Obscena
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Prólogo
En la vida, hay hombres que construyen imperios.
Otros, más osados, levantan gobiernos y se hacen con el poder de países enteros.
Algunos compran jueces, periódicos, voluntades y hasta a la misma iglesia con tal de tenerlo todo, de tener el mundo a sus pies.
Y después están las mujeres que aprenden a sobrevivir a todos ellos.
Mujeres que tienen que bajar la cabeza, inclinarse ante esos seres como muñecas de trapo o simples floreros decorativos. A las que les quitan la voz y les instalan el miedo en las venas para que muestren una sonrisa de dientes blancos mientras brillan al lado de quien ha pagado el dentista.
Obscena nunca nació para cambiar el mundo, sino para evitar que cualquier mujer, sobre todo las más vulnerables, esas que no tienen ni siquiera cómo pagar un buen abogado, se quedara sola ante el peligro.
Oficialmente, Obscena es uno de los clubes privados más exclusivos de Nueva York. Un lugar inaccesible para la mayoría de mortales, un espacio reservado solo para mujeres de alto perfil, poderosas, de las que caminan por la ciudad con la barbilla levantada y la cuenta bancaria a reventar.
Esto es lo que sale en los periódicos, las fiestas exquisitas que se celebran dentro, las cenas impecables con cocineras que cobran por una noche más de lo que cualquier trabajador recibiría en un año completo.
Exposiciones, conferencias, encuentros empresariales y selectas subastas que son las únicas que sí abren al público.
La verdad detrás de Obscena no se encuentra en su discreta página web.
Nadie puede imaginar que realmente no es un club, sino un refugio creado para sostener a las víctimas después de que Elizabeth Anne Kensington comprendiera que, si alguien era capaz de dañar o hacer desaparecer a una mujer poderosa que tenía todos los medios económicos para defenderse y muy buenos contactos, ¿qué pasaría con esas pobres desgraciadas que no tenían nada?
Obscena es una auténtica fortaleza, sus socias van desde abogadas, juezas, fiscales y políticas hasta policías, periodistas, ingenieras o empresarias. Todas con algo que aportar, la mayoría con tanto dinero que para gastarlo tendrían que vivir al menos cien vidas.
Cada una de estas mujeres juega un papel importante en Obscena y Elizabeth tiene la piel lo suficientemente gruesa para saber llevar el control.
Que el mundo siga creyendo que no son más que un puñado de ricachonas con ganas de tirar el dinero bebiendo vino caro y whisky añejado. Que se reúnen en un espacio que desde la verja de fuera apenas se ve, para hacer lo que sea que hagan dentro.
—¿Has leído esto? —Sandra irrumpe en el despacho de su jefa sin tocar la puerta. Demasiados años juntas. Demasiada confianza entre ellas—. Este es nuevo.
Le tiende el periódico y le señala el sitio exacto en el que está lo que debe leer.
Elizabeth se pone las gafas para ver de cerca —maldita presbicia— y arruga las dos cejas mientras devora lo que hay en el texto. De repente suelta una inusual carcajada que contagia a su asistente y también amiga Sandra. Hay rumores de que en público nunca se le ha visto ni siquiera sonreír.
—Cada vez son más creativos —dice la jefa, devolviéndole la publicación a Sandra—. Estoy deseando leer el próximo artículo.
Hay una sección en The Empire Gazette —un periódico pequeño de mala muerte— que cada semana trata un tema conspirativo de la sociedad.
Obscena ha tenido el «privilegio» de aparecer al menos unas cinco veces.
Cada vez se esfuerzan más por intentar dar con la verdadera actividad que realiza el club, sin conseguirlo ni de cerca.
Una vez dijeron que estaba conectado con un área clandestina del gobierno que estudia vida en otro planeta y la gente de Obscena eran los que se encargaban de cazar a los alienígenas. Ridículo.
—Angélica ha hecho varios rastreos esta semana, no ha encontrado nada interesante —explica Sandra, que monitoriza cualquier movimiento de información que incluya a Obscena.
—¿Qué pasa con el periodista ese? —Elizabeth no suele prestar atención a estas cosas, para eso está Sandra, pero ese tipo se ha convertido en un grano en el culo.
—Nada de qué preocuparnos. —Sandra afila la mirada por un instante—. Se le han quitado las ganas hasta de salir a la calle y, por supuesto, de seguir haciendo cualquier pregunta. Además, le hemos ahorrado a las mujeres tener que encontrarse con ese acosador de mierda.
Toribius Parker, treinta y siete años. Periodista de investigación de los que han ganado algún premio y ya se creen que tienen un Pulitzer adornando el salón de su casa.
Había empezado a hacer preguntas demasiado molestas sobre Obscena, tuvo la suerte de tirar de un hilo que Elizabeth no supo atar a tiempo y el tipo se estaba acercando más de lo habitual.
No es que sea fácil descubrir todo lo que hay detrás del club, pero ella prefiere estar completamente blindada y que todo lo que se hable sean meras especulaciones alejadas de la realidad.
Su sobrina Angélica —una chica brillante que sabe usar tan bien el ordenador que, si el FBI se entera, podría pasar unos buenos años tras las rejas—, con la que trabaja desde hace un tiempo, descubrió con facilidad que Toribius tenía como hobby salir por las noches de Brooklyn a seducir mujeres que no querían ni hablar con él.
Un hombre insistente, de manos largas y lenguaje soez una vez que las chicas se cansaban de su acoso o lo rechazaban directamente.
Así que dos policías se acercaron a él una tarde, con sonrisas simpáticas y mucha información que hizo que el periodista por poco se cagara en los pantalones.
Así funciona Obscena —hay veces que necesitan alguna otra técnica más efectiva— sin ruidos, pero con tal contundencia que hace mucho daño.
—Bien, una cosa menos. —Elizabeth se pone de pie—. ¿Qué hay de los planos del terreno en El Salvador?
—Lo más seguro es que lleguen la semana que viene. —Sandra consulta su móvil para revisar la conversación que tuvo con el arquitecto—. Están haciendo los cambios que pediste y, si todo cuadra, al final quedará el complejo con tres bloques de pisos. Podremos albergar a unas cien mujeres.
Sandra lo dice con la congoja en la garganta.
Ella misma es una de esas víctimas que Obscena ayudó cuando apenas estaba comenzando.
La asistente había cruzado la frontera desde México con su marido, ella no quería, tenía a toda su familia en Sonora y llevaba una vida medianamente tranquila, pero Roberto dijo que allí todo sería distinto, una nueva oportunidad de convertirse en alguien y dejar ese maldito puesto de tacos que tan de mal humor le ponía.
Nada cambió, la siguió moliendo a palos noche tras noche después de violarla como le daba la gana.
Una mañana despertó en un hospital porque se desmayó de la paliza, una doctora le hizo un par de preguntas, la directora del centro de salud bajó a verla con sus propios ojos y luego unas agentes de policía aparecieron en su habitación.
Lo siguiente que supo es que volaría desde Phoenix a Nueva York y tres meses después, estaba recuperada y trabajando para Elizabeth Kensington.
De Roberto no supo nunca nada más. De eso han pasado ya varios años.
—Entonces todo va como se ha planificado. —Elizabeth se abotona la blazer y coge su móvil del escritorio—. Me voy al despacho. —Tuerce el gesto con fastidio—. La junta ha pedido una reunión y para estas tengo que estar.
Sandra asiente y camina mientras salen al exterior.
—El deber llama. —La asistente abre la puerta principal y deja salir a su jefa.
—Por desgracia —se queja Elizabeth, que a estas alturas, cuando su empresa funciona perfectamente sin ella, desearía no tener que ir a estas aburridas reuniones—. Actualiza las solicitudes de la fiesta de la próxima semana, quiero ver quién intenta colarse en mi casa.
—Sabes que no lo permitimos.
—Lo sé, pero todo el mundo quiere entrar en Obscena.