenías que avisarme de que habías vuelto a casa —el tono de sobreprotección no pasa desapercibido—. Ese fue el trato, que me avisabas cuando ibas a ese sitio —lo susurra como si fuera un pecado—, y anoche lo hiciste.
Danielle se apunta mentalmente crear un recordatorio en su móvil para avisarle de que tiene que dar señales de vida a su hermana.
—Sí, perdona, es que he tenido mucho trabajo —mentira—, y anoche llegué pronto —otra mentira—, y caí muerta en la cama —la única verdad dicha en esa frase.
—Vale, bien —resopla Layla—. ¿Todo correcto, entonces?
Danielle va a abrir la boca, pero de un instante a otro la duda se instala en su garganta, cerrándole el paso a las palabras.
¿Y si su móvil está pinchado? No, qué va, está siendo paranoica.
Entrecierra los ojos un segundo porque esa gente parece siempre ir un paso por delante y toda precaución es necesaria.
—¿Qué tal si comemos juntas? —Danielle entra a su habitación y abre el armario—. Tengo la mañana libre y puedo pasarme por tu casa, después me iré al periódico.
George se escucha de fondo en medio de un entrenamiento potente de pulmones y Layla intentando calmarlo con palabras dulces.
—Nos vemos en un rato.
Layla cuelga la llamada y Danielle se apresura eligiendo la ropa que va a ponerse ese día. Se desnuda y cuando tira el pijama al cesto de la ropa sucia, nota en el espejo algo en el lateral de su cuello que ayer no tenía. Se acerca y se estira la piel con los dedos mientras afina la mirada.
—¿Qué coño…?
Tiene un moratón circular que todavía es verde, pero no pasará mucho tiempo antes de que se ponga de un color oscuro.
Pasa la yema de su dedo índice por encima y, como si fuera un botón que la lleva directamente al momento en que ocurrió, Danielle recuerda el instante en que Elizabeth Kensington la cogió por el cuello y le aplastó la cara contra el espejo.
El jadeo que sale de su boca la sobresalta, pero nada la deja tan sorprendida como lo que hace a continuación.
El mismo dedo que ya tocaba su piel hace presión, hundiéndose en la zona dolorida, al principio, con poca fuerza.
Siente el tirón de inmediato, uno que está atado por una cuerda larga que va desde ese círculo verdoso hasta su sexo.
Cierra los ojos y hunde con más fuerza hasta que siente una vibración que le seca la garganta, así que baja su mano libre y, mientras se obliga a mirarse al espejo, empieza a masturbarse.
No es exactamente lo mismo, pero joder, está tan mojada que no duda en meterse dos dedos sin titubear.
—Joder —sisea y aprieta con más fuerza la piel de su cuello.
No se reconoce, no es la mujer que suele disfrutar de un encuentro sexual tranquilo con un hombre guapo de pene hábil, pero confiesa que no se había sentido tan exultante jamás en su vida.
Elizabeth atraviesa su mente, y los dedos de Danielle no son propios, son de la rubia que la tiene a su merced.
Se muerde los labios intentando contener la ola que viene a arrasarla aunque lo que consigue es el efecto contrario.
Se dobla sobre sí misma mientras las embestidas de una mano que no se cansa acaban con su cordura y la poca paz mental que le quedaba.
Apoya la espalda en la pared y se deja caer despacio al suelo. Tiene la respiración agitada y necesita separar los labios para que el aire entre con más prisa.
—¿Qué está pasando? —pregunta a la nada, desconcertada.
Danielle no es una mojigata, es una persona de carne y hueso capaz de sucumbir a los placeres aunque sean completamente desconocidos para ella.
El problema es todo lo que hay alrededor: la oscuridad, el dolor mezclado con éxtasis y en medio de todo eso unos ojos azules que lo controlan todo. Incluso a ella.
● ● ●
Danielle llega a casa de Layla con una caja en la mano bien envuelta. Se siente culpable por no prestar atención a las preocupaciones de su hermana y cuando eso pasa, ella tiene que compensarlo de alguna manera.
Se abre la puerta, Layla la mira primero a ella y luego a la caja. Entrecierra los ojos y niega con la cabeza. Lo sabe y, sin embargo, sonríe.
—Anda, ven aquí. —Le da un abrazo de hermana mayor y le arranca la caja de las manos—. No hagas ruido, George se ha quedado dormido y lo he subido a su habitación.
Danielle recibe el pequeño monitor de bebé que le entrega Layla porque al parecer la necesidad de tener las manos libres y abrir la caja es de una importancia casi vital.
—¡Ay, Dios! —Layla suelta un jadeo excesivo que hace que Danielle arrugue la nariz. Después se lleva a la boca un pastelito de queso crema y guayaba acompañado de sonidos más perturbadores.
—Córtate un poco, ¿no? —Danielle pasa por su lado y huye hacia la cocina. Layla aparece tras ella.
—Amo esta panadería. —Pone la caja sobre la encimera y analiza su contenido con las manos puestas en la cintura—. Uy, merenguitos.
Danielle pone los ojos en blanco ante la horrible imitación de acento que hace su hermana.
Pipo Bakery es una cafetería cubana que lleva treinta años abierta en el mismo sitio.
Ha sobrevivido a todas las crisis económicas, al vandalismo y al odio racial que han sufrido muchos comercios en Nueva York.
Layla la descubrió hace una década y no hay nada que la haga dar su brazo a torcer como un postre de ese sitio.
—Gracias. —Layla le da un beso en la mejilla a su hermana aunque no evita soltar algo de veneno—. Pero sigo enfadada porque apenas he pegado ojo en toda la noche.
No como ella, claro está, piensa Danielle.
—Lo siento —levanta las manos y vuelve a disculparse—, te prometo que no volverá a pasar.
La mayor de las dos asiente, no demasiado convencida, porque bien recuerda cómo Danielle se olvidaba —durante días— de avisar que seguía respirando después de aparecer en su casa diciendo que iba a infiltrarse en algún barrio peligroso.
Así es su hermana cuando algo se le mete en la cabeza y ella sabe muy bien la obsesión que tiene con ese dichoso club. O al menos, tiene una idea.
—¿Has visto algo que te pueda servir para lo que estás investigando? —Layla se sienta en el taburete frente a su hermana y ajusta el monitor a su lado para tener vigilado a George.
Danielle tuvo todo el camino desde su casa hasta la de su hermana para pensar qué iba a contarle. No quiere involucrarla demasiado en esto, no se perdonaría jamás que le ocurriera algo por su culpa.
«Seguirás trabajando en el periódico, cobrando tu sueldo y visitando a tu hermana Layla y al pequeño George».
Un estremecimiento involuntario se apodera de ella al recordar las palabras de Elizabeth dichas con cuidado, pero con una clara amenaza peligrosa.
—Aún no lo sé —comienza la periodista—, de momento todo lo que he visto es normal. Mujeres socializando y divirtiéndose. Poco más. Así que ahora mismo no tengo nada de donde tirar.
Layla hace ese discreto movimiento con el entrecejo que dice que no le cree del todo.
—¿Has podido volver a hablar con esa mujer? —La pregunta hace que Danielle dé un respingo exagerado sobre la silla—. Me refiero a la dueña.
Su mano va directa a la nuca, los nervios se apoderan de ella, pero el gesto empieza a perder sentido en el momento en que se da cuenta de que la marca de la empresaria ha destruido lo que a ella le tranquilizaba.
—Sí, bueno… sí. —Un balbuceo flojo escapa de su boca.
Layla ladea la cabeza como lo hacía Rusty —el perro de su infancia— cuando no entendía algo. Danielle suspira, si no habla esto con alguien, va a explotar.
—Creo que ha sido más que eso. —Danielle se remueve buscando palabras que no sean como ese club, obscenas—. Tuve un encuentro más cercano con ella.
—¿Tuviste una discusión con esa mujer? —pregunta la inocente Layla y Danielle quiere reír, pero no es el momento.
—Tuvimos sexo —deja caer como una piedra y no dice nada más.
Primero su hermana se ríe y mueve la mano como diciendo «qué graciosa eres, Dani», después la mira a la cara y cuando comprende que no se trata de una broma, abre mucho los ojos.
—¿Me lo dices en serio? —Danielle lo confirma con un movimiento de cabeza—. Pero ¿desde cuándo te acuestas con mujeres?
La periodista se tapa la cara, avergonzada, mientras se arrepiente de haber hablado.
—No, no. —Layla le aparta las manos—. Ahora me lo cuentas.
—No sé, todo ocurrió muy deprisa —Danielle piensa dejarse fuera los detalles insignificantes como la rudeza del encuentro, el bofetón posterior, las amenazas y que ahora es una topo del club—.
No la había visto en toda la noche, de repente apareció y…
pasó. Y nunca me había acostado antes con una…
ya sabes —se pasa la mano por la frente—. Fue mi primera vez.
Layla tiene una expresión indescifrable.
—Vaya…
Es lo único que contesta la pobre mujer y las dos se quedan calladas durante un instante, pero si Danielle es periodista, Layla es la cotilla de la familia.
—¿Es tan satisfactorio como dicen? —lo pregunta desviando la mirada y con las mejillas sonrosadas.
Preguntarle algo así a una hermana no es tan divertido como a una amiga, pero Layla no tiene una vida social demasiado apasionada y desde luego no ve a sus amistades montándoselo con otra mujer.
—Fue increíble, eso te lo puedo asegurar —Danielle lo dice con la misma convicción con la que firmaba sus exitosas investigaciones en el pasado—. Te prometo que no he sentido nada igual. Nunca.
Los ojos muy abiertos de la mayor de las Sutton solo le dicen a Danielle que su vida sexual es tan aburrida como escasa y que, si tuviera la oportunidad, ella también probaría.
—¿Entonces, ahora eres…? —Gesticula con las manos y lo único que le ha hecho falta es escenificar una tijera con los dedos.
Danielle niega con seguridad, no puede ponerse la etiqueta de lesbiana cuando solo ha estado con una mujer de esa manera fugaz mientras lleva acostándose con hombres desde que perdió la virginidad con Tim Anderson a los diecisiete.
—De momento solo soy una mujer que ha descubierto algo fascinante. Las etiquetas quizás vengan luego.
Y entonces, Layla con una sonrisa de labios torcidos, lanza la pregunta que hace que el suelo de Danielle se mueva con la fuerza de un terremoto.
—Quieres volver a acostarte con ella, ¿verdad?