Obscena Capítulo 10
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Capítulo 10

Sandra Ramírez entrecierra los ojos cuando recibe un mensaje de carácter urgente de Angelica, la informática —por llamarla de alguna manera— y sobrina de Elizabeth, en la que le pide que la llame lo antes posible porque «hay movimientos» de los que quiere informar.

Se levanta de la silla en la que habitualmente está sentada y camina con el iPad en la mano hacia la oficina de su jefa, que ha llegado hace una hora después de estar en la sede Kensington Capital toda la mañana.

—¿Estás ocupada? —Sandra se asoma, y Elizabeth levanta la mirada para después negar con la cabeza.

Sandra entra al despacho y le enseña el mensaje que ha recibido. La dueña de Obscena suspira, le duele la cabeza, ha tenido un día espantoso y lo menos que quiere es que empeore. Coge su móvil del cajón derecho de la mesa y marca el número de su sobrina poniéndolo en altavoz.

—Hola, peque —la saluda la mujer, llamando a su sobrina con el mismo apelativo desde que era una niña—. ¿Cómo estás?

Hay un sonido metálico, luego varios toques y, al final, la voz de la chica.

—Hola, tía Eli, bien, pero con mucho trabajo. —Elizabeth detecta el cansancio en su tono.

—Te he dicho cientos de veces que te vengas a trabajar aquí a tiempo completo —la reprende.

Angelica suelta una carcajada que traslada a Elizabeth a la época en la que no era más que una enana que no paraba de corretear por casa.

—Me aburriría y lo sabes, tendría cinco días libres a la semana con el trabajo que me dais —le recuerda la informática—. Me gusta lo que estoy haciendo, pero tranquila, cuando llegue el momento aceptaré tu propuesta.

Angelica Whitaker rechazó las muchas ofertas que le hicieron cuando acabó la universidad dos años antes de lo normal y se decantó por trabajar por cuenta propia.

Desde ese momento, Angelica presta servicios como los que hace en Obscena: investiga, infiltra sus juguetes en ordenadores privados, oculta rastros, mueve dinero…

siempre para gente que tiene buenas intenciones, porque joder a los malos es el placer culpable de la chica, al que no puede resistirse jamás.

—También puedes venir a visitarme —se queja Elizabeth, que lleva semanas sin verla porque está en la otra punta del país montando un equipo de vigilancia interno—. En fin, ¿qué tienes para mí?

La línea se queda en silencio salvo el sonido de unas teclas.

—La periodista se ha puesto creativa —explica mientras sigue tecleando—. Nada especial, te lo estoy mandando al correo, pero ha empezado a escribir sobre Obscena.

Elizabeth cierra el puño sobre la mesa y se le tensa la espalda. No sabe si es porque Angelica está hablando de Danielle o por el mero hecho de lo que ha comenzado a hacer.

Abre el correo y en él hay un párrafo corto, algo que se parece más a notas sueltas que al inicio de un artículo.

Todas mujeres, empresarias, dinero y poder. Oficinas. ¿Por qué un club tiene oficinas en una planta de libre acceso para las asistentes? Puertas clandestinas. ¿Sexo? ¿Drogas? Seguridad externa amplia, demasiado para ser un club.

Elizabeth aparta la mirada de la pantalla con desprecio. Detesta que la gente husmee en su casa, pero confiesa que saber que Danielle Sutton lo haga le jode bastante más.

—¿Has encontrado algo más? —pregunta con los dientes apretados.

—Te ha buscado en internet. —Angelica hace una pausa—. Mucho, y cuando digo mucho es que si pasa tres horas conectada con ese ordenador, dos son escribiendo tu nombre en los buscadores. ¿Quieres que te pase el listado?

La empresaria se tensa por dentro y por un momento le gustaría conocer esa información completa, pero por alguna razón prefiere que no, algo le dice que tiene que ir con cautela.

—No, mientras no sea algo con lo que tengamos que tener cuidado, no me interesa —coge el bolígrafo de la mesa y empieza a moverlo entre sus dedos—. ¿Algo más?

—Ha comprado lencería nueva, muy bonita, por cierto. —Elizabeth siente un pinchazo en la nuca y tiene que enderezarse—. Del resto, no hay nada de que preocuparnos.

—Vale, mantenme informada —da varios golpes en la mesa con el bolígrafo—. Gracias, peque. Cuídate mucho y ven pronto.

—Claro, tía. Nos vemos.

La comunicación se corta y Sandra, que ha estado observando cada una de las reacciones de su jefa, se mantiene en silencio. Sabe que su mal humor ha aumentado y, cuando eso pasa, es mejor mantenerse al margen.

—Daremos una fiesta. —Elizabeth mira a un punto en la pared frente a ella—. Algo pequeño, envía invitaciones a las habituales del grupo uno.

Sandra ya está apuntando todo en su iPad mientras asiente.

—¿Tienes alguna fecha en mente?

—Lo antes posible, esta misma semana. —Suelta el bolígrafo y la mira—. Que Danielle Sutton reciba la invitación hoy y confirme su asistencia.

Elizabeth descubrió hace tiempo que Obscena funciona mejor si está organizado de una forma específica.

Dentro están Las Cinco; después de ellas, las han catalogado por profesión y lo que pueden aportar.

Finalmente han creado cuatro grupos por nivel: en el uno están las mujeres más poderosas, no solo las que tienen dinero, sino la capacidad de mover lo que sea con una sola orden, y luego van bajando hasta que llegan al cuatro, donde están las que son muy útiles, pero que no tienen la capacidad para hacer movimientos demasiado importantes.

No es raro que hagan eventos e inviten solo a alguno de los grupos y, para Elizabeth, es mejor de esa manera, sobre todo cuando quiere montar una emboscada. Como ahora.

—Me pongo a ello, te aviso cuando lo tenga todo. —Sandra hace una pausa y mira a la que también considera su amiga—. ¿Estás bien?

Elizabeth mueve el cuello y después aprieta los puños varias veces, intentando dejar salir la tensión que siente de alguna forma.

—Sí, no te preocupes. —La mirada de Sandra es de esas intensas cuando no le cree. Elizabeth pone los ojos en blanco—. Estoy bien, pero este tema me molesta.

—Yo diría que más de lo habitual. —La mujer bloquea el iPad y se lo lleva al pecho—. Si necesitas algo, dímelo.

Elizabeth asiente y vuelve a coger el bolígrafo.

—Gracias, sabes que lo haré.

● ● ●

Dos días después.

Danielle experimenta exactamente el mismo nerviosismo que sintió la noche de la primera fiesta en Obscena mientras el coche atraviesa el camino hasta la propiedad en la que se encuentra el club.

No puede creer que por fin las cosas empiecen a enderezarse y que, después de tanto tiempo, la suerte esté de su parte.

Recibió la invitación a la fiesta cuando estaba en su cubículo terminando de escribir el artículo «¿Cómo evitar que los triglicéridos te maten?

» y por poco volcó el café que se estaba tomando.

Jamás imaginó que volverían a recibir una de esas, al menos no en tan poco tiempo, pero teniendo en cuenta que la mismísima Elizabeth Kensington le dio un tour privado por el club, quiso pensar que causó una buena impresión y una vez más bendijo la acertada decisión de gastarse sus ahorros para comprar esa identidad perfecta que le está abriendo las puertas correctas.

—Bienvenida, señora, ¿me dice su nombre, por favor?

La escena de la última vez se repite exactamente igual. Dice que es Grace Weston, se baja del coche, se sube al carrito que la lleva a la puerta del club y entra después de que la misma mujer de la otra noche la saludara con cordialidad.

Hoy ha llegado un poco más tarde, quería ver si el movimiento dentro cambiaba de alguna manera, pero se da cuenta de que todo es similar: mujeres teniendo conversaciones de pie o en los sillones, música suave, camareros con bandejas, nada fuera de lo que vio aquella noche.

Decide acercarse a la barra para pedir una copa, pero no puede evitar que sus ojos se muevan inquietos buscando a la dueña del lugar.

Sube la cabeza a la planta de arriba y encuentra lo mismo que hay en la de abajo.

Pierde el interés y le sonríe a una chica vestida con un chaleco negro.

—¿Qué desea beber? —pregunta con amabilidad.

—Vino blanco, por favor.

La mujer se mueve con rapidez detrás de la barra, coloca una copa sobre la madera pulida y luego vierte generosamente el líquido claro.

—Aquí lo tiene. —Le entrega una servilleta de tela pequeña—. Que lo disfrute.

Danielle se lo agradece antes de dar la media vuelta y caminar hasta una de las esquinas donde tiene una visión perfecta de la sala principal del club, donde todas siguen enfrascadas en sus conversaciones sin apenas reparar en ella.

Una hora después está completamente aburrida, se ha bebido otra copa de vino, ha hablado con la dueña de un bufete de abogados y ha seguido buscando a Elizabeth Kensington sin que pudiera verla ni una sola vez.

Ha llegado más gente y lo que sí nota es que a esa hora hay muchas menos mujeres que la otra noche; de hecho, estas parecen conocerse bien porque hablan entre todas como si tuvieran un tema en común.

De repente, Danielle se fija en algo que no había visto: la misma mujer que la otra noche salía de la zona en la que, según Elizabeth, están las oficinas del club, aparece por detrás de un muro que tiene el nombre de Obscena en letras grandes.

Su instinto periodístico se activa; hay demasiados pasillos ocultos en un lugar que supuestamente se presta para bailar y pasarlo bien.

Deja la copa vacía en una de las barras y se mueve hacia esa zona, desapareciendo por un corredor que tiene varias puertas cerradas. Se gira, mira de un lado a otro e intenta abrir una de ellas cuando se cerciora de que nadie puede verla.

—Cerrada —susurra para sí misma, e intenta con la siguiente. Mismo resultado. Va con la otra—. Todas están cerradas.

Elizabeth lleva desde el mismo instante en que Danielle puso un pie en su club observándola desde la planta de arriba, en una de las oficinas con cristal opaco que a menudo usa para contemplarlo todo sin que nadie ponga los ojos sobre ella.

Frunce el ceño cuando pierde de vista a la periodista y llama a Sandra de inmediato.

—¿La ves? —consulta mientras la sigue buscando.