Capítulo 7
La cafetería que Elizabeth ha elegido esta vez es pequeña, apenas seis mesas y un ventanal grande por el que el sol entra de lleno esta mañana.
Está sentada al fondo, de espaldas a la pared desde donde puede ver la puerta, y eso es lo que le permite ver a Samantha antes de que entre, cruzando la calle con el móvil pegado a la oreja y la coleta alta y lacia balanceándose de un lado a otro entre sus hombros.
La chica la ve desde fuera y levanta una mano hacia el cristal para saludarla sin despegarse el teléfono del oído. Cuelga justo cuando llega a la puerta, la empuja y camina hasta la mesa con una energía que Elizabeth hace años que no tiene.
—Perdona, he salido tarde de una llamada con Boston y después había atasco y el taxista se ha tenido que desviar… En fin, da igual —dice de carrerilla, dejando el móvil encima de la mesa antes de inclinarse para besar la mejilla de Elizabeth—. ¿Llevas mucho tiempo esperando?
—El suficiente para pedirme un café y bebérmelo en silencio.
Elizabeth señala su taza vacía y Samantha se ríe y se sienta frente a ella, y cuando la camarera viene a tomarle nota, se pide un capuchino con dos sobres de azúcar y un poco de canela.
Elizabeth arquea una ceja.
—¿Qué? —La sonrisa de Samantha es amplia y sincera, y a Elizabeth siempre le ha gustado.
—¿Cómo puedes endulzar algo que de por sí ya viene dulce? —pregunta asombrada.
—Lo sé, pero es que la canela me pierde, podría echársela hasta al pan.
Elizabeth hace una mueca de asco.
—Bueno, supongo que con veintiocho años todavía te puedes permitir esos excesos, así que aprovecha.
Samantha sonríe con la boca cerrada, se aprieta la goma de la coleta y se quita la americana.
—Estás más delgada —observa la dueña de Obscena—. ¿Cómo lo estás llevando?
—Bien. —Samantha rompe los azucarillos y los vierte sobre el capuchino—.
Bueno, no mucho —confiesa por fin—. Lo voy llevando e intento hacer mi vida normal, y la mayoría de días lo consigo, pero después hay otros…
Joder, es muy agobiante, Elizabeth, y frustrante, a veces me entran ganas de… —Se detiene y niega con la cabeza.
La camarera vuelve con el segundo café que Elizabeth ha pedido y las dos se callan mientras lo deja sobre la mesa.
—¿Sigue igual?
—No para —responde Samantha, asqueada—. Me escribe a deshoras cuando sabe de sobra que ya no estoy en la oficina.
—¿Qué te dice? Si es algo que podamos usar…
—No, imagino que no es tan estúpido. Suelen ser cosas de la empresa que podría preguntar al día siguiente o que simplemente ya sabe, pero eso no es lo que más me preocupa.
Elizabeth frunce el ceño y se inclina hacia delante.
—Últimamente aparece en sitios donde yo no le he dicho que iba a estar. La semana pasada se presentó en una cena del sector y se sentó en mi misma mesa, y cuando le pregunté qué hacía ahí, me dijo que solo protegía su inversión.
La mandíbula de Elizabeth se aprieta con rabia.
—Estuve a punto de levantarme, mandarlo a la mierda y marcharme, pero si lo hago podría retirar los fondos y me convertiría en la responsable de que veinte personas se queden en la calle. ¿Sabes lo que más me jode?
—Dime.
—Que todo lo que hace se podría edulcorar con una versión creíble que está muy lejos del acoso.
Si yo le explico todo esto a alguien, diría que es normal que un inversor pregunte por cosas de la empresa a cualquier hora, y que me pone la mano en la espalda porque tiene sesenta y un años y es de otra generación.
—Lo sé, y lo siento. ¿Ha ido a más?
—No, solo lo de siempre, ya sabes. La mano en la espalda demasiado cerca del culo, roces innecesarios que hace pasar por accidentales y hablar demasiado cerca.
Se queda callada, como si la cabeza se le hubiera ido a otro sitio, y Elizabeth estira la mano y la pone sobre la suya.
Samantha tenía veinticuatro años cuando empezó su proyecto en el salón del piso que compartía con dos compañeras de universidad, y durante los primeros catorce meses todo lo que existía de la empresa cabía dentro de su portátil y una libreta con miles de anotaciones que solo ella comprendía.
La idea era sencilla de explicar y muy difícil de construir: un programa que revisaba pruebas médicas y detectaba combinaciones raras que pasaban desapercibidas para los profesionales.
Cuando por fin funcionó y un pequeño hospital de Nueva Jersey aceptó probarlo durante seis meses, Samantha se pasó una hora llorando en el baño.
Después vino lo gordo, lo que para ella fue más duro que desarrollar el programa.
Tener algo que funciona no sirve de nada si no tienes dinero para que siga haciéndolo.
Necesitaba servidores, médicos que validaran los resultados, abogados para los permisos e ingenieros para ayudarla, pero sobre todo, necesitaba inversores.
Richard Holder llegó durante el segundo año.
Fue la reunión más fácil de Samantha, que durante cuarenta minutos explicó su proyecto y cuando terminó, el hombre estaba encantado con la idea y puso más dinero encima de la mesa que todos los inversores juntos que hasta ese momento había conseguido.
Eso lo convirtió en el hombre que controlaba la mayor parte de su empresa.
Todo fue bien durante el primer año, Richard asistía a las reuniones con los demás, hacía el mismo tipo de preguntas y no ponía objeción para aprobar ninguna ronda de financiación, pero a partir del segundo año las cosas empezaron a cambiar de una forma tan lenta que a Samantha le costó identificarla como lo que era.
Las cenas de trabajo con seis personas se convirtieron en cuatro y después en dos.
Lo siguiente que llegó fueron los mensajes, después conversaciones donde Richard se interesaba más por su vida privada que por la empresa, y lo último que se añadió a la lista fueron esos roces casuales que, para cuando llegaron, Samantha ya no sabía cómo detener porque cuando hacía ademán de apartarlo o desviaba alguna conversación incómoda, él hacía un comentario sobre su inversión, sobre lo frágiles que son las empresas jóvenes y sobre lo rápido que se mueven los inversores cuando el principal se pone nervioso, y para cualquiera que supiera leer entre líneas, era una clara amenaza de que si no se hacía lo que pedía, podía retirar su financiación.
Para Samantha cambiaron las noches y pasó de dormir poco preocupada porque todo saliera bien y cumplir las expectativas de cada ronda, a no dormir nada por la ansiedad que le provocaba ese hombre.
Cuando al fin ya no pudo más, hizo lo único que le parecía lógico, buscó a la mejor abogada que pudiera contratar y cuando varias personas le dieron el mismo nombre, acudió al despacho de Evelyn Lancaster a pesar de que no estaba convencida del todo porque la mujer ya no ejercía de abogada, sino que se había convertido en una especie de consultora privada a la que podías acudir con un problema y te derivaba al mejor profesional para solucionarlo.
Es decir, una intermediaria a la que Samantha también tendría que pagarle, pero ahora se alegra de haber seguido su instinto y aceptado una visita con ella.
Cuando acudió a su despacho, Samantha le contó con todo lujo de detalles cuál era su problema mientras Evelyn Lancaster la escuchaba en silencio y solo preguntaba cuando algo no le quedaba claro.
—Legalmente, es un caso complicado. No tienes testigos y los mensajes son bastante ambiguos —comentó tras leer todos los que Samantha le mostró.
—Entonces, ¿no puedo hacer nada? —preguntó compungida. Evelyn levantó la mirada y le devolvió el teléfono.
—Yo no he dicho eso. Que sea un caso complicado no significa que no podamos hacer nada. Si estás dispuesta a seguir con esto, ven el jueves a la una a este restaurante. —Evelyn desplazó una tarjeta sobre la mesa—. Comeremos y hablaremos sobre esto.
Samantha se quedó mirándola, desconcertada, pero cogió la tarjeta y tomó la mejor decisión de su vida, acudir a esa comida cuando le había dicho.
Al entrar en el restaurante y decir quién la esperaba, un camarero la acompañó hasta un reservado al fondo del salón.
Cuando abrió la puerta, había una mesa redonda y tres mujeres sentadas a ella, una era Evelyn, otra supo después que se llamaba Sandra y la otra era Elizabeth, a la que reconoció porque siempre había seguido su trabajo, era la empresaria en la que Samantha siempre había querido convertirse.
En aquel momento, nadie le explicó lo que era aquello, simplemente le hicieron un montón de preguntas durante las dos horas que duró la comida.
Fueron preguntas concretas, algunas desagradables y otras sobre la empresa, pero sobre todo sobre Richard, sobre el dinero que había puesto y qué le pasaría a su empresa si lo retiraba.
Sandra tomaba notas de todo lo que decía hasta que Elizabeth consideró que tenía información suficiente.
—Nos ocuparemos, pero primero déjanos estudiarlo bien, estaremos en contacto —concluyó la dueña de Obscena.
Samantha salió a la calle sin entender lo que acababa de pasar, pero convencida de que iban a ayudarla.
—Todavía me acuerdo de lo confundida que estaba cuando entré en aquel reservado —dice Samantha con una sonrisa que Elizabeth le devuelve—. Gracias por creerme.
—No me las des a mí, dáselas a Evelyn cuando la veas porque ella es el primer filtro. Bueno, te cuento cómo estamos ahora mismo.
Esta es una de las cosas que más sorprendió a Samantha, Obscena no solo la ayuda sin cobrarle, sino que cada quince días, Elizabeth en persona se reúne con ella para ponerla al día de los avances.
—Como ya sabes, nuestro primer objetivo es él. Lo estamos investigando para ver si encontramos cualquier cosa que nos sirva para presionarlo y amenazarlo para que te deje tranquila y que, por supuesto, no retire la inversión, pero está costando, de momento no hemos encontrado nada.
—¿Y si no lo encontráis? —pregunta preocupada.
—Siempre hay algo, Sam. Un hombre con esa edad no se vuelve un acosador de repente, y menos con todos esos mensajes ambiguos.
Sabe lo que hace porque ya lo ha hecho antes, por eso se cubre tan bien, pero suponiendo que no hubiera nada, eso no ha de preocuparte, algo se me ocurrirá para quitártelo de encima.
En cualquier caso, como no sabemos cómo acabará esto, he abierto una segunda vía.
Holder manda en tu empresa por una sola razón, porque es el mayor inversor y es lo que utiliza para ponerte donde quiere, pero si deja de serlo, ya no habrá ningún motivo para que no puedas alejarlo de ti.
—No entiendo.
—Estoy hablando con gente que puede entrar en la próxima ronda con una valoración muy por encima de la que tenías, suficiente para diluirlo si no quiere salir o para comprarle su parte por una cifra que le haga sentirse listo cuando venda.
Esto nos sirve para dos cosas, intentar que se marche por sí mismo o dejarte cubierta si cuando se vaya no podemos impedir que retire la inversión.
—¿No le parecerá sospechoso que aparezcan nuevos inversores de repente?
—No tiene por qué. Los inversores hacen eso, buscan desesperados las start ups con potencial de hacerlos asquerosamente ricos. Él es así, no se sorprenderá jamás de que aparezcan inversores nuevos queriendo comprar su trozo del pastel.
—Vaya, yo… No sé qué decir.
—No has de decir nada, solo mantenerte a salvo. Si en algún momento ves que ya no puedes soportarlo o se pasa de la raya de otra manera más… física, llámame de inmediato, a cualquier hora. Tendrás a la policía allí en dos minutos y después erradicaré el problema de golpe.
Samantha solo asiente, incapaz de preguntar a qué se refiere con «erradicar» porque se puede hacer una idea y prefiere no pensar en ello.
—Gracias por todo —dice la chica, abrazándose a ella cuando se levantan para salir.
—Tú solo ten cuidado —pide la dueña de Obscena.