Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) EPÍLOGO COSAS QUE SÍ
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EPÍLOGO COSAS QUE SÍ

Paula

Tres semanas después, Mendoza escribe en el margen de mi último texto:

Hay menos pudor. Mejor.

Lo miro durante casi un minuto.

No sé si es una corrección, una felicitación o una de esas frases suyas que deberían venir con manual interpretativo. Probablemente las tres cosas.

El texto se titula Cosas que sí.

No habla de Ale. O no exactamente.

Habla de San Griselmo, de los lugares donde una aprende a ocupar espacio, de los gestos que parecen pequeños hasta que el cuerpo entiende que no lo son. Habla de una mano que espera, de una foto que no se recorta, de una canción que cambia de significado cuando ya no duele igual.

No menciona nombres. Mendoza no los necesita para entender. Al final del documento ha añadido otra nota:

La emoción funciona cuando no pide permiso para existir, pero tampoco exige aplauso. Buen cierre.

Buen cierre. Eso sí lo entiendo.

Cierro el portátil y miro por la ventana de la biblioteca.

Fuera, el patio de San Griselmo está lleno de alumnos que fuman, revisan apuntes, discuten, se enamoran, se equivocan y llegan tarde a clase como si el mundo se fuera a ordenar solo porque ellos llevan una mochila.

Hace frío, pero hay sol. Ese sol de final de trimestre que no calienta del todo, aunque ilumina con una insistencia amable.

Ale está sentada frente a mí, fingiendo que lee un artículo sobre periodismo cultural.

No lo lee.

Lo sé porque lleva cinco minutos en la misma página y porque me mira cada vez que cree que no la estoy mirando.

—Mendoza te ha puesto cara de comentario importante —dice.

—Mendoza no pone caras. Emite diagnósticos faciales.

—¿Y?

Giro el portátil hacia ella. Ale lee las notas. Primero la de “Hay menos pudor. Mejor.” Luego la de “Buen cierre.”

Su sonrisa aparece despacio.

—Eso en Mendoza es una ovación con confeti.

—Mendoza prohibiría el confeti.

—Por eso es tan valioso.

Me río.

Ale apoya los antebrazos sobre la mesa. Lleva el pelo recogido, una sudadera azul y una concentración muy poco convincente. Hace tres semanas que estamos juntas. Tres semanas no son mucho. También son muchísimo.

En tres semanas hemos aprendido que Sandra tiene una capacidad limitada, pero real, para no comentar cada gesto; que Adrián puede sentarse en nuestra cocina como si siempre hubiera pertenecido a alguna esquina tranquila de nuestras vidas; que Claudia sabe sacar fotos sin invadir; que Nico saluda con una normalidad que agradezco más de lo que digo; que Tomás Velarde ya no aprieta la boca cada vez que nos ve, o quizá sí, pero ahora su boca me parece un asunto suyo.

También hemos aprendido que estar juntas no significa hacerlo todo bien.

Hemos discutido dos veces.

Una por una tontería sobre un trabajo de clase que no era una tontería porque Ale intentó decidir rápido por las dos y yo me cerré demasiado pronto.

Otra porque yo dije “da igual” cuando no daba igual, y Ale, con una paciencia algo torpe, me pidió que no le entregara frases con trampa.

Ninguna discusión fue bonita. Las dos terminaron con una conversación mejor de la que habríamos sabido tener antes.

Eso también cuenta.

Quizá sobre todo eso.

—¿Puedo leerlo entero? —pregunta Ale.

Miro el documento.

Cosas que sí.

Hace meses habría escondido el portátil por instinto. Y hace semanas le habría enseñado solo una frase. Hoy la pregunta me da vértigo, pero no pánico.

—Sí —digo—. Pero luego.

Ale asiente.

—Luego.

A veces sigo enamorándome de ella por lo que no hace.

Sandra aparece en la puerta de la biblioteca como si la hubieran lanzado desde otra asignatura. Lleva una bufanda enorme, el móvil en la mano y cara de misión.

—Buenas tardes, pareja con productividad cuestionable.

Ale levanta la vista.

—Estamos estudiando.

Sandra mira mi portátil cerrado, el artículo de Ale sin subrayar y nuestras manos entrelazadas sobre la mesa.

—Ajá.

—Técnicamente, hemos estudiado antes —digo.

—Me vale como ficción académica.

Se deja caer en la silla libre.

—Recordatorio logístico: esta noche, El Faro. La Teoría de los Domingos. Celebración de cierre de trimestre. Asistencia obligatoria para personas con arco romántico completo y amigas que lo han sufrido en primera fila.

—No es obligatorio —dice Ale.

—Para ti sí. Vera me ha escrito.

Ale se endereza.

—¿Vera te ha escrito a ti?

—Sí.

—¿Por qué Vera te escribe a ti?

—Porque tengo presencia digital y encanto estratégico.

—Peligroso —digo.

—Mucho. Dice que van a tocar una versión nueva de “Llegar tarde despacio”.

Ale y yo nos miramos.

La frase todavía sabe a El Faro, a aquella noche, a su mano preguntando en mi cintura, a la canción abriendo algo que ninguna se atrevía a empujar.

Sandra nos mira mirarnos.

—No voy a decir nada.

—Lo estás diciendo con los ojos —dice Ale.

—Mis ojos son libres.

—Tus ojos necesitan moderación.

—Mis ojos han vivido mucho.

Adrián aparece detrás de Sandra con dos cafés en vasos de cartón.

—He traído refuerzos.

Sandra se gira hacia él con una sonrisa que intenta ser casual y fracasa con una ternura evidente.

—Adrián, eso roza la heroicidad.

—Era la máquina de al lado.

—No desmerezcas tu gesto.

Ale se inclina hacia mí.

—Ellos también deberían tener epílogo.

—Sandra necesitaría trilogía.

—Mínimo.

Sandra nos oye, por supuesto.

—No habléis de mí como si no estuviera construyendo mi propio relato.

—Jamás —digo.

—Gracias.

Adrián le pasa un café. Sus dedos se rozan. Sandra se queda mirando el vaso como si contuviera una revelación teológica.

Ale me aprieta la mano debajo de la mesa. Sonreímos. La vida sigue abriendo subtramas.

Ale

El Faro está lleno, pero no como la primera vez. O quizá yo lo vivo distinto.

La primera noche del concierto, todo tenía filo: Claudia con la cámara, Nico apareciendo, Paula cerca, mi mano queriendo tocarla y aprendiendo a pedir permiso antes de hacerlo.

Hoy hay ruido, vasos, luces bajas, estudiantes celebrando el final de trimestre, pero también hay una calma nueva.

Paula está a mi lado. Sandra y Adrián están discutiendo si las patatas del local han empeorado o si la nostalgia culinaria distorsiona la percepción.

Claudia coloca la cámara en una esquina y Nico habla con Vera junto al pequeño escenario.

Todo el mundo tiene sitio. Eso me gusta. Me gusta de una forma adulta, lo cual me preocupa un poco.

—¿Qué quieres tomar? —pregunto a Paula.

—Agua.

—Qué salvaje.

—Tengo sed.

—Concepto radical.

Nos acercamos a la barra. Hay una camarera que no conozco. Me mira a mí y luego a Paula.

—¿Y tu amiga?

La frase no tiene mala intención. Es una frase cualquiera. Una frase de barra. Aun así, noto el pequeño espacio que se abre. Mi amiga. Paula me mira.

No sé si me está dando permiso o preguntando qué voy a hacer. Quizá las dos cosas. Y entonces lo digo.

—Mi novia quiere agua.

La palabra sale clara. No muy alta. No solemne. No parece una declaración pública. Parece una frase práctica para conseguir una bebida. Eso la vuelve enorme.

La camarera asiente sin cambiar de cara.

—¿Con hielo?

El mundo no se parte. La barra no se incendia. Beatriz Salvatierra no aparece desde una nube institucional para decir que la revista está perdiendo forma.

Solo hay una camarera esperando la respuesta.

Miro a Paula. Sus ojos brillan.

—Con hielo —dice.

La camarera se va a servir el agua.

Paula sigue mirándome.

—¿Bien? —pregunto bajito.

—Muy bien.

—¿Seguro?

—Ale.

—Última auditoría del trimestre.

Sonríe.

—Mi novia quiere auditorías limitadas.

Me quedo sin respuesta.

Paula Martín acaba de decir mi novia con una naturalidad que me desordena toda la arquitectura interna.

—Ah —digo.

Ella sonríe más.

—Muy brillante.

—Estoy procesando.

—Tómate tu tiempo.

Me río, porque si no me río quizá hago algo mucho más dramático, como abrazarla en la barra y bloquear el servicio.

La camarera vuelve con el agua y mi cerveza. Pagamos. Cuando regresamos a la mesa, Sandra nos mira como si hubiera percibido una alteración en el campo electromagnético.

—¿Qué ha pasado?

—Nada —dice Paula.

—Eso nunca es nada.

Adrián, sentado a su lado, la toca suavemente en el brazo.

—Respira.

Sandra lo mira.

—No uses tu calma contra mí.

—No la uso contra ti. La pongo cerca.

Sandra se queda quieta.

Alejandra Rivas, antes conocida como la persona más impulsiva de este piso, decide no hacer un comentario porque incluso yo sé reconocer un momento ajeno cuando lo veo.

Paula se sienta a mi lado. Al cabo de un rato, las luces bajan un poco más.

Vera sube al escenario con su vestido rojo, unas botas negras y esa seguridad de persona que sabe que una canción puede abrirte sin pedir disculpas.

El Faro la recibe con aplausos. Sandra silba.

Adrián casi se atraganta con una patata al verla silbar así.

—Buenas noches —dice Vera al micrófono—. Vamos a tocar algunas canciones nuevas y otras que ya conocéis. Esta primera nos la han pedido mucho últimamente.

Paula me mira. Yo la miro.

Los primeros acordes de Llegar tarde despacio llenan la sala.

No sé qué cara pongo.

Por la de Paula, sospecho que una muy transparente.

La canción empieza igual y distinta. La guitarra más suave. La batería entrando más tarde. La voz de Vera menos rota que aquella noche, o quizá yo la escucho con menos herida.

Si llegas tarde, llega despacio.

La frase ya no me atraviesa como una acusación. Ahora parece una memoria. Una forma de decir: sí, llegamos así. Tarde, quizá. Despacio, seguro. Pero llegamos.

Paula apoya su mano en mi muslo bajo la mesa. La cubro con la mía.

La canción sigue. Veo a Nico cantando un poco al fondo, mal y con discreción.

Claudia graba un plano del escenario y luego baja la cámara para escuchar sin trabajar.

Sandra se inclina hacia Adrián y le dice algo al oído.

Él sonríe. Tomás Velarde está cerca de la entrada con dos chicos de Debate.

Nos ve. Ve nuestras manos sobre la mesa.

Cuando Vera llega al estribillo, Paula acerca su boca a mi oído.

—¿Quieres bailar?

Me giro hacia ella.