Capítulo 3
—¿Compra o empeño? —pregunta el hombre que hay detrás del mostrador sin levantar la vista de la libreta donde apunta todo lo que pasa en su tienda.
—Vengo a recoger un encargo —responde Danielle, a punto de escupir el corazón por la boca mientras un sudor frío le recorre la columna—. De parte de Mick, un reloj para la abuela.
El hombre levanta la vista con parsimonia y la mira de arriba abajo durante unos segundos que a ella se le hacen eternos. Después frunce el ceño y estira el brazo hacia el timbre que tiene bajo el mostrador.
La joyería Ferro está en un local estrecho en una de las calles secundarias de Brooklyn, entre una lavandería y una tienda de reparación de móviles con la persiana medio bajada.
Danielle ha entrado en sitios mucho peores que este, ha estado en naves del Bronx donde se cortaba droga a paladas y en sótanos en los que no quería imaginarse lo que había pasado, pero entonces era otra persona, era una periodista de sucesos intrépida con un medio enorme detrás que la respaldaba y con una seguridad en sí misma que asustaba a su hermana Layla cuando pensaba que Danielle se exponía demasiado.
Ahora es una mujer sola que investiga por su cuenta a Obscena, convencida de que detrás se esconde algo muy turbio que le ayudará a recuperar su reputación cuando tenga el reportaje.
—Por esa puerta. Ve por el pasillo hasta el final —dice el hombre señalando una metálica que hay al fondo y que se ha abierto cuando ha pulsado el botón, y baja la mirada hacia su libreta de nuevo, dando por zanjada toda su intervención.
Ella traga saliva, cruza la puerta y avanza por el pasillo, que está lleno de cajas apiladas a los lados.
Mick, una de sus fuentes a la que todavía conserva de su época de gloria y que fue quien le habló de este sitio para conseguir lo que busca, le advirtió que no preguntara nada que no tuviera que ver con lo que había pedido, así que Danielle se guarda su curiosidad innata y decide no plantearse qué hay en las cajas ni mirar a través de las puertas abiertas por las que pasa.
Al fondo hay una habitación, la única con la luz encendida, y, cuando Danielle, con el pulso martilleándole los oídos, se asoma, ve a una mujer de unos sesenta años que la espera sentada detrás de una mesa.
De manera involuntaria, la periodista se relaja porque la mujer parece una abuela de cuento, con el pelo blanco recogido en un moño, gafas con montura de pasta y los mofletes colorados.
¿Qué peligro puede tener una persona así?
—Siéntate. —Danielle se sobresalta con su tono de voz alto y ronco—. ¿Traes el dinero?
—Eh, sí. Por supuesto.
Danielle se queda quieta, esperando mientras la mujer la mira fijamente.
—¿Me lo vas a enseñar o le tengo que pedir a mi hijo que te saque a rastras de aquí? —pregunta con impaciencia.
—Sí, claro. —La periodista se mueve a toda prisa, saca el sobre del bolso y lo deja encima de la mesa.
La mujer lo coge de inmediato, extrae el fajo de billetes que supone un año de alquiler para Danielle y lo mete en una máquina que lo cuenta mientras ella se mira las manos.
Le tiemblan y eso le molesta, ella siempre ha tenido una frialdad helada para cosas de este tipo y, sin embargo, está aquí, con las palmas sudando y el corazón en la garganta mientras reza para haber contado bien y que no falte ni un dólar.
Veinte mil dólares. Es casi todo lo que le queda y aun así está muy segura de la inversión que hace.
—Está todo —confirma la mujer mientras guarda el dinero en un cajón—. Bien, vamos a repasar tu vida nueva.
Abre una carpeta de color marrón, se ajusta las gafas con el dedo y empieza a sacar documentos que deja delante de Danielle.
—Grace Weston, cuarenta y un años, nacida en Boston.
La periodista asiente. El nombre le gusta y considera que tiene clase.
—Eres heredera de una empresa familiar de importación de mármol que se vendió hace seis años a un grupo italiano. Desde entonces, vives de gestionar tu patrimonio.
Danielle vuelve a asentir, complacida. Sin duda, Mick le recomendó a alguien competente que ha cumplido con lo que ella necesitaba.
—Historial de crédito impecable. —La mujer señala un documento con el dedo—.
Cuentas con movimientos durante cuatro años, tarjetas activas, un apartado de correos en el Upper East Side y una dirección en un edificio con portero que dirá que acabas de salir si alguien pregunta.
Antigua alumna de un internado de New Hampshire que cerró hace años, lo cual es conveniente porque ya no queda nadie a quien preguntar.
Donante habitual de dos fundaciones, entradas de sociedad en tres galas benéficas y presencia discreta en internet.
Si alguien busca, encuentra lo suficiente para saber que existes.
Danielle mira los documentos y se le seca la boca cuando ve su foto en el pasaporte y el carnet de conducir.
—¿Por qué una empresa de mármol? —pregunta sin poder controlar su curiosidad.
—Porque nadie sabe una mierda de mármol —espeta la mujer—. Si te hago heredera de un banco, en cualquier cena habrá alguien que conozca a tu familia, pero con esto no. Si alguien te pregunta, dices que el negocio era de tu padre y que tú lo vendiste en cuanto pudiste, y se acabaron las preguntas.
—Es genial, gracias.
—No sé para qué la quieres ni te lo voy a preguntar, pero debes tener en cuenta que la mayoría de las personas quieren esto para desaparecer.
Para eso, con todo lo que hay aquí es suficiente, porque nadie busca durante mucho tiempo a alguien que no quiere que lo busquen, pero si lo que pretendes es otra cosa, ten mucho cuidado con lo que dices y haces.
No podrás mantener esto mucho tiempo si alguien decide investigar de verdad.
—Lo sé.
Danielle tiene claro que, si alguien con recursos decide investigar su nueva identidad, la acabará descubriendo, pero la idea es no dar ningún motivo para ello.
Recoge la documentación y la mete en la misma carpeta en la que estaba, la guarda en el bolso y sale de ahí en silencio, apretándolo contra su pecho como si le fuera la vida en ello.
La periodista camina por la calle con el cuerpo tenso y decide coger un taxi en lugar del metro porque para ella esa carpeta tiene más valor que los veinte mil dólares en efectivo que llevaba antes.
Esto no puede fallar. Cuando rellene la solicitud de ingreso para Obscena, esta vez no se la rechazarán como las dos anteriores.
Danielle lo intentó con nombres corrientes, perfiles que se construía ella misma durante semanas, con direcciones reales de edificios buenos, currículos que parecían verosímiles y hasta una cuenta de correo con historial, pero siempre recibía la misma respuesta.
«Lamentamos comunicarle que su solicitud no ha sido aprobada».
Ya está, nunca había más explicación, pero Danielle llegó a la conclusión de que quien filtra esas solicitudes sabe lo que hace y comprueba cosas que ella no puede falsear.
Con lo que tiene dentro del bolso, da igual lo que busque: tendrán que aceptarla, y cuando lo hagan, los meses que ha pasado ahorrando hasta el último dólar habrán valido la pena.
Lleva demasiado tiempo siendo la apestada, siendo esa periodista relegada a una columna aburrida porque aquel ludópata de mierda se la jugó y ella no supo verlo.
Ahora escoge a sus fuentes con mucho más cuidado cuando tiene que buscar alguna nueva, y contrasta la información recibida hasta rozar lo obsesivo, aunque con Obscena le está resultando muy complicado porque, pregunte donde pregunte, nadie dice nada que ella no sepa ya.
El lugar parece tan perfecto como su dueña, a la que Danielle ha visto en persona cuando entraba en las subastas públicas, aunque de lejos, porque, por muy públicas que sean, Elizabeth Kensington no se relaciona con cualquiera, pero aun así, desde esa distancia, siempre le ha resultado una mujer muy atractiva que probablemente usa su belleza para enmascarar toda la oscuridad que hay debajo.
Cuando al fin llega a su apartamento —que no se parece en nada al que pone en la documentación falsa—, la periodista deja la carpeta sobre la mesa junto al portátil y entra en la cocina, saca del congelador una lasaña y la mete en el microondas mientras se da una ducha rápida y se pone el pijama.
Cena leyendo noticias en la tablet y chasquea la lengua porque la alerta de publicaciones que tiene puesta sobre Obscena y un montón de palabras clave relacionadas con la asociación no ha saltado desde hace una semana.
El último que vio era una basura en la que lo único bueno era la imagen de su dueña mientras estrechaba la mano de la alcaldesa.
Lleva el plato vacío a la cocina y regresa al salón con una copa de vino.
Y ahora sí, con el pulso desbordado de pura emoción, Danielle enciende el portátil, pulsa el acceso directo que tiene en el navegador con la web de Obscena y empieza a rellenar una nueva solicitud que, en esta ocasión, sabe que no rechazarán.