Nunca imaginé que éramos más que amigas (Sagradas Tentaciones nº 8) CAPÍTULO 26 SANTA CLARA #2
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CAPÍTULO 26 SANTA CLARA #2

Su mejilla roza mi pelo y nos quedamos así en el banco donde empezó algo que ninguna supo nombrar a la vez.

Ale

Paula apoya la cabeza en mi hombro en el patio de Santa Clara y yo siento que el tiempo hace una cosa rara, como doblarse sin romperse.

La Paula de primero está aquí de alguna forma.

La veo aunque no la vea: en el banco, con un libro enorme, haciendo como que no quiere patatas; en la sala común, con el portátil abierto; en los pasillos, diciéndome que no le apetecía salir y saliendo igual; en las mañanas de sueño, cuando yo la llamaba Pauli y ella bajaba la vista como si hubiera pasado algo que yo no entendía.

Me dan ganas de pedirle perdón a todas esas versiones.

Pero Paula acaba de decirme que no quiere vivir allí.

Así que no lo hago.

No convierto el recuerdo en una ceremonia de culpa.

Me quedo con ella.

Con esta Paula.

La que me ha cogido la mano en San Griselmo. La que no recortó la foto. La que me enseñó solo una frase. La que dijo juntas con la voz temblando un poco y aun así la dijo.

—¿Sabes? —digo—. Yo también me acuerdo de ti aquí.

—Espero que con dignidad.

—Variable.

Se ríe contra mi hombro.

—Me acuerdo de una noche que bajaste a la sala común con un pijama de rayas y una manta, porque decías que en tu habitación hacía frío.

—Hacía frío.

—Hacía el mismo frío que en todas.

—Mi habitación tenía un microclima hostil.

—Claro. Te sentaste en el sofá, intentaste estudiar y te quedaste dormida con el subrayador en la mano.

Paula se aparta un poco para mirarme.

—¿Te acuerdas de eso?

—Sí.

—¿Por qué?

Porque pensé que eras adorable, pero no sabía que estaba pensando eso.

La frase se me queda en la garganta.

No porque sea mentira.

Porque es delicada.

—Porque te pintaste una raya amarilla en la mejilla dormida —digo al final.

Paula se tapa la cara.

—Qué horror.

—Fue bastante tierno.

—Podías haberme avisado.

—Lo hice. Te reíste y dijiste “es maquillaje académico”.

—Eso sí suena a mí.

La miro.

—Me acuerdo de muchas cosas.

Su expresión cambia.

—¿Sí?

—Sí. Quizá no las entendía como tú. Pero estaban. Tú estabas.

Paula baja la mirada a nuestras manos.

—Eso me gusta.

—A mí también.

Nos quedamos un rato en el patio, hablando de Santa Clara como si por fin pudiéramos abrir cajones sin que todo se cayera encima.

Recordamos a Carmen, las cenas imposibles, la vez que Sandra apareció en primero con una camiseta que decía “No estoy disponible para dinámicas grupales” y aun así acabó liderando una.

Recordamos el ascensor averiado, las fiestas, las presentaciones, la primera vez que Paula leyó algo suyo en clase y Mendoza dijo “hay algo ahí” con cara de no querer admitirlo.

Luego, al levantarnos, una chica de primero se acerca arrastrando una maleta enorme. Está intentando subir dos escalones y se le engancha una rueda. Ale de primero habría corrido a ayudar sin pensarlo. Yo de ahora miro a Paula.

—¿Vamos?

Paula sonríe.

—Vamos.

Ayudamos a la chica con la maleta. Se llama Irene, estudia Comunicación Audiovisual y está perdida de una forma que intenta disimular. Paula le indica dónde está recepción. Yo le digo que no participe en ninguna gymkana que contenga la palabra talento sin asesoramiento previo.

Irene se ríe.

—Gracias.

Cuando se va, Paula me mira con una ternura rara.

—Has pedido permiso con los ojos antes de ayudar a una desconocida con una maleta.

—Estoy fatal.

—Estás preciosa.

Me quedo sin respuesta.

Eso es injusto. Paula sabe usar adjetivos con precisión letal.

—Ah —digo.

—Muy brillante.

—Estoy procesando.

—Tómate tu tiempo.

—Gracias.

Salimos de Santa Clara cuando empieza a caer la tarde. En la puerta, me giro una vez más hacia el vestíbulo. Ya no parece tan grande. Tampoco pequeño. Solo un lugar. Importante, sí. Pero un lugar.

Paula se pone a mi lado.

—¿Bien? —pregunta.

Esta vez la auditora es ella.

Sonrío.

—Sí.

—¿Sí de verdad?

—Sí de verdad.

Bajamos la calle de la mano.

No hace falta hablar durante un rato.

Al llegar a la esquina, Paula se detiene.

—Ale.

—¿Sí?

—Creo que la Paula de primero te habría querido mucho.

La frase me atraviesa.

Antes de que pueda contestar, ella añade:

—Pero la de ahora también.

No es una declaración enorme.

O quizá sí.

No sé.

Solo sé que la calle se vuelve más nítida, que su mano está en la mía y que, por una vez, no siento que he llegado tarde a todo. Siento que hay una parte de la historia que empieza justo aquí, con Paula mirándome como si no me estuviera reclamando el pasado, sino invitándome al presente.

—Yo quiero a la de ahora —digo.

Paula se queda quieta.

No sé si la palabra querer ha salido demasiado pronto. No sé si debería corregirla, matizarla, archivarla en una carpeta llamada “intensidad en revisión”.

Paula respira. Sus ojos brillan.

—Vale —dice.

Solo eso. Pero no suelta mi mano. Y cuando seguimos andando, Santa Clara se queda detrás de nosotras con sus ventanas, sus bancos, sus versiones antiguas y una bolsa de patatas que ya pertenece a la mitología privada de una historia que, por fin, no necesita empezar otra vez. Solo continuar.