Obscena Capítulo 1
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Capítulo 1

—Por eso considero que deberíamos esperar al segundo trimestre —concluye uno de los consejeros, un hombre de pelo canoso con entradas pronunciadas y la frente siempre sudorosa que ha intervenido tres veces para explicar lo mismo con palabras distintas.

Elizabeth lo deja terminar, no por cortesía, sino porque hace muchos años que aprendió que la mejor manera de entender cómo funciona la mente de alguien es observándolo cuando habla, es el único momento en el que no puede concentrarse en otra cosa y no esconde su forma de mirar, que para Elizabeth es lo que más dice de una persona.

La sala de juntas de Kensington Capital ocupa gran parte de una de las dos plantas del edificio en el que está situada, y desde las ventanas, que se extienden de pared a techo en dos que hacen esquina, se ve la mitad de Manhattan encendiendo sus luces a medida que va cayendo la tarde, aunque ninguno de los doce hombres y las tres mujeres que hay sentados a la mesa mira por la ventana, todos la miran a ella.

—La salida a bolsa de Meridian no puede esperar al segundo trimestre —interviene Elizabeth con voz pausada—.

Si esperamos, saldremos detrás de dos competidores directos y los inversores que hoy están dispuestos a pagar la valoración completa habrán encontrado otro sitio en el que meter su dinero.

He fijado la fecha con los bancos colocadores y el folleto está en revisión.

Lo que necesito de este consejo no es prudencia, es que apruebe el calendario.

Nadie dice nada y Elizabeth pasea su mirada penetrante por la mesa sin ninguna prisa, deteniéndose un momento en cada cara mientras observa cómo uno tras otro va bajando los ojos hacia su respectiva carpeta.

Le gustaría decir que esa reacción todavía le produce alguna satisfacción, pero hace años que solo le produce aburrimiento.

Su empresa compra compañías, las fusiona, las saca a bolsa y les busca el dinero que necesitan para crecer, y lo hace mejor que casi nadie en esa ciudad, y en esa mesa todos lo saben, por lo que estas reuniones a veces parecen más un teatro que hay que representar de vez en cuando para que todos sientan que sus opiniones le importan.

—Aprobado entonces —dice el consejero que hablaba hace un momento tras haber escuchado lo que todos tenían que decir mientras ella miraba por la ventana.

—Perfecto. —Elizabeth regresa a su sitio, coge su carpeta y su portátil y se dirige hacia la puerta—. Caballeros, señoras, gracias por su tiempo.

Sale de la sala con esa elegancia natural que la distingue.

Elizabeth cumplió los cuarenta y ocho hace poco, pero su corte de pelo corto y despeinado hace que parezca que tiene diez menos, y si se le añade ese color de ojos azules grisáceos y sus facciones afiladas, el resultado es una mujer que llama la atención sin buscarlo.

Atraviesa el pasillo saludando con un par de gestos a quien se cruza en su camino y al fin llega a su despacho, donde Patricia, su secretaria, la espera junto a la puerta con la tablet en la mano porque ha escuchado el repiqueteo de sus tacones cuando se acercaba.

—¿Cómo ha ido? —pregunta la mujer, siguiéndola al interior.

—No ha ido mal —responde Elizabeth, cogiendo su abrigo del perchero después de guardar el portátil en la funda—. Que legal me envíe mañana la última versión del folleto de Meridian, quiero leerla con calma. Y cancela la comida del jueves con White, envía a Terrance en mi lugar.

—No sé si al señor White le hará gracia —comenta Patricia mientras apunta.

—Su gracia no me importa mucho.

Patricia se ríe. Es una mujer de cincuenta años que hace tiempo que dejó de impresionarse por el carácter hosco de su jefa.

Ha sabido adaptarse a ella, adelantarse a lo que necesita y ser efectiva, que es todo lo que una mujer como Elizabeth quiere de alguien que ocupa su puesto, así que tiene cierta confianza con ella como para que la ejecutiva suelte esos comentarios y ella pueda reírse si le apetece.

—Ah, y confirma mi asistencia a la gala del Met, pero solo el cóctel, no la cena.

—¿Alguna excusa en concreto para lo de la cena? —pregunta Patricia sin dejar de anotar.

—Invéntate lo que quieras, pero dímelo antes para que pueda mentir con elegancia.

La mujer vuelve a sonreír.

—¿Irá con alguien?

Elizabeth la mira de reojo y niega con la cabeza.

—No.

—¿Algo más?

—Nada. Vete a casa, Patricia, buenas noches.

Elizabeth baja hasta el garaje del edificio y se sube a su coche.

Podría tener chófer, de hecho lo tiene para eventos públicos, pero para lo demás, le gusta conducir de vez en cuando porque concentrarse en la carretera es lo único que logra que no piense en todo lo demás.

Esos son sus minutos de paz mental, aunque no lo haga a menudo.

Atraviesa la ciudad sin ponerse nerviosa por el tráfico y, cuando la deja atrás y la carretera empieza a subir pegada al río, pone música clásica y baja la ventanilla un par de dedos mientras observa la oscuridad del río Hudson a su izquierda.

Nunca suele recordar este tipo de trayectos, se le pasan volando cuando tiene las manos en el volante y, cuando se quiere dar cuenta, la enorme verja entre dos muros que da acceso a esa extensión de terreno donde está el edificio de Obscena y su casa empieza a abrirse sola cuando detecta su matrícula y el sensor personalizado de su vehículo.

Desde la carretera no se ve nada, ni un tejado, ni una luz, solo el bosque, y está diseñado así a propósito porque Elizabeth no quiere llamar la atención de los curiosos.

Avanza por un camino de grava que serpentea durante casi un kilómetro entre árboles centenarios, hasta que el bosque se abre de golpe y aparece el edificio de Obscena.

Está en medio de una explanada rodeada de césped y un lago artificial que brilla bajo la luz de la luna, que se esconde por detrás del tejado de pizarra.

En una finca de finales del siglo diecinueve, restaurada piedra a piedra y, para quien la mira, solo ve eso, una antigua residencia recuperada por alguien con muchísimo dinero y muy buen gusto.

Nadie que pase por delante de la verja puede imaginarse que por dentro funciona como uno de los clubes más exclusivos del país.

Elizabeth aparca frente a la entrada en lugar de seguir el camino que rodea el edificio hacia su casa, porque quiere saber cómo van los preparativos de la fiesta de la semana que viene.

Sube los escalones de piedra y empuja la puerta principal.

El vestíbulo es grande, pero la luz cálida que eligió lo hace parecer más pequeño y acogedor.

Se dirige a la escalera monumental de roble negro que hay al fondo, sube a la primera planta y se asoma a la biblioteca, una de las salas más usadas en el club.

Es más grande que cualquier otra estancia en el edificio, con estanterías de suelo a techo repletas de libros y escaleras móviles repartidas a los lados de las dos chimeneas de la sala.

A esta hora hay dos socias, una productora de música y la dueña de una cadena de hoteles repartidos por la costa.

Elizabeth les devuelve el saludo y sale de ahí para ir al salón de cristal, donde las paredes son transparentes y tienen una hilera de sofás y sillones encarados hacia ellas para poder disfrutar de las vistas del lago.

Elizabeth es feliz en este edificio, se siente orgullosa de lo que ha creado a pesar de que el motivo de todo ello sea algo que tiene desgarrada su alma.

—Pensaba que te irías directamente a casa —dice Sandra, entrando tras ella.

Elizabeth la mira un momento y después devuelve la vista hacia el cristal, colocando las manos entrelazadas a su espalda.

—Todo está listo para la fiesta, si es lo que vas a preguntar. —Sandra se adelanta, arrancando una pequeña sonrisa de esos labios finos y pintados de rosa pálido de su jefa y la mujer a la que más admira.

—Bien —dice sin mirarla.

—El viernes tendrás aquí a cien mujeres poderosas cerrando tratos que las harán más poderosas todavía. Si no lo viviera en mis propias carnes, jamás hubiera creído que un lugar así podía existir.

Elizabeth se gira hacia ella.

—Los mejores tratos siempre se cierran en lugares así, Sandra.

—Sí —asiente ella.

—¿No deberías estar arriba descansando?

Sandra vive en el ático del club desde que Elizabeth le permitió instalarse ahí. Es su persona de confianza, una de las pocas fuera del círculo más pequeño de Obscena que sabe la mayoría de las cosas que pasan allí.

—Quería terminar algunas cosas. Por cierto, las solicitudes de personas interesadas en unirse al club ya están actualizadas, te las he enviado al correo hace un rato.

—¿Alguna interesante?

Sandra hace una mueca con los labios y Elizabeth sonríe.

—Bueno, después las revisaré. Buenas noches, Sandra —dice antes de desaparecer.

Sale del edificio y, en lugar de subir al coche, lo deja ahí y echa a andar por el sendero de grava que bordea los jardines.

Le gusta hacer ese último tramo caminando cuando sus pies cansados se lo permiten, pasando junto al invernadero victoriano mientras piensa en las cosas que tiene que hacer al día siguiente.

Su casa aparece al final del sendero. Es mucho más pequeña que el club, pero sigue la misma línea que Obscena.

Cuando lo compró, esta era la casa del personal de la finca que atendía a los antiguos dueños en su época, y a ella le pareció perfecta, pequeña y alejada de todo lo demás, pero dentro de ese recinto que tanto le gusta.

Elizabeth entra, deja las llaves en la bandeja del recibidor y enciende solo las luces de la entrada mientras se dirige al salón.

Se quita los tacones y va directamente al mueble bar para servirse dos dedos de whisky en un pesado vaso de cristal, y después camina descalza hasta el sillón, donde se sienta en la penumbra de la habitación y deja que su vista se pierda a través de la ventana.

Esto es lo segundo que más la relaja después de conducir.