Capítulo 5
Danielle está sentada en el reposabrazos del sofá, con una bota puesta y la otra en la mano —preparándose para ir a comer a casa de su hermana— cuando escucha el sonido que emite su móvil cuando llega una notificación.
Desde que envió su solicitud a Obscena hace casi una semana, vive mirando el correo de día y de noche, concretamente, la cuenta que le crearon para Grace Weston, su identidad falsa.
Coloca el dedo sobre la huella para desbloquear la pantalla pensando que será algún mensaje de Layla para pedirle que se pase por la farmacia a comprar leche o a la tienda a por pañales, pero lo que hay es un correo y cuando Danielle pulsa para entrar, se queda sin aire y completamente congelada mientras sus ojos permanecen fijos en el remitente: Obscena.
Abre el correo y lo lee tan deprisa que tiene que volver al principio para leerlo más despacio y asegurarse de que es real lo que ha entendido.
«Nos complace comunicarle que su solicitud ha sido aprobada».
En un archivo adjunto, hay una invitación a la fiesta que el club celebra dentro de dos semanas, un sábado por la noche, seguida de una dirección en el valle del Hudson que Danielle se sabe de memoria de tanto haberla buscado.
También hay una indicación sobre la etiqueta y una petición final para que confirme su asistencia respondiendo a ese mismo correo.
Se le calienta la cara de golpe como si hubiera tenido un sofocón y nota cómo el calor le baja por el cuello hasta el escote mientras lee el nombre por tercera vez, Grace Weston. Han picado, los veinte mil dólares y todos los meses intentándolo al final han dado sus frutos.
Danielle suelta una carcajada corta, incrédula, y se lleva la mano a la nuca en un gesto que hace siempre que los nervios la invadan de forma inesperada.
Se incorpora para dejar el móvil en la mesa y se da un golpe en la cadera con la silla, y esta, a su vez, acaba impactando contra la mesa y hace bailar el líquido de su café hasta que se desborda y se derrama sobre el teclado de su portátil.
Danielle lo aparta lo más rápido que puede y con los nervios y el temblor de sus manos torpes acaba tirando el móvil al suelo, y cuando va a agacharse para recogerlo, se desequilibra porque tiene un pie descalzo y el otro con la bota.
Suelta una carcajada histérica y se vuelve a sentar donde estaba mientras se pasa la mano por la nuca de nuevo.
—Joder, Danielle, cálmate —susurra para sí misma.
Pero no puede calmarse y de repente suelta un grito de euforia que hace que le duela la garganta y que probablemente la haya escuchado medio edificio, pero a Danielle no le importa porque acaba de lograr su objetivo, la vía libre para cruzar por fin las puertas de Obscena.
Tras un par de minutos sin moverse que utiliza para calmarse, al fin se pone la bota que le falta y sale de su apartamento para ir a casa de su hermana.
● ● ●
Layla le abre la puerta con George en la cadera y el pelo un poco despeinado, y lo primero que hace es levantar la mano libre para que Danielle no diga una palabra.
—Como lo despiertes, te quedas tú con él esta noche —susurra apartándose para dejarla pasar.
—Pero está despierto, Layla, me está mirando fijamente —dice divertida.
Layla baja la mirada hacia su hijo y descubre resignada que, en efecto, tiene los ojos abiertos como platos y una mano metida en la boca.
—Genial —masculla mientras empuja la puerta con el pie.
Danielle sonríe y le quita al niño de los brazos y avanza con ella hacia la cocina.
La casa de su hermana huele a una mezcla de comida, suavizante y un rastro suave de madera que probablemente se debe a que su cuñado John trabaje en una carpintería y siempre traiga ese olor a serrín con él.
A Danielle le encanta esa mezcla de olores que hay en esta casa porque asocia ese olor a hogar, a familia feliz.
—¿Has dormido esta noche? ¿Este pequeñín te ha dejado? —pregunta poniendo a su sobrino de pie sobre sus rodillas tras sentarse a la mesa de la cocina.
—Ha tenido el detalle de permitirme dormir cuatro horas seguidas, así que no puedo quejarme.
Danielle suspira y tuerce el gesto, segura de que ella no podría sobrevivir a eso con lo que le gusta dormir.
Cuando la comida está lista, pone a George en la hamaca a los pies de la mesa y lo va meciendo con la punta de su bota mientras Layla le sigue contando todo lo que hace cada día y lo cansada que está.
—A ver, cuéntamelo —suelta de pronto.
—¿El qué? —pregunta Danielle, aunque no puede evitar que se le curven los labios.
—Lo que sea que te pasa, llevas toda la comida sonriendo de esa manera que te hace parecer idiota.
Danielle suelta una carcajada, segura de que de verdad lo parece.
—¿Qué es? ¿Te has echado un novio? ¿Te han ascendido?
Su hermana deja el tenedor sobre la mesa y niega con la cabeza mientras se limpia la boca con la servilleta. Después coge su móvil, abre el correo de Obscena y se lo muestra a Layla, que lo lee entero sin entender nada.
—¿Quién es Grace Weston?
—Yo.
La sonrisa de Danielle se estira tanto que siente los labios tirantes.
—¿Tú?
—Ajá. Es una identidad falsa, por supuesto —asegura emocionada—. Esta vez nada de inventar perfiles por mi cuenta, le pagué a una tipa para que me creara una de verdad y ha funcionado. Grace Weston tiene historial de crédito, cuentas con movimientos, apartado de correos y hasta un par de tarjetas.
—¿Has pagado para conseguir eso? —pregunta su hermana, atónita.
—Llevo mucho tiempo intentando entrar, Layla, y esta era la única manera de lograrlo.
—¿Cuánto has pagado por esa identidad? —pregunta asustada.
—Eso da igual.
—A mí no me da igual. —Su hermana frunce el ceño—. ¿Cuánto?
—He estado ahorrando para esto, ¿de acuerdo?
Está pagado y no le debo nada a nadie si es lo que te preocupa.
Y no me arrepiento, Layla. Sabes que llevo mucho tiempo detrás de esto, invirtiendo horas sin parar.
Tengo listas de posibles socias que salen en la prensa y otras mujeres que no salen en ningún sitio, tengo movimientos de dinero de tres fundaciones y declaraciones de gente que estuvo en las subastas y que se pone nerviosa si le preguntas si saben algo más, pero todo eso no me sirve de nada si no lo puedo contrastar.
Sin nada que lo confirme, todo lo que tengo es gente que habla, y sabes muy bien que tengo que tener mucho cuidado con lo que publico dada mi reputación de mierda.
—Es peligroso, Danielle. —Layla se levanta, coge los platos y los lleva al fregadero.
Después se gira hacia su hermana—. Toda la gente que conozco ha escuchado hablar de ese lugar.
Una clienta de John le contó que su cuñado denunció a una de esas mujeres por algo de dinero y a los tres meses se había quedado sin negocio, sin abogado y sin casa.
En la peluquería me han contado cosas peores, desde que trafican con drogas hasta chicas que llevan allí vete a saber para qué.
No sé si es verdad o si son cosas que a la gente le gusta inventarse para criticar a los ricos, y me da igual que sea mentira porque si lo es no pasa nada, pero si la mitad de lo que se cuenta es cierto, me da mucho miedo que entres ahí tú sola.
—Sé cuidarme perfectamente, Layla —asegura Danielle.
—No lo dudo, Danny, pero aun así es peligroso que vayas tú sola.
—¿Por qué no lo dejas pasar? —pregunta Layla—.
Sé que para ti es importante recuperar tu credibilidad y que un buen artículo sobre un sitio así podría ayudarte, pero estoy segura de que hay otros sitios donde buscar sin exponerte tanto.
En esta ciudad hay corrupción por cualquier parte, puedes conseguir algo importante sin necesidad…
—Layla, ya está hecho y no pienso echarme atrás. Sé que te preocupas y te lo agradezco, pero necesito hacer esto. Si te quedas más tranquila, te reenvío el correo para que sepas exactamente dónde estoy y cuando salga de la fiesta, te escribo un mensaje para decirte que estoy bien.
Su hermana la mira en silencio durante unos segundos, pero al final asiente tras soltar un resoplido.
—De acuerdo, escríbeme, da igual la hora que sea, con la suerte que tengo, seguro que George me tendrá despierta en la mecedora.
Danielle se levanta y se acerca a su hermana.
—Te prometo que te avisaré. ¿Por qué no vas a echarte un rato aprovechando que estoy aquí? Yo vigilaré a George mientras descansas y si se despierta, me lo llevaré a pasear un rato.
—¿De verdad? —A Layla se le humedecen los ojos porque la idea de poder tumbarse sin esa inquietud que siempre la persigue ante el temor de que su hijo llore y ella no se entere es un alivio profundo.
—Claro, puedo quedarme un par de horas sin problema, ve a descansar.
Layla se abraza a ella y la aprieta con tanta fuerza que Danielle suelta todo el aire de golpe.
Cuando se va, se sienta de nuevo, echa un vistazo a George para asegurarse de que sigue dormido y coge su móvil para buscar algún lugar donde pueda alquilar un vestido que dé la talla para el día de la fiesta.
Le encantaría poder comprarse uno, pero su cuenta se quedó temblando después de comprar la identidad falsa, y va a necesitar unos cuantos meses para poder recuperarse.
Y, aun así, le parecen los veinte mil dólares mejor invertidos de toda su carrera.
Ahora solo le queda esperar a que pasen los días para poder pisar por fin ese recinto al que tantas ganas le tiene.