Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) EPÍLOGO COSAS QUE SÍ #2
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EPÍLOGO COSAS QUE SÍ #2

—¿Aquí?

—Aquí sí.

No hay frase que me guste más. Nos levantamos.

No somos las únicas. Varias personas se han acercado al pequeño espacio frente al escenario.

No es exactamente bailar. Es moverse un poco, dejar que la música te haga menos rígida, compartir una canción con gente que quizá tampoco sabe qué hacer con las manos.

Paula se coloca frente a mí. La luz roja del escenario le toca la cara.

Tiene los ojos brillantes y una sonrisa pequeña.

—¿Puedo? —pregunto, llevando las manos hacia su cintura.

Ella asiente.

—Puedes.

La toco. Ella apoya las manos en mis hombros. Y bailamos. Con torpeza, porque ninguna es especialmente elegante en espacios reducidos, pero con una felicidad que no necesita demasiada coreografía.

Vera canta. Sandra grita algo de fondo que suena a apoyo moral y amenaza contra el universo. Paula se ríe cerca de mi boca.

—Te quiero —dice.

No lo dice para que nadie lo oiga.

Lo dice porque la canción está ahí, porque estamos bailando, porque quizá algunas frases también necesitan repetirse en lugares distintos para volverse vida.

—Te quiero —respondo.

Y la beso.

En medio de El Faro. La sala no se para. Nadie aplaude. Nadie protesta. Nadie convierte el beso en acontecimiento. Ese es el milagro. Que no sea milagro.

Paula

Después del concierto, Vera se acerca a nuestra mesa.

Ale se pone ligeramente nerviosa, cosa que me parece adorable y que pienso usar en el futuro con responsabilidad moderada.

—La crónica sigue siendo lo mejor que han escrito sobre una de nuestras noches —dice Vera.

Ale abre la boca. No sale nada. Eso sí que es histórico.

—Gracias —respondo yo, porque alguien tiene que salvar la dignidad de esta relación.

Vera sonríe.

—Y la foto de la revista era preciosa.

—Claudia es muy buena —digo.

—Sí. Pero vosotras estabais ahí.

No sé por qué esa frase me emociona tanto. Vosotras estabais ahí.

Quizá porque durante demasiado tiempo yo estuve sola incluso en sitios compartidos. Y ahora la palabra vosotras tiene una forma simple, visible, tranquila.

Claudia se acerca con la cámara colgada.

—He sacado algunas fotos de hoy. No os preocupéis, no publicaré nada sin permiso.

—Gracias —dice Ale.

—Hay una muy buena de Sandra amenazando emocionalmente a una patata.

Sandra levanta la mano desde la mesa.

—Esa sí autorizo.

Adrián sonríe.

—Yo también salgo?

—Sales mirándola como si fuera una obra compleja —dice Claudia.

Sandra se queda helada.

—¿Cómo?

Adrián bebe agua con una calma que no engaña a nadie.

—Tiene buen ojo —dice.

Sandra abre la boca. La cierra. Mira a Paula. Me mira a mí.

—No me analicéis. Estoy en proceso.

—Como todas —digo.

La noche se va deshaciendo poco a poco. Nico se despide primero, con un abrazo para Ale y otro para mí. Claudia se va después, prometiendo enviar la foto de Sandra y la patata. Sandra y Adrián deciden caminar. No dicen hacia dónde. Nadie pregunta, que también es una forma de madurez colectiva.

Ale y yo salimos de El Faro las últimas.

La calle está fría. La música sigue sonando dentro, amortiguada por la puerta. Me subo la bufanda. Ale me mira con esa cara que ya conozco: quiere decir algo y está organizando el caos para que salga con forma humana.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada.

—Ale.

—Estoy pensando que el epílogo de Sandra y Adrián va a ser larguísimo.

Me río.

—Eso estabas pensando?

—No solo.

—¿Qué más?

Caminamos hacia casa de la mano.

—Que hoy has dicho mi novia.

—Tú lo has dicho primero.

—Lo sé.

—Me gustó.

Ale gira la cabeza hacia mí.

—¿Sí?

—Sí. Me gustó oírlo. Y decirlo.

—A mí también.

—Aunque me dio vértigo.

—A mí también.

—Pero del bueno.

—Vértigo homologado.

—Exacto.

Pasamos junto a San Griselmo. A estas horas, la fachada está casi oscura.

Algunas ventanas siguen encendidas. La verja permanece cerrada, pero el patio se ve a través de los barrotes.

El lugar donde dije aquí no todavía. El lugar donde dije aquí sí.

El lugar donde una foto nos dejó existir sin recorte.

Me detengo. Ale también.

—¿Quieres entrar? —pregunta, aunque la verja esté cerrada.

—No.

Miro el edificio.

Durante mucho tiempo, San Griselmo me pareció un lugar que siempre estaba mirando. Las aulas, los pasillos, la residencia, la revista, Mendoza, las personas como Tomás, las personas como Beatriz Salvatierra cruzando una sala y recordándote que la institución tiene memoria y juicio.

Ahora sigue siendo todo eso.

Pero ya no es solo eso.

También es el lugar donde Ale aprendió a esperarme. Donde Sandra me sostuvo. Donde Claudia no invadió. Donde Nico se apartó con cariño. Donde una canción nos dijo que llegar tarde no tenía que ser el final de la historia.

—San Griselmo todavía da miedo —digo.

Ale mira el edificio.

—Sí.

—Pero menos.

—También.

—Y sigue siendo un poco ridículo.

—Mucho. Hay demasiadas placas.

—Y demasiados actos con canapés secos.

—Eso debería denunciarse.

Me río.

Luego le aprieto la mano.

—Me alegro de que pasara aquí.

Ale me mira.

—¿Aquí?

—En este universo raro. Con Mendoza diciendo cosas devastadoras. Con Sandra haciendo de lámpara. Con canciones demasiado oportunas. Con Santa Clara oliendo a detergente y patatas fundacionales. Con una foto que no se recorta.

Ale sonríe.

—Yo también.

Seguimos caminando.

Al llegar a casa, el piso está vacío. Sandra ha mandado un mensaje al grupo:

SANDRA: Caminar sin destino se ha convertido en tomar churros.SANDRA: No esperéis despiertas.SANDRA: Y no hagáis nada que yo no pueda convertir en metáfora mañana.

Ale lee el mensaje sobre mi hombro.

—No sé si admirarla o temerla.

—Ambas.

Nos quitamos los abrigos. Entramos en mi habitación porque mi portátil está allí y porque, en algún momento de las últimas semanas, hemos dejado de fingir que cada puerta cerrada necesita una explicación.

No siempre pasa nada. A veces solo nos sentamos, hablamos, leemos, nos damos un beso, vemos vídeos absurdos y acabamos discutiendo sobre titulares.

Esta noche abro el documento.

Cosas que sí

Ale se sienta a mi lado en la cama.

—¿Ahora sí? —pregunta.

La miro.

—Ahora sí.

Lee el texto entero.

Lo hace despacio. Sin interrumpir. Sin tocar el teclado. Sin asomarse a nada que no le haya abierto. Cuando termina, se queda mirando la última frase.

Algunas personas no llegan tarde para siempre. A veces aprenden a llegar contigo.

Ale levanta la vista.

—Paula.

—¿Sí?

—Es precioso.

—Has perdido objetividad.

—Totalmente. Pero sigue siendo precioso.

Sonrío.

—Mendoza dijo que había menos pudor.

—Mendoza tenía razón.

—También dijo buen cierre.

Ale mira el documento.

Luego a mí.

—¿Lo es?

Pienso. Buen cierre. Quizá sí. Quizá no.

Las historias no terminan porque una pareja se diga te quiero o porque una foto se publique o porque una canción vuelva a sonar.

Mañana habrá clase. Habrá entregas. Habrá días raros.

Habrá miedo. Habrá discusiones estúpidas y otras no tan estúpidas.

Habrá que explicarle cosas a gente que pregunte demasiado y callar cosas ante gente que no merece saberlas. Habrá mundo.

Pero esto, lo que dolía como espera, sí se ha cerrado.

Y lo que empieza ahora no necesita que lo narremos todo para ser real.

—Es un cierre —digo—. No el final.

Ale sonríe.

—Eso me gusta.

—A mí también.

Cierro el portátil.

Me acerco a ella.

—¿Puedo besarte?

Ale se ríe bajito.

—Me encanta que preguntes tú.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

La beso.

En mi habitación, con el documento cerrado, con El Faro todavía en la piel y San Griselmo al otro lado de la noche.

La beso sin prisa, pero ya sin miedo a que la lentitud sea una forma de distancia.

Hay formas de ir despacio que no alejan.

Hay formas de llegar que siguen ocurriendo aunque ya estés dentro.

Cuando nos separamos, Ale apoya la frente en la mía.

—Te quiero, novia.

Me río.

—Te quiero, idiota.

—Título alternativo de nuestro libro.

—Mendoza lo rechazaría.

—Sandra lo compraría.

—Sandra lo promocionaría.

—Con documento de preguntas frecuentes.

Nos reímos.

Luego nos quedamos en silencio.

Ale

Paula se duerme un rato después con la cabeza apoyada en mi hombro y una mano sobre mi camiseta.

La miro de una forma agradecida. Paula dormida tiene menos defensas en la cara. Menos ironía. Menos miedo. Me dan ganas de prometerle cosas enormes, pero he aprendido a desconfiar un poco de las promesas enormes dichas a alguien dormido. Así que hago una promesa pequeña y despierta, para mí.

El móvil vibra en mi bolsillo.

Sandra.

SANDRA: Actualización: los churros han sido significativos.SANDRA: No preguntéis todavía.SANDRA: Pero puede que Adrián y yo estemos en fase “aquí sí”.SANDRA: Necesito comité mañana.

Sonrío.

Le respondo con una mano, intentando no despertar a Paula.

ALE: La lámpara tendrá comité.

Sandra contesta al instante.

SANDRA: Gracias. Os quiero, estructuras románticas ya consolidadas.

Guardo el móvil. Paula se mueve un poco.

—¿Sandra? —murmura, medio dormida.

—Sí.

—¿Churros?

—Significativos.

Paula sonríe sin abrir los ojos.

—Lo sabía.

—Duerme.

—Te quiero.

Lo dice en ese borde entre sueño y conciencia donde las frases salen sin armadura.

Me quedo quieta. Luego beso su pelo.

—Te quiero.

Fuera, la noche sigue.

San Griselmo seguirá siendo San Griselmo mañana.

Beatriz Salvatierra seguirá cruzando salas como si las paredes le debieran algo.

Mendoza seguirá encontrando pudor donde otros encuentran emoción.

Tomás quizá seguirá mirando. Dani seguirá necesitando edición.

Claudia seguirá viendo encuadres que los demás pasaríamos por alto.

Nico seguirá apareciendo con una calma útil.

Sandra abrirá comités imposibles. Adrián dirá frases que harán que Sandra se enfade de lo mucho que le gustan.

Y Paula seguirá aquí. La de antes, la de ahora, las que vengan.

Yo no llegué a tiempo a sus dos años. Pero la tengo dormida en mi hombro, el documento se llama Cosas que sí, y esta vez, cuando empieza la siguiente historia, estoy exactamente donde quiero estar. A su lado.

FIN.