Capítulo 11
Danielle nota el frío del suelo contra las palmas de las manos y el escozor en la cara, que le sube desde la mejilla hasta la sien, acompañado de un calor que le late con cada pulsación del corazón mientras los ojos se le llenan de lágrimas.
Elizabeth la sigue mirando y la periodista la observa desde abajo con la boca abierta y el cuerpo paralizado porque su cerebro está tratando de poner orden en todo lo que ha pasado esta noche y el resultado la hace sentirse mareada.
Hace apenas un par de horas estaba en la esquina del salón de Obscena con una copa de vino, buscando a esta mujer con la errónea sensación de tener el control de la situación.
Después, estaba en un baño con el cuerpo de Elizabeth pegado a su espalda, sus dedos dentro de ella y un orgasmo que le ha volado la cabeza y que todavía siente por los muslos porque la humedad sigue ahí, entre sus piernas, recordándole lo que acaba de hacer con una mujer cuando jamás se había sentido atraída por una.
Y ahora está en el suelo de su despacho con la cara ardiendo y la sensación de que algo va muy mal.
—Estoy esperando —sisea Elizabeth, que sigue apoyada contra su mesa mientras la observa con esos ojos azulados convertidos en dos bloques de hielo.
La periodista intenta levantarse, pero las piernas le tiemblan y las manos sudorosas por los nervios le resbalan por el suelo pulido, así que, tras intentar moverse, se queda de rodillas mientras intenta buscar una salida, una mentira que sea creíble y la saque de este lío en el que ella sola se ha metido, pero la cara le arde y el miedo le ha bloqueado la parte del cerebro que le suele funcionar mejor bajo presión.
Lo que siente ahora mismo es puro terror.
Danielle ha escuchado muchas cosas sobre Obscena durante los meses que lleva investigando.
Ha oído comentarios sobre gente que desaparece, hombres que de un día para otro lo pierden todo como si hubiera una especie de poder invisible que se mueve por debajo de la ciudad sin dejar una sola huella.
Recuerda las palabras de advertencia de Layla y la sacude un escalofrío; debió haberle hecho caso a su hermana y haber buscado otra cosa que investigar, pero su ego no se lo permitió y ahora van a matarla.
Van a hacerla desaparecer como si nunca hubiera existido y nadie sabrá dónde buscar, ni siquiera Layla, que es la única que sabe que está aquí.
Las lágrimas empiezan a resbalar por sus mejillas sin que pueda evitarlo y de repente le sale un sollozo explosivo que hace que le duela el pecho. No es un llanto de dolor, es un llanto de puro pánico y desesperación, porque se siente acorralada y sabe que no tiene escapatoria.
—Por favor. —La voz le sale rota y débil, temblorosa, y se odia a sí misma porque no tiene nada que ver con ella, que era capaz de meterse en el Bronx persiguiendo un reportaje sin que le temblara el pulso—. No me hagas nada.
Elizabeth no dice nada, la sigue observando desde arriba con una expresión pétrea que Danielle no puede ver del todo porque las lágrimas hacen que la vea difusa.
—Me llamo Danielle —dice al fin, porque sabe que otra mentira solo le restará posibilidades de salir de aquí respirando—. Danielle Sutton, soy periodista. Grace Weston no existe, es una identidad falsa que compré para poder entrar aquí.
Se limpia la cara con el dorso de la mano, pero las lágrimas le siguen cayendo en cascada, imparables, y la nariz le empieza a gotear como si fuera una niña llorona y disgustada, lo que la hace sentirse todavía más pequeña y humillada teniendo en cuenta que sigue de rodillas frente a una mujer que no mueve ni un músculo.
—Solo quería investigar un poco —la voz se le rompe otra vez y tiene que carraspear—. Lo que se dice sobre Obscena es muy confuso, hay demasiada información contradictoria y yo solo quería saber la verdad, eso es todo, te lo juro.
Levanta las manos como si eso pudiera servirle de algo, pero cuando ve el temblor de sus dedos, las baja de inmediato, frustrada.
—Déjame irme —otro sollozo la atraviesa y la hace hipar—. Déjame salir de aquí y te prometo que no contaré nada, que no escribiré ningún artículo y me olvidaré de que Obscena existe.
A Elizabeth se le endurece el estómago cuando escucha la última frase y tiene que apretar los dientes para no soltar una carcajada porque, por mucho que le gustaría que esta mujer sufriera un poco más por haber tenido la osadía de pensar que la había engañado y entrar en su casa con una identidad falsa, la imagen de Danielle de rodillas suplicando que no la mate le produce una mezcla de excitación y ternura.
No piensa hacerle nada, por supuesto. Elizabeth Kensington no mata a periodistas; ha hecho muchas cosas que la gente consideraría reprochables, pero acabar con la vida de alguien no es una de ellas, al menos con sus propias manos.
En cualquier caso, no podría hacerlo con una mujer que hace unos minutos estaba temblando de placer entre sus brazos, pero eso Danielle no lo sabe y su miedo es precisamente lo que necesita ahora mismo para conseguir lo que quiere.
—¿Qué es lo que no vas a contar, Danielle? —Se permite regodearse unos segundos—. ¿Que me has tomado por estúpida o que te has corrido en las manos de tu verdugo?
Danielle jadea cuando su cuerpo se sacude en un espasmo.
No se entiende, está aquí con una mujer que podría matarla y ahora solo puede pensar en ese maldito baño, en Elizabeth follándola con su cara aplastada en el espejo y esa mujer mirando cómo la poseía mientras ella se deshacía de un modo que todavía no entiende.
—Nada —logra responder.
Elizabeth coge una carpeta y saca una hoja.
—Danielle Sutton. —Empieza a leer con una calma que contrasta con el histerismo de Danielle—. Periodista de investigación, treinta y cinco años. Vives en Brooklyn y trabajas en The Empire Chronicle escribiendo una columna sobre salud y bienestar. ¿Quieres que siga?
La periodista levanta la mirada de golpe, boquiabierta, y la mira con los ojos enrojecidos y desorbitados por la sorpresa.
—Antes eras respetada hasta que un tal Christopher Martin te jodió la carrera y todo se fue a la mierda.
—Elizabeth baja la hoja y se pasa una mano por el pelo corto—.
Llevas meses investigando mi club, intentando colarte con unos perfiles ridículos aunque debo reconocer que el de Grace estaba bien elaborado.
Danielle siente que el estómago se le retuerce y la sangre le desaparece de la cara cuando es consciente de que jamás tuvo ninguna oportunidad, de que cuando aprobaron su solicitud, Elizabeth ya sabía quién era, lo que no entiende es por qué la dejó entrar.
—Lo sabías —susurra Danielle.
—Desde el primer día —confirma Elizabeth, apartándose de la mesa para caminar hasta el otro lado del despacho, donde tiene una mesita con una jarra de agua.
Se sirve un vaso, bebe un par de tragos y se gira hacia la periodista sin ofrecerle nada—.
El único motivo por el que estás aquí es porque puedes serme útil.
—¿Útil? —Danielle frunce el ceño y se seca las mejillas.
Elizabeth la observa unos segundos, da otro trago y deja el vaso sobre la mesa.
—Levántate.
No parece una sugerencia, así que Danielle obedece. Le cuesta ponerse en pie y por un momento teme marearse o que las piernas se le doblen para humillarla un poco más, pero se agarra al respaldo de la silla y al final lo logra.
—Te voy a dar una oportunidad —dice Elizabeth, apoyando el trasero en esa mesa—. Si la aprovechas, te prometo que saldrás de aquí con la cabeza sobre los hombros.
A Danielle se le seca la boca y la recorre un escalofrío que le tensa la espalda.
—¿Qué tipo de oportunidad? —se atreve a preguntar, con la garganta tan cerrada que las palabras le salen muy bajas.
—Vas a trabajar para mí.
Los ojos verdes de Danielle se abren de golpe. Trabajar para ella. Las imágenes que se le pasan por la cabeza no pueden ser peores y todo lo que imagina es entre terrible y despreciable. ¿Qué le pedirá? ¿Que haga desaparecer pruebas? ¿Un cadáver? O peor, ¿que mate a alguien?
—No —es la primera palabra que le sale con firmeza desde que ha entrado en este despacho—. Es decir, no puedo, por favor, no me pidas eso. Yo no puedo hacer ese tipo de cosas…
—Para —la corta Elizabeth, y se aleja de la mesa para caminar hasta ella. Danielle retrocede hasta que su culo toca el respaldo de la silla—. Escúchame primero y deja de imaginarte cosas.
La empresaria se acerca hasta quedar delante de ella y Danielle se obliga a no moverse y mantener el tipo a pesar de que el cuerpo entero le tiembla y a estas alturas ya no sabe si es por miedo o por otra cosa en la que prefiere no pensar ahora.
—Tu vida va a seguir siendo exactamente igual que hasta ahora.
Te vas a ir a tu casa, mañana te levantarás y volverás a tu cubículo a escribir sobre triglicéridos o colesterol —Danielle traga saliva—.
Seguirás trabajando en el periódico, cobrando tu sueldo y visitando a tu hermana Layla y al pequeño George.
Escuchar el nombre de su hermana y su sobrino en la boca de Elizabeth le provoca un temblor en el pecho que le corta la respiración.
—No hagas…
—Cállate —la corta de nuevo—. De vez en cuando, te pediré cosas.
Nada que no puedas hacer desde tu puesto ni que te obligue a salir de tu vida normal.
Publicarás lo que yo te diga cuando te lo diga, investigarás lo que te pida desde tu periódico y cuando te haga una pregunta, me contestarás con la verdad.
Es bastante sencillo, y creo que muy razonable dadas las circunstancias.
Danielle la mira mientras intenta procesar lo que está escuchando porque sin duda no se parece en nada a lo que ella había imaginado. No le está pidiendo que mate a nadie ni que se convierta en una criminal, le está pidiendo que sea su infiltrada en un medio de comunicación.
—¿Y qué pasa si me niego? —pregunta, con más serenidad.
Elizabeth ladea la cabeza y da otro paso hacia ella que la deja a muy pocos centímetros de su cara, mirándola con una expresión que hace que a Danielle se le enfríe la nuca.
—No te conviene, cielo —dice, y Danielle siente dos cosas en ese momento: la primera es que no tiene otra opción, la segunda que tiene un problema muy serio con esta mujer a la que teme y desea a partes iguales, porque su sexo ha palpitado furioso y su entrepierna se ha deshecho de humedad.
Se quedan en silencio un momento y Danielle se lleva la mano a la cara donde ha recibido el bofetón. Todavía le pica y le late el corazón en la mejilla, pero es un dolor placentero que no debería estar sintiendo.
—¿Y qué gano yo haciendo eso? —Se atreve a preguntar.
Elizabeth aprieta la mandíbula.
—¿Seguir respirando te parece poco?
La boca de Danielle se abre y la empresaria la escucha contener el aliento.
Se cruza de brazos otra vez y se pasa la lengua por los labios antes de esconderla y mordérselos por dentro.
Follarla en ese baño le ha producido una satisfacción que hacía muchos años que no experimentaba, y eso la hace sentirse generosa.
—Pero como hoy tengo un buen día —añade, y Danielle solo puede mirarle la boca en ese momento—, sí que te voy a dar algo a cambio. Si haces lo que te pido, si me demuestras que puedo confiar en ti, al final te contaré cómo funciona Obscena para que sacies tu curiosidad de una vez.
La afirmación de Elizabeth despierta ese instinto suyo periodístico imposible de detener.
Las aletas de la nariz se le expanden, las lágrimas desaparecen del todo e incluso el picor de su mejilla le parece ahora una caricia.
Va a hablarle de Obscena. Si no le está mintiendo, podrá hacer todas las preguntas que tiene en la cabeza y la mismísima dueña de este lugar objeto de su obsesión se las va a responder.
—¿Sin ocultar nada? —pregunta, todavía impresionada.
—Sin ocultar nada.
Danielle se pasa la mano por la nuca y se le escapa una sonrisa corta, algo parecido a una exhalación de incredulidad.
—De acuerdo, acepto —dice muy segura, sin rastro de temblor en la voz, aunque lo sigue teniendo en la entrepierna.
—Bien.
Elizabeth camina hacia el otro lado de su mesa, abre un cajón, saca un teléfono y lo deja sobre la superficie.
—Esto es para ti, solo yo tengo este número. Cuando te llame, contestas. Si te escribo, respondes.
Danielle estira el brazo para cogerlo y cuando ya lo tiene debajo, la mano de Elizabeth cae sobre la suya, sobresaltándola.
—Mírame —exige en un susurro que de nuevo transporta a la periodista al momento del baño. Levanta la mirada muy despacio y sus ojos conectan con los de Elizabeth—. Si vuelves a mentirme, lo que ha pasado esta noche te va a parecer un paseo por el campo. ¿Entendido?
—Sí —afirma Danielle.
Elizabeth asiente y aparta la mano, después se sienta en la silla, abre el portátil y deja de mirarla.
—Puedes irte. Sandra está fuera, te acompañará a la salida. Y Danielle —la periodista se queda congelada cuando escucha su nombre en boca de esta mujer, sexy, así es como le suena—. Ni se te ocurra hablar de esto con nadie.
—No lo haré.
Por supuesto que no. Tiene la oportunidad de descubrir lo que hace Elizabeth en este sitio con todas esas mujeres poderosas, ni por todo el oro del mundo joderá esto.
Cruza el despacho y cuando abre se encuentra a la mujer que ya ha visto otras veces.
—Vamos —dice Sandra sin apenas mirarla, y la acompaña por los pasillos hasta el salón principal.
Danielle no puede quedarse aquí, lo que necesita es volver a su casa, darse una ducha que le despeje la mente y con suerte conseguir dormirse. Sale al exterior con el cuerpo todavía tembloroso, y cuando el aire le da en la cara, suelta un suspiro profundo acompañado de una risa histérica.