Capítulo 6
Existen tantos rumores sobre Obscena que hay noches en que algunas de sus socias se reúnen tras un día complicado y empiezan a leer las disparatadas teorías de lo que se hace en el club para echarse unas risas mientras se beben una botella de buen champán.
Casi todas son falsas, no se acercan en nada a lo que de verdad se hace en el club —y fuera de él, que es lo más importante—, pero solo en una cosa los conspiranoicos han acertado: Obscena es dirigida por mujeres asquerosamente poderosas.
Entre ellas se hacen llamar Las cinco, y aunque Elizabeth es quien tiene siempre la decisión final, las otras cuatro tienen el peso de poder cambiar el curso de una investigación, una orden o una simple idea.
No fueron elegidas al azar, no, Sandra fue meticulosa cuando le presentó a su jefa cada uno de los currículos de estas socias hace años.
Una consultora externa privada, una secretaria judicial, una jueza federal y el círculo lo cierra una respetada capitana de policía.
Se han convertido en íntimas, en más que amigas, pero su fachada fuera del club está tan bien montada que si llegan a encontrarse en cualquier sitio, un saludo cordial es más que suficiente entre ellas.
Normalmente se reúnen cada semana, pero últimamente el trabajo ha aumentado tanto que han tenido que dividirse y solo asisten a aquellas en las que su presencia sea imprescindible para discutir el caso que se ponga sobre la mesa. Como ahora.
—Agente Angela Grant —lee Elizabeth en su iPad mientras observa su foto—. Se ve joven.
—Tiene veinticinco años —informa la capitana de policía Penélope Rodríguez—. Sería una verdadera pena que acabara entre rejas.
Elizabeth lee los cargos en su contra y nada más analizar las cinco primeras líneas, todo le apesta a azufre.
—Es mejor que me lo contéis porque de esto me creo poco. —Suelta el iPad con un resoplido y se acomoda en su silla.
—La versión oficial es que Grant acudió con su compañero como refuerzo a un registro.
Todo fácil: tres detenidos, drogas y dinero incautado —la jueza Margareth Davenport gesticula mientras habla—.
El sargento a cargo notificó que parte de lo que incautaron no llegó a comisaría y, por supuesto, hubo un soplo anónimo que los llevó a revisar la taquilla de la agente.
—Y sorpresa —suelta Elizabeth con la voz cargada de ironía.
La capitana lo confirma con un leve movimiento de cabeza.
—El procedimiento en estos casos es implacable, la agente Grant pasó al calabozo y estuvo horas prestando declaración —explica Penélope—. Está bastante jodida.
—¿Y cuál es la versión extraoficial? —Elizabeth empieza a jugar con su bolígrafo, preparándose para lo que va a oír. Casi nunca la sorprenden.
—El sargento Handrick, que resultó ser el mismo que dio aviso sobre la droga que faltaba, empezó una cacería particular en contra de Angela después de que decidiera invitarla a salir dos veces, que esta le dijera que no estaba interesada en nadie porque quería enfocarse en su carrera y luego enterarse de que se había enrollado con un compañero de la comisaría.
Elizabeth levanta las cejas. Hombres.
—Pude hablar con ella, aunque su abogada es un auténtico grano en el culo —Margareth mueve la cabeza y Sandra desde su esquina reprime el impulso de reírse—. Esa chica no robaría ni siquiera estas flores tan feas que te empeñas en poner en las salas.
Margareth extiende una mano y toca con dos dedos uno de los pétalos con un claro gesto de rechazo en el rostro.
La excelentísima jueza Davenport tiene cincuenta y seis años, viuda de —como ella misma le dice— un hombrecillo patético que hizo fortuna por suerte ajena.
Murió en un prostíbulo de mala muerte mientras se hinchaba a cocaína y se atragantaba de viagra.
Le dejó tantos millones que Margareth tendría que vivir cien vidas para gastárselos y estuvo muy cerca de dejarlo todo para vivir una vida tranquila con sus tres chihuahuas hasta que se topó con un caso que le hizo cambiar de opinión, luego entró en Obscena y lo demás es historia.
Será jueza hasta que la encuentren tiesa en su silla.
Elizabeth la ignora porque los gustos de la que ya considera su amiga son tan exquisitos como absurdamente costosos y aunque tenga una buena cantidad de dinero en su haber, no lo va a despilfarrar en ramos de flores de cinco mil dólares.
—¿Cuál es el plan? —pregunta en cambio la dueña de Obscena.
Penélope pone las palmas sobre la mesa antes de comenzar a explicarlo.
—Esta situación es diferente por lo que no podemos llegar hasta Handrick de la forma habitual tratando de asustarlo para que se eche atrás, las pruebas están ahí y deshacerse de ellas no es imposible, pero complicaría las cosas —se encoge de hombros porque es cierto que han hecho desaparecer muchas de esas pruebas en otras ocasiones, pero hay casos que no son tan fáciles—.
Sugiero que busquemos en la vida de este sargento hasta encontrar algo de donde tirar.
Margareth suelta un sonido extraño con la boca al mismo tiempo que mueve una mano.
—Patrañas —suelta sin esconder su descontento—. ¿Qué vamos a lograr con eso? Tú lo has dicho, Penny, las pruebas están ahí y a menos que desaparezcan, esa chica se comerá años dentro de un sitio que no se lo deseo ni a mi difunto marido, y mira que lo merecía.
Elizabeth tamborilea los dedos sobre la mesa mientras piensa.
—Primero podemos intentar lo que sugieres —clava sus ojos azules en la capitana de policía—, porque si ese tal Handrick fue capaz de hacer semejante barbaridad por un simple rechazo, me hace pensar que es un tipo de hombre capaz de hacer más.
Penélope asiente, complacida. Margareth tiene el gesto torcido. Lleva años viendo a demasiada escoria y para ella algunos no se merecen menos que una bala en la frente.
—Si encontramos algo con lo que podamos obligarlo a que asuma la culpa, lo habremos resuelto. Si no…
Deja el resto del comentario en el aire y las mujeres presentes saben perfectamente a qué se refiere.
—Avisaré a la Luciérnaga —participa Sandra desde su esquina—. Solo le diré que es posible que tengamos trabajo para él.
—Nunca he entendido por qué ha elegido un nombre como ese —Margareth frunce los labios—. Una luciérnaga da luz y este hombre, sin embargo, la apaga.
Elizabeth sonríe por primera vez en lo que va de reunión.
—Los sicarios son seres especiales —Penélope se pone de pie tras consultar la hora en su reloj—. Me voy, tengo una reunión en el ayuntamiento y no puedo llegar tarde.
Dan la junta por terminada y todas se despiden mientras Sandra abre la aplicación codificada que creó Angélica para que las comunicaciones sean seguras. Escribe apenas dos palabras y las envía para que Luciérnaga sepa que existe la posibilidad de que tenga que trabajar.
Al principio, Obscena recurría a sus servicios en casos excepcionales, cuando no había más salida que mandar a un matón que pasó parte de su juventud siendo violado por una manada de hombres ricos y que ahora tiene la sangre contaminada de ira por lo que no titubea ni una sola vez en hacer hablar a quien desee, pero ahora es diferente.
Cuando alguna de Las cinco no ve una solución rápida, es Luciérnaga quien se encarga y vaya si consigue buenos resultados.
La gente canta como pájaros y suelta todo lo que se le pide.
Algunos no tienen esa suerte porque la decisión es que no viva para contarlo.
—¿Todo preparado para la subasta? —pregunta Elizabeth antes de entrar a su despacho.
Sandra asiente mirando el iPad.
—No hay nada de qué preocuparse, ya están todas las piezas allí salvo el cuadro, que lo traen desde la caja de seguridad. —Bloquea el dispositivo electrónico y observa a su jefa—. Todo está confirmado y deberíamos empezar puntuales.
● ● ●
Danielle Sutton sube las escaleras del majestuoso hotel Lux de Manhattan. Se siente fuera de lugar con ese vestido color crema y los tacones que le hacen daño en los pies, pero venir a esta subasta siempre merece la pena aunque después no sepa bien qué hacer con la información que recopila.
Las subastas que organiza el club Obscena son públicas: eso significa que cualquiera puede apuntarse y, si hay entradas disponibles, acceder sin problema.
Danielle empezó a venir hará unos años cuando su obsesión por ese lugar no era tan intensa como ahora.
La primera vez asistió porque un compañero periodista con el que estaba teniendo una aventura —que por fortuna fue bastante corta— le dijo que la acompañara, tenía que darle cobertura al evento, hacer algunas fotos y poca cosa más.
Ella aceptó sin demasiado entusiasmo pero lo que sintió al entrar la cambió para siempre.
—Ven, vamos a sentarnos aquí —le dijo Richard cuando llegaron a la tercera fila.
—¿Los asientos son de libre elección? —se sorprendió Danielle, que sabía que en este tipo de eventos todo estaba muy medido.
—Solo las dos primeras filas están reservadas —explicó el periodista mientras se dejaba caer en una de las sillas—. Mira, esa es Elizabeth Kensington.
Richard lo dijo de forma discreta, pero sin ningún tono que denotara alguna emoción en particular.
Entonces Danielle levantó la mirada y, por alguna razón que no supo en ese momento y años después tampoco comprendería, el corazón se le detuvo un instante, el aire dejó de circular y el mundo decidió dejar de girar.
Fue un momento, menos de un segundo, pero pasó y desde entonces, la obsesión se clavó en ella.
Buscó a Elizabeth por toda la web, vio tantas fotos de esa mujer que estaba segura de que incluso con los ojos cerrados podría haberla reconocido con el tacto.
Se aprendió cada facción, cada puta sonrisa y se hizo adicta al tono de su voz.
—Buenas noches, el código de su invitación, por favor —le pide un hombre vestido de traje oscuro que está en la puerta del salón.
—Hola, es 030580 —se lo dice dígito a dígito mientras mira hacia el interior.
—Bienvenida, pase adelante.
Danielle le hace un gesto de agradecimiento y se mueve por la fila de sillas ordenadamente colocadas.
Es un salón pequeño como para unas cien personas y no está decorado con nada que señale que es una subasta organizada por Obscena.
Nota el cosquilleo en el estómago porque siente que cada vez está más cerca de su objetivo, de adentrarse en ese club oscuro para quitarles esa máscara que se han ocupado de construir muy bien, pero también de tener a Elizabeth Kensington cara a cara y saber de una vez por todas por qué demonios no deja de sentir esa intriga por ella.
A la primera que ve es a su asistenta, una mujer de rasgos finos, pero con la mirada medio vacía que no se separa de su jefa salvo que esté asegurándose de que todo marcha bien como supone que es el caso.
No reconoce a nadie más y eso no le sorprende porque, aunque algunas de sus socias no se esconden, muchas de ellas son un completo misterio.
Parecen organizadas para que no estén nunca en el mismo sitio y sea más difícil ponerles cara.
De repente Danielle se lleva la mano a la nuca, ese gesto que no puede evitar cuando se pone nerviosa, y es que por el lado izquierdo ha visto un destello que, aunque ha sido mínimo, lo reconoce.
Elizabeth aparece con su eterno porte serio, sin regalar una sonrisa a nadie, con el pelo corto perfecto y ese traje impoluto de color blanco que se ajusta a su cuerpo.
No mira a la gente, hace una rápida revisión al iPad que le entrega su asistente personal para luego asentir y volver a desaparecer.
El corazón de Danielle es un coche de Fórmula Uno.
—En una semana estaré dentro.
Susurra para ella, contando los días para la noche de la fiesta.