Capítulo 9
—Esto y nada es más o menos lo mismo —Evelyn Lancaster cierra la carpeta que tiene delante y deja la mano encima—. Si tratamos de amenazar a Holder con esto, se va a reír de nosotras en nuestra cara.
La Cámara es la única sala de Obscena que no tiene ventanas. Elizabeth mira la mesa redonda primero, después a las cinco mujeres que están dentro y por último a la pared revestida de madera oscura. Tiene un bolígrafo entre los dedos y a Sandra a su lado, con el iPad sobre las piernas.
—Es imposible que esté tan limpio —interviene Penélope Rodríguez, cambiando de postura para que no se le duerma la pierna—. Es evidente que es cuidadoso, pero eso no significa que no haya nada.
—Semántica. —Margaret Davenport hace un gesto vago con la mano—. A efectos prácticos, me da igual si es un santo o el diablo con corbata, lo único que me interesa saber es si tenemos algo para meterle por la garganta para que deje en paz a Samantha.
Elizabeth deja que su comisura izquierda tire un poco hacia arriba mientras piensa que no le gustaría tener a la jueza como enemiga.
—Ese es el problema —Evelyn se gira hacia ella—, que ahora mismo no tenemos nada que meterle por ninguna parte, y sin eso, el plan se va a la mierda.
Elizabeth deja que hablen, pero por dentro está rabiosa.
Ha ayudado a muchísimas mujeres desde que Obscena está en marcha, pero por alguna razón, tiene debilidad con Samantha.
Quizá porque es muy joven, porque viene desde abajo peleando para abrirse hueco en el mercado, porque ha pasado años sin apenas dormir para ganarse la oportunidad de poder mostrar su talento, y que un tipo controle su empresa con dinero y que por ello crea que tiene derecho a cobrarse algo más que los beneficios de su inversión cuando los haya, es algo que le revuelve las entrañas.
Están siguiendo el mismo plan que en la mayoría de los casos: indagar, reunir información sobre el hombre en cuestión y encontrar todas sus miserias, y entonces sentarlo en una mesa como esta y explicarle cómo será su vida si no hace exactamente lo que se le pide.
La mayoría se derrumba antes de que se lo hayan mostrado todo, y ellas nunca dan segundas oportunidades porque los hombres que llegan hasta la Cámara simplemente no las merecen.
—Hay que seguir buscando, no es posible que no haya nada —dice, golpeando un par de veces la madera con el bolígrafo—.
No creo que Samantha sea la primera, es imposible, un tipo que se cubre tan bien las espaldas ha tenido que hacerlo antes.
Si no encontramos nada por las vías habituales, habrá que buscar otras.
—Hasta ahora, todo lo que tenemos sobre él por la vía pública está más limpio que el suelo de un quirófano. Es un inversor ejemplar que sabe elegir bien dónde mete su dinero y, entre otras cosas, tiene una fundación benéfica con su apellido.
—Entonces hay que rascar en lo que dice Elizabeth —interviene por primera vez Juliet Ashford, la secretaria judicial—. Si lo ha hecho antes, tiene que haber un rastro, aunque esté sellado.
—Cierto —la señala Margaret.
—¿Puedes acceder a los registros sellados? —pregunta Penélope.
Juliet hace una mueca misteriosa.
—Puede —dice la jueza—. Si en algún momento hubo un acuerdo, una demanda que se retiró de repente o una empleada de alguna de las empresas anteriores donde haya invertido que firmó a cambio de callarse, queda constancia de que ese expediente existe.
—¿Pero? —pregunta Elizabeth.
—Que no se puede consultar —responde Juliet—, aunque el simple hecho de que exista ya es información útil, pero llevará tiempo consultarlo.
Margaret suelta el aire por la nariz y se echa hacia atrás en la silla hasta que algo cruje y deja de moverse.
—Nos podemos ahorrar ese tiempo —dice, estirando la mano para rozar uno de los pétalos del centro floral que hay en la mesa—.
Que se ocupe Luciérnaga. Le hace una visita a Holder, lo tiene toda una tarde para él solo y te aseguro que sale de ahí con más información de la que nosotras vamos a conseguir por la vía diplomática, y lo mejor de todo, no le quedarían ganas de volver a acercarse a Samantha.
—No. —Penélope no levanta la voz, pero suena letal—. Es muy pronto para eso. Luciérnaga siempre es el último recurso.
—No estoy diciendo de quitarlo del medio, solo unos golpecitos que le suelten la lengua.
—Holder no es Handrick, Margaret. —La capitana se inclina hacia delante—.
Handrick es un sargento de barrio corrupto que si desaparece un día no lo llora nadie más que su madre.
Holder está en cuatro consejos de administración, cena con senadores y tiene un equipo de seguridad que se daría cuenta enseguida de que algo no va bien.
—Eso por no hablar de que ahora mismo es el hombre que tiene a flote con su dinero la empresa de Samantha —dice Evelyn—.
Si Luciérnaga se pasa y a Holder le entra el pánico, lo primero que hará será retirar los fondos, y entonces no la habremos ayudado, la habremos hundido a ella y a todo su equipo.
Elizabeth deja el bolígrafo sobre la mesa y las mira a todas.
—Penélope tiene razón, aunque me estoy ocupando de esa parte —todos los ojos se clavan en ella con atención—.
Estoy buscando algunos inversores que estén dispuestos a entrar en la próxima ronda de financiación, gente que puede diluir a Holder y el poder que ahora mismo tiene en la empresa de Samantha.
Si esto sale bien, dejará de mandar en la empresa por sí solo, y sin eso, no será más que un viejo salido al que no le quedarán excusas para acercarse a Sam.
—No hay nada como una empresaria para defender a otra empresaria —sonríe Evelyn.
—Y hay algo más —Elizabeth hace una pausa y mira a todas las mujeres una por una—. Hay una periodista que intentó entrar en Obscena varias veces usando una identidad falsa —Sandra levanta la mirada—. Se lo he permitido.
—¿Con qué fin? —Margaret frunce el ceño.
—Por si es útil. Trabaja en un periódico con mucha tirada y en su momento fue una periodista muy reputada que se hundió por fiarse de quién no debía.
—¿Y de qué nos sirve una periodista que ha perdido toda credibilidad? —cuestiona Evelyn.
—Está ansiosa por encontrar un buen reportaje, supongo. Así que la mantendré cerca y si es necesario, nosotras le daremos la noticia que tiene que publicar sobre Holder. Si no podemos joderlo por la vía normal, lo haremos por otra.
—Me encanta cómo funciona tu mente retorcida —Margaret sonríe de forma siniestra—, aunque sigo pensando que sería mucho más rápido a mi manera —levanta las manos—, pero me rindo.
—Bien. Seguimos rascando entonces —zanja Elizabeth—.
Evelyn, tira de las empresas donde Holder haya invertido antes, entérate de quién se marchó de ellas y si lo hizo, por qué.
Juliet, tú busca en esos archivos sellados y tú —añade señalando a Penélope—, sigue manteniendo vigilada a Samantha por si a ese imbécil le da por acercarse demasiado.
Volveremos a hablar de esto en la siguiente reunión y si para entonces no hay nada, valoraremos la propuesta de Margaret.
—¿Y yo qué hago mientras tanto? —protesta la jueza.
—Intenta controlar tus impulsos asesinos y sigue con lo de Handrick.
La reunión termina y todas las presentes se levantan.
Penélope es la primera en salir porque tiene que volver a comisaría, Margaret la sigue detrás quejándose de que nadie sabe valorar una solución elegante y Evelyn y Sandra salen las últimas, cerrando la puerta con cuidado y dejando a su jefa y a Juliet dentro de la sala.
Juliet Ashford lleva casi cuatro años entrando en la Cámara, pero no llegó a Obscena por su currículo como las demás, sino por la peor época de su vida.
Conoció a Patrick Sacs a los veintinueve años en la boda de una amiga común y le pareció el hombre más divertido y atractivo de la fiesta, uno de esos capaz de hacer que una noche cualquiera se convierta en algo que no se te olvida.
Se casaron catorce meses después, y Juliet estaba convencida de que había sido muy afortunada.
Patrick era —y es— policía, ganaba un sueldo más que decente, la trataba bien y siempre tenía excusas para cuando aparecía en casa con un dinero que no entraba por el banco.
«Un compañero y yo hemos hecho una mudanza, me han ofrecido trabajo como vigilante en el puerto algunas tardes», esas eran algunas de las razones más frecuentes y Juliet simplemente no las cuestionaba.
Pero entonces, una de esas noches en las que ambos se metían unas rayas de coca y se pasaban horas follando, a él se le soltó la lengua y empezó a decir cosas que no le había contado hasta el momento, como que se cobraba favores, hacía que se traspapelaran pruebas o ponía droga en un coche cuando se lo pedían.
Juliet pensó que solo era un farol, pero cuando otra de esas noches pasó lo mismo, entendió que no, y a partir de ahí fue acumulando información que dibujaba un retrato de su marido que le revolvía el estómago y hacía que no se pareciera en nada al hombre con el que se había casado, haciendo que sintiera que se había enamorado de alguien que no existía y que le había mentido durante años mientras ella le lavaba la ropa y se abría de piernas.
Al principio no sabía qué hacer hasta que empezó a buscar asesoramiento y una compañera en el juzgado le dio el nombre de Evelyn Lancaster, la persona a la que podías acudir cuando tenías un problema que parecía imposible de resolver.
Te escuchaba, te hacía las preguntas necesarias y después te derivaba con la mejor profesional para resolverlo.
Juliet fue a su despacho buscando eso, que la mandara con alguien, y lo que no se imaginó fue que al terminar, Evelyn no la derivara hacia fuera, sino hacia las entrañas de Obscena.
La trajo al edificio y entró con ella al despacho de Elizabeth y lo que sucedió fue que le pidieron que no se divorciara de su marido, que siguiera casada con él, que fingiera que todo iba bien y que les contara cada cosa que salía de la boca de ese policía corrupto.
Juliet ni siquiera tuvo que pensarlo. Había oído hablar de Obscena y la idea de poder formar parte de algún modo le dio más subidón que la coca que se metía de vez en cuando.
Hizo lo que le pidieron y resultó que se le daba muy bien.
En cuestión de meses no solo movía la información de Patrick y alguno de sus compañeros, sino que empezó a sacar datos de los juzgados y esa habilidad la hizo ascender hasta la mesa redonda de la Cámara y la convirtió en una de las cinco.
La única variante que Juliet no pudo controlar y quizá el único dato negativo de todo esto, fue que a base de verla en reuniones, se enamoró de Evelyn Lancaster, que es heterosexual y lleva un par de años con un abogado que la adora.
Así que Juliet vive resignada su amor imposible, y mientras tanto, se acuesta con Elizabeth de vez en cuando desde que hace algo más de un año, después de una reunión como esta, hizo lo mismo que hoy, quedarse dentro cuando todas se marcharon.
A la dueña de Obscena no le hizo falta preguntar, adivinó sus intenciones en cuanto se giró y no pareció desagradarle la idea.
—Ven aquí —ordena Elizabeth, todavía sentada en la silla con las piernas ligeramente abiertas.
Juliet se levanta de su sitio de inmediato, rodea la mesa y llega frente a la jefa, que se levanta y le pone las dos manos en la cadera y la mueve hasta colocarla donde quiere porque ella es la que manda, en el club y cuando follan.
—Quítate la blusa.
Juliet, conteniendo el deseo que se le arremolina en el vientre con cada orden que sale de su boca, obedece y se desabrocha uno por uno todos los botones hasta que deja caer la camisa en el suelo.
Elizabeth la observa sin ningún tipo de prisa, tomándose su tiempo mientras le recorre los costados con los dedos hasta que termina por poner una mano plana sobre su vientre, la sube hasta sus pechos y tira del sujetador hacia abajo para liberarlos.
Cuando Juliet suelta el primer jadeo, Elizabeth sonríe sin mostrar los dientes.
—Date la vuelta.
Juliet se gira y ella le aparta el pelo de la nuca con una mano mientras le recorre la columna con la boca, sin tocarla, solo lengua y saliva que va erizando cada poro de la piel de la secretaria judicial, haciendo que tenga que apoyarse en la mesa cuando siente que las rodillas empiezan a fallarle.
Elizabeth le desabrocha la falda por detrás y deja que caiga, después le pasa la palma por el interior del muslo y arrastra un dedo por la línea central antes de dar un tirón a sus bragas y bajarlas. Juliet gime con fuerza.
—Apóyate ahí —Elizabeth le pone una mano en la espalda al mismo tiempo que habla y la empuja hasta que tiene a Juliet donde quiere, doblada hacia delante, con la cara contra la madera y su trasero entero para ella—.
¿Te vas a estar quieta o tengo que sujetarte?
—pregunta, susurrándole al oído tras colocarse entre sus piernas y estirarle los brazos por encima de la cabeza.
—No lo sé —murmura Juliet, temblando de anticipación.
Elizabeth le da un mordisco en la nuca que la hace retorcerse, le sujeta las dos manos juntas con la suya izquierda y con la derecha busca su entrada y la penetra con dos dedos sin piedad.
Juliet suelta un gruñido de placer y sus nalgas se ponen a temblar como si hubiera un maremoto en la zona central de su cuerpo mientras Elizabeth la folla, ahora con tres dedos.