Obscena Capítulo 4
16%

Capítulo 4

Sandra Ramírez está sentada frente a la pequeña mesa que usa de escritorio mientras teclea en su ordenador y va haciendo pausas para tomar sorbos de su taza de café.

Son las seis de la mañana, aún no debería estar trabajando, pero desde hace mucho tiempo su cuerpo tiene un despertador interno que le hace abrir los ojos a las cinco en punto, cuando el sol ni siquiera ha pensado en asomar.

Ojalá la razón fuera distinta, pero es que a esa hora siempre pasaban cosas muy malas.

Su marido volvía borracho a casa, le pegaba una paliza y cuando estaba en el suelo casi inconsciente, la violaba.

En otras ocasiones —las pocas veces que el hombre hacía el horario de mañana en la obra— era el momento en el que ella tenía que empezar a preparar la comida que él tenía que llevarse al trabajo y a menudo algo estaba mal, entonces Roberto la abofeteaba y le hacía tragar los huevos revueltos que para su gusto estaban demasiado crudos.

De eso han pasado años, pero el cuerpo recuerda lo que muchas veces la mente trata de olvidar y por más que lo ha intentado —incluso con una terapia costosísima que le pagó Elizabeth— hay cosas que simplemente no se pueden superar y hay que vivir con ello.

—Hola, Grace —susurra Sandra con una sonrisa ladeada cuando entra a los informes que envía Angélica a su correo y ve una foto de tamaño grande en su pantalla.

Uno de los trabajos de la asistente de Elizabeth es revisar esas solicitudes que llegan al buzón de Obscena como si fueran tarjetas de felicitación.

Durante años muchas mujeres han intentado acceder en el club y una de las formas más fáciles —o al menos eso piensa la gente— es enviar ese famoso requerimiento que tienen abierto al público desde hace tiempo.

El problema es que un buen porcentaje suelen ser de personas que quieren visitarlo por razones de las que hay que tener mucho cuidado: ponerle cara a las socias, observar cómo es el movimiento dentro o intentar entrar a las áreas normalmente de acceso exclusivo.

Por eso Sandra las revisa una a una con calma y cuando ese sexto sentido salta como un conejo de campo, le pide a Angélica que haga las maravillas que suele ejecutar desde su ordenador y, como esta vez, siempre obtiene algún resultado.

Imprime toda la información que tiene sobre este perfil —a Elizabeth aún le cuesta acostumbrarse a que todo sea digital— y lo mete en una carpeta de color marrón.

La deja a un lado y camina hacia el gran espacio que tiene reservado como su área de entrenamiento.

Allí hace algunos estiramientos y luego está durante treinta minutos haciendo una rutina de cuerpo entero que la deja tan exhausta como llena de vida para comenzar el día con la fuerza que necesita.

Revisa la hora y sabe que, en breve, Elizabeth estará en su despacho así que se desnuda y entra directamente al baño para ducharse.

Cuando pasa frente al espejo se detiene y observa su cuerpo por unos segundos, repasando las cicatrices que le dejaron años de maltrato, pero también los músculos que la disciplina y el buen ejercicio le han proporcionado.

Sandra tardó mucho tiempo en rehacerse pedazo a pedazo y cuando estuvo lista para seguir adelante, se dio cuenta de que en realidad ni siquiera le gustaban los hombres.

Roberto fue su primer novio, algo que «tenía que suceder» porque según sus padres y su cultura, una buena mujer se casa pronto y empieza a tener hijos de inmediato.

Ella en verdad pensó que estaba enamorada, que, aunque había cosas que no le gustaba hacer, era parte de tener una relación sentimental.

Estuvo ciega, quizá cautivada por todo lo que él le decía y por eso cruzó la frontera convencida de que lo que le esperaba de este lado iba a ser maravilloso, qué equivocada estaba.

Hace semanas que no intima con ninguna mujer y sabe que tiene que ponerle solución a eso lo antes posible porque su sexo empieza a contraerse más veces de las que ella puede soportar en un día sin darse alivio.

Cuando está vestida y con la carpeta en la mano, baja las escaleras que conectan el ático con el club y se desvía al despacho de su jefa.

Sabe que está ahí, no solo por la estela de olor que deja su perfume cada mañana sino porque las luces están encendidas y escucha el sonido de las teclas de su ordenador.

—Buenos días —Sandra entra y sin perder tiempo le deja la carpeta sobre la mesa—. ¿Quieres un café?

Elizabeth termina de leer algo en la pantalla, mueve el ratón y levanta la mirada hacia Sandra.

—Hola, Sandra. Si me tomo uno más, temo que me dé un infarto.

Sandra ladea la cabeza como un perro curioso y entrecierra la mirada.

—Son las siete y media de la mañana, jefa. ¿No es muy pronto para tener tanta cafeína en la sangre? —esboza una sonrisa pícara—. ¿O es que ni siquiera has dormido?

Elizabeth chasquea la lengua y hace un gesto para negar. Es cierto que alguna vez se le ha alargado una noche de sexo y al acabar ha decidido ponerse a trabajar porque hay veces que follar la deja muy eufórica, pero nada tiene que ver con eso esta vez.

—He dormido, pero a las cuatro de la mañana había dado tantas vueltas en la cama que me dolía la espalda.

—¿Una mala noche? —pregunta Sandra mientras se prepara un café.

Elizabeth tuerce el gesto mientras la observa aún sin querer abrir la carpeta. Sabe que cuando Sandra baja tan temprano y además le entrega algún documento, nunca son buenas noticias.

—Últimamente estoy algo inquieta —mientras lo dice, mueve el cuello para destensarlo—. No hay nada en particular que me preocupe si es lo que vas a preguntarme. Es lo mismo de siempre.

Sandra asiente con calma mientras coge su taza y se acerca al escritorio. Se sienta frente a Elizabeth y decide no tirar de ese hilo, hay días que es mejor dejarlo pasar.

La asistente señala la carpeta antes de darle un sorbo a su café, quiere saber qué decisión va a tomar la dueña de Obscena al respecto para que ella pueda actuar de inmediato.

Elizabeth exhala cuando se pone las gafas de leer y sus dedos sienten el material rugoso de la carpeta.

En cuanto la abre, una fotografía a todo color se mete en su retina y hace que un escalofrío la recorra hasta la punta de los pies.

En ella aparece una mujer a la que le calcula unos treinta y tres años, quizá algo más, con unos ojos verdes brillantes que atrapan, unas pestañas largas y varias pecas adornan su nariz.

Lleva una melena castaña oscura que le llega hasta los hombros, ondulada y despeinada, pero como si lo hiciera buscando un efecto descuidado que le queda muy bien.

Elizabeth Kensington tiene el aire retenido en los pulmones desde que ha visto el documento y solo es capaz de soltarlo cuando empieza a leer la información que lo acompaña.

«Periodista de investigación».

«Escándalo por pruebas falsas».

«Rechazada por el gremio».

La dueña de Obscena parpadea como saliendo del embrujo que Danielle Grace Sutton, alias Grace Weston la heredera, ha dejado en ella y cierra la carpeta deseando saber más de esta periodista y los motivos por los que quiere colarse en su club.

—Te escucho —Elizabeth se quita las gafas y las pone sobre la madera pulida de su mesa. Sabe que Sandra está deseando contarle todo lo que sabe.

—Periodista de investigación respaldada no solo por el periódico en el que trabajaba sino por sus colegas.

Metió la pata, confió en quien no debía y salió quemada —toma otro sorbo de café deleitándose con esa mezcla dulce achocolatada que compra su jefa—.

Después de eso se convirtió en dinamita, nadie quería estar cerca de ella y por motivos que aún desconozco, The Empire Chronicle le dio una oportunidad.

Ahora escribe una columna que yo considero buena, pero para ella estoy segura de que es una humillación.

Elizabeth cruza las piernas y se recuesta en su silla. Siente una pulsión en el medio del pecho que va bajando poco a poco hasta que se instala en su vientre.

—Ha intentado recibir una invitación nuestra en dos ocasiones —continúa Sandra—.

Esas primeras veces, el sistema automático que instaló Angélica la rechazó directamente.

Había creado perfiles mediocres que no se sostenían por ninguna parte.

Esta vez ha sido diferente, ha creado una identidad sólida, real, tanto que hay fotos de gente influyente con el mármol de cocina marca Weston.

Elizabeth levanta una ceja y ese gesto la hace ver aún más atractiva. Por fortuna, Sandra es inmune a sus encantos, la quiere como a una hermana.

—¿Entonces cómo es que la habéis pillado? —interroga, curiosa.

Sandra sonríe y deja la taza sobre la mesa.

—La muy idiota utilizó la misma IP las tres veces —niega con la cabeza—. La de su casa para ser más precisa. Eso nos dio el primer aviso así que estuve revisando y a priori todo parecía legítimo, pero le pedí a tu sobrina que hiciera una búsqueda más profunda y…

—Eureka —interrumpe Elizabeth abriendo ambas manos al mismo tiempo.

—Eso es —confirma la otra mujer—. Algo la ha llevado a gastarse unos cuantos miles para conseguir esa identidad tan bien elaborada, lo que nos lleva a pensar que quiere entrar para meter las narices en el club para algún reportaje o investigación interna.

—¿Quién le ha dado la documentación?

Elizabeth lo pregunta porque controlar ese club tan poderoso es también conocer quién hace qué en su ciudad. Drogas, secuestros, extorsión, documentación, cualquier cosa.

—Pueden haber sido los Rojos o los Ferro por el nivel de detalle, si quieres confirmación, esta misma tarde puedo tenerla.

Elizabeth mueve la cabeza, no le interesa quién es el responsable, solo quería tener una idea de quién era para saber cuánto se había gastado esa periodista para poder entrar en su club. Su intriga crece por momentos.

Sandra se pone de pie después de revisar la hora en su reloj, tiene una llamada con uno de los jefes de obra de una casa en San Luis Potosí que ha tenido algunos retrasos porque dos policías han querido cobrar una mordida.

Han tardado una semana en resolverlo, pero ya está hecho y quiere confirmarle que pueden seguir con la reforma.

—Solo quería que estuvieras informada, en cuanto acabe la llamada que tengo, rechazo la solicitud para…

—No —la corta Elizabeth, y Sandra se queda muy quieta—. Acéptala y mándale la invitación para la fiesta, no la de esta semana. La otra.

La asistente la mira durante unos largos segundos, pero no dice nada, es incapaz de contradecir una orden de su jefa.

No porque le tenga miedo, sino porque la respeta y Elizabeth ha llegado a ser quien es por su astucia y todo lo que ha aprendido de sus errores.

Si quiere que acepte a esa periodista, lo hará, aunque le parezca una decisión fuera de lo común.

—Claro, cuenta con ello —responde Sandra y abandona el despacho.

Elizabeth suelta el aire y se pasa la mano por la mandíbula. El corazón le late con fuerza y su mente no deja de preguntarle por qué ha decidido dejar entrar en su casa a una mujer que intuye de antemano, tiene motivos ocultos. Ni siquiera ella misma sabe el motivo.