CAPÍTULO 27 LA DE AHORA
Paula
Ale ha dicho quiero. No en una frase cualquiera.
No como cuando dice “quiero croquetas” o “quiero que Mendoza apruebe algo sin parecer que le han extirpado un órgano” o “quiero dormir ocho horas y despertar siendo una persona funcional”.
Ha dicho:
—Yo quiero a la de ahora.
Hay frases que no deberían dejarse en el aire como si nada.
Hay frases que deberían venir con una pausa, una mesa, dos vasos de agua, quizá un manual de instrucciones.
Pero Ale la ha dicho en una calle cualquiera, saliendo de Santa Clara, con mi mano en la suya y la tarde cayendo sobre las aceras como si el mundo no acabara de cambiar de inclinación.
Yo he dicho “vale”. Mi gran contribución al momento.
Desde entonces caminamos hacia casa con una normalidad que no me creo.
Ale habla de la chica de primero y su maleta, de cómo Santa Clara sigue oliendo igual, de que la recepción nueva tiene menos carácter que Carmen.
Yo respondo. Me río donde toca. Aprieto su mano cuando cruzamos.
Pero por dentro la frase está sentada en mitad de todo.
Yo quiero a la de ahora. Quizá podría dejarla ahí. Quizá sería más fácil.
A veces una frase bonita da tanto miedo que una prefiere guardarla sin abrir, como esos regalos demasiado bien envueltos que parece una pena tocar. Pero llevo dos años haciendo eso: guardando, aplazando, interpretando, escribiendo en documentos que no entrego.
Y ahora estoy cansada de vivir las cosas importantes por dentro.
Al llegar a la plaza que queda antes de nuestra calle, me detengo.
Ale da un paso más y se gira.
—¿Qué pasa?
La plaza está casi vacía. Hay un banco bajo un árbol, una fuente apagada y un kiosco cerrado con periódicos viejos detrás del cristal.
No es un lugar simbólico todavía. Quizá todas las historias se hacen así: paras en un sitio cualquiera y, si dices algo verdadero, el lugar queda marcado para siempre.
—Has dicho una cosa —digo.
Ale me mira. Sabe cuál. Se le nota enseguida. En la mandíbula. En la forma en que su mano se queda más quieta dentro de la mía.
—Sí.
—Has dicho que quieres a la de ahora.
Respira hondo.
—Sí.
Espero una broma. Una retirada. Un “bueno, ya sabes”. Un “me ha salido así”. Un gesto rápido para convertir la frase en algo menos grande.
Pero Ale no lo hace.
Se queda delante de mí, con la mochila al hombro, el pelo un poco revuelto por el viento y los ojos muy atentos.
—Lo he dicho —añade.
La sencillez me toca más que cualquier discurso.
—¿Se te ha escapado?
—No.
—¿Seguro?
—Paula.
—Necesito preguntarlo.
—Lo sé.
—Porque puedo vivir con una frase que se te escapa. Me dolería un poco, pero podría entenderlo. Lo que no puedo es hacer como si no la hubiera oído.
Ale asiente.
—No quiero que hagas eso.
—Vale.
La palabra vuelve a salir. Esta vez no como huida. Como preparación.
Nos sentamos en el banco. Ale deja la mochila en el suelo. Yo sigo con su mano en la mía un segundo más, luego la suelto para colocarme mejor. Ella no interpreta. No se encoge. Solo espera.
Qué extraño es que alguien espere sin convertir la espera en presión.
Miro la fuente apagada.
—Durante dos años —digo—, yo te quise en un sitio donde tú no estabas.
Ale baja la mirada, pero no se hunde.
—Sí.
—Y eso hizo que querer fuera, muchas veces, esperar. Esperar a que me escribieras. Esperar a que te sentaras conmigo. Esperar a que Nico se fuera. Esperar a que una fiesta terminara y volviéramos las dos caminando. Esperar a que algo que no iba a pasar pasara.
Me escucho y no suena a reproche.
Eso también es nuevo.
—No quiero quererte así ahora —digo.
Ale levanta los ojos.
—¿Cómo quieres quererme?
La pregunta es tan limpia que me desarma.
¿Cómo quiero quererla?
Nunca me lo pregunté de esa manera. Durante mucho tiempo solo pude preguntarme cuánto podía soportar. Luego cuánto podía esperar. Luego cuánto podía esconder. Pero querer también debería tener una forma elegida, no solo una forma de supervivencia.
—Quiero quererte contigo delante —digo al fin.
Ale se queda muy quieta.
—Quiero poder decirte cosas. Y que tú me digas cosas. Y equivocarnos sin que cada error parezca el final. Quiero que mis dos años existan, pero no quiero que se sienten entre nosotras en cada mesa.
La voz se me rompe un poco.
—Y quiero creerte cuando dices que quieres a la de ahora. Pero me da miedo creérmelo demasiado.
Ale traga saliva.
—Entonces créetelo despacio —dice—. Pero créetelo conmigo.
—Eso ha sido muy bueno —susurro.
Su sonrisa aparece un poco, nerviosa.
—Gracias. Estoy intentando no arruinarlo añadiendo chistes.
—Se agradece.
—Tengo tres preparados.
—Lo sabía.
—Muy malos.
—Mejor guárdalos.
Asiente con solemnidad.
—Por respeto al momento.
Me río, y la risa me limpia un poco los ojos. Ale estira la mano, pero se detiene a mitad de camino.
—¿Puedo?
No necesito preguntar qué. Asiento.
Ella me toca la cara con los dedos, muy suave, recogiendo una lágrima que yo había decidido ignorar. El gesto no me hace pequeña. No me convierte en alguien que necesita ser rescatada. Solo me deja recibir.
—No quiero que me creas porque te lo digo bonito una tarde —dice—. Quiero que me creas porque lo sostengo. Y si un día no lo sostengo bien, quiero que me lo digas. Y aprender. Y seguir. Si tú sigues queriendo.
—Quiero.
La palabra sale inmediata. Ale respira.
—Bien.
—Pero no quiero que esto sea una promesa perfecta.
—Menos mal. No tengo material para eso.
—Quiero que sea una promesa real.
Ale asiente despacio.
—Eso sí puedo intentarlo.
Nos quedamos mirándonos.
El banco es frío. La fuente está apagada. Una señora cruza la plaza con una bolsa de la compra. Un niño pasa en patinete con un casco de dinosaurio. La vida sigue teniendo un sentido del contraste bastante fuerte.
—Yo también tengo miedo —dice Ale.
—¿De qué?
—De que un día te duela algo y pienses que confirmaba todos tus miedos.
De que yo me equivoque y tú vuelvas a una habitación donde estás sola antes de darme tiempo a llamar a la puerta.
De que mis tiempos no sean los tuyos. De que querer a alguien a quien hice daño sin querer requiera una versión de mí que todavía estoy construyendo.
La miro.
—Eso es mucho miedo.
—Sí.
—¿Y aun así?
Ale no aparta los ojos.
—Y aun así.
Mi corazón se calma de una forma rara.
—Te quise entonces —digo.
La frase parece abrir un espacio enorme entre nosotras.
Ale no se mueve.
—Te quise en Santa Clara, en el sofá, en El Faro, en los trabajos, en las fiestas, en mañanas absurdas de café malo. Te quise cuando no podía decirlo y cuando decirlo habría cambiado todo. Esa parte es verdad.
—Sí.
—Pero ahora…
Me cuesta.
—Ahora te quiero de otra manera.
Los ojos de Ale brillan.
—¿De qué manera?
—Con más aire.
La frase me sorprende a mí misma.
—Con más verdad. Con más miedo también, supongo. Pero con menos espera. Antes te quería mirando hacia una puerta que no se abría. Ahora te quiero sentada conmigo en el banco.
Ale suelta una risa mínima, emocionada.
—Eso ha sido muy literario.
—Lo sé.
—Me ha gustado muchísimo.
—También lo sé.
Se ríe más.
Luego se acerca un poco.
—Yo quiero a la de ahora —dice—. Y también me importa la de antes. Pero no quiero que la de antes tenga que quedarse en la puerta mirando cómo vivimos esto. Podemos llevarla. Sin que conduzca.
Me quedo mirándola.
—Eso se parece mucho a lo que dijiste en Santa Clara.
—Estoy desarrollando coherencia temática.
—Mendoza estaría orgullosa.
—O preocupada.
—Las dos.
Ale sonríe.
Luego se pone seria otra vez.
—Te quiero, Paula.
La frase llega sin música.
Sin aviso.
Sin exceso.
Directa.
Mi nombre al final hace que todo dentro de mí se quede quieto.
Te quiero, Paula.
No “me gustas”. No “quiero a la de ahora” como puente. No una frase escondida en una formulación bonita.
Te quiero.
Me llevo una mano al pecho sin darme cuenta, como si el cuerpo quisiera comprobar que sigue entero.
Ale se asusta un poco.
—No tienes que contestar ahora.
Y por primera vez soy yo quien la interrumpe.
—Te quiero.
Sus ojos cambian.
—Ah.
—Mucho.
—Ah, mejor.
Me río llorando.
—Eres idiota.
—Sí, pero ahora mismo una idiota muy feliz.
Me inclino hacia ella.
—Ven.
Ale viene.
Nos besamos en el banco de la plaza, con la fuente apagada y el kiosco cerrado y la tarde alrededor. El beso no tiene la urgencia del primero ni la delicadeza casi ceremoniosa de los que vinieron después. Tiene algo más firme. Como si ya no necesitara preguntar tanto por el derecho a existir.
Aun así, cuando Ale se aparta un poco, apoya la frente en la mía y susurra:
—¿Bien?
Cierro los ojos.
—Muy bien.
—Última auditoría de la vida.
—Mentira.
—Sí.
—Pero puedes seguir haciendo algunas.
—Gracias. Es parte de mi marca.
Nos quedamos abrazadas un rato.
No sé cuánto.
Lo suficiente para que la plaza se convierta en otro lugar de nuestra historia. El banco donde la frase dejó de estar suspendida. El sitio donde la de antes y la de ahora dejaron de pelearse por el mismo amor.
Ale
Paula me quiere.
Lo sabía.
Claro que lo sabía.
Lo sabía desde el mensaje equivocado de Sandra, desde la cocina, desde todas las conversaciones, desde sus ojos cuando me miraba sin querer mirarme demasiado. Lo sabía como se sabe una información enorme que todavía no ha encontrado una silla donde sentarse.
Pero ahora lo ha dicho.
Te quiero.
Mucho.
Y no me ha caído encima como una deuda.
Me ha llegado como una mano.
Eso no lo esperaba.
La abrazo en el banco y pienso que quizá el amor, cuando deja de parecer un examen, se vuelve una cosa mucho más sencilla y mucho más difícil: estar.
Decir la verdad. No usar el miedo como excusa para desaparecer.
No usar el deseo como excusa para invadir.
Quedarse lo bastante cerca para aprender el idioma del otro.
Paula se separa un poco y se limpia la cara con las mangas.
—Qué poco elegante estoy siendo.
—Estás preciosa.
Me mira.
—Te ha salido muy rápido.
—Porque es verdad.
Se pone roja.
Me encanta.