Capítulo 2
Danielle se pasa la mano por el cuello y nota cómo el sudor se acumula justo debajo del nacimiento de su pelo.
Se suelta la melena castaña para volver a recogerla en un moño más alto, pero también tan despeinado como es habitual cuando está trabajando.
Algunos mechones le caen por la cara y bufa mientras se los aparta con un manotazo rabioso.
—Joder, qué calor —suelta mirando la salida de aire de la calefacción central con gesto lastimero.
Sigue tecleando de manera frenética, quiere acabar el artículo para la columna que escribe y luego dedicar el resto de horas indagando el tema en el que está verdaderamente interesada.
Danielle Grace Sutton fue un nombre muy sonado en el periodismo de investigación neoyorquino.
La mujer que no temía a nada, la que se adentraba en los barrios más peligrosos del Bronx y destapaba toda clase de tramas que iban desde drogas y trata hasta secuestros y asesinatos.
Obtuvo varios premios y, con los treinta y cinco años que tiene ahora, muchos la visionaban como la ganadora de uno o más Pulitzer por sus grandiosos trabajos, pero todo eso se fue a la mierda en un abrir y cerrar de ojos cuando hace tres años publicó la pieza periodística más importante de su carrera.
Una trama de corrupción relacionada con contratos públicos, una historia que no solo parecía sólida, sino que cortaría muchas cabezas cuando todo saliera a la luz.
Había pasado meses recabando las pruebas, comprobando que fueran reales mientras se reunía en la oscuridad de la medianoche con varias de sus fuentes, que cada vez le entregaban más hilos de los que tirar.
El problema es que uno de ellos —Christopher Martin, jamás olvidará ese nombre— resultó haber falsificado parte de la documentación.
El tipo estaba enganchado al juego y, como fuente principal de la investigación, recibía dinero de forma continua.
No era mucho, pero al parecer cualquier cosa le valía con tal de meterlo todo en algún casino para multiplicar los dólares que nunca llegó a ganar.
Aquello fue un caos, se abrió un expediente, el reportaje fue retirado, le llovieron denuncias por difamación y falsificación.
Por suerte, Danielle tuvo la cabeza bien puesta para documentar todo lo que hacía —a diferencia de dejarse llevar por la adrenalina del momento y no revisar todo como debía— y pudo librarse de ir a la cárcel, pero su carrera quedó completamente hundida, la despidieron y, por supuesto, la pérdida de toda credibilidad vino de regalo.
Después de estar meses encerrada en su diminuto apartamento rodeada de cajas vacías de pizza y regodeándose en su propia miseria, Danielle necesitaba ponerse en marcha de nuevo —por su salud mental, pero sobre todo porque los ahorros de toda una vida empezaban a acabarse—, así que tiró de contactos para encontrar un nuevo empleo.
La respuesta de la mayoría no le sorprendió; todos querían rodearse de la futura ganadora de un Pulitzer, pero nadie de una periodista acusada de inventarse historias para conseguir fama.
Solo un antiguo compañero que cubría la sección de viajes del The Empire Chronicle se ofreció a interceder por ella porque dentro no se hablaba —tan— mal de ella.
Ahora ahí está desde hace más de dos años, en un cubículo tan pequeño que apenas le cabe el portátil, al final del pasillo, frente a la boca de salida de la calefacción y al lado de la puerta de emergencias.
Podría ser peor, Danielle lo sabe, pero a pesar de que ya ha pasado tiempo, aún no se acostumbra al cambio, a pasar de ser una especie de investigadora intrépida a la mujer que escribe la columna de «Vivir mejor» en la que da consejos sobre qué fruta comer y qué tipo de ejercicios funcionan según la ciencia para eliminar esos kilos de más. Se siente verdaderamente patética.
—Sutton, buen artículo el de la semana pasada. —Teddy, el becario, le guiña un ojo y apresura el paso con nervios hasta la zona de descanso.
Danielle resopla. «¿Segura de que coger un avión sin medias compresivas es buena idea?», a ese es al que se refiere y no le puede parecer un tema más absurdo.
Cuarenta minutos después está enviando al editor las mil quinientas palabras que ha escrito junto a dos fotografías que tomó en el centro de salud de Manhattan cuando entrevistó a la doctora Clason y justo en ese momento su teléfono suena, revelando el nombre de su hermana en la pantalla.
—Layla —contesta con tono distraído mientras va cerrando todas las pestañas del navegador que no le interesan—. ¿Qué tal?
Su hermana lloriquea, pero Danielle no se asusta.
Layla es madre de un precioso niño de seis meses y desde hace unos tres, el pequeño George se niega a dormir más de dos horas seguidas, haciendo que su pobre madre se arrastre por casa con el cansancio a cuestas mientras se encarga del resto de cosas.
Su marido, John, es un buen tipo, pero alguien tiene que llevar el pan, así que sale muy temprano hacia su carpintería y no vuelve hasta que la luna adorna la oscuridad, por lo que Layla suele estar agotada.
—Está durmiendo ahora mismo, pero ¿puedes creer que en vez de hacer lo mismo que él estoy como una tonta viendo cómo suspira en su cuna? —Chasquea la lengua—. No me entiendo.
Danielle suelta una carcajada floja, pero verdadera.
—Ser madre te ha hecho una blandengue —se mofa la periodista—. Luego te quejas de que estás tan cansada que no puedes mantenerte en pie.
—Soy una completa pusilánime —suspira con drama—, pero sabes que me encanta este nuevo papel.
Danielle lo sabe muy bien, su hermana siempre soñó con ser madre y desde que se casó con John ambos se repetían que esperarían el momento perfecto, pero durante años no llegó.
Si no era por los trabajos, era por algún proyecto que querían llevar a cabo; una casa nueva adecuada para tener un hijo, un viaje largo antes de convertirse en padres…
Entonces un día —y en la peor época— quedó embarazada en un pequeño grito del destino que les decía que el momento perfecto era ahora.
Y aunque se queja, Layla está feliz de estar cansada porque tiene a George junto a ella.
—¿Y tú? ¿Algo que contar? —se interesa Layla mientras mastica una manzana.
La periodista tuerce el gesto. Hace semanas le comentó a su hermana que habían ampliado la plantilla en el departamento de sucesos, que querían incorporar profesionales que salieran a la calle en busca de noticias jugosas, y entonces a Danielle se le abrió el pecho, la oportunidad era perfecta para ella.
Se presentó ante el jefe de equipo, que la envió directamente al editor.
—Analizaremos tu solicitud, Danielle —le dijo con esa voz horrible de fumador y la descartó con un movimiento de mano.
La periodista supo en ese momento que no contarían con ella.
Sigue siendo la apestada y teme que nunca podrá quitarse ese lastre de encima, por lo que irá apagándose poco a poco mientras escribe artículos basura para mujeres de clase baja que no pueden pagar a un entrenador ni a un dietista y se conforman con creer todo lo que leen en columnas como las de ella.
—Nada —exhala la periodista—. Lo mismo de siempre, ya lo sabes.
Hay un corto silencio al otro lado de la línea. Por suerte, Layla siempre tiene las palabras adecuadas.
—Al menos trabajar en The Empire te permite pagar las facturas y tener el tiempo suficiente para centrarte en otras cosas. —Layla no lo sabe, pero a Danielle le han brillado los ojos azules—. Siempre he pensado que tu sitio no está en una gran redacción, sino trabajando por tu cuenta.
Layla lleva años insistiendo en eso porque cada vez que veía a su hermana frenarse por las políticas del medio en el que trabajaba y a los editores llevarse parte del mérito por un trabajo que Danielle había peleado con uñas y dientes —en muchos casos jugándose la vida— le hervía la sangre.
—No puedo quejarme del salario, eso es verdad.
—Ahí lo tienes —señala la otra mujer—. Bueno, voy a darme una ducha y al menos aprovechar que George sigue resoplando como si al despertarse tuviera que enfrentar problemas reales.
—Es un Sutton, el drama corre por sus venas.
Ambas hermanas sueltan una carcajada antes de despedirse y colgar el teléfono.
Danielle empieza a mordisquearse los labios mientras abre la carpeta protegida que guarda en su portátil: la investigación a Obscena.
No lo dirá en voz alta, pero está realmente obsesionada con ese club y lo que ella cree que hay detrás, porque no termina de tragarse la historia que aparece en su web ni la que los medios insisten en difundir.
Para ella hay algo más que un sitio donde mujeres ricas y poderosas pasan el tiempo; de hecho, Danielle ha estado en lugares donde el suelo —literalmente— era de oro y sabe que esos sitios son los que más mierda ocultan.
Trata y prostitución.Grandes cargamentos de droga.Contrabando de armas.
Son apenas tres de los puntos que forman parte de una extensa lista que Danielle ha elaborado con cuidado, de los que ella considera que Obscena y su dueña, la empresaria Elizabeth Kensington, con todo su dinero y esa empresa que quizá sea una tapadera, encabezan.
No sabe cuánto tiempo lleva recopilando información, yendo a esas subastas públicas que tanta expectación causan en Nueva York y sobre todo intentando que le aprueben una solicitud para unirse al club, porque la periodista no va a conformarse con ser una mera espectadora, no, ella necesita verlo todo desde dentro.
Infiltrarse como lo haría la Danielle del pasado, esa que mucha gente admiraba y que volverán a idolatrar si logra su objetivo: destapar lo que hay de verdad detrás de Obscena.
Se le eriza la piel del cuerpo y exhala una respiración nerviosa antes de empezar a teclear y continuar con esa investigación que, está segura, la llevará a la gloria.