Obscena Capítulo 8
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Capítulo 8

ADanielle Sutton le tiemblan las manos mientras intenta subirse la cremallera del vestido negro que ha elegido para esa noche porque los nervios se la están comiendo al mismo tiempo que su cerebro sigue sin poder creerse del todo que de verdad va a entrar hoy al club Obscena.

Se mira frente al espejo de cuerpo entero, uno nuevo que compró en la tienda de segunda mano cerca de su casa porque el anterior cojeaba de una pata y si se caía, acabaría rompiéndose en pedazos y con ello arrastraría la mala suerte —más de la que ya tiene— durante al menos siete años, y sonríe satisfecha con lo que le devuelve su reflejo.

Se parece a la empresaria Grace Weston que dice ser, con una imagen sofisticada de una mujer a la que le sobra el dinero.

Fue precavida y esa tarde recogió toda la vestimenta en un sitio de alquiler porque después de gastarse veinte mil dólares en la documentación falsa, no tenía cómo comprar algo que fuera adecuado.

Se pinta los labios de un color rosa claro, el tutorial que ha visto esa noche le ha ayudado a crear un maquillaje que parece profesional y el resultado final es que una mujer guapa se presentará esa noche en un sitio en el que espera obtener parte de la información que necesita para su gran reportaje.

—Puedes hacerlo —se dice a sí misma, mirándose en el espejo antes de coger su móvil y confirmar que su Lyft está llegando.

El camino hasta el club no es corto por lo que el viaje no le ha salido nada barato, pero se repite una vez más que todo lo que haga para desenmascarar a Obscena merece la pena porque está segura de que su investigación la devolverá a la primera fila en la que estuvo una vez, siendo respetada por sus editores, otros medios de comunicación y los mismos colegas de profesión.

Gira el cuello para observar la longitud del río Hudson mientras el coche se desplaza por la carretera contigua.

Conoce la zona, se ha acercado muchas veces para intentar ver algo que resulte interesante, pero en su tercera visita se dio cuenta de que no obtendría nada; el lugar está oculto por un bosque espeso que no permite a la gente como ella mirar de más.

—¿Dónde quiere que la deje? —pregunta el conductor, un hombre de acento árabe y rasgos finos.

Danielle se mueve un poco para ver a través del cristal delantero del coche.

—Más adelante, media milla más o menos —señala la periodista con el dedo—. Verá una verja gris.

El hombre asiente y continúa conduciendo.

Danielle no sabe por qué en ese preciso instante piensa en Elizabeth Kensington, quizá sea porque en esta ocasión podrá verla más de cerca y no como en las subastas a las que asiste desde hace tiempo.

Uno de los objetivos que se ha marcado para esta noche es acercarse a ella, a la dueña de Obscena, porque tiene la sensación de que ella es quien guarda los mayores secretos de ese club.

Danielle abre mucho los ojos cuando se están acercando a la entrada porque hay un dispositivo de seguridad digno de una reunión gubernamental. Hay personal fuera de la verja como para custodiar al presidente de los Estados Unidos.

El conductor aminora la marcha y baja el cristal cuando una mujer vestida con un traje negro entallado le hace una seña con la mano.

—Buenas noches, traigo a una pasajera —señala, y la mujer se asoma por la ventanilla.

—Bienvenida, señora, ¿me dice su nombre, por favor?

—Da… Grace —se corrige y se siente una imbécil. El primer error de la noche—. Grace Weston.

La agente de seguridad hace una revisión rápida y asiente cuando parece encontrar su nombre.

—Puede bajarse del vehículo —le indica la mujer con amabilidad, pero con el rostro serio—. Al cruzar la verja, se la llevará hasta la entrada del club.

Danielle abre la puerta del taxi con la sensación de que las piernas van a fallarle y se desmayará en la puerta de Obscena haciendo tal ridículo que se encerrará en su apartamento hasta que el casero la eche a la calle por impago.

Por suerte logra recomponerse y se aferra a su bolso de mano como si fuera un salvavidas.

Sigue las instrucciones que le da el personal y cuando atraviesa la verja, la espera un carrito de los que se usan para moverse por los campos de golf.

—Póngase cómoda —dice el hombre que se pone al volante—. En unos minutos estaremos allí.

Cuando se ponen en marcha, Danielle se pierde en el camino boscoso que atraviesan y cuando han subido lo suficiente, un edificio de piedra con un tejado oscuro se alza sobre ellos.

La periodista detecta la antigüedad en lo que ve, pero también el dinero que se pudo haber invertido en esa restauración.

Hay un lago decorado con luces tenues y varias antorchas encendidas a ambos lados del camino hacia la puerta.

—Bienvenida a Obscena —dice el conductor mientras hace un ademán con el brazo—. El acceso es por allí. Que disfrute de la noche, señorita Weston.

Danielle le devuelve la sonrisa y camina hasta una puerta doble que se abre en cuanto ella pone un pie en el escalón.

Una mujer afroamericana con un corte de pelo increíblemente moderno le da la bienvenida y la invita a pasar al club sin más ceremonias.

A la periodista el corazón le bombea en las costillas y tiene que buscar la serenidad en donde sea que se ha quedado.

Está dentro, por fin, joder, está en el sitio que tanto le costó entrar.

—¿Champán? —le sobresalta la voz de un camarero que pasa por su lado con una bandeja llena de copas.

Danielle acepta una y se la lleva a los labios mientras pasea su mirada de manera disimulada.

El espacio en el que está es bastante grande, hay dos barras donde el personal sirve bebidas y también una zona de sofás y butacas.

El centro es una pista, pero nada más que un par de parejas están ahí meciéndose al ritmo de la música suave porque el resto hablan como si estuvieran poniéndose al día.

Que sean todas mujeres no le sorprende, en la web anuncian que es un club creado por y para féminas aunque, eventualmente, aceptan solicitudes masculinas.

Sospecha que esto solo lo han puesto para evitar que los grupos de hombres que constantemente se victimizan ante las mujeres hagan una especie de revolución absurda frente a Obscena.

Decide moverse, caminar por el club a ver si descubre lo que ocurre allí realmente sin saber que desde que su nombre fue comprobado a las afueras de la propiedad, la están observando.

—Elizabeth —Sandra entra al despacho de su jefa, en los pasillos internos del edificio—. La periodista está dentro.

—Llega pronto —sonríe en respuesta y se pone de pie.

Sandra mueve la cabeza.

—Debe estar muy ansiosa —opina la asistente mientras toca el iPad que tiene en la mano. Lo gira y se lo enseña.

Ahí está, esa molestia desagradable otra vez cuando observa la foto que le muestra Sandra.

Es la de la cámara que está en el carrito que usan para subir a las invitadas que quieren vigilar, como es el caso de Danielle o Grace según la identidad actual.

Su rostro es una mezcla de sorpresa con algo parecido a una victoria que cree haber logrado.

Bloquea el aparato y se lo devuelve a su asistente.

—Entonces, vamos a darle la bienvenida.

Elizabeth sale de su despacho y serpentea por los corredores hasta llegar a una puerta oculta en la pared, tan perfectamente integrada que poca gente se da cuenta de su existencia.

Cuando ingresa los cinco dígitos de seguridad, la empuja y de inmediato sale en el fondo de un pasillo que la lleva directamente a la planta baja donde la mujer que busca está en una de las esquinas con una copa en la mano.

Se mueve hacia ella mientras saluda a algunas de las socias, pero no se detiene a hablar con ninguna porque lo único que le interesa es llegar hasta la periodista.

—Una cara nueva. —La sonrisa de Elizabeth parece una mueca del verdugo que está a punto de cortar una cabeza—. Bienvenida a Obscena, soy Elizabeth Kensington.

Danielle se gira hacia la voz y el mundo deja de dar vueltas durante siete segundos en los que ella tiene tiempo de observar a la impresionante rubia que tiene a su lado.

La ha visto muchas veces, en fotos de periódicos o revistas, en actos públicos y también en las subastas que organiza.

Ninguna de esas veces tuvo la suerte de verla tan cerca como ahora, por lo que no se había percatado de sus facciones.

Se supone que está rozando los cincuenta, pero parece al menos de cuarenta, es alta, esbelta y los ojos azul grisáceo que la miran con intensidad son de un color único, uno que jamás había visto.

El cabello rubio claro está bien cortado en un estilo pixie y tiene unos labios finos que parecen demasiado suaves.

La periodista parpadea y la montaña rusa toma la primera curva.

—Un placer —extiende la mano y la estrecha con la de la empresaria—. Soy Grace Weston, gracias por enviarme la invitación para esta noche.

Lo dice como si hubiera sido un acto fútil de una noche aburrida en la que la heredera entró en la web de un club y solicitó un pase al imperio oscuro que lidera esta mujer.

—El placer es nuestro, no todos los días tenemos nuevas asistentes por aquí —Elizabeth saca su teléfono del bolsillo, hace una rápida comprobación y lo guarda—. Tengo unos minutos libres y me gustaría mostrarte todo esto.

Danielle aprieta la copa de champán en un gesto que no ha podido disimular, pero de repente está eufórica, excitada, porque todo está resultando más sencillo de lo que se imaginó.

Pensaba que tendría que colarse en los pasillos, meterse de manera clandestina tras puertas cerradas y resulta que la mismísima dueña le ofrece un tour privado por Obscena.

—Me encantaría acompañarte —contesta Danielle con la garganta apretada.

—Sígueme entonces. —Elizabeth le hace un gesto con la cabeza y camina adelante hacia la escalera que lleva a la primera planta.