CAPÍTULO 25 LA FOTO QUE NO SE RECORTA
Ale
El lunes por la mañana, Sandra ha preparado un documento. No es una metáfora. Cuando entro en la cocina, todavía medio dormida, la encuentro sentada a la mesa con el portátil abierto, una taza de café, tres rotuladores de colores y una expresión que solo puede significar peligro administrativo.
Paula está junto a la encimera, con la taza en la mano, mirando la pantalla con una mezcla de sueño, amor y amenaza.
Amor hacia mí, espero. Amenaza hacia Sandra, seguro.
—Buenos días —digo.
Sandra levanta un dedo.
—Antes de que digas nada, esto no es una campaña.
—Eso suena exactamente a una campaña.
—Es un documento de apoyo.
Me acerco a la mesa.
En la pantalla leo:
Preguntas frecuentes sobre la unidad romántica emergente Paula-Ale
Me detengo.
—No.
Paula bebe café con una calma sospechosa.
—Ya he dicho eso.
Sandra gira el portátil hacia nosotras con orgullo.
—Punto uno: ¿están juntas? Respuesta: sí, pero sin rueda de prensa. Punto dos: ¿desde cuándo? Respuesta: desde que ellas decidan, no desde que Dani quiera hacer una cronología cutre. Punto tres: ¿puedo hacer comentarios? Respuesta: no, salvo que seas yo, y aun así con límites.
—Me preocupa que te hayas autoexcluido parcialmente de tus propios límites —dice Paula.
—Estoy en proceso.
—Esto no puede existir —digo.
—Existe como borrador interno.
—Sandra.
—Vale, vale.
Cierra el portátil con un suspiro teatral.
—La sociedad no está preparada para mis herramientas.
Me siento frente a Paula. Ella me mira por encima de la taza. Lleva una sudadera verde, el pelo recogido y cara de haber dormido poco. Me dan ganas de besarla.
No lo hago.
Estamos en la cocina.
Sandra está a medio metro.
Y, aunque técnicamente Sandra ya sabe que estamos juntas, todavía estoy aprendiendo a distinguir entre poder besar a Paula y convertir cada espacio compartido en una escena. Hay una diferencia. Pequeña, pero existe. La estoy estudiando.
Paula parece leerme la cara.
Sonríe apenas.
—Buenos días —dice.
—Buenos días.
Sandra nos mira.
—Ese buenos días ha tenido subtexto.
—Tu documento ha sido prohibido —respondo—. No tienes jurisdicción.
—La lámpara siempre tiene jurisdicción lumínica.
Paula deja la taza sobre la encimera.
—Vamos tarde.
—Eso también tiene subtexto —murmura Sandra.
—Ortega.
—Vale.
Salimos de casa juntas. Las tres. Como tantas otras mañanas. Mochilas, llaves, ascensor que tarda demasiado, Sandra hablando de Adrián y de si una exposición de fotografía urbana puede considerarse “un entorno facilitador de beso” o si eso es reducir el arte a logística afectiva.
—Ambas cosas pueden ser ciertas —dice Paula.
Sandra se lleva una mano al pecho.
—Gracias. Necesitaba rigor.
En la calle, Paula camina a mi lado. No me coge la mano enseguida. Yo tampoco. Ya no siento esa ausencia como un veredicto. A veces caminar cerca también es una forma de ir juntas. A veces la mano llegará en la esquina. A veces no. Estoy aprendiendo a no contabilizar.
Entonces, al cruzar el paso de peatones, Paula busca mis dedos.
Así.
Sin mirarme.
Yo se los doy.
Sandra, delante, no se gira, pero levanta los dos pulgares por encima de los hombros.
—Lo he visto y no voy a decir nada.
—Acabas de decir algo —dice Paula.
—He dicho que no voy a decir nada. Es distinto.
—No lo es —digo.
—Para una mente poco matizada, quizá.
Paula se ríe. Yo también. Y durante unos minutos caminamos hacia San Griselmo de la mano, con Sandra delante hablando sola y la ciudad alrededor en su modo lunes.
No hay música. No hay gran revelación. Solo el frío de la mañana, los dedos de Paula entre los míos y una normalidad que todavía parece recién estrenada.
Al llegar a la verja, Paula no suelta. Noto el gesto en el cuerpo antes de entenderlo con la cabeza. Miro hacia ella.
—¿Bien? —pregunto en voz baja.
Me mira con esa expresión suya de “te quiero, pero voy a sancionar tu exceso de auditoría”.
—Bien.
Entramos en San Griselmo cogidas de la mano.
Sandra hace como que no se da cuenta, lo cual consiste en andar con una rigidez absurda y una sonrisa visible incluso desde atrás.
La facultad está llena de gente. Lunes. Café.
Carpetas. Quejas. Alguien ha puesto un cartel anunciando un debate sobre “tradición y comunicación contemporánea”, lo cual me parece una amenaza disfrazada de actividad académica.
Tomás Velarde está cerca del tablón, hablando con dos compañeros.
Nos ve. Ve nuestras manos. Esta vez no aprieta la boca tanto. O quizá sí y me importa menos.
Paula no cambia el paso. Eso me importa más que cualquier mirada.
En el vestíbulo nos encontramos con Claudia. Lleva la cámara colgada al hombro y una carpeta negra bajo el brazo. Al vernos, sonríe con naturalidad. No demasiado. Lo justo.
—Hola —dice.
—Hola —responde Paula.
—Justo quería hablar con vosotras.
Mi estómago, que tiene una relación tensa con las frases inesperadas, se contrae.
—¿Pasa algo? —pregunto.
—Nada malo. Estoy preparando la galería del acto de la revista para la web de la facultad. Hay una foto vuestra que quedó muy bien.
Paula se queda quieta. Yo también. Claudia lo nota y continúa con cuidado.
—Se os ve saliendo de la sala. De espaldas, casi de perfil. No es un primer plano. Pero vais de la mano.
Claudia saca la cámara, busca la imagen y nos la enseña.
Estamos en el pasillo de San Griselmo. La luz entra desde las ventanas altas.
Sandra aparece delante, girada a medias hacia Dani con gesto de advertencia.
Adrián está a su lado, un poco desenfocado.
Al fondo, Beatriz Salvatierra sale de la sala hablando con el hombre de la Fundación.
Y nosotras estamos en el centro lateral de la imagen, caminando juntas.
—No la voy a subir si no os apetece —dice Claudia—. Puedo usar otra. O recortarla. O dejarla fuera.
Paula mira la foto sin hablar. Yo miro a Paula.
No quiero decidir antes que ella. No quiero decir “a mí me da igual” porque no me da igual. Tampoco quiero decir “súbela” y convertir su mano en una declaración pública sin que lo elija. La foto está ahí, preciosa, esperando una respuesta que parece mucho más grande que una galería universitaria.
—Podemos pensarlo —digo.
Claudia asiente enseguida.
—Claro.
Paula levanta la vista de la cámara.
—¿Para cuándo la necesitas?
—Esta tarde. Pero de verdad, no hace falta. Tengo muchas.
—Te decimos algo luego.
—Perfecto.
Claudia guarda la cámara.
—Y, por cierto, salís muy bien. No lo digo para presionar. Solo como dato artístico.
Sandra aparece detrás de ella, porque obviamente ha olido conversación importante.
—¿Quién sale bien?
—Nadie —dice Paula.
—Eso siempre significa alguien.
Claudia sonríe y se va hacia edición.
Sandra nos mira.
—¿Qué ha pasado?
—Nada —dice Paula.
—Paula.
—Una foto.
—¿Qué foto?
—Luego.
Sandra abre la boca.
La cierro con una mirada.
—Luego —repito.
Sandra me mira, evalúa el riesgo de insistir y, sorprendentemente, se espera.
Paula
La foto me acompaña toda la mañana. No está en mi móvil, pero la veo.
Nosotras de la mano en el pasillo. Sandra delante, como escudo accidental.
San Griselmo alrededor. Beatriz Salvatierra al fondo, impecable, casi simbólica.
Dani fuera de plano, probablemente neutralizado.
La luz en el suelo. Nuestros cuerpos en movimiento.
En clase, Mendoza habla de perfiles y de la diferencia entre describir un gesto y explicarlo hasta matarlo.
Dice que un buen texto no debe subrayar todo lo que el lector puede ver.
Ale me mira de reojo cuando lo dice. Yo sé que está pensando en la foto.
Ella sabe que yo sé. Estamos desarrollando una telepatía incómoda y muy poco científica.
En el descanso, vamos a la cafetería. Sandra y Adrián se sientan con nosotras. Nico llega después. Claudia está en otra mesa editando con auriculares. Tomás pasa junto a nosotras y no dice nada. Dani aparece, ve a Sandra y decide cambiar de trayectoria hacia la máquina de café. Sabia elección.
Ale se sienta a mi lado. No me toca. Pero su rodilla queda cerca de la mía, como si me dijera: estoy aquí, pero la foto la decides tú. Eso me hace quererla más.
Y también me obliga a mirarme con honestidad.
No quiero que Ale decida por mí, pero tampoco quiero que mi miedo decida por las dos.
—¿Estás pensando en la foto? —pregunta Sandra.
La miro.
—Creía que estabas hablando con Adrián.
—Soy multifunción.
Adrián asiente.
—Está escuchándome y fiscalizando el ambiente.
—Gracias por entender mi complejidad —dice ella.
Ale no dice nada. Me deja responder.
—Sí —admito—. Estoy pensando en la foto.
Nico mira entre nosotras.
—¿Qué foto?
—Una de ayer —explica Ale—. Del acto. Salimos de la mano.
Nico asiente, sin darle más peso del necesario.
—Ah.
Ese ah tan tranquilo me ayuda.
Sandra, en cambio, contiene mil frases. Casi se le ven empujando detrás de los dientes.
—Puedes hablar —digo.
—Gracias. Me estaba intoxicando.
—Una frase.
—Siempre negociáis con mi esencia.
—Sandra.
Se inclina hacia delante.
—Creo que si la foto os gusta, deberíais dejarla. Y si os da miedo, podéis no dejarla. Pero no la quitéis solo para que Tomás Velarde pueda desayunar tranquilo con su jersey sobre los hombros.
Adrián se atraganta un poco con el café.
—Perdón —dice—. Ha sido una imagen muy precisa.
Sandra le sonríe.
—Gracias.
Ale me mira.
—No tenemos que dejarla.
—Lo sé.
—De verdad. No me importa.
La miro.
—Eso no es verdad.
Ale se queda callada.
—Te importa —digo.
—Sí. Pero me importa más que estés bien.
—A mí también me importa —digo.
Ale no sonríe. Me escucha.
—Me importa porque salimos bien. Porque no es una foto invasiva. Porque no nos roba nada. Porque fue verdad.
Sandra baja la mirada a su taza, quizá para no interrumpir.
—También me da miedo —sigo—. Me da miedo que la gente la vea y tenga una opinión antes de que yo sepa qué hacer con esa opinión.
—Normal —dice Nico.
Lo miro.
—¿Sí?