Capítulo 10 #2
—No, pero ha entrado al baño de atrás. —Sandra ha estado siempre abajo y muy cerca de ella—. Me ha visto salir del pasillo y en cuanto ha podido se ha metido. Ha intentado entrar a las habitaciones.
Elizabeth aprieta el móvil con tanta fuerza que se hace daño en la oreja.
—Voy a bajar a buscarla —sisea mientras abre la puerta y cuelga la llamada.
Se mueve con agilidad hasta que llega a una puerta que se abre cuando ella introduce un código. No hay nada allí salvo una escalera que la lleva justo hacia la zona en la que está el baño donde Danielle se encuentra.
Elizabeth mueve los hombros justo antes de acceder, necesita calmarse porque, si no, la periodista saldrá muy mal parada de esto.
Cuando pone un pie dentro, la ve de espaldas, el grifo está abierto mientras se está lavando las manos.
Luego lo cierra, coge una de las toallas individuales para secárselas y, cuando va a tirarla al cesto, sus ojos conectan con los de Elizabeth.
Danielle da un respingo porque una corriente ha decidido recorrerla desde los pies y se ha quedado en su vientre haciéndole cosquillas mientras el azul grisáceo de la mujer detrás de ella se va oscureciendo.
Ninguna de las dos dice nada, ni tampoco apartan la mirada, ni siquiera cuando Elizabeth da varios pasos y queda casi pegada a la espalda.
La dueña de Obscena ladea la cabeza y luego baja la mirada para que sin ningún tipo de pudor la clave en el escote que Danielle luce esa noche.
La periodista separa los labios, un suave gemido que ella no controla escapa de su garganta y su cuerpo se mueve de forma automática, haciendo que su trasero quede encajado contra el sexo de Elizabeth.
—Vaya —murmura la empresaria, y mueve un poco sus caderas hacia adelante.
El rostro de Danielle se contrae y otro gemido se hace audible. Es lo que Elizabeth necesita para seguir adelante porque, desde que ha entrado al baño y la ha visto con ese gesto inocente de sorpresa, el fuego ha explotado en su interior.
Levanta la mano, con un dedo le toca la mandíbula para que gire el cuello y, cuando la tiene en la posición que quiere, le empuja la cabeza con fuerza contra el espejo frente a ella.
Danielle siente la presión en su cara, el escozor en la piel por el impacto y cómo la otra mano de Elizabeth le acaricia el trasero con ímpetu.
Debería empujarla, salir de ese baño y de las garras de una mujer que la está tocando sin que ella se lo haya pedido, pero hay una llama que se ha encendido en su pecho, una que jamás había sentido y no sabe identificar.
Es excitación mezclada con calma, como si esto fuera lo que de repente necesita su cuerpo, que alguien la dirija y no le dé opción a tomar ninguna decisión.
Elizabeth le sube el vestido y tiene que contenerse para no arrancarle el tanga de encaje negro que lleva puesto.
Tiene un culo increíble, lo suficientemente blanco como para que se lo deje amoratado.
Le pasa dos dedos por encima de la tela justo sobre su abertura y nota una humedad caliente que va creciendo.
—¿Hace cuánto deseas esto? —Elizabeth frota sus dedos suavemente por el mismo lugar.
Danielle está perdida en las caricias, en todo lo que está sintiendo, y no es capaz de contestar. La empresaria enreda la mano en su cabello y tira de él.
—Contesta. —Aprieta con más fuerza—. ¿Desde cuándo piensas en mí?
—No… no lo sé —balbucea la chica. No siente dolor, no siente humillación, siente un placer que la está devorando.
—Haz memoria, cielo. —Frena el movimiento de sus dedos, aparta el tanga y la penetra—. Porque para estar así de abierta, tienes que haberlo deseado desde hace mucho.
Elizabeth mueve sus dedos con una fuerza medida y una profundidad que hace que Danielle se enderece. La periodista jadea con los labios separados y los ojos húmedos.
—Mírate. —La empresaria tira de su melena y le endereza la cabeza para que ponga los ojos en el espejo—. Te quedan muy bien mis dedos dentro.
Hay una conexión entre ellas, dura un instante, pero ambas sienten el momento exacto en que las dos forman una unión.
Elizabeth sigue moviendo los dedos, Danielle continúa temblando por dentro porque lo que está experimentando es único.
Quisiera poder decir algo, pero de su boca lo único que sale son gemidos de auténtico placer.
—Enséñamelos —exige la mayor de las dos con un movimiento de cabeza que señala sus pechos.
Las dos manos de la periodista van automáticamente a su escote y empuja hacia abajo la tela que los cubre. Los pezones rosados están erectos, duros como una piedra, y Elizabeth tiene que resistir la tentación de girarla para morderlos.
La puerta del baño se abre y una mujer de unos cuarenta años y melena espesa se detiene cuando se encuentra con la escena.
Danielle suelta un gemido largo cuando nota los ojos de la recién llegada y Elizabeth acelera las embestidas, fascinada por la reacción de la periodista.
La mujer se queda unos segundos contemplándolas sin intención de querer marcharse.
Elizabeth se pega a la oreja de Danielle y le pasa la lengua antes de hablar:
—Toca ese coño para mí. —La chica baja una mano de inmediato—. Quiero que te corras y mucho cuidado con hacerlo para ella.
Danielle se dobla del placer cuando empieza a trazar círculos frenéticos sobre su clítoris.
Siente la presión ardiente de los dedos de Elizabeth y la mirada intensa de la mujer que la observa desde la puerta.
Cree que va a desmayarse en cualquier momento y, aunque lo que desea escapa de toda comprensión, quiere alargar el momento todo lo que pueda.
No es posible porque una voz dura se cuela en su cabeza.
—Dame lo que es mío, cielo.
Y entonces Danielle se deja ir. Es un choque de trenes a alta velocidad, un incendio de mil hectáreas que se apodera de su cuerpo, y su mente se queda en blanco, completamente vacía durante los segundos más largos de su vida.
Siente unos brazos alrededor de su cintura y, cuando logra levantar la mirada, la espectadora se ha marchado y Elizabeth sostiene su cuerpo derrotado.
—Tómate tu tiempo —dice la dueña de Obscena, que la mantiene pegada a su cuerpo.
A Danielle le cuesta unos buenos minutos volver en sí por completo y tener la fuerza para sostenerse por sí misma.
—Ya estoy b-bien. —La voz le sale temblorosa, pero cuando Elizabeth la suelta puede mantenerse en pie.
Se arregla el vestido, se lava las manos sin despegar los ojos del mármol y acepta la toalla que le tiende Elizabeth.
Quiere marcharse a casa, no sabe qué coño ha pasado ni cómo.
Ella jamás ha estado con una mujer, pero es que ni siquiera le ha pasado por la cabeza experimentar con una; pero eso no es lo peor, sino la forma en que ocurrió.
Danielle siempre ha sido una de las mujeres que tienen sexo «normalito», como decían sus amigas de la universidad.
No es de las que inventan posiciones o follan en baños públicos y hasta ahora se sentía satisfecha, pero lo que acaba de pasar ha sido una revelación, un acto que ella catalogaría como despreciable, y lo horrible es que quiere más… mucho más.
—Es mejor que me vaya —murmura intentando salir del baño, pero la mano de Elizabeth en su brazo se lo impide.
—Me parece que no. —Tira de ella y caminan por el mismo pasillo que Danielle había recorrido antes—. Vienes conmigo.
La periodista tiene el corazón acelerado mientras atraviesa puertas por lo que ella considera un laberinto. Piensa en gritar, en pedir ayuda porque esta mujer la está arrastrando hacia no sabe dónde, pero está tan desconcertada que no puede.
Elizabeth la suelta cuando entran en su despacho como si su piel le quemara la mano.
—Te voy a dar una oportunidad —suelta la empresaria mientras se quita la chaqueta que lleva puesta y hace una mueca cuando nota que se le ha manchado. La tira sobre su escritorio, apoya el trasero en la mesa y cruza los brazos—. ¿Quién eres?
A Danielle se le cierra la garganta y el corazón le empieza a latir muy rápido. Lo que sentía hace unos minutos se diluye y se convierte en pánico. Carraspea, intenta calmarse y salir de esta.
—Ya lo sabes —contesta fingiendo confusión—. Soy Grace Wes…
Elizabeth se mueve tan rápido que Danielle no ve venir el bofetón que le da. Es tan fuerte que pierde el equilibrio, trastabilla y cae al suelo.
La dueña de Obscena siente cómo el sexo se le aprieta cuando la ve a sus pies. Mueve la cabeza, no es el momento para eso, así que vuelve a la posición en la que estaba antes.
—Vamos a comenzar de nuevo. —Se pasa la mano por el pelo corto—. ¿Quién coño eres?