CAPÍTULO 27 LA DE AHORA #2
Ahora puedo pensar eso sin sentir que estoy abriendo una puerta que no sé cruzar.
Me encanta que Paula se ponga roja. Me encanta que no sepa recibir cumplidos y aun así esté aprendiendo a no tirarlos por la ventana.
Me encanta que haya traído a la Paula de Santa Clara hasta aquí sin convertirla en acusación.
Me encanta su camiseta, su forma de llorar intentando no llorar, su manera de decir frases que podrían cerrar capítulos enteros.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada.
—Ale.
—Estoy pensando muchas cosas y todas son cursis.
—Qué preocupante.
—Mucho. Yo antes era más dinámica.
—Antes también eras intensa. Solo que peor organizada.
—Eso es justo.
Se ríe.
Ese sonido me parece casa.
La palabra aparece y se queda.
Casa.
No el piso. No la cocina. No el sofá. Paula riéndose en un banco después de decirme que me quiere.
Me acerco otra vez y la beso en la mejilla.
—Vámonos antes de que empiece a escribir poesía en una servilleta.
—No tienes servilleta.
—Podría comprar.
—Peligroso.
Nos levantamos. Esta vez soy yo quien le ofrece la mano.
No porque haga falta.
Porque quiero.
Paula la coge.
Caminamos hacia casa más despacio de lo necesario.
Ya no hay una conversación enorme pendiente.
O sí, habrá muchas: familias, futuro, cuánto contar, cómo vivirlo en San Griselmo, qué pasa cuando discutamos, cómo se quiere en los días feos.
Pero la conversación central ha cambiado de sitio.
Ya no está delante como una puerta cerrada. Está dentro, respirando con nosotras.
Al llegar al portal, Paula se detiene.
—Sandra estará en casa.
—Probablemente con sensores emocionales activados.
—¿Se lo contamos?
—¿Lo de…?
—Lo de te quiero.
Me quedo pensando.
No por vergüenza.
Por cuidado.
—No hace falta contarlo todo.
Paula sonríe.
—Bien.
—Aunque lo sabrá.
—Por nuestras caras.
—Por nuestra falta de defensa.
—Por tu cara, sobre todo.
—¿Mi cara?
—Ale, ahora mismo pareces un cartel luminoso.
—Qué falta de privacidad facial.
Entramos.
Sandra está en la cocina con Adrián.
Eso sí que no estaba en mi matriz.
Están sentados uno frente al otro con dos tazas de infusión, un paquete de galletas abierto y una libreta en medio. No sé qué está pasando, pero Sandra tiene cara de haber estado hablando de algo importante y Adrián tiene cara de haberlo escuchado demasiado bien.
Los dos levantan la vista al vernos.
Sandra mira nuestras manos.
Luego nuestras caras.
Su expresión cambia.
—Oh —dice.
Paula me mira.
Yo la miro.
Adrián, bendito sea, se levanta.
—Creo que voy a… mirar si la planta del salón necesita agua.
—Es de plástico —dice Sandra, sin dejar de mirarnos.
—Entonces será una comprobación breve.
Se va.
Adrián me cae cada vez mejor.
Sandra se levanta despacio. No hace bromas. Eso me preocupa más que cualquier documento.
—¿Todo bien? —pregunta.
Paula aprieta mi mano.
—Sí.
Sandra asiente.
—¿Bien bien?
—Sí —digo.
—Vale.
Se queda quieta.
Luego se le llenan los ojos de lágrimas.
—Sandra —dice Paula.
—No estoy llorando.
—Sí estás llorando.
—Estoy percibiendo con humedad.
Me río.
Paula también.
Sandra se seca la cara con una servilleta.
—No voy a preguntar.
—Bien —digo.
—Pero me alegro.
Paula suelta mi mano para abrazarla.
Sandra la recibe de golpe, fuerte, como si también estuviera abrazando a todas las versiones de Paula que conoció antes. Yo las miro y siento una gratitud tan grande que no cabe bien en ninguna frase.
Luego Sandra me hace un gesto con la mano.
—Ven tú también, idiota.
Obedezco.
Acabamos las tres abrazadas en la cocina, de una forma incómoda y perfecta. Adrián asoma la cabeza desde el salón, ve la escena y vuelve a esconderse con una prudencia admirable.
—No sé qué ha pasado exactamente —murmura Sandra—, pero ha pasado algo muy capítulo final.
Paula se ríe contra su hombro.
—Algo así.
—Lo sabía.
—No lo sabías.
—Lo intuía con rigor.
Nos separamos.
Sandra nos mira a las dos, todavía emocionada.
—Vale. Ahora voy a fingir normalidad. ¿Queréis galletas?
—Sí —dice Paula.
—Mucho —digo yo.
—Bien. El amor necesita glucosa.
—No empieces —decimos las dos.
Sandra sonríe.
—La sincronía ha alcanzado niveles preocupantes.
Cenamos galletas antes de cenar comida real, porque algunas noches no están hechas para el orden.
Adrián vuelve con la excusa de que la planta de plástico está “estable”.
Sandra finge que no le parece adorable. Paula se sienta a mi lado en la mesa y, bajo ella, apoya su pie contra el mío.
No es un gesto para nadie más. Nadie lo ve. Ni falta que hace.
Más tarde, cuando cada una se va a su habitación, Paula se queda un segundo en el pasillo.
Yo también.
Nuestras puertas. La distancia conocida. El lugar de tantas retiradas, tantas pausas, tantos casi.
—Buenas noches —dice.
—Buenas noches.
No se mueve.
—Ale.
—¿Sí?
—Te quiero.
Lo dice ahí, en el pasillo, con Sandra cerrando cajones en la cocina y Adrián despidiéndose en voz baja y la vida alrededor.
Lo dice como si quisiera probar que la frase puede existir también fuera de un banco y no romperse.
Sonrío.
—Te quiero.
Paula se acerca, me besa breve y entra en su habitación.
Yo entro en la mía.
Cierro la puerta.
No abro el documento enseguida.
Me siento en la cama y dejo que la noche ocurra sin archivarla al momento. Pero al cabo de un rato, porque sigo siendo yo, enciendo el portátil.
Cosas que sé por ahora
Escribo:
Quererla no me ha hecho llegar a sus dos años.
Me quedo mirando la frase.
Luego añado:
Pero hoy hemos empezado a llegar juntas.
No lo borro.
No lo corrijo.
No le hago una broma al margen.
Lo dejo ahí.
Como una promesa real.
Paula
En mi habitación, abro el documento.
Cosas que no son para entregar
Lo miro un rato.
Luego cambio el título.
No mucho.
No hace falta hacer una revolución tipográfica.
Solo escribo:
Cosas que quizá sí
Me quedo mirando el nuevo título.
Quizá.
Siempre he confiado en esa palabra. No promete demasiado. Deja espacio. Pero también abre.
Debajo de la frase que le enseñé a Ale, escribo una nueva.
Algunas personas no llegan tarde para siempre. A veces aprenden a llegar contigo.
Leo la frase.
No sé si es buena.
Mendoza quizá diría que le falta concreción. Sandra diría que tiene potencial de daño emocional. Ale diría que es preciosa porque Ale últimamente está perdiendo objetividad conmigo de una forma muy conveniente.
Yo solo sé que es verdad. Cierro el portátil. Me meto en la cama. Y, por primera vez en mucho tiempo, no me duermo imaginando que Ale me quiere. Me duermo sabiendo que mañana tendremos que aprender qué hacer con eso. Y que no tengo que aprenderlo sola.