CAPÍTULO 26 SANTA CLARA
Paula
El martes, después de clase, Ale me pregunta si quiero dar un rodeo antes de volver a casa. Como si fuera casual.
Ale Rivas es muchas cosas, pero cuando intenta parecer casual suele parecer una persona escondiendo un cartel luminoso debajo de la chaqueta.
—¿Qué rodeo? —pregunto.
Estamos en la salida de San Griselmo. La mañana se ha vuelto tarde sin avisar, como siempre en la facultad: una clase, un café, otra clase, una conversación en el pasillo, un profesor que dice “cinco minutos más” y te roba veinte años de vida.
Ale se ajusta la mochila al hombro.
—Un rodeo pequeño.
—Eso no responde.
—Técnicamente sí. Solo con poca información.
La miro.
Ella sonríe con esa mezcla de descaro y nervios que ya empiezo a reconocer como “tengo una idea y no sé si va a salir bien”.
—Santa Clara —dice al fin.
La palabra me deja quieta. Santa Clara. El colegio mayor. La primera habitación. El primer pasillo.
Las primeras semanas de universidad, cuando todavía fingía que no me daba miedo todo.
La máquina de café que nunca devolvía bien el cambio.
Las duchas compartidas. El tablón lleno de anuncios de clases particulares, grupos de teatro y fiestas mal diseñadas.
El patio donde Ale se sentaba con la espalda contra una columna y hablaba como si hubiera nacido sabiendo ocupar el mundo.
Santa Clara. El lugar donde empezó sin que ella lo supiera.
—¿Para qué? —pregunto.
Ale baja un poco la mirada.
—No lo sé exactamente. Me ha venido a la cabeza después de la foto. Y de lo de tus dos años. Y de… todo.
Hay sitios que una no visita porque siguen ocurriendo en una parte interna del cuerpo.
Santa Clara no es un edificio en mi memoria.
Es una versión de mí misma que aprendió a sonreír cuando Ale hablaba de otros, a estudiar en salas comunes para verla pasar, a ir a fiestas donde no quería estar solo porque ella decía “vente, Pauli, no seas seta”.
Miro a Ale. Está esperando mi respuesta sin empujarla. Siempre me sorprende un poco cuando hace eso, aunque ya no debería.
—Vale —digo.
Su cara se ilumina.
—¿Sí?
—Sí. Pero si me pongo rara, responsabilidad compartida.
—Acepto corresponsabilidad emocional.
—Con acta.
—Con anexos.
Echamos a andar.
Santa Clara está a quince minutos de San Griselmo, en una calle arbolada que sube ligeramente.
No vivimos allí desde segundo. Primero fue residencia, luego piso compartido, luego ese piso se convirtió en casa por acumulación de tazas, discusiones, mantas, apuntes y Sandra.
Pero durante un año, Santa Clara fue el mundo.
Mientras caminamos, Ale no me coge la mano enseguida. A mitad de camino, junto a una papelería, busco sus dedos. Ella los entrelaza con los míos sin decir nada.
El edificio aparece al girar la esquina.
Fachada clara, ventanas altas, la placa de latón junto a la puerta: Colegio Mayor Santa Clara.
El mismo portal. Las mismas plantas en macetas enormes que siempre parecían a punto de rendirse.
El mismo olor al entrar: detergente, café malo, suelo encerado y adolescencia tardía intentando parecer adultez.
En recepción ya no está Carmen, la señora que sabía todos los horarios y todos los secretos.
Hay un chico joven con gafas que nos mira sin reconocernos.
Ale explica que somos antiguas residentes, que solo queremos saludar, dar una vuelta por el patio si no hay problema.
El chico consulta algo en el ordenador con una seriedad innecesaria y nos deja pasar.
—Antes Carmen nos habría dicho “niñas, no rompáis nada” —murmuro.
Ale sonríe.
—Y luego me habría acusado a mí preventivamente.
—Con razón.
—Una vez.
—Ale, organizaste una carrera de sillas de escritorio en el pasillo de la segunda planta.
—Fue un estudio sobre movilidad interna.
—Rompiste una papelera.
—La papelera ya tenía problemas estructurales.
Me río.
La risa rebota en el vestíbulo de Santa Clara y, durante un segundo, veo a la Paula de primero levantando la cabeza desde un sofá verde, con un libro abierto y el corazón todavía sin avisar de nada.
Entramos en el patio interior. Está casi igual. Más pequeño. O quizá yo soy otra.
Hay dos chicas sentadas en un banco compartiendo apuntes. Un chico habla por teléfono junto a la fuente. En una ventana del primer piso, alguien ha colgado una toalla húmeda con una imprudencia que Carmen habría sancionado verbalmente desde abajo.
Ale se detiene.
—Aquí te conocí.
Me giro hacia ella.
—No. Nos conocimos en la cola de Secretaría.
—Eso fue registro administrativo. Aquí empezó lo importante.
La frase me atraviesa de una forma sencilla.
—¿Lo importante?
Ale se encoge de hombros, pero no se esconde del todo.
—Tú estabas sentada ahí.
Señala el banco de la izquierda.
—Con un libro enorme y cara de odiar la actividad de integración.
—Odiaba la actividad de integración.
—Lo sé. Yo me senté al lado y te pregunté si siempre mirabas así o si era por el cartel de “gymkana de talentos”.
—El cartel lo merecía.
—Y tú dijiste: “Depende de si los talentos incluyen desaparecer”.
Sonrío. Me acuerdo. Claro que me acuerdo.
Yo llevaba una camiseta blanca y estaba haciendo como que leía, aunque en realidad no estaba entendiendo nada porque llevaba dos días con miedo a no encajar. Ale llegó con una bolsa de patatas, una acreditación torcida y una naturalidad que me irritó casi tanto como me alivió.
—Te ofrecí patatas —dice.
—Sí.
—Me dijiste que no.
—Era tímida, no idiota. Claro que quería.
—Lo descubrí después.
—Me diste la bolsa igual.
Ale me mira.
—Y cogiste una.
—Dos.
—Tres.
—No tergiverses el origen.
Se ríe.
Luego se queda callada.
El patio también.
O a mí me lo parece.
—¿Fue aquí? —pregunta.
No necesito que precise.
¿Fue aquí donde empezaste a quererme?
Miro el banco. El suelo. La fuente. La ventana del primer piso.
La escalera por la que bajábamos tarde a desayunar.
Podría decir una fecha. Un momento exacto.
El día que me guardó sitio en una charla obligatoria.
La noche que me tapó con su chaqueta en El Faro.
La vez que me defendió de un comentario cruel de una chica de tercero sin darle importancia después.
El domingo en que me hizo reír cuando yo llevaba toda la mañana fingiendo que estaba bien.
Pero quizá empezó aquí.
Con una bolsa de patatas y alguien sentándose a mi lado como si mi soledad no fuera una pared.
—Un poco —digo.
Ale respira despacio.
—Ah.
—No todo de golpe.
—Ya.
—Pero sí. Aquí empezó algo.
Ale asiente.
Durante semanas habría temido este momento: Ale escuchando el origen y poniéndose triste, culpable, intentando abrazar a la Paula de primero con dos años de retraso. Pero no hace eso. Se queda conmigo en el patio, en el presente, mirando el banco sin apropiarse de mi recuerdo.
—Me alegro de haberte dado patatas —dice.
La frase me hace reír.
También me emociona.
—Fue un gesto fundacional.
—Debería constar en la revista.
—Mendoza exigiría más mirada.
—Puedo escribir una crónica: “Sobre la hospitalidad de la patata en espacios residenciales”.
—Suspensa.
—Cruel.
Caminamos hacia el banco. Nos sentamos. No hay nadie cerca. Aun así, no me apoyo en ella enseguida. Necesito mirar un poco.
Santa Clara está lleno de fantasmas pequeños.
No fantasmas malos.
Versiones.
La Paula que hacía cola para la lavadora con el móvil en la mano esperando un mensaje de Ale.
La Paula que se arreglaba para bajar a una fiesta y luego fingía que no había elegido la camiseta porque Ale una vez dijo que le quedaba bien.
La Paula que se sentaba en este patio a escribir frases que no pensaba entregar.
Ale deja su mano sobre el banco, abierta.
No me mira.
La posibilidad vuelve.
Esta vez sonrío antes de cogerla.
—Estás mejorando mucho este gesto —digo.
—La mano disponible es mi nueva especialidad.
—Suena a asignatura optativa.
—Con prácticas.
Entrelazamos los dedos.
Miro nuestras manos sobre el banco de Santa Clara.
Aquí, hace dos años, habría dado cualquier cosa por esto.
Ahora que lo tengo, no se parece a una fantasía.
Se parece a una mano.
Real.
Cálida.
Con uñas cortas y un pequeño rasguño en el dedo índice porque Ale abrió una lata con un método poco recomendable.
—Pensé muchas veces en cómo sería —digo.
Ale no se mueve.
—¿El qué?
—Esto.
—¿Sentarnos aquí?
—Sentarnos aquí así.
Su pulgar acaricia el mío una vez.
—¿Y?
—Es más tranquilo.
—¿Eso es bueno?
Pienso.
—Sí.
—¿Esperabas más música?
—Esperaba más dolor.
Ale me mira.
—Paula…
—No ahora. Antes. En mi cabeza, si alguna vez pasaba algo así, tenía que doler porque llegaba tarde, porque yo habría esperado demasiado, porque quizá tú no lo sentirías igual. Pensaba que incluso lo bueno vendría con una deuda.
Ale aprieta mi mano un poco.
—Y ahora?
Miro el patio.
Las chicas del banco de enfrente recogen sus apuntes. El chico de la fuente se ríe por teléfono. Alguien abre una ventana. La vida universitaria continúa con una indiferencia sana.
—Ahora me parece que no tengo que cobrarme nada.
Ale se queda quieta.
—Eso es importante.
—Sí.
—Mucho.
—Sí.
—¿Y yo puedo dejar de pedir perdón en silencio cada vez que veo un sitio donde tú me quisiste sin que yo lo supiera?
La miro.
Su cara está seria. No dramática. Seria.
—Sí —digo—. Por favor.
Suelta el aire con una risa pequeña.
—Vale.
—No quiero que mis dos años sean un lugar donde tú tengas que venir a castigarte.
—Yo tampoco.
—Fueron míos. Me dolieron, pero también me hicieron escribir, mirar, conocerme. No quiero que desaparezcan. Pero tampoco quiero vivir allí.
Ale asiente.
—Entonces nos vamos llevando a la Paula de primero sin dejarla dirigirlo todo.
La frase me sorprende.
—Eso ha sonado muy bien.
—Tengo momentos.
—Pocos, pero buenos.
—Exacto.
Me río y apoyo la cabeza en su hombro.
Esta vez no se queda rígida.
Ha aprendido.
O yo he dejado de esperar que lo haga.